P E R Ú
(CRÓNICA DE UN VIAJE EN EL MES DE MARZO RECORDADO CON NOSTALGIA DIA A DIA, PASO A PASO
(NOTA : También tengo en YOU TUBE un vídeo con imágenes del viaje y fondo musical de los incas)
LUIS-FELIPE, SANCHEZ RIPOLLÉS
( Escrito de Agosto, 2007 )
DÍA 27 DE FEBRERO, MARTES, 2007
Salí de Madrid, en avión, el día 27, luego de los pertinentes preparativos de salud referentes a vacunas y consejos médicos, además del acopio de información del Perú, para lo que me compré la guía Trotamundos, luego me dijeron que mejor la Lonely Planet. Pero en principio me interesaba más la información histórica pura, como así fue en dos volúmenes que nada me aclararon como no fuera el aumento de mi confusión respecto a la cultura incaica, en parte debido a lo farragoso de su lectura.
Pero allí estaba yo preparado para el viaje, con más entusiasmo y fe que conocimiento, y con mis temores, pues cuanto más leía, más inquietudes se me representaban respecto a las dificultades del viaje.
Salíamos del aeropuerto de Barajas hacia las dos de la tarde, que luego fueron las tres por los retrasos propios de los aeropuertos lo cual alteraba mis previsiones, llegaría una hora más tarde, ya no serían las seis, más o menos, sino las siete y en una ciudad como Lima, con las proporciones que me dijeron que tiene, eso era una primera dificultad añadida.
Bueno, antes un pequeño susto, a la hora de recoger el billete, cosa que ahora se hace simplemente presentando el pasaporte, me dicen que hay overbukin, palabra que ya conocía aunque no su total y real significado y que allí entendí del todo. Tuve que adoptar una postura de fingida dureza como último recurso para solucionar lo inevitable, aunque ya de principio los empleados de Iberia me dicen que se está en vías de dar solución.
Así fue. Y no sólo eso sino que me dieron asiento en clase plus, de manera que en un instante pasé del menosprecio al tratamiento más refinando. Recuerdo cómo nos daban una bebida al momento y la comida antes que a los demás pasajeros. A mi lado iba una ciudadana peruana con la que tardé un tiempo en entablar conversación, eso fue al final del viaje y de pura casualidad, pues yo no tenía ánimo para conversaciones triviales, así de compungido y preocupado iba por todo lo por venir, además debía de adoptar ya una postura de prudencia a modo de ejercicio preparatorio de cara a un viaje tan azaroso como éste.
Me dijo que estaba casada con un peruano, y que ella era de origen francés. Me dió algunos consejos y me recomendó la visita al barrio limeño de Monterrico, no se lo pierda, allí verá casas señoriales yo pensaba en palacios y museos, pero luego descubrí que es un barrio moderno, con el Museo del Oro, sin más interés, aunque bien es verdad que descubrirlo a pié no es nada fácil y el museo es una especie de anticuario de armas, armaduras y banderas, también con objetos en ese metal, bien cierto.
Llegamos a Lima y yo siguiendo mis planes, pasé como una exhalación por delante de los reclamos de hoteles y taxis, ya sabía cuánto cuesta un taxi y las precauciones para tomarlo.
Salí al exterior del aeropuerto y detrás de una especie de valla metálica estaban los taxis esperando viajeros. Un encargado iba distribuyendo los vehículos. También pasé adelante en busca de la explanada que me recomendó para tomarlos la chica de la agencia. Como vió mi decidada actitud, un taxista me exhibió su carnet legal colgado al cuello, que el encargado corroboró. Pero luego no era él quien conducía. Al subir el chófer no estuvo de acuerdo con el precio, yo sabía que había que regatear, y tuve que bajar con mi pesada mochila. Preguntaron a otro y este sí estuvo de acuerdo y en algo así como una hora, la circulación era entonces intensa pues era hora punta, me dejó en el hotel de Miraflores por algo así como 10 dólares.
Entro en el hotel, en recepción me toman los datos, subo a la habitación y luego de una ducha, bajo en busca del Pisco Sauer de recibimiento. Yo no sabía de qué se trataba, mis lecturas habían sido muy superficiales por lo visto, pero intuía que sería una bebida de agasajo para de paso soltarte algún rollo de propuestas de visitas y tal. Pero estaba tan ansioso de cambiar el cariz del viaje, que baje con cierto entusiasmo a por el cóctel. Este es un combinado nacional que damos a todos los viajeros, me dijo el simpático camarero del hotel. Me dió la combinación que por el cansancio no presté la atención debida. Y una segunda de propina.
Al día siguiente buscaría otro hotel. Antes de irme le pedí algún lugar para tomar una copa. Yo pensaba que hacia la izquierda, pero me dijo que a la derecha dos cuadras, otra vez a la derecha y así llegué a una especie de complejo turístico de todo, enfrente al hotel Marriot y junto al mar, conrestaurantes y algún bar musical. Tomé mi cerveza por tres dólares que me pareció cara y me fui a dormir.
28 DE FEBRERO, MIÉRCOLES
Me desperté y corrí a la ventana para ver la luz del día de Perú. Era un día tíbio. Enfrente tenía una gran pared y hacia la derecha el espacio se abría hacia un horizonte de edificios insignificantes, menos un hotel de espigada altura. La temperatura fresca en comparación con otros amaneceres de Cuba y México con los que mi experiencia viajera podía comparar. Sentí una gran nostalgia sin motivo. Podía ser por la lejanía de mi tierra. Podía ser por una especie de desencuentro, de desilusión de lo hallado. ¿Esperaba el tórrido calor , las palmeras, la cegadora luz tropical…?
Me aseé, siguiendo las recomendaciones, además de las cremas de sol protectoras, los vaporizantes contra los mosquitos y eso que no me iba a picar ninguno. Definitivamente estaba en un país extraño. Experimentaba lo leído sobre el fenómeno de la garúa, la niebla fría y triste de Lima.
Bajo a desayunar. Unas parejas de argentinos alborotan más de la cuenta. Están de vacaciones y no les importa la gente de alrededor. Ocupan una mesa en una esquina. Yo les contemplo detrás de mi taza de café y la repostería del desayuno. Duermen con la ventana abierta y se les oyen todas las intimidades, me dice el mozo del cóctel.
Salgo a la recepción para averiguar hasta qué hora tengo la habitación. Hasta las doce. Tengo tiempo para inspeccionar los alrededores en busca de algo más barato. Me dicen que aquí cerca hay un hostal. Me ofrecen una habitación interior que da a un pequeño patio donde alguién de tez morena descansa plácidamente dándole al ambiente todo el sabor apacible de armoniosa conjunción. Estoy en el trópico, ya se ve. Acabo de sentirlo pues hasta ahora todo han sido formalidades del viaje.
Salgo a la calle dando un vago consentimiento. Sigo buscando y me dirijo hacia el Óvalo de Miraflores. La temperatura ha subido. Ya se siente el calor del trópico. El camino parece interminable. Visito un par de hoteles que no me gustan y de vuelta cojo un taxi hacia Barranco que es el sitio que me han recomendado los conocidos en España. Me deja en la plaza, enfrente a una especie de oficina municipal donde entra y sale la gente con papeles en la mano.
Consulto mi guía y comienzo la búsqueda. En un hotel porque la recepcionista tarda en atenderme ocupada en mil quehaceres, en otro porque es de mochileros muy lejos de mi interés y al fin sigo hacia el que puede ser la última opción, que es el que me agrada. Se trata del Hostal Gémina. Está dentro de mis opciones. Además el dueño es un señor de Murcia, que lleva aquí bastantes años y con las atenciones humanas que necesito en estos comienzos de mi incierto viaje. Regreso a por mi equipaje en Miraflores, para lo que tomo, ya con la resoluta decisión que brota del optimismo ganado, un transporte colectivo que va hacia Miraflores. Regreso y me acomodo en mi habitación. Es una habitación limpia, con un ventanal que da a un patio interior al fondo del cual hay un coche estacionado. Televisión y baño, y poco ruido de acuerdo con mi petición.
Salgo de nuevo a la calle, ya con la satisfacción de la solución del alojamiento, primer problema en mi viaje, y me dirijo a inspeccionar el barrio de Barranco, como tomando posesión. Aquí la plaza con su iglesia,
zona de bares de copas, los restaurantes, Casa Juanito aquí en una esquina de la plaza. ¿Y el Puente de los Suspiros? Al fin lo encuentro, es un sencillo puente de madera. Al otro lado una iglesia y un caminito que conduce a un acantilado con pequeños restaurantes, tomo una cerveza y regreso al centro. Aquí es un buen sitio para contemplar el atardecer, con el sol desapareciendo allá en alta mar. Me marcho satisfecho.
zona de bares de copas, los restaurantes, Casa Juanito aquí en una esquina de la plaza. ¿Y el Puente de los Suspiros? Al fin lo encuentro, es un sencillo puente de madera. Al otro lado una iglesia y un caminito que conduce a un acantilado con pequeños restaurantes, tomo una cerveza y regreso al centro. Aquí es un buen sitio para contemplar el atardecer, con el sol desapareciendo allá en alta mar. Me marcho satisfecho.
Es la hora de comer. Empiezo con mis dudas. Este porque hay gente muy endomingada, aquel porque no da confianza, total que me meto a comer en una especie de pollería de fritos, nada mal para mi cuerpo, una sopa y un buen pedazo de pollo asado con patatas fritas, me deja como nuevo.
Estamos en la misma calle del hotel. Regreso a él y veo la televisión, Canal Perú o ¿Perú Canal?, veo un programa de música tradicional y otro de contenido político. Hay no sé qué lío con la adquisición de unas ambulancias. Pero aún tengo tiempo de visitar el Museo Pedro de Osma. Un taxi me deja bastante cerca. El taxista no sabe donde está. Voy preguntando hasta que lo encuentro. La puerta está cerrada y aviso a alguién que pasa por dentro de la puerta del caserón colonial. Se acerca al instante, me da el boleto y entro. Es un hermoso palacio colonial con todo tipo de objetos, cuadros, muebles y cerámica. Y unos jardines que lo rodean por completo. Hay un pequeño pabellón al fondo, dentro todo de un estilo muy rococó. La guía me da algunas explicaciones respecto a la pintura cuzqueña.
Regreso caminando por el paseo arbolado hasta la plaza. Veo algunos restaurantes con música en vivo, pero es pronto para eso. No recuerdo más, sé que me acerqué al restaurante del mirador a tiempo de ver meterse el sol por el horizonte marino, que tomé algunas chopps, cerveza de barril, algunas parejas venían a comer algo y a conversar. Al tiempo de pagar no tenían cambios y deje algo de deber con la promesa de abonarlo al día siguiente, pues seguro que volvería, eso les hizo gracia.
1 DE MARZO, JUEVES
Este día tenía que ir ya a ver Lima. Desayuné en el hotel. Una camarera muy amable me dijo el lugar, en la primera planta tenían la cafetería. En la sala un señor de color me miraba con cierta curiosidad y tenía toda la apariencia de no hacer nada, ¿sería un empleado del hotel? Otro día volvía a verle y puede que estuviera allí alojado.
Mi emoción era ya elevada. Iba a visitar el centro de Lima. Hice mis lecturas para organizar mi visita y salí a la calle a tomar un taxi. Tenía que regatear el precio, en el hotel ya me habían dicho el importe aproximado. El chófer era un muchacho joven que en principio se metió por un atajo lo cual puso en atención mis precauciones, pero se veía claramente que era taxista, allí se veían su placa y su registro de taxista. Al cabo de un buen rato llegamos a la plaza de Armas. Antes pasamos por delante de unos grandes edificios de bancos y organismos oficiales.
En la plaza había una gran actividad. Una enorme tribuna y sillas distribuidas en los distintos espacios de la plaza. Tomé mis primeras fotografias, una policía de turismo me atendió amablemente. Una banda de música del Ejército, toda de blanco daba la vuelta a la plaza mientras interpretaba una marcha militar, hasta situarse al costado derecho de la tribuna.
Debidamente organizados aparecieron unos escolares uniformados que se situaron en las sillas con algún alboroto. Yo aproveché para introducirme en la catedral antes de que entrara un grupo de japoneses. Hice la visita, a la derecha estaba el sepulcro de Pizarro, pero la catedral me pareció un tanto insignificante, esperaba algo más, luego he leído que junto con la de Cuzco y Trujillo es de las más espaciosas.
Debidamente organizados aparecieron unos escolares uniformados que se situaron en las sillas con algún alboroto. Yo aproveché para introducirme en la catedral antes de que entrara un grupo de japoneses. Hice la visita, a la derecha estaba el sepulcro de Pizarro, pero la catedral me pareció un tanto insignificante, esperaba algo más, luego he leído que junto con la de Cuzco y Trujillo es de las más espaciosas.
Cuando salí, la tribuna ya estaba llena de gente importante, parece ser que estaba el presidente Alán Garcia y otras autoridades para un acto, que según me informó la televisión el dia anterior, iba a dar publicidad de la necesidad de puntualidad en la vida cotidiana.
Consulté el mapa de la ciudad para antes de partir visitar aquello que estuviese más próximo. Así fue cómo llegué al monasterio de San Francisco, luego la plaza Bolívar, el Museo de la Inquisición, al que no quise entrar, enfrente había unos policías a caballo, luego ví aparecer una manifestación de gente, no me detuve a averigüar qué pedían. Continué hacia el Palacio Torre Tagle, el museo del Banco Central de Reserva, donde tuve de soportar una larga explicación de la guía, y ya cansado, me dirigí hacia la iglesia de San Agustín, para llegar a la plaza San Martín a la hora de comer.
Entré en el hermoso hotel de aspecto colonial Gran Hotel Bolivar, y en la barra de la cafetería de aire modernista muy Belle Epoque me senté a tomar un Pisco Sauer al precio que fuera. Consulté los restaurante próximos y me fui al Queirolo que es un restaurante bastante popular, con un servicio rápido y eficaz, pero como digo un poco descuidado.
Entré en el hermoso hotel de aspecto colonial Gran Hotel Bolivar, y en la barra de la cafetería de aire modernista muy Belle Epoque me senté a tomar un Pisco Sauer al precio que fuera. Consulté los restaurante próximos y me fui al Queirolo que es un restaurante bastante popular, con un servicio rápido y eficaz, pero como digo un poco descuidado.
Estaba agotado del viaje todavía y me faltaban las fuerzas, además no veía en Lima nada especialmente atrayente y deslumbrante, y para colmo regresé por una calle en obras, ruidosa, que aumentó mi desgana. Ya tenía la intención de regresar a Barranco y descansar, y que no se me olvidara llegar a tiempo para el atardecer en la terraza de la zona del Puente de los Suspiros. Así volvía sobre mis pasos para visitar el Monasterio de Santo Domingo y el Santuario de Santa Rosa de Lima, con su jardín interior pero todo el conjunto bastante insignificante.
Paré un taxi para regresar a Barranco, entré en el hotel y me fui hacia la zona del acantilado para ver la puesta de sol, y entre jarra de cerveza descansar y poner en orden mis ideas.
Es una puesta de sol fascinante, la estela solar se alarga hasta el infinito allá por donde se oculta el sol entre una cortina de neblina y nubes, algún barquillo termina su faena de pesca y las enormes aves, oscuras y siniestras que descansan sobre tejados y árboles, presintiendo la cercana noche, inician un último vuelo sobrecogedor, planeando con sus anchas alas sobre los últimos aires cálidos de la tarde.
Yo regreso al hotel, antes paso por la plaza y luego de alguna indecisión me meto en un restaurante show de la misma plaza, donde un dúo interpreta temas de difícil memoria, las mesas con comensales que cenan y ven el espectáculo.
Yo regreso al hotel, antes paso por la plaza y luego de alguna indecisión me meto en un restaurante show de la misma plaza, donde un dúo interpreta temas de difícil memoria, las mesas con comensales que cenan y ven el espectáculo.
2 DE MARZO, VIERNES
El segundo día de visita a la ciudad de Lima tenía que dedicarlo a los museos. Ayer visitaba la ciudad y hoy tocaba profundizar en aspectos culturales. Desayuné como siempre en la cafetería del primer piso, los huevos revueltos y el café con leche, la leche bien caliente, por favor, era una de mis medidas de prudencia que no debía olvidar, nada de agua de grifo ni vegetales crudos.
Consultaba la excelente guía turística, la Lonely Planet, especie de angel salvador que guiaba mi caminar turístico sin necesidad de consultas a nadie. Los museos quedaban unos de otros bastante apartados y recomienda uno en especial, se trata del Museo de la Nación. Tomo el taxi y salgo ya con paso más deci-dido a una visita que se presentaba muy prometedora. La verdad es que el museo tiene más fachada de contenido. No llega a la magnificencia del Museo Antropológico de México y aquel está puesto con un criterio populista haciendo que la visita resulte pesada. Más adelante, aprovechando la escala en Lima en viaje a Trujillo, pude ver el Museo Nacional de Antropología, Arqueología e Historia del Perú el cual no pude por menos que compararlo y me pareció más didáctico aunque ocupe un espacio menos esplendoroso. La sala de vídeo del museo estaba cerrada, aunque fuera la hora. Hice la reclamación y al rato me abrieron la sala. Recuerdo que tomé un café en la cafetería y que compré un periódico allí mismo, fue entonces cuando me abrieron la sala de video.
Hacia la una salía a la calle con la idea de regresar al barrio de Barranco, comer y descansar un poco. La verdad es que no recuerdo dónde fue la comida. Mis pocos recuerdos se mezclan con las intenciones del momento y no puedo fiarme, pero como los unos y las otras forman parte de la misma sensibilidad no importa que se confundan. Recuerdo que di vueltas antes de decidirme a entrar en un restaurante. Unos por mucho y otros por poco, pasaban de largo ante mí como en una película. Recuerdo que tomé una cerveza en el Juanito y que cortaban una especie de tasajos de carne que servían en un plato de plástico. Tomé uno de ellos y luego ya no sé . . . Volvería al hotel, tomaría algún café, sí… puede que en el mismo hotel, puede que pusiese un correo electrónico a la familia en el mismo pasadizo del hotel. Luego miré por allí un restaurante, no lo había. Puede que me fuera a la habitación a descansar, ver la TV de Cuzco con sus noticias culturales y políticas, luego un sueño, corriendo a ver el atardecer del acantilado, ah, sí … había estado al mediodía en la terraza del acantilado tomando una cerveza y con la intención de probar el ceviche sí, me lo dieron, pero no tengo certeza de que sea así o fuera la intención, pero sí que me dijeron que el ceviche mejor tomarlo por la mañana, está más fresco, el de la noche lo sacan del frigorífico. Por eso es que probé bocado en el Juanito, porque no había comido bastante. Lo cierto es que esta tarde entré en el restaurante que hay en las escaleras del Puente de los Suspiros, donde probé los anticuchos, palabra que se me presentaba muy sugerente, luego leí que eran trozos de corazón de vaca y ya me los comí a desgana por eso y también por su propio sabor nada apetecible, los sirven a manera de pinchos.
Salí con las tripas descompuestas y ya debía haber planeado el viaje del día siguiente pues iba a ir a una peña temprano con la intención de acostarme pronto, porque al día siguiente iba a viajar y a a recorrer el país. Como siempre haría mi parada en la hermosa plaza de Barranco, con sus enormes árboles y palmeras, la fachada de la iglesia tan reluciente en contraste con el verdor de la plaza, los bancos con gente mayor y jóvenes parejas tomando la fresca del atardecer. Es para estar un rato contemplando el tranquilo deambular de la gente, ya sin las ocupaciones del día, los puestos de bisutería en un extremo sin interrumplir el plácido espectáculo de la plaza, las luces y sonidos de los bares musicales abriendo en estos instantes . . .
Me acerqué a la peña La Candelaria. Serían las nueve y no había señales de vida. Me dijeron que abrían entonces. Una pareja miraba por las rendijas y se iba desilusionada, yo también, tomé una cerveza en el bar La Noche, que esta noche no tenía espectáculo musical, pues tiene una sala en la planta baja con buenos conciertos para jóvenes, de todo tipo. Una noche, cuando volví al final de mi viaje ya para regresar a España, me encontré con un espectáculo flamenco y luego actuaba un grupo de jazz. Pues bien, tomo mi cerveza con la esperanza de que abran la peña, además en la calle hay otro espectáculo. Se trata del bullicio de la avenida Grau, por donde llegan todos los autobuses colectivos de la ciudad hacia los barrios aledaños. Es digno de ver el griterío de los cobradores de los colectivos voceando el destino a unos viajeros, que en este cruce, aguardan impasibles la llegada del suyo, mezclado con el fragor de la gran circulación de todo tipo de vehículos.
Hacía las diez regreso a La Candelaria y ya está abierta. Entro con algún temor por desconocer el tipo de espectáculo. He leido que se trata de locales para cenar al tiempo que se ve un espectáculo musical. Así es. Le digo al acomodador que voy solo y que quiero una mesa apartada. Me la da en un lateral, junto a la pared. Pido mi consumición mientras veo acomodarse a grupos familiares y de amigos. Un presentador muy locuaz hace las presentaciones. La orquesta en un rincón, delante un pequeño espacio a donde irán saliendo los primeros bailadores más atrevidos y las personas que en sorteos y juegos van saliendo a petición del presentador.
Se baila música popular. El presentador va dando explicaciones y resulta un espectáculo muy atractivo por lo natural del acto. Algunas bailarinas van arrancando de sus asientos a algunos comensales hacia la pista de baile. Yo me niego y cuando la fiesta alcanza un clima de derroche y participación desenfrenada aprovecho y me voy. Además tengo que madrugar mañana.
3 DE MARZO, SÁBADO
Es el día elegido para viajar, para visitar el país. Mejor hoy sábado, el barrio de Barranco se llenará de gente festiva el sábado noche. El desayuno como siempre. Antes he hecho la maleta, la mochila, especie de petate militar que llevo. Me dice el señor de Murcia, el dueño del hotel, que mejor le pague en efectivo. Voy al banco y saco dinero en el cajero automático. Está muy cerca y hay dos o tres personas que hacen fila. Un militar llega con prisas y yo le cedo amablemente el turno.
El desayuno como siempre. En recepción hago el abono de la habitación y con un empleado joven, muy amable, consultamos horarios de autobuses para Pisco, mi próximo destino elegido. En La cruz del Sur, la compañía de transporte más recomendada, no hay billetes o el horario no me conviene, no recuerdo bien. El muchacho llama a Ormeño y en esta parece que no hay problemas. Sale a las doce o la una. Este muchacho también dispone de un vehículo con el que hace de taxista, en este caso no hay por qué desconfiar. Me lleva y me deja ya con el billete en la mano. Tengo tiempo, unas dos horas, y como no hay una buena sala de espera, salgo a la calle con la mochila a la espalda y me dirijo hacia una gasolinera, que aquí llaman grifo. Pero tampoco hay un buen bar para esperar. Continúo hacia los autobuses Cruz del Sur y aquí sí que hay una buena sala de espera. Compro un periódico y luego un bocadillo. Estoy cansado y me va bien este descanso. Antes, en el hotel, he reservado hotel en Pisco. Me dicen que habrá alguien esperándome a la llegada.
La hora de salir llega por fin. Tengo asiento bastante delantero en la segunda planta. El autobús sale poco a poco de la ciudad y enfila por la carretera Panamericana. Vamos dejando los edificios de la ciudad y nos encontramos las humildes casas y chabolas de las afueras.
Cada vez más aparece el campo abierto. Se nos descubre muy poco alentador. Enormes laderas de montaña arenosa donde de manera informe se disponen las chabolas. Solo parece haber actividad al costado de la carretera. Pequeños talleres de todo tipo, tiendas de alimentación empobrecidas junto a grandes almacenes de distribuidores de productos selectos, y los primeros perros callejeros que sobreviven admirablemente en este tráfico de camiones, vehículos, taxis, bicitaxis y todo tipo de vehículo. Pareciera como si la vida se redujera a un puro movi-miento, a una actividad que sólo dará fin el sol con su ocaso. Y uno se pregunta, ¿Cómo y cuánto les costará llegar a la ciudad a estos pobres pobladores de los suburbios? El pensamiento social es inevitable.
Cada vez más aparece el campo abierto. Se nos descubre muy poco alentador. Enormes laderas de montaña arenosa donde de manera informe se disponen las chabolas. Solo parece haber actividad al costado de la carretera. Pequeños talleres de todo tipo, tiendas de alimentación empobrecidas junto a grandes almacenes de distribuidores de productos selectos, y los primeros perros callejeros que sobreviven admirablemente en este tráfico de camiones, vehículos, taxis, bicitaxis y todo tipo de vehículo. Pareciera como si la vida se redujera a un puro movi-miento, a una actividad que sólo dará fin el sol con su ocaso. Y uno se pregunta, ¿Cómo y cuánto les costará llegar a la ciudad a estos pobres pobladores de los suburbios? El pensamiento social es inevitable.
La azafata nos ha informado por la megafonía el plan de viaje. Parece que sirven un bocadillo y un refresco más adelante. Yo saco mis primeras fotos desde el autobús. A mi alrededor bastantes turistas que viajan como yo. Cada vez más van quedando solos la carretera y el paisaje vacío de todo. La carretera, como un postrer hilillo vital, sostiene el único vestigio de vida. La vista no alcanza a ver nada en el horizonte. En alguna vaguada o riachuelo aparece algo de vegetación y a su lado una hilera de casas que no quieren dejar la carretera vivificadora. Casas a medio hacer, sin encalar, sin cubrir, con los hierros del encofrado de las vigas al descubierto, esperando el buen
momento de hacer un segundo piso. Ladrillo en el mejor de los casos y adobe. Y una figura metálica, a manera de yunta de buey o como dos cruces unidas, en la techumbre de algunas casas, se me olvidó preguntar su significado. Y bastantes puestos de fruta abocados a la carretera.
Llegamos a Pisco. De esta población toma su nombre el cóctel nacional, el Pisco Sauer. El autobús se adentra en las resecas callejas de la población a esta hora tórrida de la tarde y entramos en una humilde estación de autobuses, pequeña y desierta a estas horas. Yo tomo mi mochila. Al bajar del autobús una mujer policía va advirtiendo de no hacer caso a cuantos tras una puerta, a voces o con carteles, reclaman a los turistas ofreciendo hotel. La mujer policía me señala, a mí que he bajado primero, una hoja mecanografiada, pegada en la pared que recomienda cuidado por lo mismo, ya que se han dado casos de asaltos y robos. Tomo buena cuenta y paso como una exhalación por entre toda esa gente y no hago caso aunque oigo el nombre de mi hotel. Para colmo de angustia, salgo a la calle en la dirección que sé del hotel y me tropiezo con un entierro típico. Por todo el ancho de la calle el cortejo. A hombros el ataúd, los familiares abrazados detrás, luego una multitud de gente, y detrás de todos, los músicos tocando una melodía fúnebre. Me parece mal presagio y aumentan mis temores. Dejo pasar el cortejo y continúo hacia mi hotel con el alma en vilo, pasando por delante de la iglesia y la plaza de Armas. Se trata de la Posada Hispana, un lugar acogedor, de ambiente joven, familiar, en principio me agrada mucho. Estando formalizando la recepción aparecen los chicos que me esperaban en la estación. Señalan a la chica recepcionista la circunstancia de que no les he hecho ningún caso. Yo me justifico advirtiendo los peligros del momento. Parece que no le dan tanta importancia e incluso les hace cierta gracia.
Subo a mi habitación y me ducho. Estoy cansado y hambriento. Bajo de nuevo y pregunto el modo de ir a las Islas Ballestas, la visita túrística de este lugar. El muchacho que había ido a la estación me dice que el encargado del viaje está por venir y que puedo inscribirme aquí mismo. Así lo hago y quedo para el día siguiente a las siete de la mañana en que vendrán a recogerme. Eso me satisface ya que todo queda bien ajustado. Como tengo que madrugar haré la visita rápida a la ciudad y cenaré temprano, además tengo bastante hambre.
Salgo a la calle. Ante tanto aviso, me parece que voy a tener algún peligro e indago en el hotel. Me dicen que no me aleje demasiado del centro y que no vaya a la playa solo y menos por la noche. Es mi primer contacto con el país y la cosa no pinta nada bien. Estoy un poco asustado y mis primeros pasos son de auténtico aventurero. Miro de reojo a los viandantes, compruebo que no me siga nadie. enfrente a un local hay unos jóvenes alborotando. Me parece que ese es el local donde me han dicho que van a poner un partido de fútbol de mucha expectación.
