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jueves, 7 de noviembre de 2019

RELATO LITERARIO PARA EL CONCURSO DE RELATOS DE LA ASOCIACIÓN DE JUBILADOS DE IBERCAJA DEL AÑO 2021

 

 DE LA CALLE ASTRUD RABAYA DE PALAMOS A LA CAZAR DE CASPE

(Dedicado a ese "pariente empleado de la Cazar", citado en el texto, que nos avisó de la convocatoria de oposiciones a la Cazar (Ibercaja, luego), además de facilitarme temas sobre Derecho, nuestro querido para siempre Jesús Cristóbal Castell)


La calle se llamaba Astrud Rabaya, nombre que no se me ha olvidado nunca, a pesar de mi flaca memoria, permanece en ella como un referente obstinado al lado de mis emociones más íntimas. Y ahora busco quien fue este personaje que no encuentro en una primera consulta, aunque no me haga falta, su simple nombre es un emblema que me acompaña en el discurrir de mi vida, como ancla sujeta al comienzo de mi vida laboral, como aquellas que veía por primera vez allí en el puerto de Palamós a donde no paraba de ir para ver el mar. Luego yo subía unas escalerillas que llevaban a la plazuela aledaña a la iglesia, y apoyado en el barandal de hierro del mirador, observaba el puerto pesquero entre aromas de mar y pesca, muy distinto al terruño rural de mi niñez del pueblo, con esa felicidad inconsciente que otorgan los años de esa primera juventud de los diecinueve años, hasta mi madre en sus llamadas me reprochaba que no llamara nunca, así de abstraído estaba en este mundo nuevo para mí.

Había también debajo del mirador una taberna que mis recuerdos mezclados con la imaginación han podido transformar en taberna marinera de novelas aventureras, como las de Salgari o Julio Verne, por sus objetos y clientela marinera y que mis recuerdos se empeñan en que sea así y hasta con algún bronceado marino fumando en pipa. Luego pasaba por la callecita de la iglesia a la calle Mayor donde me encontraba a los paseantes del atardecer, calle arriba calle abajo, los breves saludos de la gente que me conocía del Banco Hispano Americano y de los compañeros aragoneses de otros bancos, algunos ya en grupo animado de chicos y chicas, o pasaba delante de esa zapatería donde veía afanado en su trabajo a ese otro compañero del Banco que al final solicitó la baja para llevar su negocio. O la hija del director, del señor Xarnach, tan alegre y con ganas de la diversión que le permitía su padre, paseando también con sus amigos. Junto con su madre llevaban el estanco de tabacos de su padre. El señor Xarnach era dueño también de los cines de Palamós. Yo lo veía al pasar por delante de ellos, allí de pié en la puerta, con su inseparable purito en la boca, cómo le saludaba todo el mundo con respeto y su respuesta fría y comedida. Puede que me invitará a pasar, creo que nunca entré. Váyase, señora, tranquila a Zaragoza que su hijo está muy bien aquí, de eso me encargo yo, decía con su fuerte acento catalán. Porque mi madre me habia acompañado a buscar alojamiento. Se lo proporcionó el Sr. Xarnach, en casa de los señores Puig, un matrimonio mayor, él maquinista jubilado de ferrocarriles que vivían en esa calle Astrud Rabaya, y una hija en otra casa más abajo, casada con un cocinero que tenía una pequeña barca de pesca, yo nunca la ví, me la imagino con remos por lo pequeña, y porque le daba a sus suegros parte de la pesca que luego me daban a mí para cenar los abuelos. Así probaba yo esa gamba roja de Palamós, que me ofrecían para cenar con tanta solicitud y aprecio, y que yo, seguro, comería con bastante indiferencia, con el consiguiente reproche de mi madre al suponer esta escena.

Subía y bajaba yo bastantes veces esa calle Astrud Rabaya, bien sea para comer y cenar o ir a la oficina. Me recordaba su trazado y sus casas todas blancas, de hecho eran del mismo estilo, todas iguales, a las de mi pueblo de Ejea donde había vivido de crío. Allí las llamaban "casas baratas", las que se hacía en los años cuarenta con fines sociales, y que por tanto esa similitud contribuiría más todavía a ese pasar indiferente de mis años jóvenes en Palamós.

Era un barrio alto y ya en las afueras. Más allá se salía a la zona de acantilados que llevaban a la playa de la Fosca donde yo andando me iría a bañar los fines de semana, me temo que pocas veces, prefería estar por el pueblo, vagando supongo, caminando por la playa que llevaba hasta Playa de Aro, allá a lo lejos y que yo no le daba más importancia. Luego, cuando me trasladaron a Barcelona aprendería a apreciar las playas con los amigos aragoneses, también empleados en bancos. Nos íbamos a Castelldefels, Benito de Bardallur y Miguel de Utebo y empleado en el Bilbao, ya los he perdido de vista, la mili y el devenir de la vida parece que nos han separado para siempre.

Me gustaba caminar por la calle Mayor, todo un espectáculo para mi, de tiendas, cafeterias y heladerías, donde turistas y comerciantes alternaban animadamente, entre objetos de turismo y esas pilas de postales, llenas del colorido de las playas, que apenas motivaban entonces en mí visitarlas, la verdad que el transporte entonces no sería como el de ahora. Es la década de los sesenta, cuando empezaba a florecer el turismo, de lo cual era yo entonces totalmente inconsciente, pero ya parecía despertar en mi la afición por la cultura pues me paraba a contemplar los viejos muros de la iglesia con su musgo verde resplandeciente del sol y de la humedad que le llegaba del vecino puerto, y hasta entraba en ella a visitar sus altares, todavía mis estudios de bachiller no me habían hablado de los retablos, pero algo debería estar influyendo ya en mi la reanudación de mis estudios de bachiller a que tanto me animaba mi familia, a ellos les debo mis estudios aunque hayan sido más que normales. Y en esos ratos de descanso, sentado en una mesa con algún helado o caña de cerveza, que ya empezaba a probarla entonces, contemplaba las viejas arcadas medievales que bajaban en suave descenso hasta el puerto, todo lo cual ya me llamaba la atención, y que me pesa no tener de todo ello fotos mías, en parte porque entonces era todo un lujo tener máquina de fotos.

¿Y comer?, sí, a fín de quitarle trabajo a su madre, ¿Rosina se llamaba?, no he debido dudar nunca de su nombre, me daba la comida en su casa próxima a la de sus padres, incluso en la misma mesa con su marido que vendría de su trabajo en la cocina del restaurante, mientras sus dos niños gémelos correteaban por allí aún más nerviosos todavía debido a mi presencia, y hasta me provocaban con sus travesuras que su madre trataba de calmar para que no me molestaran. ¿Noi, com vas del mareo a la barca?, me diría el marido con esa sonrisa llena de afecto que tenía, surgida de un rostro de facciones muy marcadas por los aires marinos, cuando quieras te vienes, yo salgo a ver qué se coge. No recuerdo más, sé que nunca subí en su barca. ¿Serían suyas esas gambas rojas que me daban para cenar los abuelos? Luego, después de ver con ellos un poco esa tele en blanco y negro, y que yo esperaba el momento de escapar, subía la leve cuestecilla del final de la calle Astruz Rabaya que giraba hacia la casa de los abuelos, a descansar, seguro que poco, más bien a echarle un vistazo a mis estudios de bachiller elemental, que logré terminar en exámenes por libre en el instituto de Gerona, de los que recuerdo datos inconcretos con la misma vaguedad que los de las oposiciones al Banco Hispano Americano en Barcelona, en Zaragoza ofrecían muchas menos plazas, y que ahora gracías al ejercicio mental de este escrito, me vienen imágenes del Paseo de Gracia, de las elegantes escaleras de la Central del Banco por donde subíamos los opositores a las salas donde hacer los ejercicios. Recuerdo que además de temas comerciales y contables, había pruebas de rapidez en mecanografía y en resolver en corto tiempo largas sumas de números de hasta cinco cifras, habilidad mental que he conservado hasta hoy, como saben todos compañeros de entonces, prueba en la que yo tenía bastante confianza gracias al aprendizaje en la Academia Tuga, de los señores Tuesta y Garijo, enfrente a la iglesia de San Felipe, que aún cuando paso hoy miró para arriba y veo los mismos balcones, lleno de nostalgia. No recuerdo si había también ejercicios de taquigrafía que luego he visto que no me han servido para nada.

Así podía defenderme en mi primer trabajo en la oficina. Me pusieron en Libretas de Ahorro donde yo anotaba a bolígrafo en la misma libreta de los clientes los cargos y abonos, con sus sumas y restas correspondientes, pero siempre tenía el control de Pijoan, un empleado experimentado que me iba indicando y al que consultaba mis dudas, además del visto bueno del apoderado. Pijoan era para mi una especie de ídolo por la facilidad, equilibrio y control con que hacía su trabajo. Como sabía inglés y alemán con soltura, atendía a la numerosa clientela extranjera de la zona, sobre todo en cambio de moneda y operatoria de extranjero, aunque yo llegaba a hacer alguna operación de poca importancia. Alto y desgarbado, soltero, mediría como dos metros, respetuoso pero no le faltaba una sonrisita oculta de malicia de hombre de mundo. Llegaba todos los días a la oficina en una pequeña motocicleta, asomando por encima del manillar las rodillas de sus largas piernas desde su residencia en Sant Antoni de Calonge, donde tenía junto con un hermano un pequeño pub musical y donde, según él, acudia numerosa juventud extranjera, y allí yo podría tomar una cerveza y charlar con chicas alemanas, me decía con cierta malicia provocativa, así lo interpretaba yo entonces, tardé un tiempo en entender que no era sino un intento de ayudarme al verme tan solo por Palamós. Luego, cuando yo he vuelto, ya jubilado, pregunté por él y me dijeron que estaba en una residencia. No llegué a verle. Me lo dijo una funcionaria de una exposición sobre la pesca que visité en el mismo puerto de Palamós. Al tiempo que me daba unos folletos, sentí la necesidad de decirle que yo había trabajado en Palamós, en el Banco Hispano Américano, hacia como unos cuarenta años. No hace falta que me digas, yo era la muchacha que llevaba a la cuenta los ingresos de Radio Palamós, y tú eras un muchachito muy tímido que me atendía. ¿Me has reconocido? Si, sólo me faltaba que hablaras un poco. Por mucho que busqué, no localicé a Pijuan en la residencia de Sant Antoni, había salido de viaje a algún asunto, me lo imaginé soltero como yo.

De vez en cuando se abría la puerta del despacho del director del Banco, del señor Xarnach, quien salía con su paso vacilante y su inseparable puro en la boca, y si hablaba con Pijoan se trataban con cierto respetuoso distanciamiento. A mi me trataba con mucha atención, dentro de su trato seco como lo tenía con todos los empleados, que éramos unos diez o doce. El primer día me dijo, mira aquí parlamos catalá y verás que mucha gente te habla así, tu contestas en castellano, si alguién sigue hablando en catalán, porque hay payeses por aquí que les cuesta hablar castellano, se los pasas al Pijoan, y cualquier problema que tengas aqui o en la calle, no le des importancia, me lo dices luego a mi. Yo lo tomé con toda naturalidad, desde luego no le daba más importancia, pues ya en la calle me defendía con toda normalidad y la gente era muy atenta y amable conmigo, más sabiendo que trabajaba en el Banco.

El sonido de las máquinas manuales de manivela dominaba el ambiente de la oficina, sobre todo a la hora de cuadrar cuentas que se prolongaban una hora más por culpa de unos cuantos céntimos que al buscarlos, aún aparecían luego diferencias más abultadas, eso me enseñaba mi apoderado Sr. Garcia. Cerca tenía al apoderado de otro negociado, el Sr. Llobet, muy serio y educado, sentado con mucha majestad en su sillón, como si fuera un trono, del que no recuerdo verlo levantado nunca. Tenía un hablar tan cerrado que cuando me hablaba me parecía que lo hacía en catalán. Era pura bondad. Al fondo no recuerdo qué hacían. Había siempre un ligero murmullo de conversaciones. Estaba el compañero de la correspondencia en su larga mesa llena de sobres y paquetes, y por allí se movía sin cesar el cobrador de las Letras, que entraba y salía de la oficina continuamente con su cartera, su gorra y su uniforme. Las cuentas corrientes no recuerdo bien quien las llevaba. Tampoco recuerdo ver esa cinta perforada de agujeritos que mandábamos a la Central cada día en mi nuevo destino de Barcelona, donde yo alternaba las Libretas de Ahorro con las Cuentas Corrientes junto con un corpulento compañero gallego, llamado Camilo, del que también guardo gratos recuerdos. El lugar de las Libretas estaba justo al lado del mostrador, enfrente de la puerta de entrada a la oficina, en cambio los titulares de cuentas corrientes pasaban directamente a la ventanilla de Caja y el empleado nos pasaba la nota para las anotaciones en la máquina perforadora de la cinta. A cargo de todo eso estaba el apoderado de Caja, un señor serio y respetuoso, pastor de una iglesia protestante, muy interesado en que pasara por su Capilla.

Camilo tenía unas manos regordetas con algunos anillos en sus dedos. Unas largas patillas negras y puede que un bigotillo. Tendría unos pocos años más que yo, puede que hubiera pasado ya el compromiso de la mili. Los compañeros le hacían algunas bromas cuando ya estaba cerrada la entrada de clientes, a resultas de que acostumbraba irse a comer al barrio chino. Vente a comer allí, me decia, no hagas caso a estos chorbos, era su palabra muy repetida, que yo la interpretaba como persona despreciable y a no tener en cuenta. Yo voy allí, como con gente conocida, incluso con algunas chicas, y luego echamos la partida, te vas luego y no pasa nada. Y es que yo a la salida de la oficina me iba a comer a restaurantes caseros de la zona de Sarríá, junto con algún otro compañero, pero a menudo cada uno tenía sus preferencias. Agustín era uno de ellos, joven, algo mayor que yo, de Murcia, era uno de los que más le bromeaba a Camilo, pero sabía hacerlo con cierta deferencia, otros le sacaban más de sus casillas. La verdad es que también comía yo en la pensión de arriba mismo de la oficina, donde estaba alojado junto con un grupo de estudiantes de las Baleares. Era en la Avenida de Sarriá en el cruce con Infanta Carlota, así llamada entonces. En algún viaje posterior he pasado por allí con el mismo desengaño, esta vez a la inversa, que sufrió Joaquín Sabina en su canción pues ya no ví en la esquina mi Banco Hispano Americano, sino un bar.

Con mis amigos Benito y Miguel, de otros bancos, íbamos los fines de semana al Centro Aragonés y los domingos a la playa. También recorríamos los entornos de Las Ramblas. Pero esa vida me cansaba, atendía a mis estudios o me quedaba por mi barrio saliendo con un compañero de la pensión, César Fuertes, de Cella, instalador de equipos de refrigeración, a jugar a los dados, al mentiroso, tomando algún vinillo en los bares de la zona. Porque los otros compañeros de pensión llevaban una vida distinta a la nuestra. Eran estudiantes universitarios, algunos muy repetidores, hijos de empresarios turísticos de Baleares. En la cena, que haciamos todos junto con los dueños, en una gran mesa algo señorial, él, ayudante de dirección de un cineasta, gustaba de sacar temas de actualidad cultural lo que daba lugar a serias discusiones ideológicas y culturales con los estudiantes, donde César y yo aprendíamos algunas cosas y a familiarizárnos con la lengua coloquial catalana. Cuando nos veían escuchar muy atentos, se decían entre ellos, "en castellá, si us plau", y a nosotros, ¿eh, que entendeis? Nosotros haciamos un gesto gracioso como que sí seguíamos el tema, y de hecho también participábamos en la conversación cultural. Luego cuando la conversación se acalorada, volvían a discutir en catalán cerrado y allí si que nosotros nos perdiamos un poco.

Estas conversaciones culturales alimentaban todavía más las indicaciones de mi familia de que continuara con los estudios, que hacia por las tardes en el instituto Milá i Fontanals, bastante próximo, donde terminaba mis estudios del bachiller Superior y empezaba con el Preuniversitario, y hasta puede que animaran más mi tendencia hacia las letras, terreno en el que mejor se movía mi manera de ser y ansias de conocimiento, a veces exagerado, pues al descubrir el pensamiento filosófico nada menos que tuve tentaciones de ir hacia la filosofía pura, la metafísica, donde esperaba despejar todas mis dudas juveniles. Luego, ya en Zaragoza, bajaría el tono y me decidí por la Historia, por Geografía e Historia. Y sin darme cuenta estaba haciendo méritos para regresar a casa, pues al ser imposible mi regreso, un pariente empleado de la Cazar, me avisó de que había oposiciones a la misma, donde tan generosamente me aprobaron, cosa que me sorprendió y entusiasmó. Con mi primer destino volví al exilio laboral, esta vez en Caspe, unos cuantos años, hasta que me mandaron a Zaragoza. Allí quedaron otros compañeros, el señor Franco y señor Jariod, director e interventor, José Manuel, Francín y otros que mi flaca memoria me los oculta. Gracias al director Sr. Franco, tan afable y generoso como el Sr. Xarnach del Hispano de Palamós, pero con su inseparable pipa, curiosiaba por las tardes en el Archivo del Ayuntamiento su excelente Hemeroteca, y en la zona de Maella, volvía a oir el acento catalán, lejos de sospechar que por allí en Fabara, vivieron mis antepasados Ripollés más lejanos, o en La Almolda, donde yo iba por las tardes a hacer papeles del Senpa agrícola, que allí naciera mi bisabuelo D. Mariano Ripollés Baranda, rector de la Universidad y autor de Jurisprudencia Civil de Aragón, investigaciones de jubilado que he puesto en internet con título algo pretencioso de La Instrucción, Enseñanza, Pública en Aragón, s. XIX, a cuenta de que muchos Ripollés y Baranda fueron maestros rurales, y cuyas noticias están en el Archivo Histórico de la Diputación Provincial de Zaragoza.

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   Hasta aquí el relato para el Concurso, ahora añado algunas notas como esta postal de esa época dirigida a mi tío Mariano y su hijo Marianito, pues de entonces no tengo escrito personal alguno ni imágenes fotográficas, como acostumbro a hacer en tiempos posteriores. Es por esto que la expongo aquí como el único recuerdo que guardo de entonces. La postal, por lo que sea, parece que no llegué a enviarla pues está sin sello de correos y en mi poder. Así vemos cómo era Palamós entonces cuando yo trabajaba allí, así como la letra y expresión de mi escritura. 


Palamós hacia 1965


   



   En cuanto al dato que doy de mi estancia en Caspe, sí que supongo que tendré alguna foto en blanco y negro, a color, carrete supongo, diapositiva o como sea que buscaré, pero no me suena para nada en las búsquedas que hago por otros motivos. De escritos sí que tengo aunque nada íntimos, como hacia en Barcelona y que expongo en mi entrada Prosa y Poesía. Cuaderno de Barcelona.

   Fue un escrito que hice al aprobar en la Cazar (Ibercaja) y ser destinado a Caspe. Se trata de Caspe y su Comarca : Visión General desde los puntos de vista Geográfico, Histórico, Demográfico y Económico, Caspe, 12-09-1978, por sugerencia del departamento de Personal de Ibercaja a los que habíamos aprobado y destinado a distintas poblaciones, a fín de conocer el entorno rural donde actuaba la Caja, y que yo hice en Caspe en tiempo libre. Son 21 páginas mecanografiadas, con gráficos y clasificación ordenada según mis conocimientos adquiridos en mis estudios de Geografía e Historia.

   Aquí me referiré exclusivamente a la cuestión tratada en el Relato, como es los fondos de la Hemeroteca de la biblioteca del Ayuntamiento de Caspe, que como digo allí consultaba muchas tardes. Es el apartado 2.2. La prensa del pasado en Caspe, pag. 10. Son 3 páginas y pico, que escaneo aquí, tal como aparece en mi escrito, donde se cuela parte del siguiente apartado 3. Población :








miércoles, 6 de noviembre de 2019

ENTRADA Nº 6 = CAMINO DE SANTIAGO NORTE-COSTA EN BICICLETA, 2012







                 CAMINO DE SANTIAGO NORTE-COSTA, 2012

                             

         
                    1ª ETAPA : DE ZARAGOZA A AVILES (EN TREN)



    Salgo de Zaragoza en el tren en este 18 de septiembre de 2012. Como ha habido huelga el tren llega con retraso, así que toca esperar hasta la una en cualquier bar abierto a estas horas de la noche. Me meto en uno chino de la calle Rioja que tiene hasta bocadillos, al fondo se ve un jamón cuidadosamente cubierto con un paño blanco. Los chicos muy amables, me lo como afuera donde está la bici con las alforjas llenas de todo del viaje. Me he despedido de todos y ahora en mi soledad comienza de verdad el viaje, es una sensación conocida de tantos viajes y aventuras, con un regusto mezcla de mil sensaciones de temor, ansiedad y la fuerza que da lo desconocido. Antes de subir al camarote debo de embalar la bici. Ya tengo los plásticos y la cinta adhesiva. Lo hago antes de que llegue el tren, allá abajo en el andén donde unos desconocidos viajeros esperan como yo su llegada. Han esperado tanto como yo el retraso en una sala de espera iluminada, con una máquina de café muy adecuada para acompañar estas horas vacías y sin sentido. Llega el tren y me dirijo a mi vagón con cierto desajuste al no poder conducir la bici con normalidad debido a su envoltorio. El acomodador me sugiere quitar la rueda delantera para facilitar el tránsito por el estrecho pasillo. Lo hago con presteza y a trompicones llevo parte de la  bici al camarote y regreso a buscar la rueda delantera que he quitado. Luego, una vez cerrada la puerta, hago un primer acomodo de todo el equipaje, la rueda delantera la subo a un hueco, que hace las veces de maletero, para que no moleste. Miro también no me caiga a la cabeza en algún vaivén. De esta manera puedo entrar y salir del camarote, así como entrar en el diminuto baño entre estrecheces, la puerta que no puede abrir del todo, los pies que hay que situarlos en según qué posición para que entren y permitan dar el paso oportuno. Decido poner sobre la tabla del water las alforjas cuyo contenido es inútil dado el abundante material de aseo de que está provisto este lavabo. De esta manera tengo la litera libre de trastos y ropajes. Y con mi pantalón corto de ciclista, pantalón de turismo, no el ceñido con su culote que llevo cuando monto en la bici, salgo hacia el vagón restaurante dispuesto a cenar. Bien sea por los desajustes de la huelga o porque mi billete no lo permite, así como por el horario, deben ser ya más de la una, el caso es que el chico del restaurante me dice que no tengo cena, que ya es tarde y que además mi billete no la lleva. Bueno, entendido, tomaré una cerveza. Vuelvo a mi camarote y continúo con mis labores de acondicionamiento. Entre unas cosas y otras se hacen las dos de la mañana. Decido echarme en la litera mirando alguna película de la programación. Estoy cansado y me debo de dormir cierto tiempo para lo que acostumbro en estas situaciones, pues con las primeras claridades del día  el tren se detiene en una estación. Leo en un cartel, León. Me parece algo fantástico, como si de un sueño pasase a otro. Me arrimo a la ventana. Es una mañana fría para este mediados de septiembre. El tren reinicia su decidido caminar con más ánimos si cabe cuando enfila los desniveles de la cordillera que nos separa de Asturias. Veo con la nariz pegada a la ventana los destartalados inmuebles ferroviarios al paso, con alguna que otra minúscula estación abandonada. Esta sensación de soledad y abandono que rasga la imperturbable marcha del tren, entre pitidos continuos, villorrios, casetas rurales y el verdor milagroso de algún que otro campo de cultivo, desaparece en cuanto ascendemos por un cada vez más estrecho desfiladero que la mano del hombre habrá  hecho durante tantos años, posiblemente antes de la existencia del mismo tren, aunque es verdad que atravesamos algún que otro túnel que nos introduce de manera súbita en los altos prados leoneses ya próximos a los asturianos. Ovejas y vacas pacen lo que pueden de los mustios prados secos de este final del verano y solo la aparición súbita de la niebla conforme ascendemos trae algún presagio de humedad y de vida. En estos pensamientos me sorprende la verde Asturias, con sus casitas de montaña bien puestas como en un belén. Los prados ganan en verdor y pasamos por algunas poblaciones que mantienen cierta industria local a pesar de los tiempos.
   Llegamos a Oviedo. Voy a preparar la bicicleta, monto la rueda y recojo todo el vestuario desparramado. El tren tendrá una larga parada, supongo. Me pongo ya la chaqueta de abrigo de ciclista y monto las alforjas en la parrilla de la bici. Todo listo para empezar la aventura. Salgo al andén y termino tranquilamente de ajustar alforjas, rueda, vestimenta y la riñonera bien atada donde llevo la documentación, dinero, tarjetas y el móvil. Una chica de seguridad me manda a un ascensor que me pasará sin problemas al piso de arriba donde en otro puedo bajar a la sala de espera de la estación. Busco donde atar la bici pero no hay, así que con ella voy por la zona de taquillas para preguntar horarios de trenes a Avilés, pues ya he decidido en el viaje, a la vista de las informaciones de mi guía, todas negativas, saltarme la etapa de Oviedo a Avilés, llena de dificultades y tropiezos y de poco interés para el ciclista. Hay uno que sale a las cinco. Salgo a la calle después de preguntar donde hay consigna, en la estación no, me dicen que en la de autobuses que está cerca. Dejo las alforjas y el casco y me voy con la bici. Pregunto por la catedral. Me mandan por el paseo Uria si no recuerdo mal. Llego a la catedral, zona que me resulta conocida del Camino que hice el año anterior. Ato la bici en una barandilla metálica y entro en la catedral. Visito la Cámara Santa y su tesoro de cruces asturianas, la de la Victoria y la Cruz de los Angeles, testigos de la primera devoción santiaguera del rey Alfonso II el Casto. Antes he hecho la foto de la losa metálica que separa el Camino Primitivo, camino que seguiría el rey en su primer acto devoto y que seguí yo el año pasado,  y el Camino de la Costa, que es el que voy a seguir yo este año.