A unas tres cuadras está la plaza, la Plaza de Armas. Es la primera que veo de una población peruana de tantas que veré en mi viaje. Siempre el mismo esquema. Plaza cuadrangular, iglesia y dependencias oficiales.
(Vista de la plaza de Pisco e iglesia destruida en el seísmo de meses después)
Pero es el único lugar de la población donde poder sentarse al aire libre, en uno de esos bancos de madera o de hierro, según. Tomo las primeras fotos. La población en sí, no tiene mucho que ver. Así que me dirijo hacia la calle peatonal que lleva hasta otra plaza y de paso echo un vistazo al restaurante que se recomienda, situado en la misma plaza. Veo el menú. Caldo de gallina. Me parece muy recomendable para el cuerpo que llevo. Son las siete o algo así. Busco un lugar donde tomar algo y no lo encuentro, hay locales extraños que más parecen lugares para comer que para tomar una bebida. Muchas tiendas de todo tipo, sobre todo de ropa.
(Vista de la plaza de Pisco e iglesia destruida en el seísmo de meses después)
Pero es el único lugar de la población donde poder sentarse al aire libre, en uno de esos bancos de madera o de hierro, según. Tomo las primeras fotos. La población en sí, no tiene mucho que ver. Así que me dirijo hacia la calle peatonal que lleva hasta otra plaza y de paso echo un vistazo al restaurante que se recomienda, situado en la misma plaza. Veo el menú. Caldo de gallina. Me parece muy recomendable para el cuerpo que llevo. Son las siete o algo así. Busco un lugar donde tomar algo y no lo encuentro, hay locales extraños que más parecen lugares para comer que para tomar una bebida. Muchas tiendas de todo tipo, sobre todo de ropa.
Llego a la otra plaza de un aspecto zafio, con gente ocupada en sus menesteres diarios. No es lugar de estar. Regreso e intento encontrar un local para entrar. No lo hay. Al final veo una pastelería que tiene mesas y si no hay cerveza tomaré un agua o cualquier cosa, el caso es sentarse. Me siento en las primeras mesas, con vistas a la calle de un tráfico incesante de gente que o bien pasea o va de compras. Es sábado por la tarde y la gente está muy feliz por eso, con caras de fin de semana, sobre todo muchas chicas jóvenes, que se detienen a hablar y reír en animados corros.
Me siento, viene la chica y le pido de entrada una cerveza. Me va a decir que no hay, pero sí que tienen. Mientras la tomo se sienta en la mesa de atrás una pareja de novios muy jóvenes, que toman un gran helado y un refresco. Estoy un buen rato de descanso. Es todo lo que necesitaba. Un buen asiento, la cerveza y delante el transitar de la gente en este sábado, que como en todas partes del mundo, hace sonreír y pone buena cara a todo el mundo. Mis ojos se adaptan al colorido del ambiente, en la vestimenta de la gente, en las paredes de los edificios, la tez de la raza andina del incesante transitar de la gente joven en esta calle olvidada de sinsabores y malestares de la vida, y
en el interior de esta pastelería, diferentes formas de dulces en mil colores en pasteles y tartas, algunas excesivamente grandes y por eso no menos apetitosas.
Luego me levanto. Como no he comido este día en condiciones, me dirijo hacia el restaurante que he visto en la plaza, se trata de El Dorado, enseguida pienso en los aventureros del pasado buscando esas tierras prodigiosas. Tomo el mencionado Caldo de Gallina, que me sienta como agua bendita para mis tripas, como ya dije es todo un buen plato de carne, patata, legumbre, pasta y sopa, suficiente para saciar el apetito, luego creo que pedí un helado o un dulce que tenían expuesto en una vitrina. El lugar parece de confianza, hay algunos parroquianos de buen aspecto y el servicio es limpio y eficaz. Delante de mí tengo toda la amplitud de la plaza. Un taxista limpia con un trapo su pequeño vehículo, otro prepara justo delante de nuestro portal un carricoche para venta de helado?, dulces?, tampoco recuerdo bien, en todo caso es un modesto puesto de venta, como los que hay por aquí. Luego salgo a la plaza a estas horas bastante concurrida. Los bancos están todos ocupados, me siento como algún joven en la barandilla metálica que protege el jardín. Luego me entra el cansancio y como debo madrugar al día siguiente para visitar las Islas Ballesta y la Reserva de Paracas, me dirijo hacia el hotel, de paso veo el bar lleno de aficionados al fútbol contemplando un partido de máxima rivalidad. Es todavía temprano y por eso me detengo un rato tomando una cerveza en la barra del bar del hotel, modesta barra, pequeña, pero muy apta para la gente joven que se aloja aquí para comentar las correría del día. Me voy a dormir y debí dormirme enseguida.
4 DE MARZO, DOMINGO
Creo que venían a buscarnos a las siete de la mañana. Así que el madrugón fue tremendo. Hice mi aseo, esta vez observando fielmente las indicaciones, el repelente de mosquitos y las cremas protectoras para la piel. Bajé a desayunar. Ya en el salón habían algunos turistas, una mesa con chicos y chicas muy jóvenes que hablaban inglés, de piel muy blanca, yo pensaba si llevarían protector solar pues por el tono de su conversación parecían muy ajenos a estos problemas.
Una vez desayunado, me fui al portal a esperar que me recogieran. Pasó un tiempo, algunos clientes solucionaban problemas de alojamiento y de visitas en la recepción regentada por gente también muy joven. Al rato apareció el autocar. Comprobaron que figuraba en el listado y partimos. El guía, no, creo que era una chica, iba dando el programa del día. Salimos por una carretera que bordeaba la costa. Carretera recta y bastante transitada. Los rayos del sol acariciaban a esta hora de la mañana. Llegamos a una especie de embarcadero, con muchos puestos turísticos de sencillos restaurantes. Atentos a las indicaciones de los guías, nos situábamos en fila esperando el embarque en la barca que nos asignaban.
Era una barcaza pequeña, sin cubierta, donde cabíamos unas doce personas, todas bastantes apretadas. Nos hicieron poner el chaleco salvavidas. Yo, que subí en último lugar, me tocó un buen puesto trasero apoyado en la baranda de babor, sentados todos, algunas parejas de jóvenes a mi lado, creo que unos recién casados y dos chicos jóvenes parecían reencontrarse pues acometieron una febril conversación sobre situaciones y encuentros del pasado que duró buena parte de la travesía.
La barca inició la marcha con las explicaciones del guía sobre lo que íbamos a ver. Enseguida que nos adentramos en el mar hacia las islas Ballestas, aparecieron multitud de bandas de aves marinas posadas en el agua que remontaban perezosamente el vuelo al acercarse la barcaza. Otras pasaban volando en perfecta formación casi rozando el agua en dirección contraria a la nuestra. Era todo un espectáculo ver la majestad del vuelo de las aves en un entorno de color y luz marineros con un aire limpio y salobre que nos hacia sentir en el mismo medio natural que las mismas aves. Todo el mundo calla impresionado por el espectáculo, algunos comentarios en voz baja siempre referidos a las bellas imágenes que vivíamos en esos momentos. Hasta el mismo guía había dejado de hacer comentarios para, como había dicho, dejarnos gozar del momento.
Y así en silenciosa marcha, sólo alterada por el ruido de la motora que añadía, a su manera, su pincelada de color, llegamos a avistar las islas Ballestas, que fue cuando el guía reanudó sus comentarios.
Empezaron a aparecer ante nuestra vista los penachos de los picachos en donde, gracias a las indicaciones del guía adivinábamos casi, tanto era el sincronismo, la presencia dormida de algún
lobo marino plácidamente echado sobre la áspera roca. La barcaza pasaba entre los islotes. Bandadas de aves marinas sobre las rocas pintadas de blanco por sus excrementos, algún pelícano, algún pingüino, pero sobre todos los rebaños de lobos marinos, que en confusa promiscuidad ocupaban los pocos espacios hábiles para la comodidad de sus torpes cuerpos. Aquí el olor nauseabundo se mezclaba con el griterío incesante de la manada y una sensación de peligro, de estar fuera de lugar, nos invadía a todos.
Después la barcaza se alejó y regresamos a la costa. Volvimos a encontrar la paz del vuelo de las aves marinas que continuaban sus recorridos en bandadas o en solitario. Era de admirar la capacidad de vuelo de alguna que en solitario, simplemente mecida en el viento llevaba la misma velocidad nuestra, sin siquiera aletear.
Una vez en el puerto, el guía dio algunas indicaciones para los que continuábamos de visita a la Reserva Nacional de Paracas. Espere en el segundo restaurante, me dijo el guía. Había una hilera de pobres restaurantes donde la gente del lugar pasaba el rato en familia con niños que hacía sus juegos en las mesas de las terrazas exteriores.
Allí estuve un buen rato, me dio tiempo de tomar una cerveza. Me levanté, salí al exterior donde algunos viajeros esperan algo confusos e impacientes. Al fin llegó el guía con la lista de viajeros. Subimos en un autocar con un nuevo guía que mientras nos adentrábamos en un paraje desértico iba dandonos alguna información sobre la Reserva. Lo cierto es que resultó una visita muy aburrida, por más que mirabas no veías sino una sucesión de colinas arenosas sin vida alguna, aunque el guía se afanara en sus explicaciones sobre la abundancia de fauna que a estas horas estaba oculta en sus madrigueras. Una visita a unos acantilados con unas playas desierta y poco más.
Al mediodía nos llevó a una zona playera con restaurante en donde en este domingo se veía bastante gente del país en la playa y en los restaurantes típicos. Nos llevó a uno de ellos por su recomendación. A mí, sin fuerzas por el aburrimiento y el calor, me pareció una buena idea. Me siento en una mesa, pido una cerveza y la comida que debió ser sólo pescado frito con patatas fritas, por las debidas precauciones. Veo cómo el guía se sienta a la mesa de un grupo de alemanes que aguantan con mejor ánimo que yo el calor y las circunstancias y cómo entra en la mísera cocina con cierta familiaridad.
Un músico, viejo y con una guitarra zarrapastrosa, sucia y asquerosa, va cambiando de ubicación repitiendo casi siempre las mismas canciones, que no dejan de tener su interés por remitir a melodías tradicionales que uno no acaba de entender del todo por la mala dicción y torpeza de la ejecución. Sus manos sucias y encallecidas hacen sonar milagrosamente la guitarra utilizando el bordón con cierta maestría, seguramente debida a la larga experiencia. No deja de ser un cuadro pintoresco pero que a estas horas de la comida más bien da cierta repugnancia.
Tomo mi café y con toda la tarde por delante y en previsión de una visita vespertina igual que la de la mañana, me imagino la manera de escapar al hotel y descansar. Le digo al guía que estoy un poco mareado, no es del todo mentira, y enseguida me dice que puedo conseguir un taxi. Pero no lo hay. Luego me señala un lugar de la playa donde refresca un poco más. Efectivamente es un recoveco playero atestado de restaurantes al borde mismo del agua, en un lugar con entrantes y pequeñas calas. Descanso en una sombra y me repongo sin conseguir que me traigan un café por ser el final de las comidas con todo el personal atareado en recoger las mesas.
A la hora convenida continuamos la vista que es todavía peor que la mañana. Empiezan a ocurrir las situaciones insólitas de estos viajes, pasajeros que bajan porque llegan a su hotel, esperas en lugares extraños porque van a recoger a otros, visita de un museo que no tuve fuerzas de conocer y al final el penoso recorrido de vuelta hacia el hotel.
Me duché y descansé un rato en la cama. Estaba con muy poca ilusión y los horarios de los autobuses para continuar en dirección a Arequipa no se ajustaban a mis conveniencias, unos por ser nocturnos, otros por la hora. Pasar una nueva noche en Pisco me parecía una perdida lamentable de tiempo, por la falta de atracciones y motivaciones. Hasta que algo se revolvió en mi interior. Hay que reaccionar como sea. Mejor la aventura nueva que la vaga monotonía.
Salí a la calle. Volvía a la agencia a consultar los horarios. Alguien me habló de Ica como lugar con más combinaciones. Había que ir. Hay una agencia que tiene línea para Ica. Estaba en la misma plaza. Sí pero tiene que ir al cruce con el colectivo. Sin saber del todo qué era eso, me dirijo al hotel y recojo mis cosas apresuradamente aunque pierda una noche de hotel. Vuelvo a la agencia. Me
dicen que el boleto lo dan en el mismo autobús, que salga a la calle a tomar el colectivo. Yo suponía que sería un pequeño autocar de estos que hay por aquí y al no aparecer me dirijo a un taxi particular que carga a viajeros. Sí, es este, suba. Es un cochecito minúsculo, me ponen delante y tengo que plegar mis piernas hasta las narices con la mochila no sé por donde. Arranca a toda velocidad y con bastante amabilidad el chófer me informa por completo de la situación. Se trata de llegar al cruce, a unos tres kilómetros, por donde pasa la Panamericana y allí esperar la llegada del bus a Ica. Cuando llegamos hay un bus detenido en el mismo borde de la carretera. Corriendo vamos unos cuantos y subimos. Hay sitio y aunque es una línea de segundo orden, no deja de tener aire acondicionado y hasta me parece que lleva un video. Me siento nuevo. Como salido de un problema y con toda la ilusión renovada para continuar el viaje. Los nervios se me aflojan y en el trayecto, de unos cuarenta kilómetros, me da tiempo ya de consultar la guía Money Planet para el alojamiento en Ica.
(Han pasado unos días después de escribir estas líneas. Retomo ahora en Agosto este capítulo con motivo del terremoto que ha azotado la población de Pisco. Qué lejos estaba yo de suponer todo esto cuando me fui acuciado por el viaje recién iniciado. Pienso en la Pensión Hispana, en donde dormí, en cómo quedó, espero que bien, y que toda esa gente joven trabajando allí se encuentre bien. Me impresiona la iglesia que ví tan airosa, en la plaza, destruída por completo tal y como muestran las fotografías. Pienso en esa gente anónima con la que me tropecé en mi caminar por las calles de Pisco. Cuantos de los fallecidos pasaron a mi lado, con su negro destino desconocido. Todo esto me hace reflexionar sobre lo azaroso de la vida)
La Vía Panamericana atraviesa zonas menos áridas y mi imaginación busca los verdes campos de vides que aparecen a trechos, tal como me dicen las lecturas. Ica dicen que es una población vinícola pero he de decir que bien sea por las circunstancias de mi viaje o por lo que sea, pero me quedo con lo imaginado por medio de esas lecturas que con lo visto. Ni una sola copa de vino, ninguna visita a las bodegas, que las hay, ninguna contemplación de un fértil valle de viñedos. Todo lo contrario llego a Ica en esta soleada tarde de domingo y todo lo que veo es una ciudad confusa, bulliciosa, caótica, las calles con el pitido continuo de los coche y taxis, esos taxis diminutos, y cuando no, los mismos guardias de circulación que parecen tener el derecho exclusivo de hacer sonar su silbato por cualquier motivo.
Me dirijo en dirección a la plaza de armas, a las calles aledañas en donde figuran los hoteles que he seleccionado. Voy con mi mochila fuertemente sujeta a la espalda, tratando de llevar un caminar seguro y firme para evitar los peligros que tanto anuncian las guías de turismo. Por la abigarrada calle de tráfico y gente me cruzo con un grupo de chicas, turísticas como yo, que a su sola vista me dan cierto ánimo. Llego a la plaza, parece imposible cruzar la calle del tráfico que hay, hasta el punto que hay que exponer. No hay semáforos, pero sí algunos pasos de cebra pero de poca confianza. Deambulo algo perdido hasta que llego al primer hostal que no me da confianza. Continúo hasta el siguiente, eso me obliga a echar ojeada al plano de la guía, lo cual hago con cierta dificultad por el paso incesante de la gente. Llego al Hotel Siesta, un hotel modesto pero con gente mayor y de confianza en la recepción. Respiro, llevo una hora desde que he bajado del autobús y sin encontrar un bar de confianza, vamos no he visto ninguno, donde descansar y tomar algo. Reviso la habitación que entra dentro de lo aceptable. Pongo la ropa de la mochila, que tan apresuradamente hice en Pisco, en el armario, descanso un poco. Abro la ventana, enfrente unos patios de edificios sin ventanas, sin carácter, pero muy apropiado para alejarme del ajetreo y el ruido de la calle. Descanso un poco y salgo hacia la Plaza de Armas con la lectura bien hecha de la ciudad para orientarme hacia los lugares de descanso de la ciudad. Deambulo por algunas calles, y los restaurantes y bares, o están cerrados o son de poca confianza, total que acabo en la plaza donde he visto al pasar unos locales de puertas abiertas y bastante concurridos de gente dominguera. Entro en el restaurante Venecia, que será sin saberlo, a partir de ahora mi lugar donde tomar bebida o comida, no creo haber entrado en ninguno otro más en esta ciudad. Creo que después de tomar una cerveza, amablemente servida por unas simpáticas señoritas, que llegarán a conocerme a fuerza de ir siempre a ese mismo sitio, creo pues que sería consultando la guía, que no abandono nunca, cuando me percato que debo de sacar el billete de autobús si quiero continuar viaje al día siguiente, así que vuelvo al hostal para coger el pasaporte o cualquier otra cosa y me dirijo de nuevo a la zona de autobuses. Mi intención es viajar por el día con el fín de ver bien el paisaje y aprovechar el largo
recorrido hasta Arequipa, que es de unas ocho horas. En Cruz de Sur el viaje es nocturno, no me interesa, allí me encuentro en la sala de espera a aquellas chicas que ví por la calle al llegar y que siguen proporcionándome ánimo para mi viaje, a la vista de su actitud viajera llena de optimismo. Está anocheciendo. Me dirijo a Ormeño. Consulto horarios y hay un viaje que me interesa. Es a las una o dos de la tarde, un horario estupendo. Como no sé cuánto tiempo me llevará la visita de la ciudad de Ica, me voy sin sacar el billete pero con la confianza que me dan de que seguro que tendré billete en el momento de viajar.
Contento regreso a la Plaza de Armas. Doy un paseo por los locales de música joven que anuncia la guía, sin decidirme a entrar en ninguno, porque están vacíos a esta hora de la noche. Regreso a la plaza y decido cenar. No veo ningún sitio de confianza en las inmediaciones y al fin, rompiendo con mis dudas, entro en uno en que una vez dentro casi decido salir. Me parece mal y pido algo frito, nada más y la bebida y salgo de nuevo a la calle. No recuerdo más de esa noche. Estaría cansado. Regresé al hotel. La habitación tiene televisión. Compraré alguna bebida y veré algo la tele. Llego a la recepción y me acuerdo que tengo que comprar agua embotellada para el lavado de los dientes, una de las prevenciones es no tomar agua de grifo ni para eso. Debí dormirme pronto, quizás consultando las visitas del día siguiente o repasando mentalmente las peripecias del día, la visita a Islas Ballestas y Paracas, la salida precipitada de Pisco, etc. De lo que estaba ausente entonces mi mente es del triste suceso que me ocupa ahora que escribo en el mes de junio de 2007, como es el fallecimiento de mi hermano Josemari y que ha interrumpido unos días estos recuerdos de mi viaje a Perú. Vaya para él este recordatorio imaginario desde mi habitación del hotel Siesta de Ica, como humilde homenaje a sus pasiones literarias y viajeras pues él desde la cama del hospital de Reus, seguro que estaba viajando también conmigo, de la misma manera que lo hace en sus colaboraciones literarias en revistas de Tarragona y Valls, escribiendo sobre lugares y países que no ha visitado, pero que la literatura le facilitaba. Comentamos algunas peripecias del viaje y en las posibles desviaciones del mismo, él me sugirió la visita a Chile, a Valparaíso, ¿qué lecturas tenía hechas para hablarme con tanta propiedad y amor de esas tierras? Llegué a comprar la guía turística de Chile, que en mi dolor por su estado, le dejé para que siquiera viajara imaginariamente conmigo y porque yo ya tenía como muy imposible la conexión con Chile.
5 DE MARZO, LUNES
Me levanto pronto pues tengo que ver si puedo visitar Ica en una sola mañana. He leído con satisfacción que el Museo Cabrera, abre también los lunes. Desayuno en el sitio indicado como lugar de residencia en Ica, como es el restaurante Venecia. Como el museo queda fuera del plano de la guía, debo consultar sobre su ubicación y distancia y para tomar el taxi en la dirección más correcta, pues el tráfico es tan intenso y caótico que tomarlo en dirección contraria puede ser una pérdida lamentable de tiempo y dinero.
Se trata de un museo un tanto particular, hecho con más entusiasmo que medios, pero que agrada visitar por la carencia de toda información superflua. Entras y ya tienes el contenido a la vista. Éste consiste en hallazgos hechos en la comarca. Hay algún hermoso tejido de la antigüedad, celosamente guardado en vitrinas cerradas de cristal, y de alguno sólo la fotografía del mismo debido a los robos, que tan insistentemente advierten con notas en el mismo museo. Cuando pienso que ya he visto todo el museo, advierto que me queda la planta de arriba, así que paso por delante de las terribles momias para llegar pronto al piso de arriba, donde se trata de la historia más reciente. Aquí hay alguna pintura historicista que trata del encuentro entre Bolívar y San Martín en un palacio del que hoy sólo queda el portal y que está al lado de mi querido restaurante.
Regreso a la ciudad. Antes veo la primera llama peruana en la zona ajardinada del museo, atada a un árbol y totalmente indiferente a la foto que le estoy sacando. Tardo un poco en encontrar taxi a pesar de la intensa circulación. Alguna bicitaxi se marcha descontenta con el regateo que hacemos. Tendré que ser menos tacaño con la próxima. Llego de nuevo a la plaza de Armas y decido comer un poco no sea cosa que en el autobús no lo pueda hacer, aunque sabemos que dan de comer en los viajes largos, como éste de ocho horas a Arequipa. Llego al restaurante y pido un plato combinado. Enfrente una pareja de turistas posiblemente alemanes, están tomando un café con pasteles, de
tantos y tan buenos que hay por aquí. Ella se ha acercado al mostrador para señalar los que le gustan. Yo a la vista de los que considero compañeros turistas me tranquilizo y gano en confianza para seguir este aventurero viaje.
Lleno de nuevo la mochila con todas las cosas y me dirijo a la estación de autobuses de Ormeño. Saco el billete y me comunican que hay un retraso de una hora. Espero en una sala de al lado y al rato pasa un empleado y me advierte que vigile mi mochila, que la tenga bien sujeta.
No una hora, son dos horas el retraso. Al fín llega como nave salvadora y unos pocos viajeros subimos en él cumpliendo con los controles de seguridad de los encargados. No viene muy lleno y la distribución de asientos se hace de manera ordenada de modo tal que se nos asignan dos asientos para cada viajero mientras no lleguen más. Algunos viajeros ya están durmiendo y en la zona panorámica del segundo piso hay una familia de turistas que han ocupado la mesa de descanso para tomar algo, leer o conversar. Yo estoy inmediatamente detrás. Preparo mi guía del viaje y la cámara de fotos para no perder detalle del paisaje. Este modo de viajar por el día es el que me gusta para sacar partido al largo trayecto haciendo una visita rápida al país a través de la ventanilla del autocar. A veces me levanto para sacar la foto desde la zona panorámica y obtener así una foto frontal del paisaje, con la carretera como eje central de la misma. El paisaje enseguida se nos presenta con toda su crudeza. Largas rectas en un entorno arenoso interrumpidas por desniveles bruscos de algún macizo montañoso y algunos villorrios de casas a medio hacer, siempre al lado de la carretera, puestos de fruta, talleres mecánicos, allí donde la presencia de un riachuelo, que en algunas ocasiones es simplemente un barrancal seco que en días de tormenta o en la estación húmeda otorgará su líquido salvador a los humildes habitantes de estos parajes.
El autobús sigue su ruta insensible ante tanta pobreza. El chófer se detiene un momento y compra alguna fruta de un puesto callejero repleto de tanta que cuesta trabajo saber de dónde la han sacado. Inmediatamente regresa al autocar comiendo a toda prisa alguna fruta y arranca de nuevo provocando un violento contraste entre el poderoso transitar del autocar y la apacible y humilde existencia del pueblecillo.
Yo no me canso de mirar el paisaje. Un regalo para la vista, sin entorpecimiento alguno de arbolado ni viviendas, aquel porque no existe, éstas porque son de una sola planta y desde el segundo piso del autocar uno transita como en volandas por encima de tejados y terrazas, obteniendo una visión completa de todo. La azafata ha anunciado el programa del día. Va a servir un bocado y un vaso de refresco inmediatamente. Luego seguirán las películas en las pequeñas pantallas y habrá una ligera parada a medio recorrido para tomar algo.
Efectivamente, después de kilómetros y kilómetros en donde la vista trata inútilmente de hallar vida, pero en vano, ni un solo arbolillo, ni una sola casa en el paraje desértico. De esta manera llegamos al atardecer a un enclave camionero en un lugar con algunas casas dispersas, después de haber visto ponerse el sol en el horizonte marino, a la vista de unas playas arenosas que inundan con sus arenas movedizas algunos tramos de la carretera, bañado todo en un amarillo tristón y melancólico, mar, arena, colinas y carretera, con ese sol acaparador y ensoñador, resplandeciente, imborrable, fugaz, como súbita muerte, como son todos atardeceres.
Y es que ya hemos iniciado el ascenso en altitud. He leído ya que Arequipa está a 2600 metros de altitud y vamos a llegar en unas cinco horas, ya he tomado alguna precaución comprando algunos caramelillos para los oídos. Así es que llegamos al puesto camionero que la azafata ha anunciado diciendo que estaremos unos quince minutos. El autocar penetra por un portalón en un solar de tierra cerrado por una sencilla tapia. Los primeros pasajeros salimos con paso incierto debido a tantas horas de asiento. Algunos prenden enseguida el cigarrillo. El chófer, máxima referencia para saber el momento en que partiremos, ha desaparecido y no se le vé en la sencilla tienda de bebidas y comestibles que nos aguarda ya, luego veré donde se ha metido. Se trata de un portal quizás reservado a los chóferes para su descanso y aseo por donde luego le veré salir hablando con alguna persona de allí. Yo me dirijo a otra tiendecita donde me ofrecen cerveza, pero sólo tienen de tamaño grande como suele ocurrir en algunos puestos sencillos de bebidas. Salgo al solar con mi cervezón en la mano, bien helado, a caminar y estirar las piernas entre trago y trago. La tarde está muriendo y el momento es de lo más sublime del viaje, a pesar de la cerveza y el desamparo del lugar, con mis sueños en parte ya cumplidos y con el viaje ya definitivamente encarrilado, sólo hay que dejarse llevar por los acontecimientos. Además ya hay un hotel que me espera en Arequipa y me han dicho
que saldrán a esperarme, claro que ya sé el nombre de la persona que me espera, cumpliendo con las debidas medidas de seguridad que me aconsejan.
Proseguimos el viaje, ahora entre curva y curva en ligero ascenso. Vemos quedarse el mar cada vez más abajo hasta desaparecer tras alguna colina. La luz del día aún muere lentamente, pero puedo distinguir las suaves colinas desnudas de toda vegetación. Temo ver aparecer alguna fuerte subida, pero esto no ocurre. El autocar sigue su decidida marcha. Pienso en el chófer. Debe ser persona experimentada, sino no se explica la forma natural y decidida de tomar las curvas, de cruzarse con decisión con los otros camiones y autocares que nos vienen de frente, de abordar los desniveles y precipicios que nos amenazan. Algunas veces vuelven a aparecer las largas rectas, pero ahora en ligero ascenso. Se hace la noche. Yo no quiero dormir. Mis ojos escrudiñan entre la oscuridad cualquier cosa, una casa solitaria, algunos chamizos con ralos emparrados y otras plantas para mí irreconocibles, algunas plantaciones, pocas, perdidas en el monte bajo, algunos corrales de animales domésticos, y si acaso, algún lugareño que mira con aire conformista el paso del autocar seguramente objeto de sus viejos sueños. En alguna población que hemos pasado antes, he visto a los niños jugar en las plazas sin urbanizar, con esa alegría y entusiasmo como no veía desde hace tiempo. Yo no sé lo que voy leyendo, será la guía turística, donde ya voy descubriendo los restaurante y bares, así como la información cultural, y sobre todo haciéndome cargo del lugar. Conviene saber dónde está la iglesia en la plaza de Armas, punto de referencia inevitable para situar los demás lugares y que al llegar, no tener que estar perdido a merced de las inevitables ofertas para coger un hotel o alquilar un taxi, amén de los posibles salteadores.
Las horas al final, en la noche, se hacen eternas. Son las diez y deben quedar un par de horas. El cansancio y la noche me hacen parecer pasar por lugares casi fantasmagóricos. De pronto una central eléctrica que en la noche se nos presenta como un castillo lleno de misterios; otro lugar iluminado por tristes lucecillas, sin alma alguna en la calle, que desaparece al vertiginoso paso del autocar; otra vez el campo oscuro y silencioso. Miras al cielo buscando una estrella entre nubes que te dé un signo de vida. En estas circunstancias temes cualquier desastre. Pero ahora es la seguridad lo que más deseas. Rezas para que no ocurra nada, que el autobús se vaya al campo, un pinchado, un choque, estás deseando llegar cuanto antes.
De pronto, a lo lejos, una gran iluminación. Ya debemos llegar a Arequipa. El autobús baja por unas pendientes que han aparecido en la alta llanura. Las luces desaparecen. Vuelven a aparecer cada vez más próximas. Deseas llegar cuanto antes. Pero vana ilusión. Llegamos al lucerío. Se trata de un gran complejo de casas dispersas. ¿Será alguna población ¿ consulto el mapa y no veo ninguna. El autobús sigue impertérrito su marcha alocada. Vuelta a reclinar la cabeza en el respaldo y a avizorar todo cuanto aparece en el ventanal del autocar. Los pasajeros duermen. El chófer parece bien despierto para manejar con esta soltura el autocar, con tantas curvas, subidas y bajadas y la carretera no muy ancha, enfrente de la cual aparecen de cuando en cuando un par de ojos luminosos que se cruzan raudos y desaparecen detrás nuestro con la misma velocidad. Son esos momentos en que todo dentro del autocar aparece en orden. Este silencio interior es de una gran espiritualidad en el fondo. Parece regido por el destino sin participación alguna del azar circunstancial. Si no fuera por el cansancio resultaría un nirvana apaciguador del espíritu. No es la primera vez que me ocurre en viajes largos de autobús y la falta de sueño produce un efecto catalizador del cansancio llevándonos casi hasta otra dimensión emocional.
Con estos y otros pensamientos llegamos ya cerca de otra gran iluminación. Esto debe ser ya Arequipa porque algún pasajero anda ya removiendo sus cosas y después de él otros. Luego el autocar penetra con la misma presteza en unas calles iluminadas. Abordamos una gran avenida, luego otras calles pequeñas, asi un largo trecho por el interior de la ciudad ya adormilada a estas horas de la noche. Son cerca de la una de la madrugada. Por un gran portón entramos en la estación de autobuses. La azafata ya nos ha anunciado la llegada a Arequipa. Yo sólo tengo que coger mi mochila que tengo debajo del asiento. Bajo del coche. Entro a la sala de espera. Un grupo de gente espera a los viajeros. Oigo mi nombre y un muchacho joven, de figura pequeña y menuda, se presenta en representación de mi hotel. Los rasgos de este muchacho me resultarán luego familiares en las calles de Arequipa. Son esas definiciones raciales que todos vemos en nuestros viajes y que nos hacen confundirlos en las calles. Un taxista particular se ofrece. Llegamos a su coche de muy mal aspecto y el muchacho lo rechaza aunque el otro hace esfuerzos presentando su licencia.
Subimos a otro de más confianza. Por el camino me voy disculpando por la hora. El chico dice que no es nada, que es normal. Y debe ser así teniendo en cuenta los horarios de estos trayectos.
Llegamos al hotel situado en una calle tranquila. Se trata del hostal Las Torres de Ugarte. La habitación tiene lo necesario. Ni más ni menos. Hacemos la ficha de entrada rápidamente y me voy a dormir. La habitación está algo fría. Viniendo de la costa este contraste es normal. Estamos aquí a unos 2. 300 metros. Mis sensaciones empiezan a prepararse para las alturas de los Andes. Pero sólo quiero dormir y que llegue el nuevo día para ver esto porque a estas horas todo parece triste y frío, silencioso, inquietante casi perturbador. Debí dormirme enseguida.
6 DE MARZO, MARTES
Me ha dicho el chico que el desayuno es hasta las diez. Así que cuando me despierto poco antes, me visto y salgo a por el desayuno. Ya me ducharé y asearé más tarde. Pienso que se acabaron las prisas. He llegado a la primera población importante después de Lima y pienso estar unos días de visita o simplemente descansando, tengo muchos días por delante, aunque ya pienso en el Titicaca y en Bolivia, tan próximos. Se puede decir que mi viaje a Perú está ya en marcha. A pleno rendimiento. Ya han desaparecido muchas dudas.
Me presento en la recepción. Veo a la chica que me atendió por teléfono y que me reservó la habitación. También saludo a la dueña del hostal. También una persona joven y muy amable. Me parecen todos encantadores y siento que he elegido un buen lugar de residencia.
El desayuno es arriba, en la tercera planta, más arriba está la terraza panorámica, desde la que se ven todos los tejados de la ciudad, incluidas las torres de la catedral y una enorme palmera mocha y de aspecto lamentable, enormemente gruesa, quizás por las plantas parásitas que trepan por su tronco.
El desayuno es exquisito. Huevos fritos o revueltos, tostadas, mantequilla, fruta y café. En la sala hay una pareja de turistas como yo. La sala es limpia, aireada, luminosa, de alegre colorido, como debe ser para hacer un buen desayuno. Yo mientas desayuno, ya voy consultando cosas de la ciudad. en la guía salvadora, aunque ya en el viaje de ayer del autobús ya hice algunas consultas.
Salgo a la calle después de regresar a la habitación y poner un poco de orden en mis cosas. Como siempre me he puesto la crema solar y me he puesto el repelente de mosquitos aunque sigo sin ver ni uno. Salgo a la calle, pues, y todo me parece tan diferente a como lo hallé en la noche, que me parece que estoy en otra ciudad. Ya no me parece la calle del hostal un callejón insignificante, apartado y siniestro, sino que todo lo encuentro lleno de luz. La luz blanca de las paredes que rodean como un fortín el monasterio de Santa Catalina, paredes porosas que invitan a tocarlas, a palparlas por su suave tacto. Hasta parece que van a dejar suavemente teñidos los dedos de las manos, como si fueran de piedra caliza, de tiza blanda con la que escribimos en la pizarra. Pero no, a fuerza de tocar dejan un leve rastro en la mano, pero son piedras de fuerte resistencia. Así es como han llegado hasta nosotros intactos estos edificios señoriales del siglo XVI, que no necesitan encalados ni pinturas, su aspecto es siempre el mismo, muy distinto a las sucias piedras de nuestros edificios europeos, tan necesitadas siempre de cuidados.
Bordeando el tapial del monasterio de Santa Catalina llego a la calle del mismo nombre y decido no entrar al mismo a la vista de la cantidad de turistas que esperan visitarlo. Decido hacerlo por la tarde, seguro que tendré menos gente. En dirección contraria llego a la plaza de Armas. Sé que allí está la catedral, pero la ignoro de momento, quiero verla en perspectiva desde uno de los lejanos ángulos de la plaza. La plaza es grande, acorde con la magnitud de la catedral y de la ciudad. Rectangular, rodeada de edificios señoriales ocupados todos por restaurante y terrazas de bar en su piso alto, con balconadas y terrazas que permiten una sosegada contemplación de la plaza. Ésta la vemos con suave arbolado que no oculta la visión total como ocurre en algunos sitios. Tomo mis primeras fotos mientras doy vueltas a la plaza buscando todas sus prespectivas. La mañana es soleada aunque algunas nubes no dejan ver los altos picos de los volcanes que deben estar detrás de la catedral. El Misti, Pichu Pichu y Chachani, los cuales no veré en ningún día, salvo un amanecer desde mi habitación del hotel antes de que las puntuales nubes los oculten como cada mañana.
Pero la ciudad tiene su interés hasta sin ellos. La plaza está llena de gente. Unos por sus trabajos, otros sencillamente ociosos. Resulta complicado hallar un banco libre. Algunos niños corretean entre los limpiabotas siempre ansiosos por encontrar clientela. Yo lleno de felicidad sigo buscando el buen ángulo de la foto. Subo a una terraza porticada a tomar un café con leche. A un lado tengo las torres de la catedral. Leo que una de ellas ha sido restaurada después del terremoto del 2001. Hay un muchacho tocando la zampoña, la flauta peruana, y que en algún momento tocará el Cóndor Pasa. Hay que darle propina cuando se levanta paseando su bandeja por las mesas. Estamos pocos turistas, casi todos ajenos a su música e imbuidos en sus conversaciones. Cuando bajo de nuevo a la plaza, por la estrecha escalerilla de la casa me dirijo hacia la catedral en el momento que cierran. Un muchacho advierte a los turistas que ya no hay visita. Deben ser las 12 de la mañana. Tomo nota de los horarios y me dirijo hacia la iglesia de los Jesuitas, situada en una de las calles de salida de la plaza, situadas en los ángulos de la misma. Siempre veré esta misma disposición urbanística de la plaza de armas. Las salidas en las esquinas, dando lugar a dos calles que parten en ángulo recto, creando sucesivas ramificaciones rectangulares en toda la ciudad. Este urbanismo colonial ha puesto cierto orden en el caos de la ciudad. Si hay alguna calle que arranca del centro de uno de los lados, será una calle secundaria, de poca entidad.
Llego a la iglesia de los Jesuitas. Me sorprende su rica fachada majestuosamente labrada en la piedra volcánica, piedra blanquecina que estoy empezando a conocer. Estoy un rato entre el ir y venir de la gente de pasa por aquí. Pero a diferencia de Ica, aquí los coches no pitan tanto y el deambular callejero resulta más agradable, a pesar del tráfico de coches y personas. Entro en la iglesia. Me sorprende enseguida el retablo del altar mayor. Todo su dorado refleja la fuerte luz que viene de la calle y de las luces interiores. Hay una bandera vaticana a la derecha del altar en recuerdo de alguna visita papal o por concesión de algún privilegio vaticano. La gente reza, los turistas pasamos con respeto por delante de las capillas en nuestro recorrido hacia los claustros, a los que se accede desde el interior.
Si la nave de la iglesia gusta, no lo es menos los claustros interiores, los cuales nos hacen pensar más en el recogimiento del estudio que el de la oración. Seguimos con el mismo tono blanquecino de las piedras volcánicas. No hay lugar para otro decoro. Parece como si la propia belleza de la piedra se baste por sí misma para hacer de elemento constructivo, al mismo tiempo que decorativo. Los claustros son abiertos. La gente de la ciudad pasa por ellos a algún sitio o a alguna dependencia comercial y cultural que se hallan en ellos. No hay por eso devoción. Hay comercio y estudio. Son pues unos claustros muy jesuíticos, pero no por eso menos llenos de encanto. Yo voy por ellos y vuelvo como si no quisiese salir, como si no acabara de entender todo su misterio, de entender toda su belleza. Pero la salida está enfrente. No hay que volver a entrar en la iglesia. Salgo a la misma calle por donde se entra a la iglesia y vuelta al ajetreo y bullicio de la calle. En algún restaurante local ya hay gente comiendo. Cada portal es un comercio. Yo vuelvo a la plaza y subo por la calle S. Francisco. Entro en una librería, más bien papelería donde no veo libro interesante que comprar. En realidad no sé cual busco, quizás una novela del país, algún libro que enriquezca la parquedad de las guías turísticas. Paso por delante de unos restaurantes que tienen al fondo un horno como de hacer pan y veo algunos comiendo un plato de carne. Llego a la iglesia de San Francisco que está cerrada. Busco un sitio donde tomar una cerveza, pero resulta complicado. Al final, después de deambular por aquí y por acá entro en uno que parece como argentino. He visto la carta y me apetece comer un buen pedazo de carne. El interior está todo él ocupando un espacio antiguo y la misma decoración es del mismo tono. Hay distintos espacios aprovechados, hasta un patio interior, veo algunas mesas de comedor. La comida no está nada mal, pero esperaba algo mejor.
Salgo a la calle en dirección al monasterio de Santa Catalina. Enfrente está Las Quenas, un restaurante espectáculo donde toca un grupo de jóvenes peruanos todos ataviados del mismo modo con vestiduras tradicionales y que interpretan música inca con alguna incursión en algún tema internacional pero siempre con sus flautas, violín y guitarras. A estas horas hay pocos comensales. Yo llego y me sitúo al final, a la entrada y pido un Pisco Sauer, el cóctel nacional que ya conozco. Les pregunto a los dueños que cuando es la actuación. Dicen que por la noche. Tomo nota y al acabar el cóctel paso enfrente para visitar el Monasterio.
A estas horas de la tarde no hay ningún visitante. Entro y recorro las callejuelas del monasterio. He leído que fue un monasterio selectivo, para novicias de clase alta, pero que llevaban una vida un
tanto licenciosa. Así da a entender este paraíso urbano de callejas y plazuelas, con una arrulladora fuente y unas cocinas más propias de alto palaciego que de vida monacal.
Vuelvo al hostal, que como dije está muy próximo. Subo a la terraza. Contemplo la ciudad asoleada a estas horas de la tarde. Escucho algo de música local en mi aparato de radio mp3 y descanso un poco en mi habitación.
Al atardecer salgo a la calle de nuevo. Deambulo un rato por las calles. Me informo del viaje al Valle del Colca. Tomo otra cerveza en las terrazas altas de la plaza de Armas. Vuelve a sonar la flauta del músico callejero en la terraza. Vuelta a subir la calle S. Francisco que es la más concurrida. Entro en una librería de categoría que está a la entrada de un pasadizo de una casa. Hay libros interesantes. Veo uno que incluye un cd musical sobre el Valle del Colca, que estoy a punto de comprar. Consulto la estantería literaria y aunque busco algo de Vargas Llosa, o de otro escritor nacional, no me percato que nació en esta misma población. Salgo sin comprar nada. Subo al final de la calle pero no entro en los pubs juveniles a estas horas con bastante gente. Al final me tomo un bocado en un quebab y me voy al hostal. Cerca de las diez empiezan a cerrar los restaurantes y algunos bares. La ciudad se vacía. Y yo como estoy cansado decido ir a mi habitación. Veré la tele y dormiré para estar descansado al día siguiente.
7 DE MARZO, MIÉRCOLES
Me levanto a buena hora, con tiempo para asearme y ducharme antes de subir a desayunar. Salgo a la calle de una ciudad ya conocida. Quiero ver la iglesia de S. Francisco y marchar a comer al restaurante Sol de Mayo, en el barrio de Yanahuara. Veo el Museo Histórico Municipal. Luego tranquilamente voy caminando por la Avda. Puente Grau hacia Yanahuara. Paso por el puente y unos jardines acostados en la ribera del río. La avenida es bulliciosa, muy transitada por todo tipo de vehículos. Con incesante rosario de los pequeños colectivos que en annegada labor van recogiendo a la gente hacia los alejados barrios que figuran escritos en toscos carteles llenos de colorido en la delantera de los vehículos. En algún sitio he leido que no hay que hacer caso de los que figuran en los laterales. Uno de ellos creo recordar que decía Cerro Colorado, y así oí cómo lo pregonaba uno de los cobradores. Paso por delante de todo tipo de establecimientos, comercios, restaurantes populares, talleres, bancos, etc. Absorto en mi caminar, o arrastrado por la misma prisa de llegar, me paso de largo y llego a una gran avenida transversal que me hace sospechar. Pregunto a unas jovencitas de un puesto callejero y me dicen que debo retroceder tres o cuatro cuadras y por una calle lateral paso por delante del restaurante Sol de Mayo, ya abierto a esta hora del mediodía. Continúo hasta la plaza de Yanahuara para ver el mirador desde el que se divisa la ciudad de Arequipa. Al lado está la iglesia, un templo colonial de hermosa fachada labrada en la piedra blanquecina típica de Arequipa. Descanso en el jardincillo de enfrente y entro en la tienda de ventas para turistas, llena de todo tipo de artículos de recuerdos del Perú. No compro nada, no es el momento, ni voy con ganas de cargarme de peso. La niñita de una vendedora parece como darse cuenta de mi actitud y con gestos ya aprendidos de su madre me señala los artículos, invitándome a la compra, mientras enseña los blancos dientes con una sonrisa ya cargada de malicia. Tiene unos ojos y una cara de una belleza tan típica de la raza andina como no he visto más en el Perú. Me alejo con tanta pena de no haberle sacado una foto que casi estoy por volver sobre mis pasos. Con este sentimiento llego al restaurante. Al principio vacilo pues la entrada tiene cierto porte señorial y
no sé dónde me meto. Además, unos camareros de etiqueta van recibiendo a los comensales con gran solicitud. Adopto una actitud intermedia ante la misma, y digo que voy a la barra a tomar un aperitivo. Les parece correcto y me siento en ella con el pretexto de averiguar algo más. Allí hay una carta que consulto. Los precios me parecen razonables y con toda normalidad voy a ocupar una mesa que enseguida uno de los camareros me ofrece a mi gusto. Me siento enfrente del escenario donde un grupo interpreta música andina, algo alejado, en las mesas del pasillo elevado de la parte cubierta. Un buen sitio para evitar situaciones imprevistas típicas de estos sitios para turistas, los cuales van llegando en parejas o grupos conducidos por avispados guías duchos en este quehacer repetitivo de cada día. Les dejan acomodados y luego circulan por los pasillos saludando
ostentosamente a unos y otros, con tanta soltura como si fueran los mismos dueños del local. Creo estar viendo a los primeros peruanos felices. Al menos eso me parece comparando con los tipos que me toca ver por las calles. La orquesta sigue tocando inmutable ante el movimiento de mesas. En una de ellas una pareja de turistas, seguramente angloparlantes, terminan de componer la imagen típica del ambiente, probando suculentos platos con cervezas. Yo pido pimientos rellenos y asado con una tableta de patata cocida y dorada al horno, todo en un mismo plato, y una botella de vino del Perú.
Al cabo se retira el grupo musical y su lugar lo ocupan dos músicos que van a interpretar música ambiente. Yo termino y vuelvo caminando hacia la ciudad. La tarde es soleada y cálida. Me detengo en uno de los restaurantes populares y pido un Pisco Saber. El restaurante tiene unos precios baratísimos, pero se vé de poca categoría, aunque es espacioso y limpio. Me detengo en las paradas de los colectivos para contemplar el espectáculo de viajeros y llegada continua de autocares.
Llego a la ciudad. Voy a la iglesia de S. Francisco a ver el claustro que no he visto. La visita es obligatoriamente con guía. Incluye la visita de las habitáculos laterales del mismo con cuadros de pintura limeña. Hay algún grupo de retiro espiritual en un lateral del claustro recibiendo alguna enseñanza religiosa aunque también interpretan con una guitarra canciones religiosas. Veo también por uno de los pasillos interiores algún religioso con aspecto de profesor.
Estoy cansado y me retiro un poco a la habitación del hostal. Al atardecer doy la acostumbrada vuelta por la ciudad, pero voy a sacar el billete para la excursión al Valle del Colca. Serán dos días durmiendo una noche. Al final de la calle Santa Catalina veo un despacho de billetes para el Titicaca. Consulto el horario y lo dejo para otro día. Bajo por la calle S. Francisco y entro en la librería que conozco. El libro del Cañón del Colca todavía está y me tienta, pero decido no comprarlo quizás porque suponga que en el viaje encontraré alguna otra publicación y además no acaba de gustarme del todo. Consulto de nuevo el estante literario y de libros de historia y estoy a punto de comprar una edición resumida de Los Comentarios Reales de Gracilaso de la Vega. Lo puedo comprar en España y en edición comentada. Luego en ediciones de bolsillo, veo una novela histórica que atrae toda mi atención. Se trata de una novela sobre la hija de Pizarro en torno a la cual van apareciendo todos los sucesos históricos del enfrentamiento entre incas y españoles y de unos y otros entre sí. La Princesa Mestiza, creo recordar. La veo muy documentada. Está escrita por un hijo de Vargas Llosa. Pregunto al librero y no pone cara de recomendármela del todo, parece más inclinando hacia los Comentarios Reales u otro libro de historia. Pero resultará un libro que me acompañará en lo sucesivo con su muestrario de hechos históricos, muy apropiado para complementar mi recorrido turístico por los Andes.
Contento con mi adquisición salgo a la calle. Los comercios ya están cerrando. Subo a una terraza de la plaza a tomar la cerveza y ojear el libro. Veo anochecer. Y decido ir a cenar a Las Quenas, el local musical de la calle Santa Catalina. Ocupo la misma mesa del día anterior a la entrada del local. Delante tengo todas las mesas ocupadas por grupos de turistas que siguen de forma participativa el espectáculo musical. Alguno lleva una cámara de fotos con gran objetivo, que utiliza sin complejo alguna delante de los músicos. Estos son los del día anterior. Cinco o seis muchachos ataviados de la misma forma con traje nativo de tono oscuro. Cantan en quechua y en español una música muy de ellos, parecen ser creaciones propias, según me parece. Termino de cenar y pido un par de Pisco Sauer. Uno de los músicos pasa vendiendo sus propios cedes que compro y como no tengo suelto, dejo el pago para luego, que dejo al final delante de su mesa cuando me marcho con un saludo, antes de que acaben su actuación pues tengo que madrugar mañana para la excursión del Valle del Colca.
8 DE MARZO, JUEVES
He dejado recado para que me llamen a las siete. La noche anterior ya he preparado la mochila con las cosas necesarias para pasar una noche fuera. Me ducho y aseo y desayuno a toda prisa. Luego bajo a recepción a esperar que vengan a recogerme. Tardan un poco en llegar. Aparece una chica y me dice que el coche está a la vuelta de la esquina. Voy para allá y me encuentro con un autocar pequeño de unas 12 plazas. Me han reservado un lugar justo al lado de la puerta de entrada. Aparece la guía y partimos. Al momento empieza con las explicaciones de algunas normas generales, así como el programa del día.
Salimos por la Avenida del Puente Grau, siguiendo la misma dirección que hice ayer para ir al barrio de Yanahuara. Ahora vamos envueltos en el intenso tráfico de esta avenida de salida de la ciudad. Antes de abandonarla, paramos en una tienda para proveernos de pastillas y hoja de coca contra el mal de altura. La guía nos ha advertido ya que vamos a alcanzar fuerte altura y nos va dando consejos para el mareo. Yo empiezo a masticar hoja según sus recomendaciones, pero dentro del autocar resulta un problema deshacerse de los restos. El grupo somos gente mayor y obediente y seguimos todos sus consejos. Vamos saliendo de la ciudad. Pasamos por delante de Cerro Colorado, un barrio extremo lleno de chavolas. Bordeando el volcán Chachani dejamos atrás la ciudad e iniciamos la fuerte ascensión hacia las primeras praderas. Vemos a ratos los railes del tren de Cuzco y al cabo de un par de horas paramos en un lugar de descanso a tomar un mate de coca que no me resulta muy agradable. Unos chicos los van sacando con prontitud por un ventanuco a petición de los turistas que van parando aquí a lo mismo. Se puede comprar artesanía y algo de comida. El interior tiene una gran cantidad de mesas que aparecen desocupadas. La mayoría está fuera fumando o tirando fotos a unos mojotes que forma el monte en este lugar. Se ve gente joven con buenas cámaras de fotos. Aquí ya nos vamos conociendo los pasajeros. En primer lugar un matrimonio mayor de Barcelona que dicen están viajando desde su jubilación. A ella se la ve con más ánimo que presencia física y cuesta imaginarla metida en tantos viajes. En cambio él es un hombre enjuto, pequeño, delgado, hecho de muchos viajes y que lleva el viaje con la serenidad y aplomo que da la experiencia de tantos viajes. Me dice que es de la provincia de Teruel y que hizo su vida laboral en Barcelona.
Continuamos viaje. Vemos las primeras llamas, alpacas y vicuñas que aprendemos a distinguir en la inmensidad del paisaje llano. La vegetación se reduce a un hierbajo seco que sólo adquiere el tono verde donde hay algo de agua y sobre todo en donde corre un riachuelo. Al mediodía paramos a comer en un restaurante de un villorrio. Se trata de un comedor con autoservicio. Yo llevo el cuerpo ya tan cansado del viaje que prefiero tomar una cerveza al exterior respirando un poco de aire. Ha empezado a lloviznar un poco y entro para comer algo con desgana. Reanudamos la marcha y la subida en altitud. Aparecen los primeros mareos cuando nos aproximamos a los 5.000 metros. La señora de Barcelona manifiesta su debilidad con la amenaza del desmayo. La guía solicita al chófer parar un poco en previsión de pósibles vómitos. Yo aprovecho para salir y estirar las piernas. De momento soporto la altitud pero tengo un ligero dolor de cabeza y malestar de estómago todavía aguantables. La guía nos tranquiliza diciendo que pronto iniciaremos un gran descenso de casi mil metros. Efectivamente, por unas interminables curvas vamos descendiendo al llano de una manera rápida y rogamos que no tengamos ningún percance a la vista de los profundos precipicios, sin protección en la carretera. No queremos pensar en un fallo mecánico o del conductor.
Llegamos al llano y el paisaje cambia del todo. Aparecen campos de cultivo y arbolado y alguna pequeña población. De esta manera llegamos a Chivay en donde vamos a dormir. Son las siete de la tarde y hace fresco. La población se nos aparece como vacía de gente. La guía nos propone antes de alojarnos visitar un complejo turístico de las inmediaciones, donde hay piscinas de agua termal caliente y aquí ya es donde me da el fuerte mareo y dolor de cabeza. La tarde está oscureciendo, el frío va aumentando, decido meterme en un modesto cafetín donde me preparan té caliente. No quiero saber nada del mate ni de la coca, sólo de pensarlo se me descompone el cuerpo. Tengo un fuerte malestar de estómago que atribuyo más a la hoja de coca que he tragado sin pensarlo que a la altitud. El dolor es a veces insoportable. Me aprieto las sienes con las manos tratando de reducir el dolor y trato de tranquilizarme y relajarme según recomiendan. No me importa que un grupo de alemanes entren y me vean con la cabeza entre las manos. Se sientan a la mesa llenos de gran jovialidad y alboroto. Son de edad madura y parecen llevar el viaje con toda normalidad. Piden chocolate o algo parecido. Me dan ganas de pedir otro en busca de un remedio para mi estómago, pero decido tomar otro té, que me ha ido bastante bien. Al cabo de más de una hora, cuando ya está anocheciendo regresamos. Yo maldigo haber visitado este sitio. Veo la carretera de tierra, llena de barro por donde ya se han ido algunos del grupo andando hasta el pueblo. Llovizna de vez en cuando y la humedad se mezcla con el frío. Nos van distribuyendo por los distintos hoteles según ha sido nuestra elección. El mío, bastante modesto, está cerca de la plaza. Me dan una habitación del piso alto con las paredes llenas de humedad y con una frialdad que no quiero pensar en la noche. Decido bajar a recepción para ver si pueden darme una en el piso bajo. Me dicen que sí, que efectivamente será menos fría. Por la ventana veo un pequeño corralillo con algunas plantas, que sirve para guardar los coches. En la húmeda tierra veo un pequeño pato solitario, inmóvil, que parece acomodado a tanta miseria y a tanta humedad y a tanto frío.
Descanso un poco tumbado en la cama. El malestar desaparece algo y salgo a la calle para inspeccionar la localidad. Me temo que no encontraré gran cosa. Busco el restaurante donde la guía nos ha dicho que podríamos cenar con espectáculo que no encuentro. Las calles a esta hora de la noche están llenas de barro y agua lo cual no impide que los vecinos se planten con sus carros callejeros para hacer el mercadillo. Entro en el mercado que está al lado y no quiero imaginármelo a pleno rendimiento. Algunos perros callejeros van entre la gente y la oscuridad de la noche en busca de cualquier cosa, absortos en su necesidad, sumidos en la misma miseria del ambiente.
Vuelvo a la plaza y veo un pequeño pub vacío de gente. Humilde pero con mesa de billar y diana. Pido una cerveza. La empleada, me dice que en invierno, en plena temporada turística hay más gente. Las paredes llevan las señales escritas del paso de gente de mil sitios de la tierra.