   Doy una vuelta por la ciudad. Cae alguna gota de agua. Como en el restaurante que comí la otra vez, enfrente al mercado, la fabada consabida y callejeando llego a una plaza atraído por el sonido de un instrumento de metal. Resulta ser el conservatorio de música. Luego llego al museo de Bellas Artes a la hora que sé que abren. Subo las distintas plantas en busca de pintura asturiana y costumbrista, echando una ojeada de paso a algún Goya, Velázquez o Murillo. Después debo de ir a la estación. En último momento decido ir, puesto que voy en bici, en dirección contraria pensando que llegaré de todos modos al parque frente al teatro Campoamor en dirección a la estación. Me lío un poco y pierdo algo de tiempo, además debo preguntar. Al final llego esprintando a la estación de autobuses para recoger las alforjas. Luego a la Estación a sacar el billete en la máquina con tiempo escaso de diez minutos para coger el tren. Subo después de pasar alguna que otra puerta automática de control con cierta dificultad para la bicicleta. Cuando llega el tren localizo el vagón de bicicletas, subo y encuentro un enganche libre donde sujeto la bici. Me siento y voy viendo el paisaje entre Oviedo y Avilés, para ver si de verdad no resulta atractivo según dice la guía del Camino que llevo, de Álvaro Pombo. En poco más o menos de una hora llego a Avilés. Bajo a la estación y salgo a la calle que me resulta muy extraña a estas horas de la tarde. Totalmente perdido, miro direcciones y saco por primera vez la guía del Camino con el plano y descripción de Avilés. Sin preguntar siquiera me voy adentrando en el casco viejo. Paso delante de un hotel que ofrece descuento a los peregrinos. Pero tengo curiosidad por ver el Albergue de peregrinos y siguiendo las indicaciones de la guía voy andando con la bici viendo todo el ambiente festivo del casco viejo de Avilés. Llego al albergue en la avenida de Cervantes. La puerta está abierta y entro a un patio descubierto. Algunos chicos arreglan sus vestidos y calzados. En unas cuerdas veo ropa tendida. Dejo la bici casi a la entrada y entro a lo que parece la oficina del hospitalero. Hay por allí hablando con unos y con otros una pareja mayor que sin atenderme ya me han localizado de reojo. Espero pacientemente como procede y al rato aprovechando un inciso le digo si hay sitio o algo así. Me contesta con alguna gracia típica de este ambiente y me conduce al interior donde hay unos camastros ya bastante ocupados y me señala uno a nivel del suelo. Dejo el casco y algo más encima y me voy con él a formalizar la entrada. Le enseño la credencial donde estampa un sello que dice Asociación Astur-Galaica Santiago Apóstol,  Avilés y la fecha, 19-9-12. Voy a por las alforjas de la bici y me ducho arriba, en unos baños bastante aceptables, pero de duchas comunitarias. Como no caben más que dos o tres, están ocupados y hay que esperar,  para mayor comodidad me meto en el de señoras, pues no veo a ninguna por allí, si entra alguna le gritaré y ya está. No pasa nada. En breves instantes estoy duchado y debidamente vestido. Extiendo el saco de dormir sobre la litera, me pongo el pantalón y los zapatos de paseo y salgo a la calle con ganas de comer y beber algo. En la calle de enfrente, calle ya peatonal del casco, calle Rivero, veo enseguida la tasca que me llamó la atención por la oferta de platos a peregrinos. No quiero ver más y me meto. Hay una mesa debajo del televisor. El señor que atiende es muy solícito y me pone la tabla de embutidos y la botella de sidra de la que escancia el primer vaso. Veo por allí una cubeta de madera para recoger la sidra que cae fuera del vaso al escanciar y cojo una al tiempo que le digo algo así como que no quiero tener problemas con los vecinos, el sonrie, luego veo que en algunas mesas sigue escanciando a los clientes. Están echando algún partido de futbol. Estoy tan a gusto que le pido una tabla de quesos que me sirve enseguida.
   Al rato salgo a la calle. Quiero ir hacia la plaza del Ayuntamiento que guardo en la memoria del viaje que hice con mi madre hace unos cuantos años. La fachada del ayuntamiento me sitúa. Subo por otra calle casi paralela a la anterior, llena de soportales envejecidos y en mal uso. Sí, por allí paseé con mi madre pero no recuerdo mucho más. ¿Dónde dormimos? Imposible de recordar, pero estoy viendo a mi madre en el empedrado de la plaza, mirando y escuchando las horas del reloj.





   Este recuerdo me colma de amor maternal. También veo en aquel rincón la fuente de caños por los que ya no cae ninguna gota y pienso que entonces sí caían. Subo la calle sumido en estos amorosos recuerdos hasta el final donde acaba el encanto del casco viejo. Regreso observando enfrente de  los soportales algunas casas de estilo, con su jardín y sus ventanas y balcones con macetas de flores y en una terraza bajo un soportal me siento a tomar una cerveza y terminar de ver el partido. No hay ningún cliente y aprovechan las columnas y paramentos de piedra para acondicionar con colchas y cojines la terraza del bar. En esta cómoda posición veo el partido y observo de reojo a la única camarera, una chica joven, sus andares y quehaceres presurosos aparentemente inútiles por la ausencia de clientes.
   Me marcho al albergue. La puerta de la calle está abierta. Me acuesto en mi litera. Hay un silencio muy conveniente para dormir. Afuera cae a ratos una fina lluvia lo que me ha obligado a cambiar de sitio la toalla aprovechando algunos huecos que han dejado bajo cubierta en el tendedor.

                                       2º ETAPA :  AVILES - CUDILLERO

    A la mañana siguiente los primeros madrugadores me van despertando, pero quedan algunos como yo que remolonean en las literas. Me visto y salgo del albergue. Algunos chicos quedan en el patio sin decidirse a caminar. Están comprobando botas y mochilas antes de salir. Yo subo la calle Rivero andando a ratos pues el empedrado húmedo de la mañana no invita a ir en bici. Bastante gente camina presurosa a sus trabajos. Llego a la plaza y enfrente al ayuntamiento dejo la bici apoyada en un escalón protegida en parte por los soportales de la fina lluvia. Desayuno en una mesa exterior mientras espero que un cliente deje el periódico para leerlo, cosa que tarda bastante.
   Es el momento solemne de iniciar el Camino cosa que me produce cierta emoción. He consultado la guía, el plano de la ruta de hoy y busco la calle Ferrería. Al poco me detengo ante una iglesia para hacer la primera visita, luego sigo y después de algún despiste que me obliga a volver sobre mis pasos llego a la plaza Carballo con una bonita iglesia medieval donde arranca la calle Alemania en dura cuesta que me lleva a las afueras de Avilés. Hasta que no alcanzo el alto no monto en la bici lo cual me produce una sensación de libertad, hay ya por allí algunas moreras que pruebo y de paso vuelvo la vista atrás para contemplar Avilés allá abajo y al fondo las enormes chimeneas industriales que tiñen de un velo blanco la campiña.
   La etapa de mi guía para hoy es Avilés-El Pitu, 26 kms. He leído en el desayuno sus dificultades en el plano que acompaña en cada etapa. Voy por el camino con hermosas casas campesinas o residenciales. Llego a Santiago. Me gasto a mi mismo la broma de lo rápido que he hecho el Camino. Es Santiago del Monte donde pregunto la ruta a seguir debido al lío de pequeñas carreteras que hay por allí. Al final consigo llegar a San Juan de la Arena. Es tal el lío que me hago que algunos peregrinos que he visto marchar a pié, los he adelantado un par de veces. Llego a la ría del Nalón aquí en San Juan. Busco un lugar donde almorzar después de descansar un poco en la plaza sombreada de árboles. Bajo hacia la ría y en un bar restaurante que ofrece raciones, pido una de lacón con grelos, son las doce pero ya veremos dónde puedo comer luego y si como, además tengo hambre. Me sacan una ración para comer dos o tres, protesto y les digo que no son horas. Aceptan de buen grado y me quitan la mitad. Después enorme subida a Soto del Barco por carretera algo transitada. Llego a un cruce de carreteras donde el peregrino se pierde un poco pues para eludir el peligro te hacen dar un rodeo que para la bicicleta no es gran problema. Bajo una cuesta por una carretera poco transitada y llego a Muros de Nalón después de algún sube y baja.
   Muros de Nalón está en alto. Llego a la plaza donde hay un peregrino comiendo en una terraza frente a la iglesia. Decido comer también, pero una vez dentro no me da mucha confianza. Pido un vino turbio y decido continuar a la playa de Aguilar donde habrá algún sitio para comer. Llego enseguida pues ahora toca una larga cuesta abajo asfaltada. La playa está desierta. El restaurante cerrado, las sillas encima de las mesas. Hay alguien allí dibujando o pintando la playa. Descanso un poco. La playa es preciosa, espaciosa, toda llena de arena, salvo algunos roquedales que afloran en el centro. Alguna gente pasea allá lejos, en la misma orilla. Decido continuar.


    Ahora toca subir una larga cuesta por carretera asfaltada aunque nada transitada. La subo andando, por supuesto, contemplando un paisaje vegetal de bastantes árboles que si no recuerdo mal son eucaliptos de los que tantos veré en la campiña asturiana y gallega, dicen que repoblados por ser mas rentables. Paso por delante de un restaurante de cierto postín que rechazo. Está casi vacío a juzgar por los coches que hay en el aparcamiento, menos que sean de los empleados. En verano estará lleno, pienso. Llego arriba, al cruce con una vía principal y por un lado leo: El Pitu, a la izquierda, y por el derecho: Cudillero. ¿A ver si voy a comer en Cudillero? me digo rebosante de satisfacción. Pero tampoco es eso de no visitar El Pitu. Así que monto en la bici y con cierta ligereza subo hasta El Pitu en leve cuesta. Echo un vistazo y no veo nada de interés, ni restaurante que me atraiga. Y es que comer en Cudillero tira mucho. Además el Palacio de Selgas, en la carretera hacia Cudillero, está cerrado y solo permite ver entre las rejas de la puerta el jardín versallesco y la fachada del palacio allá al fondo. Bien, ahora en cuesta abajo cada vez más pronunciada bajo sin problemas a la misma velocidad de un coche que me sigue,  hasta el mismo puerto de Cudillero, a donde llego a las tres aproximadamente. Llevado por el impulso y después de echar un vistazo, al paso, a las terrazas de los restaurantes con alguna gente comiendo, me voy hasta el malecón del puerto a ver si hay por allí un restaurante de la cofradía pesquera o algo por el estilo, no lo hay y es tiempo de ir a comer.


   Vuelvo a la zona de restaurantes y dejo la bici apoyada en el paredón de enfrente junto a una especia de memorario, casi ofrendario, marinero y alguna pintada en la pared. Echo el candado y me voy al primero que ofrece un menú. Entro a echar una caña pero la barra es chiquita, el camarero me atiende y me señala las mesas de afuera. Le he dicho que una caña antes de comer. Así es. Como al sol tibio de este septiembre refrescado por la brisa marina. He pedido algo así como un arroz marinero y algo de pescado, que el camarero ha traído tan ràpido que no me ha dado tiempo casi de beber la caña. Enfrente tengo la bicicleta recostada en la pared a la que no pierdo ojo. Con sus alforjas repletas parece descansar ya de este principio de Camino. Termino y salgo en busca de alojamiento. En todo este tiempo he buscado rincones que asociar al viaje que hice por aquí con mi madre. Todo está cambiado, sobre todo las instalaciones portuarias muy ampliadas. Pero el rinconcito del puerto con sus casas apiñadas hacia lo alto sigue igual que siempre y me trae la imagen de mi madre paseando por él. Subo la calle de la derecha en donde hicimos noche, pero no recuerdo bien dónde dormimos. Al final, subiendo y bajando la inclinada calle con la bici a cuestas leo en un estanco un anuncio de habitaciones. Entro y la estanquera dice que es de ellos. Mi marido está arriba y le atenderá. Mi dice el nombre y subo. No está lejos. Está al lado de una capilla de esas que antaño serían objeto de la devoción popular y que  ahora aparece cerrada con cristalera y puerta enrejada. Detrás y subiendo unas escaleras está el hostal y en la puerta un hombre que me hace señas. Quiere ayudarme a subir la bici por las escaleras y le digo que primero quitaré el peso de las alforjas. La bici la dejo a la entrada, en recepción, bajo las escaleras. No hay peligro, me dice y me da las llaves de la puerta calle y de la habitación. El hostal está limpio, bien acondicionado. Parece como si hubieran hecho reciente mejora a juzgar por los suelos nuevos y las paredes pintadas, hasta podría parecer todo de obra nueva. La habitación y el baño como recién construido todo. Me asomo a la ventana y veo el tejadillo de la capilla con su cruz rematando el tejado a cuatro vertientes, pero eso no me impide ver el paisaje, la calle principal con sus comercios y algunos soportales. Más allá y enfrente, subidas a la pendiente, una hilera de casas nuevas pintadas de vivos colores y detrás de ellas abundantes árboles eucaliptos cimbreados por la brisa marina. La estampa no tiene nada que ver con el puerto, aunque tiene su belleza. Estamos algo a las afueras y más arriba veré mañana la ciudad con su trajín diario totalmente ajena al encanto de la villa marinera.
   Deshago las alforjas. Tengo que ducharme y empezar a lavar algo de ropa. Sobre todo ropa interior. Como llevo dos camisetas de ciclista, las dos rojas, bien visibles, voy lavando alguna cada día y al día siguiente ya en ruta, la saco a secar atada sobre las alforjas, que la brisa de la marcha y el sol secarán enseguida. Me pongo el pantalón de salir, ese que traigo siempre, que nunca se arruga y ocupa poco espacio. Es de un color gris verdoso y está bien de visita como de excursión por el campo. También la chaqueta de abrigo roja de ciclista, otra que le pasa lo mismo. Con ella voy en bici con frío y salgo bien arreglado. Los zapatos también, esos que pesan poco y me permiten dejar las botas deportivas.
   Voy hacia el puerto, bajando la cada vez más angosta calle. Van a echar un partido y voy viendo algunos barecillos para los vecinos del barrio y que en rápido vistazo veo que no tienen nada en la barra. Para eso, mejor bajar a la zona del puerto. En la plazoleta del puerto hay todo un surtido. Desde los restaurantes con sus terrazas que a estas horas apetece poco, hasta cafeterías bien montadas y algún pub musical que en estas fechas aparece cerrado. Tomo alguna caña mientras veo el partido. Pero no veo tapeo, si acaso pedir alguna ración donde hay cocina. Luego de un visiteo a la zona del puerto donde el oleaje trae todo el frescor de la noche. Me voy a dormir.