Regreso al hotel para que me informen más detalladamente de la ubicación del restaurante, me dicen donde y voy. Está en una calle bastante a las afueras y no tiene ningún cartel anunciador, pero dentro tiene mucho espacio y muchas mesas para acoger a bastante gente. Es pronto y me sitúan en un lateral al centro de la sala. Hago tiempo tomando una cerveza y viendo llegar a la gente. De pronto aparece la guía a la que invito a sentarse, cosa que accede enseguida. Así cenamos juntos. El chofer, un muchacho joven y reservado, de andar algo cabizbajo, seguro de sus actos y nada entrometedor en asuntos ajenos, ocupa junto con otro una mesa próxima. Le digo a la guía que les llame, pero ésta dice algo así como que ya saben lo que hacen.
Comenzamos a cenar. Enseguida empieza el espectáculo. Una pequeña orquesta de cuatro o cinco músicos toca al fondo y en el espacio que tenemos delante aparece una pareja de bailadores, vestidos con los trajes coloristas de aquí, a bailar distintos estilos, uno de los cuales satiriza la relación hombre mujer mediante escenas algo picantes que la gente celebra entre risas. Azotes con la correa que luego cuando invierten los papeles y es la mujer la que se sitúa sobre el hombre y le azota, es recibido con más regocijo por el elemento femenino. Así transcurre la noche. La guía me dice que se retira para descansar. Hay que madrugar al día siguiente. Yo voy a mi habitación y me meto en la cama helada, pero con buenas mantas de abrigo.
9 DE MARZO, VIERNES
Me levanto antes de que me llamen. Me asomo a la ventana, el sol ya ilumina algunos tejados bajos pero las paredes laterales de las casas crean con su atmósfera oscura y húmeda, todavía sin recibir los rayos del sol, un ambiente muy sano para las plantas. El patio está también frío y húmedo, y el patito sigue en su lugar, dando pequeños pasitos, olisqueando entre plantas y el barro.
Salgo a desayunar. El comedor está en el mismo patio, veo la cocina con unas grandes cacerolas de aluminio y entro en una sala muy hogareña, más próxima a lo que debe ser una sala de cualquier casa de aquí que un comedor sofisticado de hotel. Una chica jovencita atiende con prontitud y me sirve el café con leche con alguna tostada y fruta tropical de por aquí. Hace frío y voy preparado para el viaje. No me acuerdo ya del mareo y el estómago está ya bastante recompuesto. No volveré a tomar más hoja de coca, me repugna sólo de pensarlo, al menos esa que compré en una bolsita.
Espero un rato en la plaza, al poco llega el autocar, tenemos que recoger a más gente e iniciamos un recorrido por caminos rurales llenos de barro en busca de los hoteles donde se halla alojada la otra gente. Algunas veces hay que ir muy despacio por los charcos de agua, agujeros y más tropiezos del camino. Incluso una vez tenemos que bajar a retirar una enorme piedra que entorpece la ruta, lo hacemos con la ayuda de más gente que va en otro autocar que nos sigue.
Cuando ya estamos todos la guía nos hace el programa del día al tiempo que se interesa por el estado físico de todos nosotros. Hoy transitamos por carreteras locales llenas de agujeros, auténticos caminos de tierra, llenos de piedras sueltas que hacen el recorrido muy molesto. Al cansancio de ayer hay que unir el traqueteo incesante del autocar que nos lleva como en una chocolatera. A veces hay que cerrar ventanillas para que no penetre el polvo.
Hacemos la primera parada en Yanque, en la enorme plaza de la iglesia todavía sin cerrar del todo a falta de grandes edificios. Es una plaza abierta a todos horizontes, con pequeñas casitas alrededor pero con un meritorio jardín que le otorga cierta categoría. La iglesia está en restauración y su gasto lo costea a su manera un grupo de niñas que inician un baile típico a los sones de un viejo altavoz, cada vez que llega un grupo de turistas. Ataviadas con traje nativo, sus pequeños pasitos muy sincronizados de todas ellas, con un ir y volver de todas al unísono, ha quedado en mi recuerdo como uno de esos sucesos que causan un impacto imborrable, hasta constituir casi el sentimiento más profundo del viaje.
Dejamos a las niñas con sus bailecitos y continuamos la penosa marcha por esta carretera de tierra. Por un fértil valle que cada vez vamos dejando más abajo, ascendemos en altitud. Atravesamos un túnel y vemos las primeras cortaduras y rompientes del macizo montañoso. La guía nos dá detalles de la vida del cóndor y otros detalles del entorno. Algunos lugareños suben de los poblados a la carretera a vender sus productos típicos en humildes puestecillos o en grupos más numerosos, aprovechando los recodos del camino. Paramos para ver unos enterramientos en las paredes verticales de la montaña y al rato llegamos a la Cruz del Cóndor, que es el mirador donde paran todos los autocares de turistas para observar el vuelo del cóndor. Ya hemos avistado algunos en el camino, pero en vuelo muy alto apenas perceptible.
Descendemos del vehículo. Otros grupos de turistas ya están aquí y van llegando más. La guía nos da algunas instrucciones. Nos advierte que hay que esperar y tener paciencia y sobre todo que no hagamos mucho alboroto. La señora de Barcelona no quiere bajar del autocar, no se siente con fuerzas y su marido se queda un rato con ella. Los demás nos mezclamos con los que ya están por allí ocupando riscos y peñascos del lugar. Hay también un pequeño caminillo que lleva a otro mirador situado más abajo por el que desciendo para aprovechar el tiempo. Me cruzo con un pequeño grupo uno de cuyos componentes de aspecto grueso lleva un maletín colgado al hombro. Voy un poco más allá y a mis espaldas empieza a sonar un saxofón el tema El Cóndor Pasa. Es el grupo del maletín, los veo ahora sentados en un saliente del cortado y el saxofón reluciente al sol. Algunos miran extrañados, otros divertidos y no faltan las parejas que no dejan pasar este momento ensoñador.
En el segundo mirador, lo mismo. Venga a mirar a un lado y otro y el cóndor sin aparecer. Subo de nuevo al primer mirador y me encuentro con mi gente algo ya desengañada. Algunos forman con la guía una tertulia improvisada sobre cosas de la vida. Veo a uno de mi grupo con una cámara con un buen objetivo. Alguien da un aviso pero nadie ve nada. Lo han visto por la zona baja. Este es un cortado de unos mil metros, la guía nos ha dicho que es el segundo más profundo del mundo. De nuevo el silencio y la tediosa espera. Habrá que irse; cuando se oyen exclamaciones. De la profundidad del abismo aparece una forma oscura, inmóvil, es un cóndor que asciende sin dar un solo aleteo. Parece mirarnos con incredulidad y las cámaras de fotos no desaprovechan tampoco el momento. Yo mismo le puedo tirar una foto. El cóndor da un giro majestuoso y retrocede por donde ha venido. Se sumerge de nuevo en el abismo dejándonos a todos una cara de satisfacción e intercambiando comentarios sobre nuestra experiencia vivida. Que si lo has sacado, que mira como me ha salido, etc. Esperamos ansiosos su reaparición que no ocurre y subimos al vehículo con el ánimo del deber cumplido.
Volvemos al traqueteo del camino. Esta vez mucho más molesto pues falta la ilúsión de la visita. No nos queda sino regresar a Arequipa. Es la una y la llegada a la misma es hacia las cinco de la tarde. Será para hacer tiempo o como un atractivo más del recorrido turístico, que paramos en un lugar para recorrer un camino a pié, el que no quiera puede quedarse en el coche, nos encontraremos al final- nos dice la guía-; yo inicio el camino acompañado del señor barcelonés que tiene a su señora en el coche sin poder dar un paso. Hablamos un poco acerca de nuestras fuerzas, de nuestra salud Yo ya estoy recuperado de dolores de cabeza y estómago. El señor camina alegremente, haciendo comentarios del todo normales. Charlamos de nuestra tierra aragonesa, de la provincia de Teruel y sus tierras inhóspitas y también de su naturaleza sorprendente, como son los parques naturales de Montalbán y de las cuencas mineras; de sus tierras altas y de los hielos invernales. Me habla de sus crudos años infantiles, con un frío insoportable. Todo esto lo vamos comentando para quitarle rigor a estas tierras andinas, a nosotros no nos sorprenden todos estos inconvenientes del viaje.
Descendemos ahora, una vez de nuevo en el vehículo, contemplando el fértil valle que forma el río, oculto hasta ahora en la profundidad del abismo; valle cada vez más amplio y fértil. Divisamos algunos pequeños poblados y casas rurales y enfrente en la ladera opuesta a la nuestra, sabemos que va otra carretera y vemos algunos poblados de cuatro casas y algunas praderas inaccesibles de un encanto casi bucólico.
Paramos a comer en un lugar, en un restaurante conocido. No tenemos fuerzas sino para sentarnos beber y comer. Aquí conozco a mis vecinos de asiento, tan callados y educados como en general el resto del grupo. Se trata de una pareja de ingleses, un matrimonio ya no tan joven, de unos cuarenta años y que reciben mis preguntas y averiguaciones con mucha solicitud y normalidad, casi con agradecimiento. Ël habla bastante español, me dice que es porque vivió en Barcelona, donde tuvo una novia catalana. Yo insisto en que habla muy bien y él dice algún modismo para corroborarlo.
Yo como bastante pues quiero calmar todos inconvenientes estomacales con una buena y sana comida. El comerdor es también en forma de autoservicio y veo unas perolas de sopas peruanas muy tentadoras para mi dolorido estómago. Me pongo un buen plato de sopa caliente y algo de carne con patatas fritas y me siento enfrente a los ingleses, que se levantan a pedir una cerveza cuando ven la mía en la mano. No saben que las bebidas son aparte y hay que comprarlas en la barra.
Después el largo y conocido camino hasta casa. Volvemos a pasar por el alto de 5.000 metros y a pesar de nuestros temores paramos a echar una foto. La señora de Barcelona vuelve a sus molestias pero nos dice que puede soportarlo, para tranquilizarnos a todos. Pasamos más adelante por las largas praderas con rebaños de llamas al cuidado algunas veces de algún muchacho de edad escolar. Vemos los humedales entre el pastizal y alguna cabaña con redil para el resguardo de la noche. Los rediles son simples trozos de leños con algo de ramaje del pastizal, todo muy acorde con el entorno. Pienso en el frío de la noche, que debe ser intenso, por eso los pastores llevan buenas prendas de abrigo.
Al final llegamos a Arequipa. Repartimos a la gente por los distintos hoteles y nos despedidos sin grandes muestras de afecto.
Llego al hostal, me ducho y salgo a la calle. Tengo que sacar el billete para la siguiente ruta al Titicaca, aunque estaré un día más de descanso aquí. Llego a la agencia de la calle Santa Catalina y la encuentro ya cerrada. Paso por los pubs de S. Francisco, a estas horas sin casi nadie. Entro en La Casa de Klaus y me tomo una cerveza, ya tenía ganas de venir aquí, por la noche no me parecía bien, estando tan lleno de gente joven.
Bajo por S. Francisco y aunque quiero entrar en la librería, no puedo pues la están cerrando, pero en el panel de la entrada veo anunciado un concierto de guitarra. Pregunto al librero que sale en este momento y me dice que es aquí muy cerca. Así que voy adelante de la calle Zelar y en un colegio donde se celebra un encuentro cultural angloperuano hay programado un concierto de dúo de guitarras. Se trata de un matrimonio norteamericano muy simpático que interpretan en la segunda parte obras españolas de Albeniz y Granados. Al final dan una curiosa propina tocando los dos al mismo tiempo una misma guitarra, con la advertencia graciosa, que hace reir al auditorio, de que son matrimonio.
Feliz por el concierto, me tomo unas cervezas por ahí hasta la hora de ir a dormir, que aquí es temprano como digo.
10 DE MARZO, SÁBADO
Hoy sábado tengo que terminar de ver Arequipa y preparar el viaje hacia el Titicaca, que me parece lo más aventurado del viaje. En el desayuno comento algunas incidencias de la excursión del día anterior y en esto la dueña del hostal -que en otro momento me ha solicitado por favor una ayuda para una fundación benéfica en la que colabora- me sugiere la visita del monasterio de La Recoleta de los monjes franciscanos que todavía no he hecho. Me interesa la idea para llenar un día que me parece vacío de visitas turísticas; y terminaré también de ver algunas iglesias que no he visitado todavía.
Voy por el camino más recto. Bajo hacia el río, lo cruzo por el puente y subo por la pendiente de la otra orilla. El tráfico por aquí es intenso y a falta de pasos de peatonales, cruzar la calle es toda una aventura. El monasterio está más lejos de lo que pensaba. Entro por unas calles de poca importancia hasta que se me aparece. Un par de claustros, una iglesia, la exposición de pintura cuzqueña y una colección de objetos variados recogidos por los misioneros franciscanos en la selva; y luego arriba una gran biblioteca de libros raros, códices y manuscritos de gran valor bibliófilo pero guardados de manera un tanto elemental, aunque cada libro lleva su signatura que lo identifica.
A la salida pregunto a una encargada sobre el camino de vuelta y me recomienda por seguridad volver por donde he venido. Llego al puente de la Avenida Grau y aquí ya me falla la memoria, no sé hacia donde me encaminé. Han pasado tres meses y no tengo el apoyo de anotaciones ni fotografías. Posiblemente visitaría el Museo Municipal de enfrente que incluye la visita de unas capillas de S. Francisco –cuya visita quizás he situado equivocadamente en otro día- y otro que hay al lado, en la fachada de enfrente que incluye la visita de unas capillas del templo de San Francisco. Entonces estaba ya cansado y con ganas de proseguir, esto hace enflaquecer más la memoria.
Luego ¿comí en un restaurante de la calle S. Francisco ¿ … posiblemente. En verdad que fue un día de transición. Estuve deambulando por ahí. Son esos días que luego en la evocación del recuerdo se les quiere de una manera especial. Pasa como los días en que uno no espera nada y ocurre algo extraordinario. Algo extraño ocurre con esos días desde la lejanía del recuerdo, aunque no aparezca ese suceso extraordinario. Quizás estén más teñidos por la nostalgia, la soledad viva y sin embargo en el momento no somos capaces de apreciarlos. El tener que llenar nuestra existencia de sucesos como sea, debe ser una gran equivocación. Aprenderé en lo sucesivo de los momentos vacíos de grandes impresiones, pues algo deben tener cuando la memoria los trata con este aprecio.
Todo eso ya lo sé de hace tiempo, me ha pasado alguna vez. Seguro que ese día ocupé mis pensamientos con estas cosas. Y con las fotografías pasa lo mismo. Al revelarlas se nos aparece como buena la que creíamos vulgar, porque tiene algún aspecto sorprendente como es un contraluz, una sombra, que en el momento no nos decían nada y que favorecen la composición. Lo contrario de las que pensamos que son buenas y luego nos desilusionan.
Es sábado y me voy a descansar al hostal. Subí de nuevo a la terraza. Luego fui a la agencia de viajes a sacar el billete a buena hora, pero me la encontré cerrada. Reparo que estoy en sábado por la tarde y deben de cerrar. La estación de autobuses está lejos. Vuelvo al hostal para llamar por teléfono y saber si debo ir a sacar el billete o es que lo puedo sacar en el momento sin problemas. Me dicen que sí, que no suele haber problemas y menos los domingos. Con esta tranquilidad me voy a despedir de la ciudad. Volvería a entrar en la iglesia y claustros de los Jesuitas. Luego alguna otra cerveza en las terrazas de la plaza y por la noche creo que cené en el restaurante argentino del primer día y a la salida me encontré la calle con bastante gente joven. Es sábado y deben celebrarlo como en cualquier parte. Se vé algún control policial y en vista de la situación, con la calle algo alborotada y que mañana tendré que madrugar para viajar, me voy al hostal a pagar la habitación y despedirme y decirles que me llamen temprano. Vuelvo a encontrarme con el muchacho que vino a recogerme, me aconseja que reserve un táxí para mañana como medida de precaución.
11 DE MARZO, DOMINGO
Desayuno rápidamente, me despido de la señora del hostal, casada y en edad joven todavía, y que al darle algo para su labor humanitaria, me lo agradece de corazón. Veo que es una persona buena y trabajadora. Su hostal así lo refleja por su estado de limpieza y muy bien ordenado. El taxi tarda en aparecer y cuando llega alude a no sé que inconvenientes, enfila por las calles de la ciudad hasta salir a las grandes avenidas que nos llevan a la estación.
El autocar sale a las nueve y son unas seis horas de viaje. Veo ahora los volcanes sin nubes pero sin nieve en este final del verano. Partimos y salimos por la avenida Grau por la misma carretera de la excursión al Valle del Colca, pero en algún momento cogeremos el desvío hacia el Titicaca. Sigo el viaje como siempre acodado a la ventana sin perder detalle. Voy en asientos delanteros pero observo que detrás están todos vacíos, así que me paso a la última fila donde podré estirar mejor las piernas, porque además me habían puesto al lado de otro pasajero. En un momento dado la azafata del autocar nos ofrece jugar al bingo. Yo pruebo suerte. Voy marcando los números que canta en español y en inglés. Veo aproximarse el final de mi cartón. No puede ser, cuando me falte uno o dos números, cantará alguno bingo. Pero la suerte me favorece, lo canto yo. El premio es un viaje de regreso, le digo que yo continúo viaje hacia otro sitio, pero no vale. Una pasajera argentina situada cerca me propone regalarlo a una persona nativa que viaja con unos niños pequeños, le hará un gran favor, me dice.
La carretera va ascendiendo poco a poco. Pasamos por grandes pastizales sin arbolado. A la vista de unos grandes lagos leo un cartel en la carretera que dice Fuente Cañuda. Antes de llegar a Puno tenemos que pasar por Juliaca, donde el autocar se detiene a recoger pasajeros. Algún turista se baja aquí. Yo no veo ningún atractivo, es una ciudad grande, con grandes calles sin asfaltar y muchos charcos de agua que el tiempo fresco de estas alturas tarda en secar. La gente en la calle va a sus cosas y miran el paso del autocar como un sueño imposible. Se ven muchos puestos de mercadillo callejero, donde en algunos de ellos se apiña la población como moscas. La gente lleva vestimentas oscuras, pardas, zafias, sin carácter, sin siquiera el colorido del tejido andino –que algunos vendedores nos ofrecen al otro lado de los cristales- lo cual ensombrece más el panorama. Son raras las casas nuevas en construcción y sólo en las afueras se vé algún colegio con sus pistas de juego. El autocar sale pesadamente de la ciudad sorteando los baches de las calles y algunos obligan al autocar a detenerse.
En un par de horas más o menos llegaremos a Puno, mi destino. Aquí no tengo reservado el hotel, así que ya voy consultando los más convenientes. El lago Titicaca aparece de repente. Primero entrecortado, a trozos, en ramificaciones y estanques entre el follaje de juncos. Luego al lado de la ciudad, que la abordamos desde lo alto creando una imagen perfecta de ciudad y lago. Las apiñadas casas de la ciudad parecen querer sumergirse en el agua del lago. Bordeamos por lo alto la ciudad apareciendo una tras otra distintas imágenes de ciudad y lago. Luego llegamos a la estación camionera, como también la llaman por aquí, como en México, y a la salida cojo una de tantas mototaxis que me lleva al centro, a la plaza de Armas, a estas horas de la tarde sin nadie, pues es domingo y todo el mundo está en casa comiendo. Yo veo la catedral por primera vez pero consulto el mapa de la ciudad que tengo en la guía para orientarme. Enseguida veo la calle peatonal del centro de la ciudad que va a ser estos días mi zona de residencia. Caminando con mi mochila paso por delante de restaurantes vacíos y ya al final me meto en uno donde tienen cerveza a presión y pido un caldo de gallina para comer. Me encuentro pesado por el viaje y porque ya estoy a 4.000 metros como quien no quiere la cosa, sin gran apetito pero esta sopa me sentará bien.
Consulto mientras los hoteles de las inmediaciones. Elijo el Hospedaje Margarita y salgo hacia la calle paralela en la que se encuentra. Antes paso por otro que no figura en la guía y casi estoy a punto de coger una habitación a buen precio pero en el mismo patio del hotel. Le digo que vuelvo luego y voy a ver el mío que me agrada más y resulta más barato. Me voy a mi habitación, gran habitación de dos camas con una claraboya de luz al fondo, muy típico en los hoteles peruanos. Le digo al chico si será inconveniente por la luz de la mañana y me dice que no, pero cuando llueve –cosa que aquí ocurre de una manera sistemática- el repiqueteo de las gotas de lluvia resulta al principio estremecedor.
Ordeno mis cosas para una estancia que juzgo será de unos cuantos días y descanso en la cama un rato porque la cabeza ha vuelto a dolerme algo y veo la televisión. En una cadena deportiva, creo que de Argentina, están poniendo en directo un partido de la liga española de fútbol. Aquí son las cuatro y allá las diez de la noche.
Y esa tarde estuve un buen rato en la habitación, descansando, ordenando el equipaje, sentado en el sofá del fondo debajo de la claraboya de luz que distribuye una luz agradable. Estuve leyendo la novela histórica La Princesa Mestiza, del hijo de Vargas Llosa. Estaba ya en el lago Titicaca y necesitaba conocimientos históricos urgentes. Luego salí a dar una vuelta ya un poco tarde. Hice un recorrido por la ciudad hasta darme cuenta que lo principal era esa calle peatonal que sale de la Plaza de Armas. era pronto para cenar y decidí ir a Ricos Pan, una pastelería recomendada. Como era domingo tenían poco surtido, pero tomé un café con leche con tarta y un vaso de zumo de fruta tropical. Luego fuí al Parque Pino por una calle lateral. Se hacía de noche y entonces resulta complicado caminar sin meter el pié en cualquier agujero y trompicar en las deshechas aceras.
Es el Parque Pino un bonito lugar para sentarse y descansar. La plaza es pequeña pero tiene unos árboles frondosos que podan con pulcritud y en el centro creo recordar que hay un monumento a un episodio nacional glorioso. La gente está plácidamente sentada y algunos niños corretean; luego unos cuantos limpiabotas jóvenes no molestan mucho en su afán por conseguir clientela. Escucho en mi mp3 algo de música local y me voy en busca de un buen bar para tomar algo.
En la calle peatonal, que se llama calle Lima, encuentro un bar de gente joven, donde ponen música de los sesenta y setenta con video. Pido la cerveza que sirven también en embase grande y el ambiente resulta bastante agradable. Con turistas jóvenes que pueden sentirse a sus anchas y unos encargados del bar, chicos jóvenes, que atienden con la misma soltura y corrección. Veo unos hornillos individuales en las mesas que serán para calentarse en invierno. Tomo otra cerveza más y luego un cubalibre con ron del país y me retiro a descansar.
Será de tanto alcohol o por la altura- he tenido poco en cuenta la recomendación de no juntar alcohol con el mal de altura- el caso es que esa noche duermo mal. Me despierto a las dos con un tremendo dolor de cabeza que no me deja dormir. Las sienes me van a estallar y a esas horas no hay remedio alguno. Doy vueltas y más vueltas en la cama. Me levanto y como si nada. Así estoy un par de horas hasta que debí dormirme.
12 DE MARZO, LUNES
Por la mañana les comento el tema a los del hostal y lo ven como algo normal. Me dicen que sobre la mesa de entrada tienen siempre hoja de coca e infusión de mate para el que lo necesite. Yo vuelvo a probar la hoja con recelo, por los problemas que me causó días atrás. De modo que mi desayuno de hoy es todo medicinal siguiendo los consejos de la encargada del hostal. Nada de café. A la leche le pongo la infusión de mate y no dejo de probar las hojitas de coca que sirven en un canastillo.
Con todas estas medidas de precaución salgo a la calle con más ánimos que fuerzas y para colmo lloviznea de vez en cuando, así que regreso a la habitación a por el chubasquero. La calle peatonal está a estas horas de la mañana con bastante gente ocupada en sus quehaceres a pesar de la lluvía intermitente que cae. El suelo está humedecido del agua y la temperatura es fresca. Yo me siento en otra ciudad nada parecido a como la ví ayer domingo sin gente. La reanudación laboral le dá un nuevo aspecto moderno a la ciudad. Los portales que ayer estaban cerrados ahora son comercios abiertos, restaurantes y entidades bancarias con sus guardas de seguridad.
Llego a la plaza de Armas que está ocupada por gente ociosa. No hay un solo banco vacío donde sentarse y contemplar al fondo la fachada de la catedral. A la izquierda una casa está siendo restaurada por un auténtico ejército de trabajadores que como hormigas suben cubos y cargan escombros con una celeridad y rapidez como obedeciendo órdenes imperiosas por algún motivo urgente.
Visito la catedral y luego el Museo Carlos Dreyer, al lado de ésta. La visita a este museo es obligatoriamente con guía, aunque sea para mí sólo. Pinturas recogidas por este pintor y algunas
propias, con otros objetos de tipo costumbrista y del pasado antiguo peruano. Todo está muy limpio e iluminado y las explicaciones de la guía son muy correctas. A la salida entro en la Casa del Corregidor, que es un café cultural con visita de una casa típica. Patio colonial muy intimista y escaleras de madera que llevan a las estancias del segundo piso.
La siguiente visita es subir por una calle en cuesta hacia el Parque Huajsapata a donde voy con ciertas precauciones pues aconsejan no ir solo. Se trata de un mirador excelente para contemplar el lago Titicaca desde el monumento al padre de la patria inca Manco Capac, que ahora identifico gracias a la novela La Princesa Mestiza. Hay una pareja de enamorados entre los pedruscos que me da confianza y seguridad, pero no dejo de mirar para atrás por si viene alguien. El lago aparece entrecortado por algunos promontorios montañosos que ocultan toda su extensión. La ciudad se extiende hasta morir en el lago.
Luego voy paseando tranquilamente hasta el puerto. Paso por las calles en incesante actividad en este comienzo de semana. El abigarrado entramado de las calles se corta de repente por donde hay unas vías de tren para desembocar en una extensa y recta avenida que lleva hasta el puerto. Se ve un gran barco construido en Inglaterra en el s. XIX y unos puestos de embarque para visitar algunas islas. Me entero de los horarios y vuelvo a la ciudad por la gran avenida, pero esta vez tuerzo a la derecha para visitar el mercado. No hago más que entrar y enseguida me hago cargo de sus malas condiciones de salud. Es pequeño, reducido, pero construido con el mismo plan de cualquier mercado de abastos. Paso por los pasillos de la carne entre perros echados tranquilamente en el suelo ante la pasividad de las vendedoras, que esperan el comprador toquiteando los grandes pedazos de carne. Salgo a la calle impresionado y me dirijo al hostal. Preparo algunas cosas para el viaje de la tarde, pues he decido hacer la excursión a las islas Uros en la misma tarde. Como en un restaurante de la calle Lima posiblemente en el Don Piero, una pizzería, pues he decidido cambiar por un día mi régimen alimenticio. Mi estómago sigue con sus molestias y la cabeza me duele menos.
Después de comer vuelvo de nuevo al puerto. Los barquitos van saliendo cuando hay un grupo de unas nueve personas, así que espero una media hora paseando por el muelle flotante. En las orillas del lago hay una increíble masa de algas que tiñen de un sorprendente color verde toda la orilla del lago. Subo al barco con un grupo de jóvenes veinteañeros que no acabo de identificar bien, algunos me parece que hablan portugués y deben ser brasileños. El barquero ponen en marcha el motor tirando de una cuerda con experimentada rapidez. La motora inicia un recorrido en línea recta. Pasamos delante de un islote con una construcción señorial. Empezamos a ver peces en el agua y algunas pequeñas gaviotas aposentadas en el agua, así como patos acuáticos entre los juncos.
Al cabo de una media hora llegamos a una zona con mucho junco y vemos un barco de este material con una proa exquisitamente adornada con bastante altura que me hace pensar en los barcos vikingos. Descendemos cuando el barco atraca en el lateral de una gran plataforma flotante de juncos que ahora descubrimos es una de las islas. Un representante de la población nativa nos da la bienvenida haciendonos sentar en circulo para darnos unas explicaciones sobre su modo de vida, régimen económico e historia de su pueblo. Las islas están hechas de juncos que renuevan a medida que se pudren éstos en contacto con el agua. Como dato curioso nos dice que reciben pocas ayudas, que ahora viven del turismo un poco a su pesar y que un presidente que les ayudó fue Fujimori. Compro una miniatura de uno de sus barcos, pero me niego a comprar más cosas ante su insistencia. Luego, montados en una especie de piragua nos vamos a visitar otro islote en donde se puede comer pescado que cogen en una charca hecha perforando la capa de juncos. Hay unos modestos comedores construidos con el mismo material y allí me tomo un par de cervezas charlando con el muchacho del puesto. De rasgos indígenas y vestido de esta manera, me dice que su novia la tiene en otro islote a la que va a ver de vez en cuando. Hablamos de mil picardías de la vida todo enfocado a su vivir alejado de la civilización y presume de este modo de vida. Se le ve conforme con su vivir pero no deja de interrogar acerca de mi modo de vida y de mis cosas. Cuando llaman me despido, subimos al barco y hacemos el mismo recorrido de regreso.
Vuelvo caminando hacia el centro. Al final de la gran avenida tenemos que dejar pasar un convoy de tren que pasa sin protección alguna para los peatones por los destartalados raíles. Decido allí girar a la derecha como ayer y cerca del mercado me tropiezo con una casa de flautas andinas en un habitáculo pequeñísimo del exterior del Mercado. No puedo dejar pasar la ocasión y compro una
zampoña con su pequeño método que el hombre me regala. Luego llego a la plaza del Parque Pino y me siento en uno de sus bancos. La tormenta amenaza y cada vez resuenan más fuertes los truenos. Al anochecer los haces de luz de los relámpagos vienen de la zona del lago. Pienso en los indígenas que hemos dejado en sus islas flotantes. Cuando más agua cae tengo que refugiarme en el bar de anoche y allí contemplo la incesante lluvia sobre la calle. Luego cesa de llover y salgo a la húmeda y fría calle decidido a recorrer algunos de los locales nocturnos. Algunos locales y puestos callejeros se mantienen abiertos, éstos cubiertos con plásticos por la lluvia. Entro para ver pero sin mucha intención de comprar. En uno muy espacioso que ya visité el día anterior entro a ver un jersey de alpaca que me gustó. Es de dibujo verde y blanco. Me dicen que es de alpaca, lo toco y no está nada mal, pero la diferencia de precio con los de alpaca auténtica es enorme. El vendedor, un hombre en edad madura me lo está vendiendo con un convencimiento ajeno a todo interés forzado para que lo compre. Enfrente otra vendedora me enseña más jerseys que yo los examino mientras pienso en el otro jersey. Estoy bastante convencido en comprarlo. Además hace un fresco por la noche que lo hace muy necesario.
Luego por una calleja a la izquierda entro en un pub juvenil donde hay en el fondo un modesto escenario. La escenografia del local es rokera. Salgo y entro en otro a la derecha de la calle. Estoy todavía con la duda de visitar Bolivia, sobre todo Copacabana como me han recomendado, pero me faltan fuerzas y mi dolor de cabeza me pide descender de altitud. Comentando con un encargado de este local, me habla algo mal de los bolivianos, con esa misma actitud de todos pueblos vecinos; y sin más ganas de estar en la calle me retiro al hostal.
13 DE MARZO, MARTES
Amanece un día frío y nublado. He desayunado y les he comunicado a los del hotel mi intención de marcharme hoy hacia Cuzco. Efectivamente he meditado bien la idea de dejar el viaje a Bolivia por la distancia y porque carga en demasía los inconvenientes del viaje. Pienso en la remota posibilidad de viajar otro año a la zona de Bolivia y Paraguay y me conforma la idea de concentrar toda mi atención en el Perú. Además tengo un final de viaje imprevisto con la posibilidad de viajar a Quito desde Trujillo o Cajamarca caso de que me sobren días hasta la toma del avión que es el 27 de Marzo. Además ya voy viendo que los días van pasando con toda normalidad y ya no figura en mi cabeza la perspectiva de todo un largo mes por delante.
Con esta firme determinación he desayunado y quedo con el chico de recepción en ir a sacar dinero para pagar el hospedaje y luego recoger mis cosas en la mochila y situarla en una sala aneja. Al mismo tiempo llamo a la estación de autobuses para consultar horarios de salida a Cuzco. Hay uno a las tres de la tarde, el más conveniente para mi interés en viajar de día, aunque sea solo mitad del viaje pues por aquí anochece a las siete de la tarde.
Es un día de despedida. Llamo a los hoteles de Cuzco que figuran en mi guía. Todos completos, empiezo a desesperarme. Al fin me dan el teléfono de una central de reservas en donde me facilitan unos hoteles de acuerdo con mi presupuesto, en uno de ellos encuentro habitación algo por encima de lo que estoy gastando. Con todas estas cosas arregladas salgo a la calle a hacer la última visita turística. Voy de nuevo a la plaza de la catedral. La calle Lima y la plaza es un hervidero de gente afanada en sus quehaceres comerciales. Puno es la capital del lago Titicaca y eso se nota. Los bancos tienen fuerte protección policial. Después de estar sentado un rato en un banco de la plaza, consultando mi guía turística, decido ir a visitar el Museo Naval y voy al extremo de la plaza, donde siguen sus trabajos afanosos esa brigada de trabajadores, a coger uno de tantos mototaxis que transitan por allí en dirección del puerto. Cojo uno que conduce un muchacho joven. Está muy limpio y combina maravillosamente la estética modernista con algunos detalles típicos como emblemas y leyendas religiosas en la más pura expresión popular, además lleva puesta una música moderna que completa esta escenografía chocante y volátil entre sobresaltos del tráfico que se hace más pesado todavía al tropezar con uno de tantos escollos de la calle como son agujeros, grietas y alguna que otra banda de reducción de seguridad que aquí llaman gibas. A todo esto el muchacho no sabe dónde está el Museo Naval y debo de darle indicaciones sacando
mi brazo por la ventanilla del carro. Al fin llegamos. Un par de policías hacen guardia por allí ante alguna dependencia militar pero el museo está al lado. Se trata de una pequeña sala donde se alternan las miniaturas de todo tipo de barcos del Titicaca y alguna reproducción de las totoras o barcos de juncos que ví el día anterior. Hay también fotografías antiguas y en una vitrina central información gráfica, libros, publicaciones y algún documento original.
Vuelvo a pié hacia la ciudad, no debo descuidarme pues el autobús de Cuzco sale a las tres. Me dará tiempo de recoger la mochila y comer en un restaurante de la calle Lima, mi calle peatonal que ha sido el eje de mis andanzas por Puno, es en La Casona. Un camarero muy entrometido entabla conversación fácil conmigo hasta que le voy cortando la conversación pues va a acabar por no dejarme comer.
Recojo la mochila y voy a por un taxi que me lleve a la estación; ésta es una bonita estación, para lo que he visto en otros sitios, incluida Lima. Está muy bien instalada. Las diversas compañías tienen su dependencia bien visible, alternando con otro tipo de establecimientos comerciales y de ocio. Me dirijo hacia la dependencia de la compañía Ormeño y con una serie de formalidades que pueden incluir la fotocopia de mi pasaporte, me expenden el billete y me dicen que hay retraso. Pregunto.Una hora aproximadamente. Pregunto por la cafetería. Está en la planta de arriba. Se sube por una escalera central, abierta, en forma de caracol. Con grandes cristaleras, me pongo a ver el paisaje, el lago Titicaca y la ciudad que se eleva suavemente por la colina. Tomo un té. Es una cafetería restaurante, de platos rápidos, muy populares. Dentro se ven unas enormes perolas pacientemente atendidas por mujeres algo mayores que miran con resignación a los viajeros que se sientan en las mesas y que luego las abandonan precipitadamente. Yo tengo delante un muchacho absorto en la comida de su sopa de gallina que consume con sana fruición, introduciendo casi la cabeza en el plato. Se la han servido a cazos tomados de una humeante cacerola. Yo lamento haber comido y estoy por comer de nuevo. Estas servidoras del bar son gente muy laboriosa y entregada que no interrumpen sus conversaciones mientras sirven con la naturalidad propia de quien atiende a los de su misma clase. Yo pido otro té y sigo mirando la ciudad que estoy a punto de abandonar y que el atardecer del día le impone unos grandes contrastes de luz y sombra, así como a las colinas cercanas que de esta manera realzan más sus volúmenes y sus tonalidades, mientas la planicie del agua del lago Titicaca queda bañada del azul sútil, purísimo, que las nubes blancas dejan ver a grandes espacios.
Bajo a preguntar. Me dicen que sigue habiendo retraso. Mi siento en unos bancos que hay en el pasillo central, justo enfrente de la agencia. Algunos turistas, con grandes mochilas, con pantalones cortos y grandes botas de montaña esperan pacientemente, fumando y consumiendo el agua de las botellas.
Yo no aguanto más y salgo al gran patio de los autobuses cargado con la mochila. Voy hasta la verja que separa el área del exterior para aproximarme más al lago que contemplo por última vez con el agua de sus orillas anegada en musgo verde. Estiro las piernas porque el viaje va a ser largo. El tiempo transcurre sin ninguna señal. Llega algún autobús, otros parten cargados de viajeros. Al fin aparece el nuestro, ya la tarde empieza a languidecer. Los viajeros van saliendo del interior, pero todavía no se puede subir. El chófer manda esperar. Viene una señorita muy bien vestida con una lista en la mano y un bolígrafo. Nos va apuntando a medida que subimos y entregamos el billete. Otro funcionario nos pasa por todo el cuerpo el detector de metales y otro nos filma en un vídeo cuando abordamos el autobús. Ya estoy acostumbrado a tantos controles, pero no tanto como aquí.
Por fin arranca el autobús y empieza a coronar el alto de la ciudad por la carretera de salida. Dejamos los suburbios y salimos a la carretera. Pero enseguida anochece. Hemos salido con mucho retraso, más de dos horas, así que voy a contemplar poco paisaje. de momento es el mismo que vi a mi llegada a Puno. Cuando ya se ha hecho de noche, cuando ya enfilamos la carretera en dirección a Cuzco, es cuando cambia el paisaje. Veo plantaciones de maíz y campos de patata. Parece que la tierra es por aquí más generosa. Se ven también muchas casas sueltas al borde de la carretera que no puedo divisar bien por ser completamente de noche. Sin poder ver mucho más llegamos a Cuzco. Son más de las doce de la noche. Salgo algo aturdido del autobús, busco un taxi y le doy la dirección de mi hotel en la calle Carmen Alto.
14 DE MARZO, MIÉRCOLES
El hotel no me ha gustado mucho. He pasado frío aunque había alguna manta para taparse. Estoy decidido a cambiar en cuanto pueda y además no veo a nadie más alojado. Pero la gente es simpática y atienden con solicitud cuanto les pido.
El hotel está en un viejo caserón que apenas ha sido remozado y quizás tenga el encanto de las viejas mansiones. Pero es muy frío por la noche y uno se mete en una cama como si fuera del siglo pasado. Hasta el olfato capta esencias del pasado. Hay un ventanuco que da a un callejón con grandes barrotes de seguridad. Me olvido de la habitación y pienso en la ciudad. Bajo a desayunar al patio por unas escaleras y saludo a los encargados. He llegado en la alta noche y sólo he conocido al guarda nocturno al que desperté de su sueño pero que no le importó tanto la hora sabiendo que tenía la reserva. Seguro que me estaba esperando. Desayuno y les digo cualquier pretexto para decirles que no sé cuántas noches estaré, posiblemente una, pues tengo gente conocida en otro hotel, acierto a decir. Sin ningún problema, me contestan, puede usted marcharse a la hora que quiera. Esta generosidad es de agradecer.
Salgo a la calle con la primera intención de buscar un hotel, pero me llevo enseguida el desengaño de no encontrar ninguno con habitación. Algunos los deshecho por caros. Me parecen precios abusivos que duplican lo que estoy pagando. Así es que dejo lo del cambio de hotel y me dedico a visitar ya la ciudad cuya primera imagen nada más salir del hotel ha sido muy prometedora como es una mujer mayor llevando del cabestrillo a una llama. Enseguida me doy cuenta que es algo engañoso, no es más que una mujer que va en busca de las monedas que le den por una foto.
Bajo por la Cuesta de San Blás –todavía no sé que estoy en el barrio más típico- y me tropiezo con la casa que tiene los sillares típicos incaicos, no esperaba encontrarla por aquí, es toda una sorpresa. Se trata del Museo de Arte Religioso en donde voy a hacer un descubrimiento sensacional, como es la contemplación real de la pintura cuzqueña, algo de lo cual tenía un conocimiento muy lejano y que no sospechaba que fuera de tanta grandeza y particularidad. Luego salgo a la calle pero no quiero bajar tan pronto a la Plaza de Armas para ver la catedral, pues ya he leído que tiene horario de visita y a estas horas estará llena de turistas. Giro por otros derroteros quizás buscando un punto alto donde contemplar por entero toda la ciudad. Así llego a la encantadora Plazoleta de las Nazarenas donde tomo un desayuno en un bar pastelería contemplando enfrente el Hotel Monasterio del Cuzco, en una bella mansión, del que luego me dirán que es el más caro de la ciudad. A su lado la iglesia de San Antonio.
He mirado el plano de la ciudad y veo que por esa misma calle se asciende al Sacsayhuamán, visita recomendada para contemplar un gran complejo militar. Así es, pero a mitad de camino empieza a llover con la suerte de poder refugiarme en un puesto que es donde venden las entradas para visitarlo. Allí me informan que puedo comprar un tiket que me servirá para la visita de distintos lugares monumentales de la ciudad. En cuanto para de llover continúo la ascensión. Hay una bifurcación, sigo la que me parece más rápida pero más dura, eso hace que tenga que detenerme para recuperar la respiración. La verdad es que aquí ya no siento los males de altura del lago Titicaca. Sólo una molestia muy leve, al fin y al cabo estamos situados 500 metros más bajos.
Arriba hay una gran explanada con grandes murallones de sillares incas perfectamente encajados y la ciudad se contempla abajo en toda su extensión en una cuenca rodeada de montañas. El chubasquero me protege de la lluvia que cae con más intensidad. Bajo por la misma carretera y visito someramente la iglesia de San Cristóbal, con un buen mirador desde el que se contempla la ciudad más de cerca. Aquí ya se ve la Plaza de Armas y las torres de la catedral, cercadas por un mar de tejados rojizos.
Por callejuelas típicas voy bajando a la plaza y voy viendo ya algunos restaurantes populares. Me decido por uno desde cuyo comedor se contempla la plaza entre tejados. Tomo el menú, que me parece bastante bueno, mientras contemplo el tejadizo de la ciudad y el despuntar por encima del mismo de las agujas de las torres. Sigo bajando hasta la plaza. Sorprendente. Entrar en ella entre arcadas y a la vista de la catedral y la iglesia jesuítica es cuando adquiere todas sus proporciones que los tejados ocultan desde arriba. Visito la iglesia de los Jesuitas y su claustro porque la catedral quiero verla con más detenimiento. Además esta mañana, al inspeccionar mi barrio, he visto que en la iglesia de San Blas hay un concierto al que quiero acudir. Visito también la iglesia de la Merced
y descubro la gran Avenida del Sol con sus establecimientos comerciales y su incesante tráfico. Ya conozco Cuzco, me faltan detalles, pero la fisonomía general de la ciudad ya la tengo. Comparado con la imagen previa que tenía de ella, con esa imagen que todos nos formamos antes de visitar un lugar, a partir de algunas lecturas; pues bien puedo decir que la plaza desde luego que no se parece en nada. Me había formado la idea de una pequeña plazuela irregular, inclinada, casi una plazuela de pueblo, soleada, con sus macetas de flores en los balcones y sus pequeñas callejas que suben renqueantes por la inclinada pendiente. Suelo de adoquines. Con algunos establecimientos hosteleros en un lado, en donde yo tomaría habitación y haría frío, aunque con sol. Mi imagen era muy soleada, de un sol cegador y abrasador, sol de altura. Pero no, no había incluido, no podía incluir porque no había leído suficiente, este urbanismo geométrico, de calles cortadas en perfecta simetría en las que se asientan tantos monumentos religiosos y casas solariegas de la sociedad criolla, partiendo de la gran plaza mayor, la Plaza de Armas, enorme plaza, infinitamente mayor a la imaginada. Pero allí queda, esa imagen soñada, a veces imborrable que podrá perturbar con el paso del tiempo la imagen real sin que nos demos cuenta. Por eso creo que mediante esta memoria que escribo del Perú, a la que soy fiel paso a paso, estableceré la frontera entre mis ilusorias imaginaciones producto de las lecturas y el viaje tal cual.
Rompiendo cada vez más esas ilusorias imágenes del Perú, voy recorriendo la ciudad de Cuzco, la capital inca, que ya me ha mostrado el sincretismo avasallador de la conquista española por el despojo de sillares para la construcción o el simple y brutal levantamiento de palacios e iglesias sobre el cimiento incaico destruido, aunque aquí, ahora que paseo por la comercial Avenida del Sol estoy lejos de sospechar que me hallo cerca de un ejemplo típico de todo esto, como es el templo de Santo Domingo y el templo del Qoricancha engullido por él. Pero esto lo vére unos días más tarde en el seguimiento rutinario de todos los monumentos de Cuzco.
Antes de regresar al hotel, para prepararme para el concierto de San Blas, paso por los soportales de la Plaza de Armas para sacar algo de dinero en un cajero automático. Vuelvo a mi hotel, les digo que me quedo una noche más y me dirijo rápido a la iglesia que está cerca, en la plaza del mismo nombre. Pago mi entrada y entro. Nadie. No hay una sola persona y son ya las seis. Salgo y le muestro mi sorpresa al portero, quien me manda para dentro con un gesto vago señalando que eso es normal, que me despreocupe. Yo pienso que de un momento a otro entrará la gente de golpe, pero no. Los músicos están ensayando sus instrumentos en el mismo escenario. Yo me pongo en bancos delanteros, justo al lado de un púlpito bellamente labrado. Se retiran y al poco salen para iniciar el concierto. Yo miro para atrás. Nadie. Me levanto y le digo a uno de ellos que por mí pueden cancelar el concierto. Me dicen que no me preocupe, que el concierto está programado y hay que hacerlo. Empieza el concierto. Es un conjunto de viento que interpreta música barroca europea. A mi lado el púlpito del que leo es uno de los más bellos de América y que fue labrado con el esmero y paciencia de un nativo agradecido por una salvadora curación. En un intermedio uno de los músicos me pregunta que de donde soy. Así iniciamos una breve conversación de presentaciones y opiniones acerca de la música. Yo les digo que echo en falta alguna obra criolla, del barroco americano. Ellos asienten con la cabeza y reanudan el concierto.
Esa tarde salgo algo impresionado de la iglesia, al final ha llegado una muchacha joven que se ha sentado detrás de mí y que de soslayo veo como asiente a algunas opiniones mías cuando converso con los músicos. Luego al finalizar ya no está, ha desaparecido con el mismo misterio de su llegada.
Salgo algo confuso por la originalidad de este concierto y me dirijo hacia la plaza. Me dedico un rato a buscar hotel nuevo, debo abandonar el hotel en que estoy que no me gusta nada y como dije es de precio elevado. Voy por la Cuesta de San Blás y calles adyacentes donde veo alguno pero de mal aspecto. En el Amaru Hostal me dicen que no hay para estas noches, que habrá para la noche del viernes. Después de alguna indecisión encuentro la solución total, perfecta, global: me iré mañana mismo al Machu Pichu dos días y a la vuelta tendré la habitación del Amaru, además eso me evitará viajar al Machu Pichu en fin de semana que juzgo tumultuosa. Contento con esta decisión contrato la habitación. Ésta ha sido una solución rápida y decisiva, catalizadora de la funcionalidad del viaje, como cuando salí de Pisco, o de Puno, sálidas un tanto improvisadas pero que dieron agilidad al viaje. Hay un problema proveniente de la misma improvisación, es encontrar billete para el tren del Machu Pichu y los restos de mi mochila, que desde luego no pienso llevar completa por dos días y una sola noche de hospedaje. Para solucionar este punto y arreglar el pago
de mi hotel voy al mismo y les comento todo, que voy a viajar mañana al Machu Pichu y que he encontrado el hotel de mi amigo, pero pido permiso para dejar las cosas hasta la vuelta. Están en todo de acuerdo.
Me atrae este punto aventurero de mi viaje y entro en la Granja Heidi -un local de bocadillos y platos combinados para gente joven- a tomar una cerveza que será el lugar amigo donde pasaré buenos ratos en la barra contando mis cosas a un simpático y atento joven camarero, que me informará de algunas claves de la ciudad, mientras él atiende la cafetera y la cerveza chopo (cerveza a presión). Justo enfrente hay también un local nocturno de música de jazz en directo donde también las jóvenes camareras me irán conociendo estas noches. Desde el Heidi puedo leer el cartel anunciador de música de jazz.
Pero continúo mi caminar hacia la Plaza de Armas que quiero ver por la noche. Inspecciono los locales más ideos. Muchos de ellos están situados en las balconadas del primer piso, así que hay que subir hasta arriba para examinarlos. Pero doy con el bueno. Es un local de gente joven, turistas de habla inglesa, con buena cerveza de chopo, de la que pido una jarra y me sitúo en el balcón que da a la plaza. Enfrente a la derecha tengo la fachada de la catedral que contemplo entre sorbo y sorbo y lleno de plácida tranquilidad. En el lateral derecho, la fachada de los Jesuitas. El local es alargado y tiene un suelo de madera algo resquebrajado que resuena con las pisadas y contribuye a crear un ambiente muy internacional de viejo pub inglés. Salgo a la calle en busca de más sitios y en el Inka Grill, un local de comida rápida a base de pollo y patatas fritas, entro con más apetito que decisión. El servicio es rápido y algo especial. Un muchacho toma nota en un papel de una libreta que deja en la mesa, luego vas a la caja con ella y pagas. La cocina está enfrente con los rodillos de pollos asándose al fuego. Como a medias, más las patatas que el pollo que está asado con poco sabor, y me marcho a casa a dormir y hacer los preparativos para el viaje al Machu Pichu.
Le advierto al de guardia del hotel de la situación; queda conforme en que deje las cosas que no lleve para el viaje en una bolsa que bajaré por la mañana a la recepción. El tren sale más o menos a las nueve. Dejo recado para que me llamen temprano.
15 DE MARZO, JUEVES
Una vez desayunado y dejada la bolsa con mis cosas, salgo con la mochila más desahogada, con las cosas más elementales para el viaje. En la plaza de San Blás tomo un taxi que bajando por la Cuesta de San Blás, tan tortuosa y estrecha, siempre transitada por coches, giramos a la izquierda hacia la estación de tren. Por el viaje hablamos el taxista y yo. Me dice que si tengo billete. Le digo que no. Tenía que haberlo sacado el día anterior. Eso es lo que hace todo el mundo. En la estación me dan una noticia que me inquieta. No hay billete de momento, tenía que haberlo sacado el día anterior para mayor seguridad y hay que esperar al último momento para adquirirlo. El mismo taxista u otro, no recuerdo bien, me sugiere ir a una estación de autobuses próxima para ir a Ollantaytambo, donde hace parada el tren y donde seguro que tendré billete. Además más barato, me comenta. Decidido a no perder el viaje y acuciado por el tiempo afronto esa posibilidad con decisión. Me lleva a un lugar donde sin bajar del taxi pregunta por el autobús de la población donde para el tren. Va a salir en ese momento. Corriendo subo en él acuciado por los vehementes gestos del cobrador para que tome asiento, ya que vamos a partir inmediatamente.
Pues bien, gracias a la oportunidad que me ofrece este azaroso viaje para tomar el tren en la localidad que me han dicho, puedo visitar desde este sencillo autocar local todo un paisaje agrícola insospechado y pasar por poblaciones típicas, es nada menos que El Valle Sagrado, el cual no pensaba visitar por las dificultades del viaje y que se hace en etapas a pie, en rutas senderistas.
Primero vamos por una carretera de segundo orden hasta una población donde deberé hacer trasbordo para llegar a mi destino. Atravesamos una zona agrícola riquísima donde no falta el agua de riego además de la que proporciona el cielo, pues no cabe más abundancia vegetal en campos de cultivo, praderas con animales y arbolado.
Más adelante, siguiendo las indicaciones del cobrador, me dispongo a hacer trasbordo subiendo en un andrajoso autocar de unas diez plazas pero que acabaremos en él cerca de veinte personas.
Aquí se van a producir las típicas escenas del transporte tercermundista. El espacio interior está aprovechado al máximo mediante bancos corridos en donde nos asentamos cada vez más apretujados conforme sube la gente. Cualquier camino, cualquier lugar es sitio donde nos abordarán los pasajeros en plena faena agrícola. Mujeres cargadas con niños pequeños, otras con fardos de hierba para los animales, que el acomodador echa como puede encima del vehículo. Nunca mejor dicho el acomodador, pues esa es la principal función de este cobrador, situar a los pasajeros de forma que quede espacio para más gente, con una cabal distribución de hombres y mujeres dado el apretujamiento. El chofer sigue sus indicaciones a la hora de parar para que baje un pasajero o recoger a otro. No falta tampoco la campesina que va con sus lecheras llenas, para un mercado seguramente.
El camino es cada vez más tortuoso debido a las lluvias que caen por estos lugares y a que el autocar hace cualquier desvío para meterse en villorrios de calles de fango y barro. Pero es una zona próspera donde no debe faltar de nada debido a la riqueza natural. Yo voy con las piernas encogidas y estoy deseando llegar. Esto ocurre al rato, en Ollantaytambo, donde hay una valla metálica que separa de las vías y una caseta con un funcionario, esta es la estación de tren. Hay una larga fila de pasajeros lo cual me crea cierta inquietud pues el tren está a punto de llegar. Aquí hay un lío enorme de gente, turistas y nativos todos mezclados y no acierto a saber qué hacer. Me sitúo a la cola, pero veo que algunos llevan los billetes en las manos. Con toda resolución debido a la proximidad de la hora me acerco a la ventanilla entre la gente y allí hay gran confusión, alguna mujer de aquí que no le dan el billete; será por verme como turista y por tanto con dólares, el caso es que el funcionario enseguida que me ve me facilita el billete, luego de los costosos trámites pertinentes de preguntar mi residencia y facilitarle datos de mi pasaporte.
El tren llega y subimos todos de forma ordenada en fila, buscando cada uno su vagón. El paisaje es siempre ribereño pues vamos siguiendo siempre el curso del río Urubamba. Campos agrícolas llenos de verdor y un arbolado que a veces no nos deja ver el río por completo. El río baja tumultuoso, como después de una gran tormenta, las aguas revueltas y achocolatadas, sobre un lecho pedregoso, imposible de vadear como no sea por medio de un puente, sin embargo los pequeños riachuelos de que se nutre llegan con aguas claras y limpias -algo que he observado siempre en todo el Perú. A los lados, altas montañas, de verdes prados y frondoso arbolado, con algún peñascal de altura, hacen que el tren circule con la gracia añeja de una postal antigua. Cantarín en su caminar, casi arropado amorosamente por el paisaje, llega a confundirse con éste, como si fuera un invitado muy bien aceptado a esta fiesta natural que los pasajeros contemplamos llenos de alborozo.
Por fín, después de este atracón de naturaleza, llegamos a Aguascalientes donde debemos pernoctar. Son entre las dos y las tres de la tarde y de manera atropellada busco el hotel que me conviene, además de informarme sobre el horario de autobuses que suben al Machu Pichu. En las vueltas de orientación para buscar una cosa y otra, puedo conocer las dimensiones de la población. Tiene una plaza con su iglesia como centro de las demás callejas estrechas y laberínticas, como fruto de una escenografía pobre y precipitada, y alguna otra calle más urbanizada que asciende en altura a medida que se camina por ella. Enfrente la iglesia, con un aire ya próximo al templo indígena.
Voy al punto donde salen los autocares para el Machu Pichu, objetivo principal de mi viaje. He dejado las cosas en la habitación y cojo solo la cámara de fotos. Como un plato combinado en un restaurante de enfrente, al otro lado de las vías del tren, que por aquí pasa con toda familiaridad por la calle principal de la población, donde se sitúan el comercio y los restaurantes.
El autocar va lleno de turistas. Rubios, altos y como salidos de hotel de cinco estrellas, es gente mayor, configuran el típico turista de visita a un monumento Patrimonio de la Humanidad. Atravesamos por un puente el río Urubamba e iniciamos enseguida la ascensión por una carretera zigzagueante. En el puesto de control nos bajamos, adquirimos el ticket, 80 dólares, una barbaridad, aquí se paga en dólares, pero la ilusión es tan grande que no caben la duda ni la indignación. Enseguida aparece el sendero que conduce al yacimiento del Machu Pichu. Muchos turistas ya descienden a esta hora de la tarde. Aparece una bifurcación para seguir un camino más fácil. Elijo el otro luego de asomarme por el camino fácil a un mirador, donde hay una caseta típica y desde el que ya se contempla toda la ciudadela. Veo alguna llama suelta para favorecer la foto turística e
inicio la subida por la ruta más larga y complicada, la cual efectivamente va ganando altura pero conduce a la parte alta de la izquierda, desde donde se contempla la ciudadela a vista de pájaro. Saco las oportunas fotos entre descanso y descanso contemplativo. El silencio es casi total, solo alterado por la presencia fugaz de algún turista que siempre, impresionado por el lugar, sabe comportarse y guardar el respetuoso silencio que requiere el momento y el lugar.