                            3ª ETAPA : CUDILLERO- LUARCA


   A la mañana siguiente me pongo de ciclista y cargo la bici y con todo bajo hacia el puerto a desayunar. Me meto en un bar antes de llegar y tomo el café con leche y alguna torta. Y luego subo la calle ya hacia el Camino y al pasar por el estanco, donde me dieron la habitación, entro para que me echen el sello. La señora no está pero está su hija o empleada, no recuerdo, que me pone el sello: Mª Rosario Sánchez Marqués. Expendeduría de Tabacos nº 1 c/ Suárez Inclán, 44, Cudillero, Asturias. Llego a la zona alta muy urbanizada y enfilo hacia la carretera que sale de Cudillero. Aquí también toca subir una larga cuesta que hago andando. Llego a la general en cuyo cruce hay un enorme lío de obras que hay que pasar escapando de camiones cargados de tierra y maquinaria de desmonte. Después y mirando por el rabillo del ojo a los camiones de transporte sigo la general un rato echando pie a tierra cuando veo por detrás de mí alguno, hasta el cruce que me señala una vía secundaria para los ciclistas del Camino que me introduce en pleno campo. Enfilo por ella, paso algunos puentes por debajo de carreteras y autovías. Hace fresco y además es cuesta abajo. Siento en la cara el azote de la brisa y el aroma de los prados mientras pedaleo. Enseguida llego a un valle pletórico de cultivos y animales pastando en prados estables. Algún tobogán que otro me obliga a echar pie a tierra. Solitarias casitas de campo ponen el toque final a este auténtico cuadro pictórico del campo asturiano. Llego a San Martín de Luiña y será por la facilidad de la ruta o por no ver nada que me detenga, como una terraza de un bar para tomar el café, veo una gasolinera y poca gente, el caso es que me veo enseguida fuera y en el siguiente pueblo me detengo dispuesto a tomarme el café con leche y lo que sea, donde sea. Hay un jardincillo delante de la iglesia donde ato la bici y veo una terraza de un bar. Entro y veo algunos trabajadores tomando el almuerzo de la mañana. En un lateral tienen un pupitre con un  libro, un tampón y un sello a disposición de los peregrinos. Saco mi credencial y estampo el sello: Asociación Cultural La Humildad, Soto de Luiña, Asturias, luego pongo la fecha: 21-9-12.
   Afuera veo sentado en un banco del jardín y comiendo algo a aquel peregrino, parece alemán, de cierta edad ya, que ví en Muros de Nalón, antes de bajar a la playa de Aguilar, ayer al mediodía comiendo también su bocadillo en la terraza del bar donde decidí no comer.
Le saludo, ya nos conocemos aunque de lejos, le voy pitando con el timbre cuando me lo encuentro y debe llevar buen paso pero es que yo hago muchos parones para cualquier cosa. Me acuerdo que mientras él comía en Muros y yo hacia aquel desvío a la playa de Aguilar, me lo encontré luego al subir ya hacia Cudillero. Le saludo y el me responde con cierto afecto como si me conociera de tiempo atrás. Creo que ya no lo volví a ver más.Visito la iglesia por fuera. Doy la vuelta y me detengo a inspeccionar el antiguo hospital de peregrinos que hay detrás. Saco fotos de la cornisa donde figuran una especie de caretas misteriosas muy bien restauradas.


   Por un portón entro al jardín del hospital, hoy local de usos sociales, y a alguien que está allí limpiando, un joven, le digo si se puede entrar. Ante la cara de asombro que pone le doy a entender que ya sé que es un edificio histórico, luego me da paso libre pero es que dentro no hay nada de interés, de ahí su asombro. Está todo reformado para usos culturales.
   Salgo a la carretera. Ahora es una extensa planicie lejos del encanto de los valles que he visto. Leo un cartel prometedor que declara a Novellana como el pueblo más bonito de Asturias, 1992. A mí no me parece tanto por mucho que miro y doy vueltas. Hay unas chicas extranjeras con apariencia de peregrinas tomando algo en una terraza de un bar restaurante nuevo, en la misma carretera. Continúo ruta y así llego a Cadavedo y yo empeñado en bajar a la playa me doy un paseo extra hacia los acantilados en busca de la playa que está allá abajo por un intrincado laberinto de rutas y caminos que me hacen desistir. Pero llego a la Ermita de la Regalina situada en una extensa y solitaria planicie desde donde se divisa la playa allá abajo del acantilado, con algún bañista tomando el sol.
   En Cadavedo como en un restaurante al lado de la carretera. He querido hacerlo en otro que hay un poco antes, pero este día cierran. Luego tengo una larga cuesta aunque no muy pronunciada que me permite subirla en bici. Paso por playa de La Cueva que queda allá abajo como ocurre casi siempre  en el Cantábrico y por no bajar y subir me priva de algún esporádico baño.
   Llego a Luarca. Otra vez me viene la memoria de mi madre pues dormimos aquí en nuestro viaje a Asturias de hace unos veinte años. Veo el hotel donde estuvimos cerca de la lonja, pero voy antes de que anochezca al final del paseo que bordea el puerto donde tomo una caña para descansar y ver el bonito panorama de Luarca en torno al puerto.


   Después voy al hotel que está de reformas. No me da mucha confianza y me marcho en busca de otro alojamiento hacia el centro. Consulto mi guía y busco uno de ellos, el hotel Oviedo. Está cerrado y entro en el de al lado. La joven de recepción, muy amable, me dice que es del mismo negocio, que ponga la bici a la entrada, no molestará, aqui es donde la dejan todos. Me pone el sello que dice Hostal Oria, Crucero, 7, telefs 640385, Luarca (Asturias) Está buscando trabajo, está estudiando o ha acabado recientemente y en verano saca algunas perrillas. Tenemos una larga conversación. Yo contando los pormenores del viaje y ella los problemas de su colocación. Subo a mi cuarto, la habitación da a un patio interior. Me ducho, arreglo algo el equipaje y lavo algo de ropa que tiendo en la ventana entreabierta. Y salgo a la calle luego de otra pequeña conversación con la joven. Está anocheciendo y alguna gente ya va buscando lugar para cenar. Es lo que hago yo echando un discreto vistazo a menús y cartas. Y así llego otra vez al final del paseo donde tomo otra caña contemplando el faenar de alguna embarcación pesquera que entra o sale. En cada una van dos, el piloto encerrado en su pequeña cabina y el otro marinero todavía ocioso lo que le permite bromear al paso con conocidos. Yo no acabo de encontrar el lugar idóneo. Me he metido en una tasca algo descuidada donde en la barra a propósito del vino ofrecen libre un picoteo de pescado de poca entidad, cacahuetes o patatas fritas. Yo desde luego allí no ceno. Salgo y tendré que meterme en algo de gasto y en uno que tiene una terraza exterior cubierta, hace un fresquillo que se aguanta a duras penas, me siento en una mesa con taburete alto y pido una jarra de cerveza y una ración de almejas que con la mojadura del pan me quitarán el hambre. La ración es generosa y tardo un tiempo en terminarla. Mientras la noche ha caído y somos pocos los que ocupamos los restaurantes para desespero de los hosteleros que atisban sin parar posibles clientes. Hace fresquillo, termino y me meto en otra tasca a tomar un vino entre las bromas y decires de los parroquianos. La noche no invita a más paseos y yo me voy retirando hacia el hotel contemplando el puerto y la reunión de algunos jóvenes frente a la lonja, algunos emigrantes, que esperarán su turno de trabajo en alguna salida o contratación de

                         
                                        4ª ETAPA : LUARCA – TAPIA DE CASARIEGO


   El día siguiente amanece tan soleado como los anteriores. Desayuno y foto del crucero que dá nombre a la calle, frente al puente que cubre la ría. Como cada vez que duermo en la costa hay que subir luego a cota más alta por calles y salidas de la población. Echo un vistazo al puerto desde arriba y salgo en ruta por calzadas asfaltadas hasta que me tropiezo con la autovía en obras que atravieso un par de veces por los caminos polvorientos de la maquinaria. Atravieso también algún bosque y en un descenso brusco y bastante pedregoso y molesto me doy con la carretera en una salida muy peligrosa debido al intenso tráfico de camiones y en donde unos peregrinos, chicos jóvenes que parecen extranjeros, no saben cómo continuar. La carretera no tiene arcén pero es cuesta abajo. Hay que salir, aprovecho un hueco y me lanzo a buena velocidad. Al poco oigo detrás de mí el ruido sordo de un camión que se me viene encima. No puedo retirarme y darle paso. En una curva veo una explanada de tierra y a toda velocidad me salgo por ella mientras el camión continúa su marcha. Voy por la explanada. Veo unas naves de maquinaria y me digo que me va saltar algún perro si me meto a preguntar, si es que hay alguién, pues no hay señales de vida.. Sigo. Al final me encuentro con la misma carretera que en curva rodea la explanada. Pero ahora en cuesta arriba. Apoyado en el manillar contemplo el panorama. La pendiente es fuerte, sin arcén y el tráfico intenso. Andando ni hablar. Antes de que me desespere del todo y examinando el paisaje alrededor veo al otro lado de la carretera aunque a unos veinte metros un camino con un cartel indicador de una ruta senderista local. La solución. No hay otra salida. Por allí a donde sea. Aprovecho un hueco y subo corriendo, me meto y salvado. Ha sido el peor momento del Camino. Ya lo señalaba la guía peregrina como zona peligrosa. Me pregunto cómo llegarán los que he dejado atrás pues andar por esta carretera es de locos Desde este alto trato de divisarlos para hacerles señas, volver imposible, corro el mismo peligro. Subo este camino que asciende y deja cada vez más abajo la ruidosa carretera y alcanzo una casa con unos perros encerrados que no paran de ladrar y una fuente y un grifo de agua. Señora, grito a una mujer que se mete en la casa y que no me ha visto. Sale sorprendida, le digo si puedo coger de la fuente. Coja del grifo que es la misma. Gracias y enseguida termino de subir la cuesta para olvidar la carretera que se ve allá abajo como enorme serpiente de anillos móviles y ruidosos como son los coches y camiones.
   Arriba me espera una planicie lejos del ruido. Es temprano y no quiero dejar la ocasión de bañarme, así que una carreterilla alternativa para ciclistas que pasa cerca del mar la aprovecharé. Iré a la playa de Barayó, pero se me pasa el cruce o no lo indica, y así llego a Puerto de la Vega. Un pueblo pesquero con un puerto muy ajustado a las buenas condiciones naturales y con fuertes muros pero algo pequeño debido a esas condiciones. Hay algunos restaurantes donde puedo comer y me meto en un barecillo del puerto a tomar un café y fisgonear y preguntar lo que pueda, pero el ambiente de los jóvenes que lo llevan y de la clientela me retrae. Quiero ir a la playa y en la zona de restaurantes pregunto, de paso que me informo del horario de comidas. Me mandan a la playa de Frexulfe, a unos dos kilómetros. La carretera tiene alguna cuesta. y luego para ir a la playa hay un fuerte descenso. Se llega al final bajando unas escaleras de obra. Dejo la bici en un recodo donde la puedo divisar desde la playa y me doy un baño. El mar está algo movido y no se puede nadar. Me visto y decido seguir camino adelante. Ya comeré en algún sitio. Pero no, no aparece ese restaurante rural. Son cerca de las tres y esta carretera local tiene alguna cuestecilla que incluso me hace bajar de la bici. Pero llego a Navia a las tres y media. Aterrizo con la bici, pues se llega cuesta abajo, en el mismo puerto donde ya he visto un restaurante. El tiempo se ha puesto húmedo y nuboso. Echo un vistazo al puerto y no ofrece mucho más del restaurante que he visto. Me voy a él, ato la bici en la barandilla metálica del puerto y voy al restaurante. Hay un menú. Pregunto por platos combinados, pero veo que no hay mucha oferta, así que al menú: repollo y pescado rebozado. Unos diez euros. Descanso un poco y a la bici. Veré un poco la población. Me decepciona, un paseo modernista con bancos y jardines y el monumento al poeta Ramón de Campoamor, con eso me conformo y Ribadeo que lo tengo a unos treinta kilómetros y el tiempo fresco con alguna gota suelta me aconsejan volver al camino. Contemplo la ría de Navia desde lo alto con su perfecto aliñeamiento de edificios modernos sobre la ría y recibiendo casi bajo el viaducto el aporte modesto del rio Meiro. A la vista de todo esto me hago cierto reproche de marcharme tan pronto de Navia. Pero la decisión está tomada. Las flechas amarillas del camino me mandan a la derecha por un camino embarrado, dudo de seguir la carretera pues no sería la primera vez que después de este sufrimiento salgo a la misma a los pocos metros. Subo esta cuesta embarrada. Paso por delante de alguna casa indiana con prados de ganado primorosos y con Navia todavía allá a la vista. Cruzo una vía estrecha de ferrocarril, algunos perros me ladran en algunas casas campesinas. Me meto por una especie de túnel vegetal que tiene un tapial de piedra con el símbolo del Camino en losa cerámica.