Yo contemplo desde arriba todo el complejo urbano. Veo las altas montañas que lo circundan a lo lejos con alguna nube atrapada en sus picachos; el río allá abajo dando un abrazo amoroso a todo el recinto; sus aguas encenagadas de barro, abruptas, y su rumoroso canto que llega desde el abismo; veo también algún pajarillo suelto entre las rocas y escucho su leve piar. Y la cuadratura urbana con sus calles y recintos desprovistos de tejado. Me pregunto de qué forma se cubrirían. Las diminutas figuras de los turistas entre el tejido urbano aportan la dimensión real. Contemplo el atardecer teñido de gran colorido en las montañas occidentales, así como el río henchido de oro resplandeciente, cegador, al tiempo que las sombras del atardecer dan al yacimiento una nítida dimensión, más completa. Se acerca la hora de salir del Machu Pichu. Voy bajando siguiendo los pastizales de las terrazas originales que como verdes anillos rodean y ciñen la ciudadela. Mañana volveré a contemplar todo esto en el amanecer, según recomiendan.
Salgo de nuevo al espacio donde aguarda el autocar de regreso. El mismo descenso zigzagueante y a Aguascalientes, a unos tres kilómetros. Una vez en el hotel me ducho y me cambio para salir. La habitación no tiene nada de atractivo. Es una habitación encerrada en el interior de hotel. Sin ventana, sólo un ventanal que da al pasillo con una gruesa cortina. El baño enfrente, pequeño pero con todo lo necesario.
Me cambio y salgo a inspeccionar la población. Todavía en la estrecha calle, calle circular que comunica con otras calles principales, queda algún comercio abierto, especie de tenderetes llenos de baratijas turísticas. Llego a la plaza y voy a la iglesia. Es una iglesia anodina, propia de una población pequeña. Me siento en una terraza de la plaza y tomo una cerveza. Desde aquí contemplo el deambular de la población. Se ven pocos turistas. A la izquierda una dependencia oficial donde se concentran algunos policías municipales que reunidos en grupo llevan una conversación que parece interminable. Hay una fuente en el centro de la plaza con un surtidor de agua y verde vegetación. Algunos perros callejeros beben en ella. La tarde va cayendo y anochece pronto. Quiero cenar y subo por la calle que me parece de los restaurantes. Es la calle Pachacutec, calle empinada llena de tiendas y restaurantes con camareros que ya reclaman a los clientes en la calle. Hay tiendas de todo tipo y restaurantes también para todos los gustos. No falta el restaurante chino. Paso por una plazuela donde hay una enorme cruz. Sigo adelante y llego a un espacio verde donde hay unas termas para baños. Es noche cerrada. Regreso por el mismo camino y en la plazuela de la cruz me siento en la terraza de un bar, en unos cómodos sillones alineados en la misma acera. Hay un turista dentro y unas jóvenes camareras que ponen música moderna. Pido una cerveza y al rato otra. Pasa el tiempo dulcemente, hace algo de fresco y cae alguna gota de lluvia de vez en cuando. Cuando termino de analizar todos los sucesos del día y de lo que puede ser el día de mañana, me levanto y bajo otra vez la calle tratando de buscar un buen restaurante.
Algunos están vacíos. Es temporada baja, el final del verano. Allí donde veo algo de gente me meto al interior en una mesa desde la que contemplar discretamente la calle y los comensales que ocupan la primera línea de mesas, que son un grupo de jóvenes turistas en animada charla. Pido un caldo de gallina que me sienta de maravilla. La camarera es una joven que con suma diligencia atiende las mesas con la carga de un niño a sus espaldas, al estilo inca, sin que resulte dañado milagrosamente en este espacio tan reducido. Es una chica guapa y muy dispuesta para el trabajo que justifica la presencia de una fiel clientela. Yo ceno tan a gusto, contemplando el exterior de la pintoresca calle con otros restaurantes enfrente, relajadamente y descansando del viaje, que me pido un Pisco Sauerluego a la hora de pagar el precio es muy razonable.
Voy hacia la plaza y me siento otro rato en un banco, ahora desocupado a esta hora de la noche. Algunos turistas jóvenes meten cierto escándalo ajenos a toda espiritualidad del lugar. Llevan prendas de camping y seguro que serán de los que hacen travesías a pie por rutas de senderismo.
Al día siguiente tengo que madrugar para ver amanecer en el Machu Pichu, así que me retiro al hotel y pido que me llamen a las siete de la mañana.
16 DE MARZO, VIERNES
Antes de que me llamen me despierto, recojo todas las cosas en la mochila y bajo a desayunar. Dejo la mochila en el comedor y salgo a coger el primer autocar para el Machu Pichu. La mañana es fresca y yo llevo el chubasquero y la máquina de fotos. Cojo un autocar casi en marcha y de nuevo para arriba, para el Machu Pichu. No me importa pagar otros 80 dólares, al fin y al cabo estoy en el punto culminante del viaje. Como ya me sé los itinerarios del recinto, subo rápidamente a la parte más alta del recorrido donde espero la aparición de los rayos del sol entre nubes y picachos. Al principio una masa de nubes bajas no permite ver nada, sólo algunos picachos altos reciben los rayos del sol, creando unas formas de nubes y picos muy sugestivas. Empiezo a disparar las primeras fotos, pero sé que las nubes de abajo van a dejar al descubierto la ciudadela y no hay que perder detalle. Así es, las nubes se retiran para dejar ver el tejido urbano, otras aparecen enseguida para ocultarlo, venidas de la profundidad del río, y al final los rayos vencen y tiñen de oro los sillares de las casas y recintos de la ciudadela.
Cuando ya ha pasado el espectáculo, desciendo lentamente, saboreándolo todo con detalle hacia el pico Huayna Pichu, que quiero ascender. Parece que hay un sendero con escalinata de madera. Me inscribo en el registro de control y subo tomando las debidas precauciones para el agotamiento. Llevo un botellín de agua. Al principio hay una bajada para tomar el pié del pico y luego una fuerte subida por donde bajan los que ya han subido o se retiran por el esfuerzo. Unos cortos descansos en las terrazas de cultivo, contemplando cada vez más bajo el recinto urbano de la ciudadela, sacando algunas fotos, como hace todo el mundo, luego las ruinas bien conservadas de unos edificios con estrechas ventanas y ya al final la cumbre con la alegría de llegar y de sacar la foto testimonial. Unos cuantos guardas vigilan en lo alto y allí arriba aparecen los primeros mosquitos que no he visto hasta ahora en el todo el Perú y que deben de sobrevivir allí a base de los despojos de los excursionistas.
El descenso se hace más rápidamente en parte por la falta de novedades que ver pues ya todo se vió en el ascenso. Salgo por el puesto de control donde veo que he sido de los primeros en subir ya que le cuesta al guarda encontrar mi nombre, y salgo hacia la ciudadela para terminar de verla en su conjunto. Aquí oigo que me llaman por mi nombre, es el barcelonés, con el que hice el viaje al Valle del Colca, que está haciendo la visita en un grupo. Le pregunto por su señora y me dice que no ha venido, que se encuentra algo indispuesta. Le deseo pronta recuperación y nos despedimos rápidamente porque yo debo regresar ya para tomar el tren de las cuatro de la tarde, el último para regresar a Cuzco.
De paso que voy hacia la salida voy viendo parte del recorrido de la zona oriental que en general es la parte servil, de la población rasa, en contra de la occidental destinada a usos religiosos y de alojamiento de la clase dirigente.
Llego a tiempo para tomar el autobús que parte en ese momento, voy al hotel, recojo la mochila y voy derecho a la estación pasando por el laberinto del mercado a toda prisa y sin hallar la salida que da directamente a la estación ferroviaria. Aquí hay dos o tres personas delante de la taquilla. Hay que esperar. El taquillero está al otro lado, donde hay también servicio de taquillas, atendiendo a un cliente durante largo rato. Yo me impaciento y temo lo peor. Paso al otro lado y al poco termina con él, me atiende y creo ver movimiento de la gente de enfrente quejándose. Quiero solo preguntar pero además me da ya el billete. Se agotó el billetaje de segunda y me da un billete de primera clase. Salgo de la estación sin mirar a los que esperan. No me gusta esta situación. Paso otra vez por el laberinto que forman los puestos del mercado en busca de un restaurante. Tengo tiempo para comer. Al otro lado del puente veo uno cuyas ventanas dan al riachuelo que va a desembocar allí mismo en el Urubamba. Pido una comida completa y el café y le digo a la chica camarera que tengo que coger el tren, así espero que no se demoren como puede ser.
Luego de nuevo a la estación, subo a mi vagón de primera clase. Los asientos son más cómodos y el techo es panorámico, permite la visión de las altas cumbres; con música y azafatas y azafatos elegantemente vestidos que nos sirven enseguida un té o un café. Las cumbres de las montañas van pasando al principio, así como los cortados y grandes pendientes, casi siempre verdes, algunos prados y en la parte del río las tierras de cultivo. Más tarde llegan tierras más bajas y horizontes
más anchos. Atardece. Las azafatas y azafatos nos sorprenden con un desfile de moda de prendas hechas con lana de vicuña y de llama. El desfile se hace a los acordes de una música y con la simpatía y beneplácito de los viajeros. No falta el contoneo de las modelos y modelos, todo en un ambiente alegre y divertido que contribuye a relajar el viaje. Luego pasan ofreciendo los vestidos a la venta, así como licores de Pisco y otros productos del país.
Hacia las diez de la noche llegamos a Cuzco. La ciudad aparece iluminada allá abajo y el tren parece no querer perderse el espectáculo pues inicia una serie de maniobras adelante y hacia atrás que llega a inquietarnos. Pero al final llegamos a la estación. Paso cargado con mi mochila por delante de las personas que ofrecen taxis y alojamiento y voy caminando hacia la Plaza de Armas. Sin más detenimiento voy directamente a mi hotel y a continuación voy al primer hotel de la calle Carmen Alto a recoger las cosas que he dejado para descargar peso. Allí me las guardan en una bolsa de plástico. Doy las gracias y me despido.
Después de acomodar toda la ropa salgo a dar una vuelta. Voy a la Plaza de Armas. Tomo una cerveza en el lugar de siempre, pero en la barra porque el balcón está ocupado. Luego quiero retirarme pero al llegar al cruce con la Cuesta de San Blás, oigo música en el local que conozco y subo decidido a no perderme este acontecimiento. En la puerta anuncian el concierto en un cartelón. Subo por las estrechas escaleras y llego a la pequeña sala donde tocan un joven grupo música de jazz. Otros jóvenes les escuchan sentados por los divanes y hasta en el suelo. Pido la cerveza y me siento en un taburete alto con una mesa pequeña que me ofrece amablemente la gente de la barra. Estoy un rato, hay simpatía entre músicos y la gente joven más próxima y hasta cierto entendimiento, deben de ser conocidos.
Ya más de las doce, me retiro a mi hotel que está allí próximo pero subiendo la empinada calle de la Cuesta de San Blas que a estas horas y con el cansancio del día se me hace algo pesada.
17 DE MARZO, SÁBADO
Estoy de nuevo en Cuzco y ya sin la obligación inexcusable de la visita más mítica del Perú, como es el Machu Pichu, podré visitar la ciudad con la tranquilidad que da esa obligación cumplida satisfactoriamente y mejorando incluso la imagen típica que del mismo tenemos. Han sido dos visitas, por la tarde, con su atardecer, y por la mañana, con su amanecer que han colmado por entero esa satisfacción y esa obligación, pero aún tengo previstas otras visitas, que siendo menores no por eso aguardo con menos expectación, como son Trujillo y Cajamarca, y si hay tiempo el salto a Quito en Ecuador, tan próximo a ellas, al menos sobre el mapa.
Pero estando en Cuzco hay que preparar ese viaje, es vía Lima y en avión y no quiero problemas. En primer lugar hoy voy al médico. He consultado en la guía y me dirijo a un centro médico que está en una transversal de la Avenida del Sol. En esta avenida es donde están las agencias de viaje en avión. El motivo de la visita al médico son las picaduras de mosquito del Machu Pichu, todavía hoy las veo y me duelen un poco. En el centro médico me atiende primero un funcionario que me indica que aguarde hasta que me llamen. Al poco un médico joven me llama por mi nombre. Paso a su despacho y le explico. Me tranquiliza diciendo que no se reporta enfermedad amarilla en esa zona del Machu Pichu, pero que si siguen las molestias y sobre todo si tengo mareos, diarreas y palidez que le llame al teléfono que me da en una tarjeta. Pago en la recepción y me marcho más tranquilo.
Salgo a la calle y quiero tomar un café con leche. Por aquí no hay cafeterías de confianza. Las calles están atestadas de ruidoso tráfico, al mismo tiempo que con gran actividad comercial. Innumerables puestos de venta de todo tipo, talleres y servicios comerciales de poca monta. También restaurantes populares, donde a toda hora hay algún cliente tomando un plato combinado o algún refresco. Yo voy como un perdido. Fuera de ambiente y por eso discretamente, sin llamar la atención y tratando de pasar desapercibido, sumergido en la vorágine callejera que me ignora. Hay que insistir en la discreción del pueblo peruano. Ninguna mirada curiosa, examinadora, a lo
sumo esa mirada furtiva y fugaz que no puede evitar la visión de un desconocido para ellos. Perdido como vas, no sientes la molestia de la curiosidad ni de la pregunta inoportuna, si acaso cuando la haces tú rompen con esa discreción. Sigo callejeando hacia la Avenida del Sol y luego tomo la acera de la izquierda. Paso por delante de un museo que visitaré después. Pregunto en dos o tres agencias de viajes por una compañía peruana de vuelos. Me mandan más adelante. Al llegar a ella entro en el local, muy bien acondicionado y con mucha gente sentada esperando. Me siento también y al poco decido salir. No estoy dispuesto a perder el tiempo de esta manera. Dejo para otro momento el asunto del viaje a Lima.
Y de esta manera entro en el Museo Arqueológico Coricancha, en donde por el mismo precio del billete puedo visitar la iglesia de Santo Domingo, muy cerca de aquí. Entro en el museo. Se trata de un museo con una deficiente instalación. Además hace un calor dentro insoportable. Unas pocas vitrinas de objetos arqueológicos y de nuevo a la calle. Tomo una calle de vuelta a la derecha y allí un poco en alto está la iglesia de Santo Domingo. En principio no aprecio debidamente el basamento inca sobre el que está construido el templo. Llego a la pequeña plaza de la entrada. En ella algún hotel de postín y bastante picaresca callejera en busca de turistas. Enfrente una calle con grandes andamios que sostienen la pared de una casa a punto de caer. Entro en el templo. Nada más entrar una gran confusión. Los restos del Coricancha, antiguo templo inca, aparecen unidos a estructuras museísticas que los protegen y uno tiene la sensación de estar en algo poco auténtico, sofisticado en exceso, pero que debe tener su importancia. Llaman la atención los enormes bloques de las antiguas paredes incas, extremadamente tallados y como dice la guía con una precisión exquisita a la hora de unirlos entre sí, con formas curvas y a contra pendiente. Cubiertas metálicas protectoras y demás intervenciones hacen que de una manera no intencionada entendamos el avasallamiento que han sufrido las culturas en el devenir histórico, incluyendo la nuestra, por supuesto. Uno echa de menos un tratamiento respetuoso del pasado, lo más intacto posible, sin esas intervenciones que transforman una realidad del pasado en un auténtico museo. Para colmo en la planta de arriba hay una sala de exposiciones con pintura moderna. Voy deambulando como perdido, sumido en el mismo atropello colectivo, entre turistas vociferantes y guías que todo lo saben. El Sol y la Luna, grandes referentes del Coricancha, los dioses del pasado sometidos. Una capilla católica, una reproducción del panel solar bruñido en oro, el exterior con el testero de la iglesia sobre la deliciosa curva de la muralla incaica, invencible ante todo atropello. Salgo a la calle desconcertado después de esta apoteosis cultural, cóctel podíamos decir del intervencionismo humano en el pasado presentado para goce del turista privilegiado que busca la esencia del pasado de Cuzco que no hallará en otro sitio mejor que aquí. Todo el misterio del pasado, todo el horroroso enfrentamiento cultural, aquí en el templo de Santo Domingo asentado sobre el templo del Coricancha, sin sincretismo alguno, en abierta rebeldía todavía.
Salgo a la calle y quiero comer en algún restaurante de los alrededores. Busco uno que ya no está. Mientras, veo algunos edificios civiles asentados también sobre un basamento inca. Luego veo un restaurante asador donde entro. Hay unos músicos tocando. Pido un asado que no me satisface por entero. Pero el local está muy bien acondicionado y el trato es amable.
A la salida voy por la calle Arequipa a visitar el convento de Santa Catalina. Aquí ocurre todo lo contrario del templo de Santo Domingo y el Coricancha. Ninguna sofisticación. Todo de lo más auténtico, inalterado. Es como ingresar en pleno siglo XVII. El contenido museístico se distribuye por estancias y pasillos. La pintura cuzqueña aunque de poco valor se nos aparece en su real ambiente. Cuadros de gran tamaño, mobiliario y pequeños objetos de tipo decorativo, por lo general de carácter religioso. La sobriedad del ambiente, los pasadizos lóbregos, la humedad de todos los siglos retenida por estos muros antiquísimos, la ausencia de aberturas al exterior, todo ello nos sitúa en el interior de un convento ancestral muy auténtico.
Luego marcho hacia la Plaza de Armas. Ha empezado a lloviznar y esas jóvenes que llevando niños a su espalda en el atadijo característico, andando de acá para allá vendiendo cualquier cosa, se han refugiado ahora en los soportales de la plaza. Me dirijo hacia la iglesia de la Merced para visitar su claustro y su museo. El claustro de la Merced es de doble planta y contiene representaciones de la vida de San Pedro Nolasco, su fundador. La tarde es oscura y fresca. A ratos lloviznéa y se tiene una rara sensación, una experiencia casi mística de la espiritualidad cuzqueña, sobre todo aquí en estos claustros antiguos que saben retener, como los muros de Santa Catalina, todo el ambiente
antiguo, ayudado por la poca intervención cultural, no la necesitan pues se mantienen inalterables al paso del tiempo, reteniendo el tiempo, al misticismo de la época que se materializa, se hace muro, arco claustral, pasadizo que nos lleva a la iglesia, o que nos conduce a los aposentos de arriba, en silencio, sin agobio de turismo, una tarde para pasear lentamente, sin siquiera necesidad de saber, sólo sentir.
Luego recorro el museo, hay algún visitante ocasional. Ante una de sus pinturas se me acerca un señor mayor. De primeras me dice que esas no son las mejores pinturas cuzqueñas. Hablamos, intercambiamos opiniones. Le comunico que ya he visto muy buena pintura cuzqueña en el museo de Arte Religioso del Arzobispado. No crea, me dice. Parece conocer el tema y veo que no es ningún embaucador. Me dice que es profesor jubilado de arte aquí en Cuzco. Me sugiere ir a la vecina iglesia de los Jesuitas para ver dos auténticas pinturas cuzqueñas de gran tamaño. Vamos para allá. Esas pinturas ya las he visto, pero la verdad no les había prestado mucha atención, en parte por falta de información. En una de ellas aparece el casamiento de un sobrino de San Ignacio de Loyola con una princesa inca. Mi amigo me da algunos detalles iconográficos interesantes que me satisfacen. Una vez en la calle quiero ser atento y le invito a un café pero él me suelta que prefiere alguna ayuda económica. Yo quedo desconcertado y le doy con toda naturalidad tres soles para un café si quiere.
Una vez repuesto de la situación me dirijo a la catedral donde hay anunciado un concierto de órgano. La catedral a esta hora está cerrada y será una buena ocasión para verla por dentro sin agobios. Voy a la puerta de la iglesia del Triunfo pero me dicen que se entra por la iglesia de Jesús, José y María, iglesias adosadas a la catedral. La catedral está vacía y los pocos visitantes van saliendo pues se acaba la hora de visita. Hasta que comienza el concierto voy deambulando por naves y capillas contemplándolo todo con detenimiento. Veo la imagen morena del Señor de los Temblores, enormes cuadros como el del sobrecogedor terremoto de 1650, en el que se ve la estructura original de la ciudad, a base de grandes plazas sucesivas rectangulares, separadas por hileras de edificios, otros cuadros con texto incluido, con el de La Almudena de Madrid, donde vemos al rey Carlos II; el retablo primitivo en madera labrada en el testero del altar; pinturas italianizantes como la Virgen del Pajarito, de Bitti y pintura cuzqueña del gran pintor nativo Marcos Zapata. La visita da para largo rato y requiere una buena guía o las explicaciones de los guías de la catedral, pero el concierto da comienzo. Han situado unos bancos enfrente del coro central y los asistentes son escasos, unas diez personas más algún grupo de retrasados que continúan con su visita a la catedral molestando bastante con sus explicaciones en voz alta. Yo huyo de este ruido molesto y voy rodeando el coro buscando aquel lugar en donde llegue menos ruido de la gente, además el sonido del órgano se oye con más autenticidad. Es música de órgano barroca, quizás de autores locales supongo porque no dan ningún programa.
Al finalizar salgo y compro un libro muy documentado de la catedral en el puesto de venta en la salida, pero no hallo discografía de la misma que es lo que buscaba principalmente. Vuelvo al hotel a dejar todas las cosas y debí enterarme por algún periódico del bar de la encrucijada de la Bajada de San Blás, donde tantas veces paro por su ambiente simpático y juvenil, además de que tienen cerveza de barrill o Chopp, de la celebración de un concierto de música popular en un centro. Se trata del Centro Qosco de Arte Nativo, en la Avenida del Sol, adonde llego después de una larga caminata. Es un teatro con su escenario y foso para los músicos, de humilde presencia pero con todo lo necesario para hacer teatro y comedia musical. Asientos de teatro clásico, pasillos en pendiente y somera decoración. Hay bastante gente y el espectáculo se celebra con todo rigor. Una guapa presentadora lee unas notas explicativas del número musical o de baile que vamos a contemplar. Yo estoy en segunda fila. Enfrente tengo a los músicos que tocan las flautas andinas, hay también un par de violines e instrumentos de viento, alguna guitarra y percusión. Jóvenes y viejos componen la banda musical que aguarda respetuosa el inicio del número coreográfico. Al fondo del escenario unos paneles pintados con escenas típicas del Perú. El espectáculo es largo y tiene su momento de descanso, entonces es la ocasión de contemplar un pequeño museo etnográfico situado al fondo de la sala. La parte coreográfica es vistosa, con vestimenta típica y basada en los bailes nativos. Los ritmos muy agitados, los vuelos de los vestidos de las bailarinas se suman al alegre danzar de los varones, a veces violento y frenético.
Termina el espectáculo y compro un CD a la salida de este Centro Qosco de Arte Nativo. Vuelvo hacia la Plaza de Armas. A falta de otro lugar de confianza me meto en una pizzería al costado de la iglesia del Triunfo, bajo los primeros soportales, sitio limpio en donde se comen buenos platos combinados de pasta. El servicio es rápido y eficaz y aparece bastante gente, turistas y nativos. Mientras como, veo el deambular constante de las vendedoras callejeras en busca del turista, alguna con su niño a cuestas, allá afuera en la calle, en los soportales que rodean toda la Plaza de Armas.
Es sábado y echo un vistazo a los lugares de música juvenil, allá al fondo de la plaza, a la derecha. Entro en uno con música latina pero de gente áspera y malencarada, tomo mi consumición y me marcho.
La plaza está iluminada por la luz de las farolas y la catedral y la iglesia de los Jesuitas con la luz de los focos. Es una visión nocturna que encanta al tiempo que se camina por lo largo y ancho de toda ella encontrando siempre una perspectiva nueva, una visión diferente, con el fondo iluminado de mil lucecillas de las casas de la ciudad que suben por las suaves pendientes de alrededor. Regreso al hotel y todavía entro en el local de jazz en la encrucijada de la Cuesta de San Blás. Esta vez hay música de disco, pero termino el día en buen ambiente con las camareras conocidas que me atienden con familiaridad.
18 DE MARZO, DOMINGO
Los domingos, en los países americanos que he visitado, son nefastos para el turista, rompen con la cotidianidad a la que uno se acostumbra y conviene tomar nota para programarlos de manera especial. En primer lugar está el homenaje a la bandera, el izado de la misma y toda la fanfarria militar y musical en torno al acto. Así me ocurrió en Lima donde me topé con ello cuando acudía a la Plaza de Armas para entrar en la catedral pues ya se sabe que en días festivos es el momento ideal para su visita aprovechando los actos religiosos. El otro inconveniente de los domingos es el cierre sistemático de museos y otros lugares de visita. Con todos estos inconvenientes me dispuse a pasar el domingo de la mejor manera posible.
Luego de asistir respetuosamente al izado de la bandera, para lo cual desde una megafonía se ruega respeto al acto, y efectivamente la gente se cuadra casi al estilo militar llevando una mano al corazón allí donde le sorprenda el momento. Yo me distraigo sigilosamente hacia un bar pues tengo algunas necesidades, producto del desenfreno de la noche anterior, y aprovecho para tomar un café con leche. Es uno de los bares situados a la derecha de la catedral, que tiene una galería en el segundo piso en donde se pueden tomar consumiciones. Me meto en la catedral. Están oficiando misa y no se puede andar con soltura. Antes de entrar veo salir de ella al profesor, mi interlocutor sobre arte, con su figura desgarbada y encorvada, saliendo con paso firme y aire cínico como si le hubiera molestado algo allí dentro. Hago como que no le veo, no estoy en estos momentos para sermones sobre arte. En la catedral unos carteles piden respeto y compostura mientras el acto religioso. Vuelve a sonar el órgano esta vez más religioso al compás de los momentos de la misa. Salgo enseguida para hacer unas de las visitas del día, el Museo de Historia Regional situado en la casa natal del Inca Gracilaso de la Vega. Los asistentes al acto de la bandera van llegando a esta plaza del Regocijo aledaña a la Plaza de Armas, cuya situación así como la de la siguiente plaza de San Francisco, tan bien se comprende viendo aquel cuadro de la catedral.
Al llegar al museo me encuentro con la desagradable sorpresa comentada al principio de encontrarlo cerrado hoy domingo. Me siento un rato en un banco de la Plaza del Regocijo mientras veo situarse los distintos destacamentos de asociaciones de vecinos que han asistido al acto en pose para sacarse fotos. Voy luego hacia la iglesia de la Merced pero no se puede entrar de tanta gente que hay en misa. Consulto la guía turística y subo hacia la plaza de San Francisco en cuya iglesia se celebra en estos momentos otra misa. Me hace gracia por lo curioso los niños situados en los primeros bancos haciendo pasos de baile y gesticulando los unos a los otros al tiempo que cantan una pieza musical dirigidos por una maestra desde el altar. Dejo a los niños con su teatro y salgo hacia la iglesia de Santa Clara, que está cerrada aún siendo domingo y llego hasta la iglesia de San Pedro. Voy por una acera, entre gentes del lugar, cuya pared es todo un paramento de piedra incaica
aunque de tosca factura. La iglesia de San Pedro, también la veo cerrada. Y con estas desilusiones dominicales no me queda otra visita que la del Mercado situado aquí mismo. Su interior algo conocido. Vuelta a la suciedad y mal acondicionamiento. Es un mercado primitivo que no se diferencia del callejero salvo en la cubierta. Pero aquí no hay perros callejeros como en el de Puno.
De esta manera sigo mi caminar, cansado y desilusionado de tanta visita infructuosa, y por el día y noche de ayer y decido ir a comer a mi barrio. En la calle del Carmen Alto he visto otros días menús en unos restaurantes. Llego a ella a duras penas por el cansancio y la pendiente de las calles. Después de dudar un poco entro en uno cuyo comedor aparece muy limpio pero en donde no hay nadie, como en casi todos de la zona. Me siento y aparece una mujer joven, con aspecto de casada, que me dice lo que tienen de menú. Yo le ruego un menú benéfico para mi estómago y mi cabeza atacados hoy de los excesos de ayer y el mal de altura. Me dice que la sopa, es decir, el caldo de gallina le llevará un tiempo. No importa, le digo, no tengo prisa y además si no le importa le agradecería pusiera el canal de la televisión que ponen el fútbol español. Entre los dos le damos al mando hasta encontrarlo. Efectivamente están echando un partido de la liga española que yo veo lleno de contento. Además tiene vino tinto, la cerveza me repugna tal y como tengo el estómago hoy.
Entre plato y plato conversamos. Ella tiene una conversación fácil y entendida de las cosas de la historia y la cultura. Me dice que es licenciada creo que en arte y no le pregunto más sobre sus avatares personales, aunque ella justifica su ocupación en la hostelería por razones económicas, familiares o de vocación, alguna de esas cosas. Yo le tiento con algún escollo del pasado histórico que ella trata con delicadeza y sin pasión. Tenemos una conversación en la que intercambiamos opiniones y creencias todo dentro de los más correctos modales. Yo le hablo de mi viaje, de algunos sucesos del mismo, de todo lo sorprendente que he visto, de mis males de cabeza, de las dificultades, pero que merece la pena.
Luego me fui a descansar un rato a mi habitación. Al atardecer volvía a la Plaza de Armas como siempre, como lugar de referencia y reposo en una de tantas terrazas de los bares. Es curioso que salvo en la capital, no las he visto a ras de tierra, todas suelen estar en el primer piso, asomándose a las balconadas y miradores. Esta vez subo a la terraza del bar de esta mañana cuando la celebración militar de la bandera. Es esta una terraza estrecha, más bien un balcón corrido donde escasamente caben las mesas, pero desde ella contemplo la plaza desde otra perspectiva. Enfrente tengo la terraza del bar donde voy a menudo. Los soportales de la plaza están transitados por gente dominguera, la mayoría jóvenes, también se ven los empleados de restaurantes ofreciendo sus menús. Las luces del alumbrado tiñen de un rojo especial el encanto mismo de las construcciones coloniales y por encima de los tejados se ve al frente un bosque de lucecillas, como si de una instalación navideña se tratara, correspondientes a las pálidas luces de callejas, ventanas y portales del entramado urbano que trepa obstinadamente por la ladera montañosa que rodea la ciudad.
Al rato desciendo a la plaza, algunos vecinos están sentados en sus bancos y la juventud pasea alegre de un lado para otro. Yo no paro de observar a las jóvenes vendedoras de chucherías que con el crío a la espalda van de un lado para otro de la plaza. Al final acabo en la pizzería de ayer a tomar algo, un poco a falta de nada que hacer. Luego otra pequeña vuelta y hacia casa. Quiero entrar en el bar de jazz, pero está cerrado, así que un poco aburrido y cansado me retiro a descansar.
19 DE MARZO, LUNES
Este lunes hace un día templado, las nubes ocultan a ratos el sol y otras descargan una fina capa de lluvia húmeda que obliga a buscar refugio en los soportales de la plaza en donde estoy como cada mañana. Otras veces, cuando son alejadas por el alto viento, dejan un cielo azulísimo y un sol espléndido.
Hoy lunes salgo con la determinación de ver cuanto no pude ayer y además preparar mi pasaje hacia Trujillo y Cajamarca. Miro el calendario y ya las fechas van apretando y aquel viaje al Perú de un mes que me parecía eterno, está consumiéndose de manera plácida pero irremisible. Además
si sobran días tengo el final de Lima en donde terminar de ver y completar todas las consultas en los museos de todo cuanto he visto.
Me dirijo al Museo de Historia Natural, situado en la casa de Garcilaso. Hay cierta actividad y algunos visitantes. Me sorprende y aun siendo un museo sin grandes pretensiones, está organizado de manera muy pedagógica hasta el punto de que es aquí donde completo mi conocimiento histórico de la pintura cuzqueña. Así aprendo que en el XV y XVI se parte de una pintura indígena, que en el XVI y XVII aparece una influencia del grabado flamenco y del Manierismo italiano, que en el XVII aparece también el realismo de Zurbarán y Ribera en pintores como Juan Calderón y Basilio de Santa Cruz, y que en el XVIII y XIX se da la pintura mestiza que supone cierta síntesis de todo lo anterior con énfasis en el retrato expresionista y en una postura retrógrada de suprimir perspectiva y espacio renacentista e inclusión de nuevo de los dorados finos de gran estilo, todo esto se ve en la obra de Marcos Zapata y Mauricio García. La visita resulta con todo esto muy provechosa y sufro una especia de climax de conocimiento de la pintura cuzqueña muy agradable a estas alturas, después de haber visto tanta en lugares distintos y de no acabar de situar tanta belleza y calidad a falta de conocimientos previos.
Luego deambulo un rato hasta llegar de nuevo a la Plaza de Armas decidido a probar en una de tantas agencias de viajes y tengo suerte porque a la primera me atienden sin ningún problema ni esperas, pero mi billete me lo darán en otra dependencia de al lado. Pasamos y vuelven a decirme que no hay vuelo directo a Trujillo, que hay que hacer escala en Lima de unas seis horas. Toman nota y quedamos para luego más tarde para recoger los billetes. Muy agradecido y contento salgo a la plaza, resplandeciente ahora de luz y sol, nunca había contemplado como ahora el contraste de las paredes de la catedral e iglesia de los Jesuitas en contraste vivo con el azul sereno del cielo.
Voy hacia la catedral y en uno de los bancos de la plaza veo a mi amigo el profesor. Entramos a ver alguna pintura de la catedral y le explico mi visita de esta mañana al Museo de Historia Natural. Pero tiene que ver otras cosas, otros misterios de esta ciudad, me dice y me lleva a la plaza de las Nazarenas a ver unos extraños símbolos de la cultura inca en los sillares de la iglesia de San Antonio. Luego continuamos para ver los sillares del palacio arzobispal y en concreto aquel que no escapa del atractivo multitudinario de los turistas. Rodeamos el edificio al tiempo que me da una teoría al respecto de los sillares y al rato dice tener una publicación del templo del Coricancha en donde se analiza la cuestión a fondo. Para ello tenemos que ir a su casa en donde dice tener un ejemplar pues el libro está agotado. Me lo vende a buen precio. Su casa está en un patio vecinal de la calle Saphi a donde se entra por unos pasadizos y patios húmedos con ropa tendida de la vecindad. Me despido y quedamos en vernos a las cinco de la tarde para otra visita.
Mi despedida ha sido rápida y precipitada porque tengo que regresar a la agencia de viajes, allí me dicen que debido a algunas dificultades no me pueden dar el billete, pero que no hay ningún problema. Que me lo darán por la tarde. Tengo un poco de tiempo para ver algo pendiente de visita como es el Museo Inka en la Cuesta del Almirante muy cerca de la catedral. Se trata de un museo donde hay otras actividades culturales para los escolares y algunos artesanos en el patio. El museo está arriba, en el piso de arriba y hay de todo desde utensilios, cerámicas de uso común hasta modos de vivir de la población antigua.
Con el libro del Coricancha y con el pasaje casi arreglado, voy hacia casa algo cansado dispuesto a comer en algún restaurante al paso. Así es como entro en uno de la calle Triunfo situado en un patio interior muy luminoso. No hay nadie, pero el sitio es tranquilo agradable y con una tenue luz amarilla debida a la decoración en este color. Una muchacha dispone la mesa en primer lugar, luego sale un señor mayor para decirme el menú. Sigo con problemas de estómago y le pediría supongo la consabida sopa. Siento que es el último día en Cuzco y si por un lado experimento cierta nostalgia al mismo tiempo noto la presencia de un resplandor interior que proporciona la ilusión de lo desconocido, del futuro viaje a Trujillo y Cajamarca. Como con cierta desgana, casi no tengo apetito y deseo llegar pronto a la habitación para descansar. Además tengo la cita con el profe a las cinco de la tarde, que aunque reincidente no quiero faltar.
Por la tarde voy a la Plaza de Armas a buen paso, no quiero llegar tarde. En principio la plaza está despejada y no se ve al profe por ningún lado. Espero un rato sentado casi esperando que se haga la hora de ir a recoger el billete de avión. Cuando ya pienso que este hombre no aparecerá voy a la agencia y me dicen que ya todo está arreglado. Estoy tan contento por la facilidad de su adquisición
y el buen precio que dejo una propina lo cual ocasiona cierto estupor en las empleadas. Es la última tarde y salgo dispuesto a dar un rodeo por las calles en torno a la plaza. Subo por Saphi, entro en la iglesia de Santa Teresa y tuerzo a la derecha por unas calles empinadas, algunas con largas y anchas escalinatas y que luego giran hacia abajo, hacia la plaza. En un restaurante, local amplio, donde hay unos niños jugando y su madre atareada en cosas del local, entro y pido un té, el cuerpo no me pide otra cosa. Hay un lugar para el fuego de hogar que debe ser muy útil en invierno. Después desciendo por la calle en pendiente hacia la plaza. Doy unas cuantas vuelta por ella y subo enfrente, a un pub entre la catedral y la iglesia de los Jesuitas, con toda la apariencia de local para extranjeros. Hay cerveza de importación, pero no hay casi nadie a estas horas. Tomo una chopp y bajo de nuevo a la plaza.
Todos estos son recuerdos vagos, indecisos e inconclusos. Lo único que tienen de verídicos es el ambiente en que los sitúo, pero no puedo responder en cuanto a su exactitud cronológica, incluso puede que alguno esté situado fuera de día pero el tono general de estos días postreros de Cuzco es este, este sentimiento es imborrable, intocable y está allí señalando su momento, ese final del viaje a Cuzco, con el Machu Pichu ya visitado y tantas otras cosas. Ya hay más carga que faena por hacer, más pasado que futuro en mi viaje peruano. Por eso, digo, que salgo a la calle a ver ese mismo espacio de la Plaza de Armas, tantas veces contemplado, pero ya el recuerdo es nebuloso y ha perdido el contacto con la justeza de las horas. Vuelvo a casa y el local de jazz está cerrado, sin otro lugar donde tomar nada y sin ganas de volver a la plaza, entro en el hotel y anuncio que mañana me marcho y quedamos en arreglar el pago al día siguiente.
20 DE MARZO, MARTES
El avión sale a la una de la tarde. Recojo las cosas, pago la habitación y dejo la mochila en recepción pues quiero pasar antes por una librería importante que me han aconsejado, pero que está algo lejos. Doy la dirección al taxista. Es un barrio alejado del centro. Doy con la librería pero no encuentro ni material bibliográfico ni discográfico que me satisfaga. Hay bastante edición en formato de lujo, eso si, pero poco más. Ya lo compraré en España.
Quiero regresar caminando, pero tiene que ser un poco a tientas pues estoy fuera del plano. Caminando como puedo llego a la iglesia de Santo Domingo. Enseguida voy al hotel, recojo la mochila y me voy al aeropuerto. El vuelo dura una hora. Mientras despega el aparato voy viendo alejarse la ciudad de Cuzco y aparecer las altas montañas de los Andes cuyos picos más altos nos desafían con su presencia cercana. El horizonte es verde y montañoso, pronto llegamos a las planicies de la costa en donde domina en toda su extensión el tono ocre de la tierra seca. Aterrizamos y me informo respecto al trasbordo. Dejo la mochila en consigna y salgo en busca de un taxi. El aeropuerto me resulta conocido por mi llegada a él hace veinte días. Tengo seis horas y mientras me tomo un café consulto el plano de Lima en busca de alguna de visita de interés pero próxima al aeropuerto. Me gustaría incluir en ella la visita al puerto del Callao, pero es visita poco recomendada por su inseguridad. Veo en el plano cerca los museos Nacional de Antropología y el de Larco y le doy la dirección al taxista. Antes de llegar le pido que me deje en una zona de restaurantes pues es la hora de comer. Hace calor hasta dentro del restaurante y eso que hay unos ventiladores cerca de donde yo me siento. Hago una buena y reposada comida. El local es amplio, con muchas mesas, algunas situadas en un patio interior con muchos árboles y plantas, pero es tanta la calor que hace que se está mejor al interior.
Nada más comer me dirijo hacia el Museo Nacional de Antropología y Arqueología, que es un museo sin menos pretensiones que el Museo de la Nación que visité a mi llegada, pero con más contenido. No se entiende cómo no está todo el material junto; además éste está en un gran edificio colonial, con un gran patio interior, alineándose las distintas dependencias en torno al mismo con gran estilo museístico y criterio historicista, de tal modo que la visita es cómoda e ilustrativa. No falta de nada, desde los restos antiguos hasta muebles y enseres de época colonial, pues aquí residieron los libertadores San Martín y Bolívar.
Desde aquí mismo se puede ir caminando hasta el Museo Larco, para lo que hay unas curiosas pisadas pintadas en el suelo marcando la dirección, pero el camino resulta más largo de lo pensado y sujeto a despistes y extravío. Pero al final llego. Este museo, instalado en una hermosa casona colonial con un gran jardín, tiene una gran colección de cerámica. Más de la que pueden exponer, porque se ven unos cuartos con grandes estantes repletos de cerámica, pero todo debidamente clasificado. Cuesta mucho suponer que no haya aquí cualquier tipo de cerámica peruana. Destaca una colección de cerámica erótica de lo más pintoresca.
Se va haciendo hora. Salgo a la calle. Pregunto al portero y me dice que puedo ir en autobús colectivo. Basta con hacer trasbordo en Avda. de la Marina con Faucett. Así lo hago y llego sin más complicaciones a una parada enfrente del aeropuerto, luego de ser atendido amablemente por el cobrador y algún viajero.
Llego al aeropuerto recojo la mochila y voy al trasbordo. Aquí hay un lío enorme. No hay manera de encontrar la oficina del operador que me ha vendido el billete. Entre unas cosas y otras pierdo el avión de las siete, pero me facilitan pasaje para el de las ocho. Mientras, he consultado los hoteles de Trinidad para reservar. Como veo que llego de noches y además el aeropuerto cae más cerca de un poblado de pescadores llamado Huanchaco, recomendado por la guía como sitio tranquilo y pintoresco, llamo a hoteles de allí y enseguida me atienden en uno situado al borde del paseo marítimo, donde dejo reservada una habitación.
Por fin salgo a las ocho. El avión despega con retraso y llegamos cerca de las diez. El aeropuerto está a unos diez kilómetros de Trujillo, pero el pueblo costero de Huanchaco está más cerca. Tomo un taxi y le doy la dirección. El trayecto discurre por aceptables carreteras pero a estas horas de la noche todo aparece como muy sombrío y desolado. Las casas aparecen conforme enfilamos por una gran avenida a modo de malecón. El mar a nuestra izquierda, nos lanza destellos de luz reflejada en la ruptura de las olas, que mansamente mueren después en la arena de la playa. Algunos puestos hosteleros alumbran con débiles luces su más inmediato entorno. Pero no se ve nadie. Parece una hora más tardía de la que es en realidad. Yo voy en el taxi expectante y con cierta inquietud. El taxista y yo vamos leyendo los letreros de los humildes hotelitos situados al otro lado de la carretera. Azotadas en esta hora por la brisa marina las hojas de palma al otro lado de las tapias altas que cierran los hoteles como pequeñas fortalezas, acabamos de leer el nombre de nuestro hotel. El taxista se detiene, le pago el recorrido y se espera a que me abran. Cuando lo hace se marcha con una breve despedida. Accedo por un gran portón con visor de seguridad. Enseguida me dicen mi nombre, me están esperando. Es un pequeño patio interior rodeado de vegetación, con una pequeña y elevada piscina. Un gran perro cojo sale por el fondo como queriendo saber si todo va bien. Yo le digo al dueño si será mi amigo. El no contesta nada como quitándole importancia. Nos dirigimos a la pequeña recepción situada a la derecha, detrás de las cristaleras del comedor. Una pantalla de ordenador a un lado y el pequeño mostrador enfrente. Al momento de darme la habitación le digo se hay en la pequeña terraza que he visto encima. Consulta y me dice que queda una. en realidad no hay mucha gente, debe ser una habitación principal, con cama de matrimonio que me la da al tiempo que trato de incitarle diciendo que voy a estar unos cuantos días, que pienso ir a Cajamarca pero sin dejar el hotel, será posiblemente una sola noche, por lo tanto mi estancia puede alargarse hasta el fin de semana.
Subo las cosas a la habitación y salgo inmediatamente a la calle con ánimo de reconocer la población antes de que se haga más tarde. Paso a la acera del otro lado de la carretera, caminando al borde de la arena. A un lado los pequeños hoteles y restaurantes a esta hora sin gente, al otro el intermitente ruido de las olas del mar alumbradas por la débil luz urbana. Llego a un pequeño parque donde ya comienza la población. Veo unas personas en una pequeña terraza y entro en el local. En la barra hay un muchacho joven, veo que tiene cerveza de presión y le pido una chopp y me siento en una mesa interior, porque en la terraza no queda casi sitio con los que están. Al rato le pido otra y le digo si se puede comer algo. Me trae la carta y pido un plato de pulpo o algo parecido. Es un plato pequeño pero que basta para saciar el apetito.
Enfrente hay un pequeño parque, con palmeras y otros arbustos tropicales, azotados a esta hora por la fuerte brisa del mar. Algunos jóvenes pasean de un lado para otro sin rumbo alguno, son chicos del pueblo que deambulan en función de los sucesivos encuentros con conocidos, algunos
están sentados en el jardín del parque, en un pequeño grupo llevando una conversación animada; otros pasan en bicicleta y también en bicicleta va un joven guardia municipal que con su silbato anuncia su presencia y advierte de la realización de una incorrección a los que pasean por el parque nocturno.
Después de alguna otra cerveza y ya con el ánimo descansado regreso de nuevo al hotel. Llamo al timbre, me abren, recojo la llave de la habitación y pregunto si tienen agua o cerveza para comprar a estas horas, me dicen que si, que puedo dejar el envase en la habitación.
Con una cerveza subo y me siento en una mesa de la terraza contemplando la oscuridad del mar por encima de la vegetación de palmas y plantas del hotel, aunque a lo lejos, en la raya divisoria de mar y cielo todavía se divisa una leve luminiscencia como un último fulgor de vida del día que ha expirado, mientras indiferentes a esta partida del día, las palmeras del paseo se cimbrean en animado baile rítmico al compás de las oleadas de la brisa marina.
21 DE MARZO, MIÉRCOLES
Hoy me levanto con ganas de pasar un día de descanso en esta playa después de tanta fatiga de viaje. Me visto en plan playero y después de desayunar salgo por el portón a la playa. La recorro a un lado y otro, hacia la izquierda llego a unos chiringuitos playeros de poca confianza y regreso hacia la derecha, en dirección del pueblo, chapoteando los pies descalzos en el agua y recogiendo algunas conchas marinas como recuerdo del viaje. Me doy un pequeño baño mientras contemplo las evoluciones de los barcos de juncos a modo de canoa, llamados aquí caballitos de totora, faenando mar a dentro, y los surfistas subidos a las altas olas. Luego me pierde la impaciencia por visitar Trujillo y decido ir durante el día para regresar a la tarde a Huanchaco. Voy al hotel, me cambio y salgo decidido a tomar un autobús colectivo a Trujillo, según me han informado en el hotel. Un poco más allá hay una parada. Subo en uno de ellos para bajarme en la zona universitaria. El autocar se va llenando de gente corriente que va a hacer sus cosas a la capital. Bajo en la zona universitaria y busco la calle Almagro que me llevará a la Plaza de Armas, antes compro un diario local a fin de disimular mi apariencia de turista pero su titular en primera plana me crea una gran inquietud, oleada de asaltos a turistas, dice el titular. Algo cabizbajo llevo la guía turística debajo del brazo como tengo por costumbre y al llegar a la plaza de Armas entro enseguida en el bar de un hotel y los camareros me tranquilizan un tanto al decir que es cosa normal, robos al descuido, pero que estos días han quitado la mochila a una pareja de turistas, nada más, que tenga cuidado pero que puedo caminar tranquilo.
Con esta seguridad salgo a la plaza y hago las primeras fotos tomando esas precauciones. La catedral está cerrada. Me sorprende el color amarillo de su fachada haciendo juego con el mismo color de los taxis. Subo por la calle Almagro. Paso por el Mercado donde veo algún restaurante popular donde se puede entrar. Caminando por diversas calles llego hasta la Plazuela El Recreo y aprovecho para consultar en Ormeño y Cruz del Sur que se hallan cerca, combinación para Cajamarca. En uno y otro me dicen que no tienen servicio y me dicen que es la compañía Línea la que hace el servicio. Regreso por el mismo camino con la intención ya de meterme en un restaurante a comer. Pienso en los que he visto alrededor del Mercado, pero bajando por la calle Pizarro veo uno de buen aspecto y con bastante clientela dentro. No me lo pienso dos veces y me siento en una mesa, enfrente de la calle por donde pasa bastante gente. Los camareros van de etiqueta pero los precios no son muy abusivos. Descanso mientras como y contemplo la picaresca de la calle. Luego veo el palacio Iturregui, muy cerca y voy hacia el Museo de Arqueología que aunque espero enfrente tomando un café no lo abren de ninguna manera hasta el punto de dejarlo estar. Vuelvo a pasar por el Mercado y llego de nuevo a la plaza para ver la catedral y el museo aledaño de arte colonial y religioso de relativa importancia y que enseñan unas listas colegialas que de esa manera hacen currículum. Una de ellas me enseña unas galerías subterráneas con enterramientos que veo con rapidez. Veo otros palacios en dirección hacia los autobuses Línea, donde después de consultar horarios me decido por salir al día siguiente hacia las once de la
mañana Hay otros horarios nocturnos que son más rápidos que deshecho por mi preferencia de viajar de día.
A eso de las siete vuelvo hacia Huanchaco. Me dirijo a la gran avenida circular y luego de preguntar me sitúo en donde paran los colectivos que van a Huanchaco. Tomo el primero que viene. Está oscureciendo y enfrente vemos unas hogueras situadas en la carretera. Yo pienso en los riesgos del viaje, pero el autocar no se detiene. Se trata de unas señales por unas obras en la carretera. Algunos pasajeros del viaje parecen comentar algún incidente de un viaje con asalto y robo. Eso hace mantener mi inquietud pero en el fondo estoy bastante tranquilo, pienso que también hay mucho temor infundado en la población.
Le comunico al dueño del hostal que me voy a Cajamarca al día siguiente y que no dormiré esa noche en el hostal. Quedamos en dejar parte del equipaje en una bolsa y me pide que abone las dos noches anteriores. Con todo arreglado salgo a cenar, paso por delante del sitio donde fui el día anterior, llego a la zona de playa y me meto en un restaurante popular donde tienen en la puerta de entrada el fuego de cocinar. Pido pescado a la brasa con patatas. El local tiene poca gente cenando al interior pero los de fuera ocupamos todas las mesas de la entrada. El cocinero no para de asar pescado y carne en la parrilla, con fuego de carbón.
Es un lugar tranquilo, sin turistas, la gente que está cenando puede que sean turistas de aquí, del Perú. Son parejas de novios o matrimonios jóvenes. La servidora de las mesas es una muchacha joven, muy amable que atiende cualquier sugerencia. La noche es cerrada, oscura, no se ven estrellas ni luna. Es una noche que va consumiendo lánguidamente el día. Sin alborotos. Sin gente paseando. Sólo algunos muchachos en bicicleta y algún coche con gente sin saber dónde ir. El paseo es oscuro, sólo algunas débiles luces de las farolas de poca potencia. Yo regreso caminando por la acera que bordea la playa y veo los demás restaurantes con poca gente o cerrados, en alguno se ve como cierto movimiento, algunas voces de los últimos noctámbulos, recibiendo la suave brisa del mar. Me acuesto y dejo recado que me llamen a las ocho.
22 DE MARZO, JUEVES
Desayuno fuerte y tomo un taxi para llegar a tiempo. El viaje se inicia por una larga carretera hacia el norte hacia Chicama. Cuando el autocar se mete hacia el interior vemos un paisaje desértico, con algunos montones de arena que acumula el viento y una vegetación raquítica. Llanície, polvo y parameras con algún arbusto seco y las matas de la zona que aguantan como pueden. Ningún poblado. Sólo alguna corraliza de ganado. Los arroyos y torrenteras secos. Tiene que pasar un buen rato hasta que vemos el contraste entre todo esto y el verdor de los campos que son regados por algún río. Entonces los altos paredones que formó el río a lo largo de tantos años ponen una nota discordante de color amarillento con el verde subido del valle. Hortalizas, frutales, diseminadas casitas entre el follaje generoso, labriegos afanados en sus quehaceres agrícolas, pequeños núcleos de población con niños correteando por caminos y explanadas, algunos saludan al paso del autobús, el paisaje ha dado un brusco cambio, y así continuará mientras tengamos a un costado el discurrir suave, majestuoso, a veces desarticulado, del río, que en caprichoso vagar va irrigando por aquí y por allá toda la vega.
Hacemos breves paradas en algunas poblaciones, sin tiempo siquiera para descender y estirar las piernas. En alguna tenemos quince minutos para tomar un café y vuelta de nuevo a la ruta, por estrechas calles en donde se oye la propaganda incesante de muchachos que al grito de “uabán” ofrecen unos frutos verdes parecidos a algarrobos. Cuando salimos de este verde valle comenzamos una ascensión suave y llegamos aGallito Ciego, un gran lago cuyas aguas contiene una presa. Aquí paramos para comer. Es un páramo desolado a estas horas del mediodía en que el sol cae sin piedad sobre la tierra seca. Entramos en un restaurante popular donde sirven raciones de carne con patatas, también hay ensalada, pero yo prefiero no comer para evitar cualquier problema de salud. Pido la cerveza que aquí también es de gran tamaño y salgo al exterior por el otro lado donde la gente come sentados en unos grandes bancos de madera. No hay nada que contemplar como no sea el campo yermo y el lago en la lejanía. Atado a un árbol hay un mono que como única distracción se
entretiene en jugar con la cadena y recoger algunos restos de comida que le echa la gente. En poco más de media hora volvemos a salir. Pronto veremos elevarse la carretera por las empinadas laderas de la gran vertiente que a trechos nos impulsa cada vez más altos, dejando allá bajo en la lejanía las tierras bajas. Hay tráfico para lo que es la ruta y empezamos a inquietarnos con las dificultades de la conducción por esta ruta llena de precipicios. Pero no espero tener problemas de altitud ya que Cajamarca está a 2.600 metros, mil menos que Cuzco.
Pasamos del valle a la montaña. Aparecen las masas forestales y los prados con vacuno y ovino, alcanzamos a las nubes cuando una espesa niebla lo cubre todo, apenas nos deja ver las casuchas de piedra donde vive la gente de por aquí, los prados donde campea alguna cabeza de ganado indiferente al ambiente húmedo y al ruido feroz de los motores que suben como pueden estos repechos. Luego una pequeña llanada, un suave descenso y allí tenemos el extenso caserío de la ciudad de Cajamarca, ya a la vista. El autocar enfila las calles de la ciudad un buen rato, descendiendo las empinadas calles que nos llevan al centro. Deben ser las siete de la tarde. La población está todavía ocupada en sus miles quehaceres o regresando a sus casas. Hay mucha gente en la calle así como mucho tráfico de pequeños coches, motos y bicicletas. El autobús avanza como puede por calles cada vez más estrechas y llenas de gente. Al fin da la vuelta en una plazuela y se detiene un poco más allá. Salimos con el cuerpo entumecido, unos en espera del equipaje, yo, que llevo la mochila encima, salgo a la calle con una vaga idea de donde está el centro. No me queda otro remedio que tomar un taxi, que por mil vericuetos me lleva hasta la Plaza de Armas.