    Subo por un paisaje ameno lleno de huertas, frutales y maizales y luego bajo hasta dar con la carretera que me lleve a Tapia de Casariego, donde he decidido pernoctar, hay albergue, aunque Ribadeo está a diez kilómetros pero ya es algo tarde para complicaciones.
   Llego a Tapia de Casariego, sé que hay un albergue. La primera impresión es la de una población más. Hay una plaza arbolada y al lado la iglesia que visito casi furtivamente pues tengo la bici con todo en un bordillo de la plaza donde hacen sus últimas correrías y travesuras los chicos de la ciudad. En la plaza hay un edificio porticado de cierto porte que me desconcierta al no saber clasificarlo. Parece de un estilo funcional, hecho por algún periodo de notables para el bien de la comunidad. En la fachada leo: Edificado en 1866-67 Año 34 del reinado de Isabel II. Y en un disco decorativo: Exposición Universal París 1978; y en otro: Republique Francaise, París. Todo lo cual  aumenta mi confusión. Ya averiguaré. Como no sea obra de un notable de la localidad, el que hizo el puerto que es toda una obra de ingeniería que no he visto en otro lugar…? En fín, me dejo de historias que ya es tarde y voy en busca de la zona del puerto y del albergue. Llego al puerto por calles en cuesta pronunciada y pregunto a unos hombres mayores a la puerta de un bar.
    El albergue está a las afueras, junto a una zona rocosa de poca altura que da al mar. Algunos farallones despuntan por encima del agua. Me encuentro con un peregrino mayor que me informa entre bromas y listezas algunos pormenores del albergue. Debo de ir al ayuntamiento donde me darán de alta, así como la llave para salir por la noche y luego, al día siguiente dejarla dentro del buzón del albergue. Hay bastantes peregrinos extranjeros, algunos hablan alemán y están tumbados ya en las literas de una manera informal charlando y descansando. Me imagino que son los que van andando que a la noche no dan un paso más. Busco una litera apartada y en el piso superior veo dos apartadas del resto donde me instalo. Extiendo el saco de dormir en señal de ocupación de litera. El albergue es como un almacén que tuvo algún uso comercial, pero donde lo han acondicionado con unos servicios bastante aceptable para lo que es el local, una especie de pabellón agrícola. Me ducho y cambio. Quiero ir cuanto antes a la zona del puerto donde está el picoteo de bares y restaurantes. Aunque está cerca, como a diez minutos, me voy con la bici, en parte porque el albergue, como ocurre en tantos, no tiene un lugar específico para bicis. Mi informante me ha dicho que por la noche la meta como sea y en paz, además es conveniente, se dan algunos robos. Lo tomo como una agudeza más de las suyas y cuando vuelva, la dejaré atada detrás del albergue, donde están los tendedores.
   Llego al puerto al atardecer. El ambiente está ya en su plenitud de gente sentada en terrazas y bares tomando, tapeando o cenando. Voy a la zona portuaria, con unas infraestructuras que no he visto en otro lugar. Es una auténtica obra portuaria en torno al faro que cuesta recorrer por entero, tantos son los muros, amarres y paredones, todo en buena piedra trabajada e imagino que para contener  los vendavales y galernas del mar en invierno. Subo a un brazo del puerto por donde caminar, enormes bloques de cemento contienen el ímpetu marino junto con el aprovechamiento de algunas zonas rocosas naturales. Camino hasta la punta donde un faro chiquito da acceso a las embarcaciones. Allí hay algunos pescadores con sus cañas a esta hora del atardecer. Y sobre la lejana costa, allá hacia Galicia, que ya se divisa en la lejanía, se van encendiendo las lucecillas de las poblaciones, quedando la costa salpicada de focos luminosos tintineantes los mismos del cielo que también prende en esta hora sus luceros. Me imagino que algunas de ellas serán de Ribadeo a donde llegaré mañana.
   Vuelvo y empiezo la ronda en el primero donde estaban los viejos que me informaron del albergue. Es un restaurante con amplia barra, con televisión, espacioso, donde acude la gente del pueblo más que el turista ocasional. Abierto todo el día, indiferente a los garitos del puerto que abren solo por la noche. Voy a alguno de ellos. He dejado la bici atada en el mismo puerto donde hay un espacio donde juegan ahora unos chicos a la pelota. Temo que le den un pelotazo y me fastidien los radios de alguna rueda. Así que la cambio a sitio más seguro. Empiezo tomando alguna caña, cuando lo permite el gentío de estas horas. Difícil encontrar sitio fuera para sentarse hasta que algunos se marchan a cenar a casa. Entonces me siento en una mesa a lo que sea, desde luego una cena completa no, pediré una ración y vale. Pido una de pargo a la plancha que como tranquilamente y luego el chico parece olvidarse de mí, o es que ha cambiado el turno, el caso es que tardan en traerme la cuenta. Me levanto y pago en la barra. Luego tomaré una caña en las terrazas ya libres de gentío y regresaré al albergue. La bicicleta fuera atada en la parte posterior del albergue, donde una luna platea las ondas marinas y recorta la aguda silueta de la costa rocosa. Estoy un rato y hasta siento envidia de la bici, de dormir en este paisaje nocturno lleno de encanto y misterio, azotado de suave brisa, alejado de las luces y ruido de la población. Dentro del albergue todo el mundo duerme y con mi linterna subo las escaleras hasta mi litera donde seguramente cojo un sueño rápido y pacífico.




                                     5ª ETAPA : TAPIA DE CASARIEGO - RIBADEO


   Me despiertan a eso de las siete los primeros madrugadores que ya están listos para la caminata. Oigo hablar alemán y pasos sobre el piso de madera. Yo continuo a medio sueño que al menos me servirá de descanso. Cuando me levanto a eso de las ocho ya no queda casi nadie. Voy al lavabo que está vacío y contemplo la sala de entrada con algunos restos del desayuno, hay algún calentador o cocinilla donde hacerlo. Salgo con las alforjas hacia la bici que está allí atada en el tendedor de atrás expuesta a la brisa del mar que impasible golpea las rocas con su continuo oleaje. Monto y me dirijo a la zona del puerto a desayunar. El único local que está abierto es aquel de los abuelos que me orientaron hacia el albergue, los otros, los que ayer estaban a tope de turistas y lugareños aparecen cerrados a cal y canto, las sillas y mesas apiladas y sujetas con cadenas. Contemplo a un pescador que en la dársena del puerto tira de una cuerda larga para atraer una pequeña barquichuela en la que monta y remando sáviamente va hacia su barca de pesca cuyo motor enciende y pone a punto mientras se entiende con los aparejos, cuerdas y cubos de agua. Yo voy en bici hasta la salida del muelle al mar y allí veo salir la barca del pescador que afronta con destreza el oleaje. Alguna barquita se ve un poco lejos faenando y también la línea de la costa gallega hacia donde me dirijo hoy, ahora pespuntada de los tonos blancos de los caserios y poblaciones. Me imagino el mapa de la costa y coincide con lo que estoy viendo, la lejana costa gallega girando hacia el mar y algunos altos acantilados.
   Subo la pendiente del pueblo y paso por la plaza a donde llegué ayer y recuerdo que ví la flecha amarilla pintada sobre una pared que orienta a los peregrinos. Eso me permite salir sin preguntar. Al momento paso por una playa al costado del pueblo que invita por su suavidad y encanto a darse un baño. Son ya las once y me dispongo a bañarme sin dejar pasar esta ocasión. Ya lo tengo pensado desde esta mañana y llevo puesto el bañador. La profundidad es poca y hay que caminar bastante hacia adentro para poder darse un chapuzón. La bici que he dejado apoyada en una roca no la pierdo de vista mientras me adentro. No hay nadie, solo una pareja que camina incesantemente a lo largo de la orilla, pero allí está todo menos el bañador: el reloj, las gafas y la riñonera con todo el dinero y las tarjetas. Cuando salgo aparece un señor, con aspecto de jubilado, con un cubo. Se remanga el pantalón y rebusca entre el agua y la arena. Está bajando la marea y supongo que encontrará algo. Bien fresco me voy al camino. No hay buena señalización pero voy por una carreterilla asfaltada que corre a lo largo de la costa. No hay pérdida. Pero en un momento dado una señalización manda por un camino de tierra que pasa entre zarzales y matorral costero. Al poco se estrecha tanto que me hace bajar de la bici. No me fío, no tenga que retroceder. A lo mejor por la carretera llego igual. Vuelvo a la carretera donde veo dos peregrinos a pie. Creo que son dos extranjeros del albergue. Es un chico y una chica. Por señas y en algo de idiomas les digo que por donde he ido pueden pasar, yo con la bici no, pero que a lo mejor se puede ir igual por la carretera. El mar está al lado, no hay pérdida, pero un señor que anda por allí caminando y que nos ha visto en conversación se interpone y en inglés les dice que por el camino. Yo hago un gesto de duda y me despido. A los pocos metros llego a un cruce donde está el cartel indicador del Camino. Miro para atrás pero ya no veo a los peregrinos. Saldrán igual, por algún lado, a esta carretera. Más adelante encuentro ya la indicación hacia Figueras y Ribadeo. Me detengo en Figueras. Enfrente está el gran puente elevado que lleva a Galicia y al otro lado de la ria Ribadeo.
   Llego a Figueras, ¿también una  Figueras fronteriza?, pienso. Quiero visitar el palacete Peñalba, rodeado de amplio jardín arbolado, construido por un discípulo de Gaudí, me dice la guía. Dicen que es hoy un hotel, así que rodeo la verja exterior mientras lo contemplo, puedo sacar fotos igualmente, pero un jardinero que me ve, me abre una puerta de servicio de la verja y me invita a entrar. No gracias, si hombre, pase, hasta puede entrar, está de reformas. En pocos minutos veo lo que tengo que ver, le doy las gracias y me marcho. Bajo a la parte baja de la ciudad en fuerte pendiente. Llego al pequeño puerto, nada espectacular, enfrente tengo a Ribadeo, como a 300 metros, separado por la ría; a la izquierda Castropol, con su vistosa torre y envuelta en la neblina marina, parece una ciudad oriental de leyenda. Hay en la zona del puerto una plazoleta con una escultura de un pescador en memoria de los pescadores locales y hacia lo alto un gran edificio en muy mal estado. Con sus ventanales abiertos y paredes desconchadas, parece que acaba de ser bombardeado. Tomo el primer ribeiro en un barecillo para celebrar la llegada a Galicia, bueno cuando pase el largo puente colgante. Luego subo por otra calle a ver algo del interior de la población. Llego a la iglesia de Santiago, una pequeña capilla de paredes blancas, cerrada a cal y canto y con una placa en escayola también blanca en homenaje a la villa de parte de sus hijos emigrados a Buenos Aires. Continúo mi camino y esta vez ya para pasar el puente a Galicia. Me hago las últimas fotos en Asturias y me meto por el pasadizo peatonal del puente por donde se cruzan dos personas con apuros. La distancia es considerable así que intento subir a la bici pero al poco me bajo no vaya a tener un accidente y me caiga por la barandilla a la ría. Además esto me permite contemplar el fabuloso panorama de las tres poblaciones que cercan la ría: Figueras, Castropol y Ribadeo.