Está anocheciendo. Yo voy cargado con la mochila dando vueltas a la plaza sin encontrar un lugar seguro donde tomar algo y preguntar. No quiero tomar ningún hotel de la plaza pues me parecen algo suntuosos y busco algo más tranquilo alrededor. Me dirijo hacia El Portal del Marqués en la calle Lima. Entro por un patio enrejado. Me dan una lujosa habitación que me cuesta algo más de la cuenta, pero no quiero dar ni un paso más. Les digo que no sé cuantas noches estaré, que serán una o dos, depende de la visita a la ciudad. Dejo las cosas y busco un sitio donde comer, tengo apetito. Voy a la heladería de la plaza pero acaban de cerrar. Consulto la lista de restaurantes y voy viendo pero ninguno me satisface. Entro en la iglesia de San Francisco que se encuentra ahora iluminada con gente que sale de alguna ceremonia. Afuera hay grupos de jóvenes que habrán participado en ella. Luego voy por las calles de atrás sin encontrar los restaurantes que recomienda la guía. Y así regreso de nuevo a la plaza y por la calle del Batán llego al restaurante del mismo nombre, donde entro. Se trata de un local algo sombrío, limpio, pero le falta ambiente y además es algo frío y húmedo. Hay algunos comensales que cenan animadamente indiferentes a todo eso. Yo me siento en una mesa individual por la que se ve el patio de la entrada. Enfrente tengo una mesa con todo hombres jóvenes que están celebrando alguna cena de trabajo. Entre ellos hay un extranjero al que hay que explicarle algún concepto de la conversación o de la comida. Salgo y como puede ser la única noche en Cajamarca quiero visitar algún local nocturno. Por muchas vueltas que doy no encuentro ninguno por el centro, debo de ir a unas calles algo alejadas del centro en busca del Usha-Usha recomendado por la guía. Paso por delante de otros bares de copas que están vacíos en este día. Entro en el Usha-Usha. Es un lugar pequeño, con iluminaciones sencillas que contribuyen a un ambiente de bohemia y una estancia prolongada. Pido un cubalibre. Será por esto que el que parece el dueño, un señor de edad, coge una guitarra y me pide permiso para interpretar lo que guste. Le digo que puede tocar lo que quiera. De allí pasa a preguntar de donde soy. Hablamos un poco de todo. Del país, de la diferencia entre la costa y la cordillera, que el trata de minimizar. Su conversación es apaciguadora, no toma partido por nada, todo lo contrario, suaviza todas las asperezas que puedan tener tanto la geografía como la historia. Cuando pido el segundo cubalibre les dice a dos jóvenes que asisten a la conversación que interpreten algún tema. Uno toma una guitarra, el otro canta y mi interlocutor toma otra guitarra, así en trío cantan una y otra canción que debo interrumpir excusándome por la hora y mi intención de visitar la ciudad temprano por la mañana.
23 DE MARZO, VIERNES
La sala de desayunos está situada a la derecha de recepción. Cuando llego hay algún hombre de negocios con su cartera, traje y corbata. Salgo hacia la plaza de Armas para iniciar la visita. La plaza es ancha, grande y tiene una fuente octogonal con cierto aire aristocrático, pero de cuyos chorros no sale agua, y en sus paredes de alabastro hay apoyada alguna bicicleta que evoca aún más un tiempo pasado irrecuperable, luego leo que es una fuente de la época colonial. Unas mujeres ataviadas con trajes indígenas llevan unos sombreros de alto copete y tan grandes que más parecen de hombres. De la mano llevan a un niño de aspecto temeroso. Están a la caza del turista que les de unas monedas a cambio de alguna foto. Cuando se la hago y les doy las monedas le pregunto al niño cómo se llama y me contesta que Felipe, ah lo mismo que yo, les digo esperando con ello romper la barrera cultural que nos separa. Luego me alejo mientras el niño me sigue mirando sin romper su mutismo.
La catedral, enfrente, está en obras, y sus pequeñas torres para evitar los seísmos, lo son tanto que no sobrepasan la fachada central. Una brigada de obreros anda atareada sacando escombros y cavando zanjas; en cambio la iglesia de San Francisco, tiene unas torres más altas pero de masas decrecientes para combatir esos temblores. Está abierta y cumple sobradamente con las exigencias del rito religioso a falta de la catedral.
Caminando por la calle Belén llego a una plazuela muy evocadora, con un bonito jardín y casas de alrededor de tipo popular, y desde aquí diviso la fachada de la iglesia de Belén y la portalada de entrada al museo de Etnografía del mismo estilo colonial que luego visito detenidamente. En el museo tomo nota de algunos cronistas que escribieron sobre Cajamarca, son Bernabé Cobo, Pedro Cieza de León, José de Acosta, Vásquez de Espinoza, Gonzalo Fernández de Oviedo, Juan Polo de Ondegardo, Agustín de Zárate y Hernando de Santillán.
Luego salgo a visitar el llamado Cuarto del Rescate, donde se dice tuvo lugar el tributo de oro y plata de Atahualpa para su rescate, que no se produjo por incumplimiento de palabra de Pizarro, unos gruesos muros y nada más. Vuelvo hacia la plaza para subir al cerro de Santa Apolonía, desde donde se contempla una visión panorámica de la ciudad y alrededores. La escalinata es pronunciada y se ve algún turista con cámara de gran objetivo. Los nativos nos contemplan con familiaridad a los turistas que subimos pesadamente la gran pendiente. La ciudad desde arriba parece sitiada por las suaves montañas de alrededor, de colinas verdes, de prados y árboles, los tejados, de teja española, parecen de una misma plancha al estar situados todos a una misma altura, los únicos edificios que destacan son las torres de la iglesia de San Francisco.
Al llegar a la plaza me voy a la heladería donde puedo por fin tomar el helado que recomiendan. Luego contemplo los sobresalientes aleros de las casas que a esta hora del mediodía destacan todavía más, mientras me dirijo hacia el Museo Arqueológico de la calle Batán. Doy mil vueltas, para arriba para abajo, sin encontrar indicios del mismo. Después de mucho preguntar doy con él, está en un patio y llamo a una puerta consumida por el tiempo y la dejadez, y me sale una mujer joven que amablemente me acompaña y me explica el contenido del museo. Hablamos de todo un poco, de cuestiones museísticas y de arqueología cultural. Aprovecho para tocar el tema de las cubiertas de las casas antiguas que por diversas circunstancias no aparecen, en primer lugar por el deterioro del tiempo y sobre todo por ser de material frágil incapaz de sobrevivir al paso del tiempo. Le pregunto si se ha hecho algún estudio al respecto. Le comunico que algunos datos los tenemos en las pequeñas obras de alfarería donde se representan casas de doble vertiente pero escalonada, como he visto en algunos museos del país, sobre todo en el museo Larco de Lima. Le sugiero dicho estudio como muy instructivo. Agradece mis comentarios y nos despedimos con mucho agrado después de nuestra conversación.
Tengo ya poco tiempo para tomar el autobús de regreso a Huanchaco. De paso que voy hacia el hotel, voy rodeando por la calle Puga hacia Lima tratando de encontrar un sitio donde tomar un bocado. No encuentro ninguno que me guste o simplemente no lo hay. Al pasar por delante de una tienda de frutos secos, compro una bolsa de un fruto desconocido para mí, el vendedor me dice que es parecido a la almendra o la avellana, no recuerdo bien. Recojo la mochila y salgo en taxi hacia la estación de autobuses. Cuando nos alejamos del centro, pasamos por calles llenas de gente y poco
antes de llegar, veo un grupo de gente todos con el sombrero alto de color pajizo que me dan ganas de fotografiar. Por eso cuando llegamos regreso un poco para encontrarlos, pero queda algo lejos y la zona no me da mucha confianza con todas mis pertenencias encima. A cambio de eso fotografío un pequeño mercado callejero, con las mercancías encima de carritos o tiradas por el suelo. Luego regreso al autobús y espero. Busco también por los alrededores algo para comer pero lo mismo, no hay ninguno que me merezca confianza.
Y llega la hora de partir. Subimos al autocar con los oportunos controles de seguridad. Vuelta a la carretera. A un paisaje ya conocido, pero como toda la actividad humana está al lado de la carretera, resulta igualmente instructivo y entretenido, viendo las faenas agrícolas o en el breve paso por los poblachos sorprendiendo a los pobladores en sus trabajos sin tiempo para interrumpirlos por el interés que siempre suscita en ellos el paso del autobús de línea. Llegamos a la franja arenosa de la costa y todavía queda el largo trecho de Chicama a Trujillo. Llegamos a eso de las nueve. Tomo un taxi y me voy rápidamente a Huanchaco.
Al llegar al hostal, la señora me dice que el marido se fue de viaje y que me han cambiado de habitación. Me dan una en el tercer piso, con una vista más panorámica del mar. Termino de poner mis cosas, recuperando la bolsa con el equipaje que no me he llevado de viaje, y salgo a tomar un poco el aire y relajarme del viaje marchando a la terraza del primer día, donde pido un pescado para comer y las chopps de costumbre. Esta vez hay un ambiente algo más alborotado por la presencia de un coche con tres jóvenes con la música muy alta, que molesta a todo el mundo. Se detienen enfrente del bar y toman algún bote de cerveza que llevan, pero no parecen violentos pues llegan a saludar a alguno del bar, luego cuando viene el vigilante nocturno en su bicicleta bajan la música y se van a otro sitio. Enfrente queda el círculo de jóvenes de siempre, sentados en el parque, algunos otros se les incorporan o se marchan con toda la naturalidad. Yo me retiro pues tengo todo el sábado para visitar esta población y si hay tiempo un yacimiento arqueológico próximo.
24 DE MARZO, SÁBADO
Me levanto por la mañana con la intención de descansar y tomarme un buen baño en la playa. Me pongo el bañador, cojo la toalla, desayuno y salgo a la playa. A lo lejos, más allá de la rompiente de la ola algún caballito de totora pescando y delante de las olas grupos de surfistas montados sobre sus tablas esperando una buena ola. Yo voy paseando recogiendo alguna concha marina, caracoles y cualquier otro resto que ha dejado el oleaje sobre la arena. Es un momento de relajamiento después del viaje de los dos días anteriores. Hago cuentas y he debido estar casi tres días en autobús, contando todos los trayectos. Es tiempo ya de recuentos. He terminado ya todas las visitas y sólo queda esperar hasta el martes que sale mi avión de regreso a España. Mañana domingo haré el viaje a Lima y el lunes lo pasaré de nuevo en Barranco y visitaré cualquier cosa que tenga pendiente. Así estoy una hora más o menos y hago planes también para hoy. Por la tarde visitaré el yacimiento de Chan Chan, situado a unos kilómetros de aquí, pero cambio de opinión, mejor me voy ahora que hace menos calor y así tengo toda la tarde para pasear por aquí después de comer. Termino mi paseo y regreso al hotel. Me cambio y salgo para Chan Chan. Voy a la parada de autobús que está a unos cien metros a la izquierda y espero. Menciono mi destino al cobrador que como siempre ya ha abierto la portezuela para anunciar el trayecto. El primer coche no, pero el segundo me hace sitio como para que entre. A unos tres kilómetros me dice que ya he llegado. Es un punto de la carretera en donde arranca un camino polvoriento. Cerca se ve un complejo que corresponde al museo de entrada situado en la carretera misma. Y algunos taxis se ofrecen a llevarme hasta el yacimiento. Me dicen que son unos tres kilómetros y aunque el precio me parece algo caro lo tomo. Llegamos, compro el tiket y me preguntan que si quiero guía, digo que no, no me interesa saber más allá de lo que veo, me basta con la información que tengo y la que dice el folleto, además no estoy para historietas fantásticas. Parto de la base de que se sabe poco de estas civilizaciones y toda investigación se reduce casi a la arqueología. Tres jóvenes extranjeros hacen el mismo recorrido que yo, también sin guía. Inicio el recorrido por pasillos de arena entre muros de
barro y adobe, que es el material básico de este yacimiento. Paredes con incisiones de dibujos geométricos, el tejido urbano con aberturas en las muros de pequeños rombos, una gran cisterna de agua y alguna casa reconstruída con su cubierta tal y como he visto reprensada en la cerámica de los museos, es decir, a doble vertiente pero a distinto nivel.
Después de la visita trato de que me cobre algo menos el taxista que hay apostado en la puerta, y al no conseguirlo decido salir a la carretera andando. Son efectivamente tres kilómetros que en estas condiciones de calor y de camino polvoriento, resultan algo fatigosos. Pero con pundonor y paciencia llego a la carretera. Por el trayecto he visto a equipos de restauradores reconstruyendo las paredes de barro tal y como debe ser y esta labor debe ser continua pues la fragilidad de este material hace que exista una labor de mantenimiento constante ya desde sus orígenes. Llego a la carretera con mi resuelto caminar y me acerco a visitar el museo en donde encuentro algunas explicaciones y dataciones históricas.
Luego me sitúo en la carretera a la espera del colectivo que me lleve a Huanchaco. Tarda un poco en llegar pues no todos que pasan llevan esa dirección. Al fin llega el mío y me dirijo a Huanchaco con la idea ya de buscar un sitio para comer.
Es sábado y en Huanchaco la gente de aquí o de los alrededores, incluso puede que de Trujillo, está muy festiva, hay gente bañándose, con sombrillas en la playa, algunos comiendo lo que han llevado de casa. En una pista del paseo unos jóvenes han organizado un partido de fútbol y los restaurantes están bastante llenos. Yo recorro todo el paseo de la playa hasta el final, por ver qué hay. En el último tienen unas mesas en la misma playa, con toldos y me siento y hago señas a la chica del bar para que traiga una cerveza tal y como le digo mostrándole un envase vacío que hay en la mesa. Cuando la trae le digo aquello de hablar idiomas por señas, que funciona. Estoy un rato contemplando la playa y el fuerte oleaje que hace que pocos bañistas se metan muy adentro. Luego me levanto y repaso los restaurantes que he avistado a la ida y no me decido hasta que llego casi al centro, en uno que tiene terraza arriba además de la sala de abajo. He tenido buen acierto pues la gente que veo comiendo me cerciora que es buen sitio. Me siento en una mesa arriba, en el mismo ventanal. Pido una ensalada y un pescado del lugar, cerveza, postre y para acabar un Pisco Sauer. Estoy un rato contemplando la playa desde aquí y el transito de vehículos por la calle. Luego doy un paseo por el interior. Me acerco hasta la iglesia que dicen es una de las más antiguas de Perú. Subo por las escalinatas de un parque. Desde arriba se contempla un bello panorama de la población y de la costa. Cuando bajo voy por una calle donde unos hombres están construyendo un Caballito de Totora, me explican lo que hacen y me regalan un llavero con una de estas canoas.
De esta manera llego de nuevo al hotel con la intención de tomar la copa en la habitación, una copa de Pisco que he comprado en una tienda del pueblo, mientras contemple el mar y el atardecer. Pienso que va a ser la última tarde de viaje y la quiero pasar en tranquila contemplación del paseo marítimo. Me siento en una de las sillas de plástico y veo que el cristal de la puerta del balcón está rajado. No le doy más importancia. Cuando el sol se pone bajo a comunicar a la señora que será la última noche, entonces me sale con una mala noticia al decirme que la gente de la limpieza le han comunicado que he roto el cristal del balcón. Le contradigo de mil maneras y le digo que no es cierto que haya sido yo, que ya estaba rota y le doy mil razones para ello, que las sillas apoyan en el cristal y es fácil que la rompan, pero que yo no, de ninguna manera. Acabo diciéndole que lo correcto es mostrar el estado de la habitación al entregarla y que cuando la ocupé era de noche y no se veía el cristal roto. La señora no acaba de creérselo del todo y me marcho después de muchas explicaciones y con el disgusto de la situación.
Aquella noche salgo y vuelvo al restaurante del asador en la calle, donde tomo carne a la brasa y al pasar por el bar del primer día, me tomo la última cerveza a la vez que me despido de los chicos del bar.
25 DE MARZO, DOMINGO
He decidido viajar en domingo porque pienso que será más tranquilo y de menos dificultades. Me despido de la señora del hotel, luego de darle de nuevo nuevas explicaciones de que no tengo nada que ver con la rotura del cristal del balcón. Ella no parece quedar muy convencida pero acepta mis excusas.
Como el autobús sale a las dos de la tarde tengo tiempo para echar un vistazo por la zona marítima de Huanchaco. Hoy domingo se ve mucha gente en la pasarela de madera que se adentra en el mar para servir de embarcadero ya que aquí no hay puerto como tal. Mucha gente la aprovecha para pescar con caña o con simples cordeles que arrojan al agua desde la pasarela. Tranquilamente voy paseando hasta la zona de restaurantes hasta regresar por el mismo camino al hotel a recoger la mochila. En el camino de regreso veo ya algunas familias que montan su mesa y el toldo en la playa para pasar el día.
Tomo el autobús colectivo y cuando llego a Trujillo, un taxi directo a la estación de autobuses. Me dan billete en el segundo piso, con vista panorámica. He llegado con tiempo y compro un periódico local para hacer más corta la espera. Salimos de Trujillo por sus estrechas calles hasta alcanzar la carretera, e iniciamos el largo recorrido, el monótono discurrir por esta franja arenosa costera sin más breves interrupciones que la llegada a una población en donde se ve algún campo agrícola y arbolado al amparo del agua conducida aquí por canales de riego y acequias. Paramos a mitad de camino, en Chimbote, tiempo suficiente para estirar las piernas y tomar algo. Esta es una población comercial, con industria conservera de pescado y lugar de parada de los viajeros de largo recorrido.
Seguimos la ruta, a veces divisando el mar, otras por trazado interior, pero ya no vemos grandes poblaciones. La carretera atraviesa algún villorrio que obliga a reducir la velocidad y hacia el atardecer, por un impresionante acantilado que deja la superficie del mar a cientos de metros más abajo, avistamos los barrios periféricos de Lima. La ciudad parece inabordable. Cuando ya parece que hemos llegado queda todavía un largo recorrido por su interior siguiendo siempre la Vía Panamericana que se adentra en ella formando una vía rápida para el intenso tráfico de la urbe. Se hace de noche y no llegamos. Al rato algunos edificios conocidos señalan la proximidad de la estación de autobuses, en la que entramos como huyendo del caos circulatorio. Hay que coger la mochila y salir corriendo en busca de un taxi que tomo sin abusar del regateo de puro cansancio. Siguiendo la misma Vía Panamericana llegamos pronto a Barranco. Le voy dando instrucciones al chofer hasta la misma puerta del Hostal Gemina, donde me sentiré como en casa. Los del hostal casi tienen que hacer memoria para acordarse de mí por los días que han pasado. Me dan enseguida una habitación y salgo enseguida a la calle con ganas de cenar pues no he comida nada más que el bocadillo que dan en el autobús. Sin darle más vueltas me meto en un local que ya conozco, donde dan pollo con patatas fritas con lo que sacio enseguida el hambre. Voy a la plaza y quiero ir al bar del acantilado pero en una plaza anterior a la bajada al Puente de los Suspiros, veo una gran animación, tenderetes, mesas, frituras y dulces. Se trata de una pequeña muestra de productos locales. Lamento haber comido el pollo aunque tomo una ración de lomo, queso y dulces. Estoy un rato. La gente se levanta y asienta con rapidez al ritmo vivo de las consumiciones. Las vendedoras van de blanco, vestidas para la ocasión, las cocineras con sus gorros y las vendedoras voceando el producto. Son las diez de la noche y algunos puestos ya empiezan a recoger, es el momento en que me voy a la vecina plaza donde corretea la gente joven en este final del domingo. Luego voy a la sala La Noche, donde hay ununciada una actuación de un cuadro flamenco. Desde la barra del bar oigo la actuación salpicada de entusiastas aplausos de la concurrencia. Para luego hay anunciado un concierto de jazz, que no espero de puro cansado.
De regreso al hotel no me decido por entrar en ningún local más, huyendo de este ambiente dominguero. Llego al hotel y me acuesto preparando el plan de mañana, último día del viaje.
26 DE MARZO, LUNES
He consultado la agencia turística y veo que a treinta kilómetros esta Pachacámac, un yacimiento arqueológico de importancia. Como es mi último día quiero aprovecharlo y continuar las visitas turísticas. Parece ser que se puede llegar en autocar colectivo. Tomo un taxi hasta Angamos en Lima y subo a una carretera elevada donde se toman los autocares colectivos. Tomo el de Pachacamac. Al decirle al chico de los billetes dónde voy y preguntarle el precio me toma el billete de 10 soles que le doy como si fuera el precio justo, luego descubro que me ha timado más de la mitad.
El autocar me deja en la misma puerta del yacimiento arqueológico. Luego se pasa una puerta y a cincuenta metros está el puesto de control, con la taquilla y un pequeño museo explicativo. Me dicen lo mismo que en otros sitios, que si quiero un guía. Les digo que no. Hay una cafetería donde tomo un café y en la explanada de enfrente paran los autocares con turistas para hacer la visita en el mismo autocar. Yo voy andando por el camino polvoriento. Llego a un lugar donde se divisa el palacio de las Mamacuñas con su hilera de ventanas trapezoidales, este lugar se visita sólo con guía, yo me conformo con verlo de lejos. Luego continúo andando por una pendiente hacia el Templo del Sol, que es una pirámide escalonada a la que están limpiando de la arena que la cubre. Desde arriba se divisa una carretera local y la costa marítima con sus playas desiertas.
Cuando vuelvo veo venir dos visitantes cabalgando unos caballos de pura raza. Yo sin más salgo del recinto y me voy al punto de la carretera donde para el autobús. Tarda en llegar un poco y es más pequeño que el de la ida, por esto vamos más apretados. Al llegar a la ciudad, al cruce con la Panamericana, desciendo y aprovecho para ver el barrio de Monterrico que efectivamente tiene residencias de lujo, bien protegidas y en donde se ven autos de lujo. Busco algún restaurante donde comer y no lo hallo, así que caminando por la avenida Primavera contemplándolo todo llega un momento en que decido volver en taxi a Barranco, donde comeré. El taxi me deja en la plaza. Como es un poco tarde me voy al restaurante donde hacen el pollo frito con patatas. Luego tomo café en los bares de la plaza y algún Pisco Sauer y regreso al hostal a descansar un poco hasta que se acerque el atardecer para salir a contemplar la última puesta de sol de la terraza del bar del acantilado, pasando por el Puente de los Suspiros.
Esta vez me siento en las mesas de la barandilla del piso de arriba. La tarde va cayendo lentamente mientras tomo las cervezas. Es un atardecer como todos los que he visto aquí. El sol se va aproximando al horizonte hasta sumergirse en la bruma lejana apareciendo entonces su silueta más nítida y visible, como a través de un filtro, sin daño para los ojos. Entonces hay como una explosión de luz ambiental haciendo que todo quede iluminado, encendido. La superficie del mar deja los tonos azules y pasa a ser naranja, amarillenta, rosácea, como queriéndose confundir con los tonos del cielo. Son unos instantes de una luz natural homogénea, luz divina que homenajea a toda la naturaleza, que la convierte por unos momentos en un espacio sobrenatural. Es entonces cuando los enormes pájaros de gran bolsa bajo el pico, especie de pelícanos, se suman al espectáculo iniciando unos vuelos majestuosos en homenaje a tanta belleza, abandonando las ramas de los árboles donde se han posado y los tejados de las casas más próximas al barranco donde descansan de los esfuerzos de la jornada, y planeando sin cesar presintiendo la fugacidad de este instante luminoso que dará inmediato paso a la noche.
Cuando todo ha terminado. Cuando la noche se ha echado, yo regreso por el caminillo que bordea el barranco hasta el Puente de los Suspiros, donde acuden las mismas parejas de novios de toda la vida a los que acosan los fotógrafos para inmortalizar el momento. Después llego a la plaza y me siento por última vez en los bancos del jardín. Me despido de esta imagen que ha sido familiar en mis estancia en Barranco y pienso en cómo estará cuando llegue el invierno que comenzará cuando yo me vaya. Luego tomo una cerveza en el bar Deja Vu, en la planta de arriba, porque el bar La Noche está cerrado hoy, y sin más me voy a dormir para disponerme al día siguiente a vivir mi último día en Perú y mi día de regreso a España.
27 DE MARZO, MARTES
Último día del viaje, última página del relato. Aquella mañana en que yo me levantaba como otra cualquiera, a desayunar y vivir mi última experiencia viajera del Perú, qué lejos estaba de suponer que al hilo de la memoria del recuerdo estaba en ciernes un nuevo viaje, esta vez literario. Había un proyecto entonces desconocido pues ni siquiera tomaba notas, como no sean algunas para hacer consultas posteriores y que me han servido para adornar con datos el mero repaso del recuerdo. Pero aún más puedo decir que, para borrar toda extrañeza y hermanar vivencia y recuerdo, es cierto que viajando revivo un sueño y escribiendo lo perpetúo para mi espíritu. Pero allí estoy yo desayunando ajeno a todo esto, esa es la verdad, sólo confiando en la fotografía, que luego resultó breve repaso de lo pasado. Por eso una vez en casa, tuve esta necesidad de escribir, de recuperar todos los datos del viaje, aunque me falten algunos que se han quedado, por no recogerlos, perdidos en el pasado.
Salgo a la calle para sacar dinero en el cajero pues el dueño del hostal, ese señor murciano, que ya se está despidiendo de mí, me pide por favor que le pague en metálico y me dice que puedo dejar las cosas en la habitación y recogerlas en el momento de la partida. El avión sale a las ocho de la tarde, pero quiero estar en el aeropuerto pronto para evitar problemas, como el del overbuking del viaje de ida.
Luego salgo a la calle para tomar un colectivo que me lleve a Miraflores. No quiero irme sin visitar la plaza del Óvalo, en donde figuran muchos locales de ocio y que no he visitado por diversas circunstancias. Me bajo en el hotel Marrito, enfrente al gran complejo comercial que vísité la primera noche en Perú, y andando llego hasta el Óvalo, una zona comercial, con un urbanismo muy bueno. Tomo un café en una terraza de gran cosmolitismo, como pudieramos encontrarla en París o Madrid, y luego regreso también caminando a pesar del mal de zapatos, pues las sandalias las abandoné en Huanchaco por inservibles. Llego hasta el acantilado de las playas, que contemplo desde los altos miradores de arriba. Estas playas de Miraflores están acondicionadas a base de piedras en donde no deja de haber alguien tomando el sol. También se ve un club náutico de cierta categoría. Mis zapatos se han llenado de polvo y un joven limpiabotas consigue convencerme para limpiarlos.
Desde el mirador del atardecer de Barranco, he visto cada día las playas y el puerto de la zona sur, a donde se cobijan las pequeñas barcas al atardecer. No quiero marcharme sin comer ceviche en algún restaurante del puerto. Vuelvo a Barranco en colectivo y pregunto en el hostal y me dicen que debo ir en taxi porque quedan lejos. Tomo uno que me deja cerca del barrio de Chorrillos pues le digo al taxista que me deje, que ya buscaré la playa y el puerto. Es una zona habitada pero donde no hay señas de turismo. Voy con algunas precauciones, preguntando hasta llegar a la playa. Efectivamente es una playa local, sin ninguna infraestructura turística, sólo las instalaciones más rudimentarias de la población local. Me ofrecen ceviche en unos restaurantes muy pobres, auténticos barracones en la playa, que rechazo de inmediato. Pido una cerveza en botella que me dan al tiempo que me invitan a sentarme sin compromiso alguno en unas vetustas hamacas situadas más allá, cerca de la orilla del mar. Tomo la cerveza tranquilamente mientras contemplo a los bañistas y el pequeño puerto situado más abajo a la izquierda, en donde hay algún barco de pesca. Después me voy andando hasta él. Se trata de un lugar en donde hay un control que no deja entrar nada más que a los residentes. Y a mí no me dejan aunque les digo que voy a comer en un restaurante, pero insisten que es privado, que si quiero comer que lo haga en los restaurantes de afuera, para lo que me aconsejan uno de ellos de total garantía.
Los restaurantes están pegados unos a otros, en la misma arena, con unas terrazas delante llenas de mesas y sillas. Me siento donde me han dicho y pido el ceviche, les pido que sea frito y sin lechuga, también pido una cerveza. Unos chiquillos pasan entre algunas mesas y recogen las sobras de los comensales que se comen ávidamente hasta que son sorprendidos por camareros que los despachan de malos modos.
Con todas estas fuertes impresiones regreso sin ganas de tomar un taxi, sé que son mis últimos pasos en Perú y voy andando hasta la plaza de Barranco, entro en un bar al lado del Juanitos, tomo un café y un chupito de Pisco a modo de despedida definitiva. Luego regreso al hostal. Meto las cosas en la mochila y me voy en taxi al aeropuerto, después de la despedida afectuosa en el hostal. Llego con tiempo al aeropuerto. Tengo el vuelo confirmado de hace días y no debo tener ningún problema. Con tiempo suficiente facturo la mochila con tan poco bulto que hasta llama la atención de un vigilante, al que digo en tono de broma que aún hay cosas que me sobran. No debe tomárselo muy bien al decirme que luego la revisarán. Paso a la zona de embarque con tiempo para tomar algo y comprar alguna botella de Pisco de recuerdo. Así hago tiempo hasta que nos llaman al avión y termina este viaje a Perú de la misma manera que ahora termina su relato, su recuerdo, en este día 22 de Agosto de 2007.
F I N