   Yo traigo en la mente el recuerdo de un remoto viaje y salvo confusión de imágenes echo en falta ese puente señorial, posiblemente de arcos y a poca altura respecto al agua, que he cruzado creo más de una vez en viajes de los años 60 ó 70. Luego preguntaré y alguien me dice que está más allá,  pero que no veré ni obtendré más información. Queda en mi memoria como un recuerdo del pasado. La memoria tiene eso, que te mezcla imágenes de distintos sitios, pero me aferro a ella y aún sitúo en lo que es ahora una zona portuaria, todo un paseo señorial también, unido al puente. Veo desde la orilla gallega el elevado puente y mi memoria dibuja la imagen de ese puente antiguo por debajo del nuevo. Después de esta ensoñación, llego a la ciudad  y en lo que parece la entrada al casco histórico paro para cambiarme algo de ropa y asearme un poco. Después continúo y llego a la plaza principal contemplando todo desde la bicicleta hasta que veo la Casa de Cultura en la plaza con información turística donde me paro a averiguar. Está cerrada, quiero preguntar alojamiento alternativo al albergue que queda algo alejado del centro. He visto unos hoteles en la plaza que parecen accesibles, de buen aspecto, pero quiero tomar algo antes y de paso ver más. Llego al mesón O Trasmallo y al lado hay alojamiento pero en forma de apartamentos. El mesón lo recomienda mi guía del Camino para tomar raciones. Hago como que me equivoco y entro en los apartamentos a  ver los precios, las puertas están colindantes. Sale bien para varios, me disculpo y entro en el mesón. Picadillo y pulpo, menos mal que el joven me advierte que las raciones son generosas, con media de cada una salgo más que servido. Tengo la bici con el equipaje, atada en una tubería de pared justo enfrente del mesón lo que me permite mientras como no perderle ojo. Después del café la cojo y me voy a la plaza a meterme en el primer hotel, hay dos muy parecidos. Me atiende una joven que me dice que son 50 euros día. Es el hotel Mediante.  No lo pienso más si bien un encargado se disculpa en otro momento y me dice que son 30 para los peregrinos. La bicicleta la dejo bajo la escalera o en un pequeño almacén, no recuerdo bien. Me cambio rápidamente y salgo en busca de un bar que pongan el Zaragoza que juega a las cinco. Después de dar una vuelta mirando, me meto en el único que ponen fútbol y después de hablar algo y saber que soy de Zaragoza me ponen el partido. Luego voy a la plaza. Veo la torre de los Moreno y el palacio de Sargadelos, hoy Ayuntamiento. Descanso hasta la noche. Cuando vuelvo a salir todo está cambiado. Un gentío variopinto invade las calles de la zona de tapeo. Es sábado por la noche. En algunos locales ni se puede entrar, algunos montados con estilo y la clientela de buen aspecto y de todo tipo, familiar, jóvenes y parejas. Buen surtido de vinos y cerveza, la cerveza gallega. En uno de ellos se ven a la vista los alambiques y cubas donde se fabrica. Debido a esta presión de gente acabo en uno muy pequeño donde me sirven buen vino tinto a 80 cts. Allí veo en buena pantalla de televisión el Barça Granada, con resultado de dos cero a favor del Barça. Después a dormir, a descansar y visitar al día siguiente la ciudad con detenimiento.
   Así es, desayuno en el hotel que está incluido en el precio. Hace un día muy ventoso. Me siento, después de tomar alguna foto de la torre de los Moreno y el palacio de Sargadelos, en una terraza situada al lado del primero, y es tal la fuerza del viento que derriba tablones de la obra de restauración de la torre, así como el tablón del local situado en la acera.


    La temperatura es buena en este final de septiembre, pero el viento muy fuerte. Hay una amenaza de resto de huracán caribeño que ha llegado hasta estas latitudes. He leído el programa de visita mientras el desayuno, la iglesia, con su mendigo en la puerta, un mendigo joven y barbudo muy pacífico, pero quiero bajar hasta el puerto. No tengo ningún plano y ando por instinto. Sé donde está la ría. Una calle bien urbanizada desciende dando un pequeño rodeo hasta ella. Enfrente algo ya conocido. La población de Figueras y Castropol, bruñida ésta de hirientes reflejos de plata que arranca el sol de sus tejados. Unos pocos pescadores pierden el tiempo en faenas de mantenimiento de sus barcos. Las gaviotas se aprovechan del fuerte viento y quedan suspendidas un rato en el aire, casi inmóviles o se posan tranquilamente en el maderamen de los barcos. Yo continúo mi paseo en dirección al puente. Hay otro puerto, esta vez deportivo, al lado con muchas barcas y yates de recreo aunque de poco tamaño. Conforme me acerco, me viene la imagen del puente de Brooking en Nueva York que visité este año. Pero aquí no hay tanto peatón, si acaso alguno suelto por la estrecha barandilla por la que pasé ayer, por cierto que veo un ciclista con todas las apariencias de ser peregrino como yo. Le sigo un rato con la mirada y aún a tanta distancia, percibo su misma ilusión que tuve yo. Continúo. Llego a una zona un tanto descuidada que contrasta con un moderno ascensor que sube a la parte alta de la ciudad. Yo dudo y al final desisto. Seguiré caminando. Por una rotonda resto de alguna muralla antigua asciendo a la parte alta. Arriba una ermita. Por calles estrechas vuelvo a bajar y subir, hasta que después de todo llego de nuevo a la plaza. Deambulo un rato por ellas y veo una chica en bici en la misma caseta de turismo a la que llegué yo. Me acerco pero se marcha enseguida y casi a gritos la llamo. Me presento también como peregrino. Acaba de llegar y se la ve cansada. Debe de ser el ciclista que he visto sobre el puente. Sin que me pregunte le informo de mi alojamiento. Le advierto que a los peregrinos hacen descuento y para comer también le informo de la tasca donde se comen buenas raciones a buen precio. Viene desde San Sebastián. Yo también, pero el año pasado, le digo. La dejo ir y yo me voy a la tasca a comer. Esta vez media de lacón con grelos y pulpo. Por la tarde quiero visitar antes de que cierren el convento de Santa Clara, donde hacen buena repostería también. Después de alguna llamada en el portero automático, me dicen que el claustro no,  pero la iglesia me la abren y que vaya al portal. Hay un grupo familiar de turistas  que quieren comprar a las monjas y les mando al portero automático. Yo entro en la iglesia. Es una pequeña capilla muy limpia, abovedada con ojivas góticas y un retablo de una escena, con la Virgen rodeada de volátiles ángeles entre los que aparece una monja ajena a este movimiento en actitud orante, debe ser Santa Clara.
   Voy a descansar un poco. La habitación da a una pequeña terraza de uso común, sobre la que brillan los últimos rayos de sol y revolotea algo de hojarasca en este atardecer del domingo. Cuando salgo ya es de noche y sigue el mismo bullicioso deambular de la gente en la zona de copas. Yo quiero visitar la zona opuesta. Es la dirección que seguiré mañana cuando me vaya. En realidad hay menos ambiente, pero sí alguna tasca popular donde tomar buenas raciones. Pero hoy domingo aparece repleta de gente, aunque puedo pedir media de pulpo en la barra que me sirven con atención y agrado. Es la especialidad de la casa y a mi me parece muy bien. Tomar pulpo en Galicia parece que figura entre mis primeros planes y si es en pulpería como ésta mucho mejor.
   Luego regreso a la zona de ayer y me dirijo directamente a la pequeña tasca, donde ya me conocen. Pido mis vinos a 80 cts. pero con la pequeña decepción de que el partido Rayo Real Madrid se ha suspendido por un problema de suministro eléctrico. Esto me permite entablar una amena y descuidada conversación con el dueño y un joven que le ayuda sobre temas de todo tipo relacionados con los vinos, los albariños, los cosecheros y hasta del Camino de Santiago que de alguna manera, si es que ya no se les he dicho yo, sirve de carta de presentación, con alguna aportación superficial de una parroquiana de la barra, algo inevitable debido a la estrechez del local. Luego tomaré algo más para hacer gasto y,  por qué no, por gusto, un cortado y puede que un orujo, lo cual dará lugar a que se prolongue algo más la conversació


                                    6ª ETAPA : RIBADEO - MONDOÑEDO


   A la mañana siguiente salgo bien parapetado pues la tarde anterior y esta noche ha estado lloviendo. Desayuno, pago y me despido del encargado que me ha rebajado el precio por peregrino. Me dice que la donostiarra también va a salir. Lo dice invitándome casi a que la acompañe. No sabe que hay que guardar las distancias y que eso forma parte del respeto a la intimidad de cada cual y más en el Camino donde hay de todo y que si hay que estar dispuesto a ayudar cuando sea, dentro de la norma del Camino, también está la discreción y dejar que cada cual ande a su gusto. Salgo pues, y busco la flecha amarilla que me oriente. Paso por delante de un taller que atiende también bicis. Tengo que mirar la presión de las ruedas. Hace días que no lo hago y le hago un cambio de material al mecánico. Le doy un pesado llavero multiusos por  una llave para subir y bajar el sillín y el manillar, con eso tengo bastante. Las llaves para cambiar la cámara las tengo aparte. Mira la presión pero no le funciona bien la aguja del medidor, así que acabamos poniéndola a ojo. Luego tomo un cortado en un bar cercano mientras veo a la chica de San Sebastián que pasa pedaleando. Al poco me detengo un rato en la capilla de San Lázaro que tiene una piedra destacada en la pared encalada algo sospechosa con una figura que me parece una llave o una pata de oca, dentro de la imaginería misteriosa del Camino. La carretera que me aleja de Ribadeo está desierta y en buen estado. Poco a poco va ascendiendo y permite echar un vistazo y despedirse de la ría, de Ribadeo y de Castropol.





   Nos alejamos del mar que ya no veremos más y nos recibe un paisaje donde alterna el bosque con campos de cultivo. Las señales del Camino me meten por camino forestal y me vuelven a sacar a la carretera hasta llegar enseguida a A Ponte de Arante, donde tengo que ver la capilla de San Andrés, con pintura gótica. El poblado tiene cuatro casas y destaca en él el puente, del que quedan algunas pilastras que sostienen ahora una larga viga de hierro, y la capilla al lado que aparece señalada como Virgen de las Virtudes. Está cerrada. Pregunto a unas jóvenes que andan faenando en su casa al pié de la carretera y me dicen que la llave la tiene una señora que vive algo más arriba. Es una mujer mayor con alguna dificultad de movimiento. Le pido la llave y cuando llego veo a dos ciclistas que han llegado y que aprovechan para visitarla. Comentan entre ellos y parece que saben algo de arte antiguo. No encontramos la luz. Uno de ellos se ha metido en la sacristía y enciende un par de bombillas que permite ver el friso pintado en la pared donde figura una escena de un naufragio naval con dos poblaciones a ambos lados del mar que pueden ser Ribadeo y Castropol, me dice mi imaginación, hay debajo una larga inscripción difícil de leer. También hay una escena de San José y la Virgen camino de Belén y un misterioso arquero esquelético. En el altar un humilde retablo con la virgen, que será de Las Virtudes, y un pequeño Santiago matamoros muy ingenuo. Cuando voy a apagar la luz llega la mujer que cierra la puerta cuando salgo y regresa a su casa con su andar cansino.


   Viene luego un ameno camino de amplios horizontes, prados y pequeñas explotaciones agrícolas y ganaderas. No se puede pedir más. El camino alterna la pequeña carretera con incursiones al interior del bosque por cuidados caminos rurales. El concello de Barreiros da la bienvenida al peregrino, esto y la amplitud de horizontes crea una sensación de bienestar. Es el paisaje gallego, rústico y natural, con ese punto de dureza que lo diferencia del asturiano. Entre subidas y bajadas suaves, que para la bici no suponen mucho inconveniente al aprovechar el tobogán y subir la cuesta con el impulso de bajada, en estas carreterillas locales de gran visibilidad, de esta manera llego a la hora de comer a Gondán, donde me dicen dónde puedo comer, lo cual me produce gran satisfacción pues no he visto ningún sitio donde poder comer en toda la jornada.  Es un restaurante en la misma carretera, muy bien puesto. Con cuatro mesas, todo muy limpio. Allí me encuentro a los ciclistas que encontré en la iglesia de A Ponte de Arante. Están sentados, ya comiendo. En cuanto me ven entrar me saludan muy contentos y me preguntan por mi estado. Pierdo poco tiempo en estos cumplimientos y me dirijo a mi mesa. Se trata de comida casera, cocido gallego en perola y carne asada, creo recordar. Consulto la ruta del día y debo de comer deprisa pues me quedan 15 kilómetros a Mondoñedo y de por medio el monasterio de Vilanova de Lourenzá.
   La tarde resulta un tanto pesada por la comida y las prisas de llegar al monasterio. Estoy pensando en quedarme a dormir allí si es necesario, pero Mondoñedo que figura entre los objetivos principales del viaje me atrae mucho. Enseguida llego a Vilanova de Lourenzá con su monasterio en el mismo centro de la población, situada en una hondonada y rodeada de bosque, me la tropiezo de improviso y llego a buena marcha hasta el mismo monasterio que campea poderoso sobre la población. Está cerrado a esta hora de la tarde. Hay un número de teléfono que no contesta nadie. Voy a unas oficinas municipales situadas al lado y me dicen que eso es todo, que llame o venga por la mañana. Me dedico a verlo por fuera e incluso le doy la vuelta completa por si hay otra entrada. Cuando estoy a punto de partir veo llegar una mujer de la limpieza que entra. No pone ninguna pega y puedo visitar la iglesia, pero el claustro no. Mientras hace su limpieza voy recorriendo la iglesia. El retablo, de Ventura Rodríguez, tiene en este momento un rayo de sol que penetra por algún ventanal y que da justo en la figura arrodillada de Santiago Peregrino. Es un momento sublime que llevado de mis elucubraciones interpreto como cierto milagroso homenaje a mi peregrinaje. Me dejo enseguida de fantasías y salgo, tengo que llegar a Mondoñedo. Contemplo de nuevo la fachada que dicen supone un ejercicio previo a la del Obradoiro. Sin siquiera preguntar, ahora la guía recomienda seguir la carretera a los ciclistas, salgo de ruta subiendo una ligera cuesta que al rato me obliga a echar pie a tierra. Así me despido de Vilanova de Lourenzá que queda cada vez más metida en su hondonada rodeada de bosque. La tarde se pone cada vez más fría pero enseguida llego a las carreteras principales y autovías que dificultan el camino y con el ruido de coches y camiones rompen con todo el encanto de la ruta. La tarde sigue fría y amenaza lluvia. Voy sorteando carreteras y autovías como puedo y aunque estoy cerca de Mondoñedo no encuentro el camino pues en tanto cruce no hay una señalización que lo indique y aventurarse por ellas es toda una aventura.  Me meto en un bar de carretera en un cruce y pregunto. Cinco minutos me dicen, cuesta abajo, no pregunto por el camino de los peregrinos pues lo he perdido hace rato. Veo que la carretera tiene un arcén, me abrigo bien y me lanzo cuando no oigo ruido de camión. Casi sin pedalear cojo gran velocidad de manera que los coches me pasan sin gran peligro. La velocidad y el fuerte viento me enfrían manos y cabeza, pero la ciudad debe estar cerca. Así es. La primera sensación es decepcionante. Yo que tengo como uno de los objetivos de más interés a Mondoñedo, me encuentro con una población difusa, sin rastro de antigüedad. Naves industriales y delegaciones comerciales y el arco de una  altísima autovía allá arriba que rompe todo el encanto del paisaje. Paro y pregunto a una joven que extrañada por la pregunta me dice que para arriba. Efectivamente, allá lejos despuntan las crestas de unas torrecillas que deben ser las de la catedral. Se acabó la bajada, ahora tengo una ligera cuesta hacia el centro histórico. Paso por delante de un cementerio donde está enterrado el escritor local y pluma ejemplar de la literatura gallega, como es Álvaro Cunqueiro, del que tantas lecturas he hecho y tanto me ha enseñado de la Galicia profunda, así como las de su maestro D. José María Castroviejo, del que llevo unas fotocopias de sus escritos sobre Galicia que espero me sirvan de mucho a partir de este momento. Me detengo un momento, pero la hora y el cansancio, así como las inquietudes que crea el alojamiento, me hacen desistir. De esta manera llego a Mondoñedo, a una plaza con algunos bares, pero que no es la principal donde está la catedral. Pregunto por el albergue y alguien bien enterado me dice que primero debo ir al ayuntamiento donde un guardia municipal se encarga de ello. El ayuntamiento está aquí, a la vuelta de la esquina. El guardia está atendiendo a otros peregrinos. Toma nota y me estampa el sello en la credencial. Son cinco euros y me dá una bolsa de plástico con unas sábanas y cabezal para la litera. Con todo esto subo siguiendo sus indicaciones. Al final llego después de algún despiste. El albergue es nuevo, está junto a los juzgados que ocupan una moderna y funcional plaza a las afueras, subiendo una ligera cuesta. Hay algunos peregrinos y veo una litera en un rincón, junto a la ventana, sin saco de dormir ni señal alguna de estar ocupada. Me acomodo en ella. Me ducho en las modernas duchas, me pongo el pantalón de salir, ese que ya ha hecho otro Camino y otros viajes míos, que me sirve de tanto por su ligereza y comodidad de mantener su compostura por duro que sea el viaje, me pongo los zapatos de salir que me descansan los pies de las botas  que dejo en lugar apropiado, afuera donde las deja todo el mundo, y me voy a ver la población. Es lunes, 25 de septiembre, alguna gota se desprende del cielo y la temperatura es fresca. El suelo está humedecido y sólo el paso de algún coche por las cada vez más angostas calles señala la presencia humana. Al poco veo un grupo escultórico dedicado a Manuel Leiras Pulpeiro, un poeta local... pronto me tropiezo con la cultura de la ciudad. Yo voy a tientas, descendiendo y supongo que llegaré a la plaza de la catedral, pero veo una taberna solitaria y sin más me meto. Pido un ribeiro y como tengo muy metida en la cabeza la especialidad de la zona de orejas y morros, me ofrecen enseguida una oreja de cerdo que me traen en un platillo. No la había probado así nunca. No es frita, es cocida, como salida de un guiso, deliciosa. Contento con este comienzo sigo bajando esperando encontrar la catedral. Así es, me la señala la solitaria presencia de la efigie de Alvaro Cunqueiro, cómodamente recostado en su sillón, contemplando la catedral. El resto de la plaza vacía y solitaria,  los locales cerrados. Solo una cafetería con señales de cerrar pronto está abierta. Es lunes y son algo más de la nueve de la noche, trato de entender. Pido otro ribeiro antes de que cierren. El local está ahora con los últimos clientes que se resisten acabar sus consumiciones como temiendo la solitaria, la fría y negra noche de afuera. Un velo de misterio y vacío cubre la plaza con la sensación de haber abandonado ya este mundo y refugiado en su remoto pasado para siempre. Yo subo agobiado ante tanta soledad las calles bañadas en oscura humedad  hacia el albergue. Han llegado un par de ciclistas que dejan sus bicis atadas a la barandilla metálica de las escaleras que dan acceso al albergue y los veo por allí atareados con sus últimos detalles antes de acostarse. El cielo amenaza más lluvia. El albergue, nuevo, con sus suelos de madera reluciente, con sus cómodas literas y los peregrinos ya todos acostados, ofrece un contraste muy bueno con el exterior que invita a dormir.
   Al día siguiente sigo los pasos escritos de Alvaro Cunqueiro: “… me gusta bajar por Santo Domingo y Batizales al pié de las Concepcionistas, al llegar a la Peña de Francia me detengo en casa los Luaces, he creído que hacían música…” Yo también visito la capilla de las Concepcionistas con sus apretados retablos barrocos que contrastan vivamente con las encaladas paredes vacías. Es una fuerte sensación, esta de entrar a estas horas de la mañana en este espacio de paz y oración. Digamos que toda la quietud de la noche anterior se ha trasfigurado en luminoso silencio monacal, mientras afuera las calles van cobrando vida y yo pruebo esa torta de Mondoñedo en una repostería próxima y también beberé un orujo blanco allá algo mas lejos, llevado de mi constante caminar, abajo en la carretera, y también oiré música a la noche en ese bar de la plaza donde arribé el primer día. Pero hay que visitar antes la catedral y entrar en ella por humilde portada románica de un bello tono rosáceo, encima el rosetón gótico impone su ley sobre toda la fachada que remata a los lados en dos torres barrocas. Dentro se impone el silencio y la soledad, el silencio sobrecogido en la oscura bóveda nervada y esas pinturas que combaten a duras penas su visión que un haz de luz pasajero las descubrirá de improviso. El claustro, como toca al estudio y recogimiento del cabildo de antaño es severo y herreriano, destaca por encima del mismo el gracioso remate de las torres barrocas.



    Salgo y visito el Centro de Interpretación del Camino Norte que sobrepasa en mucho la atención prestada en otros lugares. En él anoto algunos autores que escribieron sobre viajeros del pasado, son Chistoph Gunzinger, Vicente Almazán y un tal Fita, escritor gallego que escribió sobre viajeros del s. XIX. Luego, dando un rodeo por la periferia, doy con la Fonte Vella y la larga y solitaria calle que nos aleja del centro hacia el Ponte do Pasatempo, es la calle dedicada a Alvaro Cunqueiro. Para llegar al puente mencionado es preciso desenmarañar no poca encrucijada de calles y parajes de las afueras de la ciudad. Se pasa también en este recorrido por algunos enclaves donde sigo el deambular bohemio de Alvaro Cunqueiro, posiblemente alguna taberna o pulpería hoy cerradas pero que guarda para la memoria alguna placa conmemorativa. Y así se llega al puente, O Ponte do Pasatempo, donde ocurrió el dramático suceso que le costó la vida al noble local Pero Pardo de Cela, al ser retenido el emisario que traía el indulto real que salvaría su vida.


     Con todas estas historias locales, pasando por algún molino harinero de agua, todavía en funciones y que con tanto orgullo muestra su actual propietario, regreso a descansar un rato al albergue, del que ya he obtenido permiso para quedarme una noche más. Al anochecer regreso de nuevo al centro. Tomo la oreja con el ribeiro, esta vez pido un albariño, que tomé la primera noche y voy bajando hacia el centro. Una fina lluvía ha empezado a caer, por eso es que he cogido el chubasquero. Bajo los soportales de la plaza contemplo la catedral ahora en total soledad y silencio, los locales están cerrados, por eso es que vuelvo sobre mis pasos y me dirijo a la otra plaza, donde está el ayuntamiento, y allí oigo, como Alvaro Cunqueiro, música. Es una agrupación coral que de una manera libre y relajada entonan sus canciones acompañadas de algún instrumento, gaita y tambor, en el interior de un bar. Allí me pongo a escuchar mientras tomo unos ribeiros. Cantan en gallego y la cristalera tiene grabada la silueta a medio cuerpo de Álvaro Cunqueíro, con su purito en la boca y cierta sonrisa socarrona como si asistiera desde la eternidad al espectáculo. Es la noche mágica gallega que me ha proporcionado la casualidad y desde luego una bonita manera de matar el tiempo en esta noche en Mondoñedo, donde el resto de la ciudad cubre la espesa negritud de la noche con su fina lluvia.


                                        7º ETAPA : MONDOÑEDO - VILALBA


   Al día siguiente bajo a desayunar a la plaza de la catedral. Voy al seminario que está situado detrás y me despido de Mondoñedo. Subo al albergue y agradezco a las limpiadoras que tan amablemente me han dejado ir un rato a ver la ciudad. Monto las alforjas en la bici y subo una ligera cuesta mientras Mondoñedo queda cada vez más allá al fondo, entre la nieblina lluviosa y las montañas. Tengo que encontrar una gasolinera para revisar la presión de las ruedas. Llueve, algunos peregrinos pasan envueltos en sus largos chubasqueros. Me los voy encontrando una y otra vez debido a las continuas paradas que hago para tirar alguna foto o descansar y ver el fabuloso paisaje, verde, húmedo, en esta mañana lluviosa. La ruta alterna la carretera local con algún camino forestal. Prados con vacas o con ovejas. Es la Terra Chá, entre Vilalba y Mondoñedo, terra de lobos antaño, nos dice D. José Maria Castroviejo. Paso un par de puentes peregrinos perdidos en la foresta y bajo los cuales circula una agua limpia y serena que da vida al verde matorral de la orilla. Pasa el camino de tierra por alguna bóveda forestal que forma la arboleda y salgo a una carretera despejada siguiendo siempre la dirección de las flechas amarillas. En un cruce de caminos y carreteras, en Gontán, como en un restaurante de la carretera al tiempo que descarga un gran chaparrón, justo cuando entro y después de bajar a la carretera retrocediendo unos metros, pues un enorme perrazo negro se me ha plantado en medio del camino, una vieja me hace señas que adelante, yo no me fío, los ladridos me han convencido. Este contratiempo me hace topar con el restaurante. Han llegado una pareja de peregrinos franceses, a los que he visto un par de veces ya, son dos chicos jóvenes que andan a pié, han dudado como yo y parece que han bajado a la carretera después de preguntarme por un sitio para comer, yo no tenía ni idea, ella parece que viene indispuesta y se sientan a comer al fondo del restaurante. Por la tarde dejo enseguida la carretera para tomar el camino peregrino, el del perro pero más adelante, que se estropea a ratos por la humedad o el pedrerío. Otras veces se pone suave, como una alfombra vegetal, a ratos hay que bajar de la bici para pasar un vado o subir una aguda cuesta.




  Después se pasa a una extensa planicie con campos de cultivo y alguna casa agrícola. Llegaré a tiempo a Vilalba, faltan unos quince kilómetros, cuando una sensación rara que ocurre con frecuencia y te parece que has pinchado una rueda, te hace descender de la bici, pero esta vez veo que va en serio. Mi mano ha tanteado la rueda trasera y ha cedido algo bajo mi presión. Pienso si será una perdida de presión y sigo un rato, pero noto que la cosa va a más. Paro. La rueda ya está totalmente floja. Estoy en un camino que ha dado en camino asfaltado y que se cruza con otros caminos agrícolas. Se ven algunas explotaciones agrícolas y pienso que allí tendré un buen compresor para hinchar la rueda.
   Una vez cambiada la cámara pinchada pregunto a un joven que pasa por allí quien me manda como a doscientos metros donde dice tienen compresor, en un taller de tractores. Me voy con la rueda. Al llegar aparece una señora desconfiada que se niega en redondo a dejarme pasar. En esto sale un joven que pone las cosas en claro. Dice que es amigo del mecánico el cual ha salido a alguna emergencia y que puede hincharme la bici. Le doy las gracias y vuelvo al lugar donde he dejado la bicicleta. Continúo y busco salida a la carretera para buscar una gasolinera donde poner la presión justa pues la hemos puesto a ojo a falta de manómetro adecuado. La carretera es larga, una enorme recta en suave cuesta arriba que me obliga a pedalear en serio. Temo volver a pinchar pues no me fío de la presión de las ruedas. Calculo que estaré a cinco kilómetros de Vilalba, que no se ve en el horizonte debido a la pendiente y encima no hay ningún cartel que me indique que esté en buen camino. Pienso si habré cogido otra carretera y me voy alejando en otra dirección. Nadie a quien preguntar, hasta que paso por una casa agrícola y a gritos le consulto a un hombre quien, entre los ladridos de sus perros, me dice y gesticula que para adelante. Con esta seguridad me tranquilizo y me doy ánimos de que aunque pinche puedo llegar andando. La gasolinera aparece cuando ya estoy entrando en Vilalba, ya anocheciendo. Pongo la presión adecuada y entro en la población por la gran avenida que es la misma carretera. Veo un par de hostales enfrente a un gran parque modernizado, donde descanso un poco del agotamiento y consulto alojamientos en la guía. Salgo a dar un recorrido por la zona y en el Hotel Venezuela me detengo y sin más consultas me meto, además el trato es muy correcto y el precio razonable.
   Después del aseo y cambio de ropa, salgo a echar un vistazo a la población. Busco tascas y mesones donde probar productos gallegos, oreja, pulpo, etc. Lo cual me obliga a recorrer, esta vez en dirección contraria, la gran avenida de entrada. Voy por calles aledañas y nada. Todo locales muy normales. Vuelvo sobre mis pasos hasta el hotel y detrás veo la Torre de Andrade, hoy Parador de turismo, ya con la iluminación de la noche. Es una zona tranquila y de urbanización moderna. Algunos locales están cerrados por vacación o descanso. En los que entro nada de importancia. Voy a quedarme sin tapear a gusto. Y en esto, ya con la desilusión asumida, me adentro por la calle junto a la iglesia y encuentro un bar-restaurante muy bien acondicionado. El servicio de primera. Allí pido mi ración de oreja y el queso San Simón, típico de aquí. Entre copa y copa aparece el dueño quien sin mucha insistencia entabla conmigo una amena conversación. Me habla de su local, que con mucho sacrificio va tirando. Le comento acerca de las personalidades célebres de la población, sí, me dice, el mismo monseñor Rouco, que tiene la casa aquí cerca, viene alguna vez. La otra celebridad es Fraga Iribarne, recientemente fallecido. Estas y otras noticias de la historia y costumbres locales las voy leyendo en las notas fotocopiadas que llevo de D. José María Castroviejo, antecesor literario de Alvaro Cunqueiro


                                      8 ª ETAPA : VILALBA - BAAMONDE


    A la mañana siguiente termino de ver la población. Entro en el Parador, recostado a la sombra de la torre de los Andrade, imposible de visitar pues la ocupan las habitaciones del Parador. Contemplo un buen rato la torre, derribada y vuelta a levantar en las rencilias señoriales de la Edad Media. Soberbia torre octogonal que da prestancia a la población. Luego, en vista de que la población no ofrece nada más para mis propósitos, monto la bici y continúo ruta. Salgo hacia las afueras y aún veo en un corralillo un par de gallos que me recuerdan el plato típico de aquí, pero que no se hace hasta Navidad, según me comenta una señora que ha salido al verme merodear y sacar fotos y a la que tengo que tranquilizar con estos comentarios. Más adelante aún en la población veo un taller mecánico. Le pregunto al dueño si tiene bombas de hinchar pues no me fío mucho de la mía. Me vende una que luego resultará igual de mala.
   El camino es totalmente bucólico. Paso por un puente peregrino sobre un río que da verdor y vegetación al entorno, y por zonas aisladas, algún caserío abandonado, lascas y pedregal  en el camino a ratos, otras un suave colchón de tierra blanda.


   Echo un último vistazo a Vilalba, que queda como suspendida en el aire allá en la neblina de la lejanía, como queriendo preservar su misterio y encanto. Pero hay que proseguir el camino, un camino entre bosque denso, con continuas subidas y bajadas, y algún trecho con barrizal que me obliga a bajar a veces de la bici, hasta que salgo a un claro, a la carretera que lleva a Baamonde, donde pienso comer. Ahora llego a Alba con su iglesia y cementerio aledaño. Observo algunos signos extraños sobre el portal en un estado de conservación tan envejecido por el tiempo que los libra de toda sospecha. Descanso un poco sobre el tapial de la iglesia contemplando iglesia y cresteria del cementerio y luego tengo la carretera con buen arcén que me permite despreciar la ruta peregrina por lugares que anuncia la guía de mucho barro. Paso por Pedrouzos con otra iglesia y cementerio. Hay por aquí algún caserio y en la carretera algún restaurante que malvive de ocasionales comensales, pero es pronto para parar a comer. A poco y por carretera llego a Baamonde. Llego hasta la rotonda. He pasado por delante del albergue, pero no figura de momento en mis objetivos. Quiero comer y ver la población, en realidad ya estoy en ella. Baamonde es una población situada en un cruce y sin siquiera detener mi marcha continuo en la rotonda hacia la derecha. Veo el restaurante Galicia donde comeré, pero quiero entrar al pueblo que no existe como tal. Giro a la derecha por una calle recta y en cuesta, al principio de ella veo una pequeña capilla con su crucero.  Pregunto a una vecina dónde se halla la iglesia. Me dice que es ésta. Así que desmonto y hago las fotos de rigor. El crucero, al lado, tiene tres cruces, es el crucero más completo que he visto en el Camino. Al lado la iglesia, con sus cuidados rosales todavía floridos en este final de septiembre. Regreso al restaurante Galicia donde ofrecen una bien servida comida. A la entrada nos sorprende en la zona de bar una selección de bonitas esculturas en madera del artista local Victor Corral, familiar de los dueños del restaurante. Estoy comiendo y entra una pareja de peregrinos a los que atiende con muy buena atención el familiar del artista y por la tarde visito la casa jardín del artista. Está al final de la calle en cuesta. Al fondo una sencilla puerta de madera entreabierta da acceso al museo del artista. Es un jardín solitario lleno de esculturas de una figuración fantasiosa. Al fondo la casa taller del artista. Doy una vuelta y cuando ya estoy a punto de salir aparece el artista. Es un señor mayor que me pregunta qué me ha parecido. Luego me introduce en el taller donde tiene esculturas de pequeño tamaño y hasta de minúsculo tamaño que requiere casi la lupa para verlas. Hablamos y me dice que vivió en Barcelona, luego leo que estudió y trabajó allí. Me despido y voy al albergue, un agradable y lujoso albergue de buena madera nueva. Mi intención era continuar ruta pero me dicen que el siguiente albergue puede tener problemas de alojamiento, que lo mejor es llamar. Me dan el teléfono y me comentan que quedan quince plazas. Son casi las cinco, así que lo mejor es no arriesgar y quedarme ya aquí. Voy al cementerio llevado por la obsesión de mi apellido Baamonde. No veo ninguna lápida con este apellido. De regreso voy a la zona del rio, un paraje lleno de vegetación y bonitas riberas de verde hierba. Al fondo una pequeña presa con su melena de suave agua y al otro lado el remanso creado refleja todo el verdor de la vegetación como en un espejo.
   Regreso al albergue y ocupo mi litera algo alejada de esos chicos, un chico y dos chicas, que he saludado en el río y a donde han acudido andando. Me ducho y bajo a lavar algo de ropa que tiendo en dos cuerdas atadas a unos árboles allá al fondo. Al atardecer salgo a dar una vuelta. Entro en esos bares que hay en la rotonda y luego al Galicia donde he comido. Estoy un rato y subo la calle de la cuesta que lleva al jardín museo donde sé que hay otro restaurante. Está al lado del museo y es una taberna típica que conserva muy buen ambiente del pasado. Tomo en la misma barra una ración de guisado de ternera mientras el joven que me atiende hace su partida con unos amigos. Salgo y la noche está ya muy cerrada. Voy al Galicia donde continuo la conversación con el joven que me sirvió la comida. Hablamos de su tío el escultor, de su obra e importancia. El local se ha ido llenando de gente del lugar y algún peregrino. Me retiro pronto a dormir.


                               9 ª ETAPA : BAAMONDE – SOBRADO DOS MONXES


Al día siguiente me encuentro con la rueda delantera pinchada. Voy primero a desayunar y luego cambió la cámara. Las bombas de mano que llevo no me ponen la rueda con la suficiente presión y quiero ir a la gasolinera. Pregunto a un hombre que me dice que me puede llevar en su furgoneta. Después de mil escusas y negativas me convence. Pongo la presión adecuada en la gasolinera y continuo ruta por carretera. Pronto viene el desvío y despues de atravesar un puente enseguida llego a la capilla de San Alberte con interesante decoración de caras humanas en los aleros laterales.


   Continuo por pista forestal con piso en buen estado. Al rato observo que la rueda pierde presión y en un desvío por Santa Locaia anuncian un café a escasos metros. Me voy allí y es un lugar de acogida de peregrinos, pero improvisado y con proyectos de mejoras. Es el café Witericus que atiende con mucho gusto Elena. Su padre anda por allí también. Les comento mi problema con las ruedas y me sacan una bomba vieja de pie que me sirve. Mientras hincho la rueda vamos comentando asuntos del Camino. Me despido de Elena y le alabo el gusto de vivir en un lugar tan lleno de naturaleza, ella lo agradece pero sus vivos ojillos no pueden esconder cierto pesar melancólico. La felicidad nunca es total, pienso yo y me despido con mil agradecimientos y su autorización para poner la foto del café, con ella en la puerta, que verá en You Tube, poniendo mi nombre Lufesach, donde verá todos mis viajes, le digo.
 Continúo el Camino con mil temores por el problema de las ruedas. Llego a Miraz con la intención de comer, pero no hay restaurante y además me dicen que en el entorno no lo hay. Le digo a la chica del bar si tiene algo, sólo embutido y tomate. Adelante, esto y con una caña ya tengo hasta la noche, no es mi preocupación hoy la comida. Salgo de Miraz con mil temores por el asunto de la bici. Después de un breve trecho por monte, salgo a la carretera comarcal y llego a San Mamede, donde hay iglesia y crucero, con símbología religiosa  antigua, en primer lugar el misterioso Crismón que algunos asocian a la exotérica pata de oca que la catedral de Jaca difunde por el Camino hasta que es sustituído por el Pantocrator.


   Otra vez asfalto y camino, que los voy alternando. Tengo 25 kms hasta Sobrado dos Monxes. La rueda sigue perdiendo aire. En un villorrio, donde veo algún tractor, entro para  que me dejen un compresor de aire. Entro por entre las pocas casas del pueblo y les explico a unas mujeres que andan por allí. Enseguida me señalan a un hombre que muy amablemente me conduce a un cobertizo donde tiene el compresor. Pongo las ruedas a presión y salgo pitando pues sé que tengo para diez kilómetros, es cuanto me concede el fino pinchazo que me atormenta. Sigo la carretera comarcal nada transitada pero en deficiente estado y debo pedalear duro para avanzar lo más posible. De vez en cuando miro las ruedas y la de adelante ya manifiesta señales de perder aire, pero puedo seguir rodando. Llego a un alto donde hay una pequeña población, posiblemente Mandeo, y a un señor que aparca su coche en una casa nueva le explico el problema y me dice que tiene compresor y que me quedan diez kilómetros a Sobrado y además cuesta abajo, me dice para mi tranquilidad. Eso efectivamente me relaja de la tensión de toda la tarde. Pienso que aunque sea andando llego a Sobrado dos Monxes. Ya con esto continuo ruta pero el ir acelerado me tiene algo agotado y cualquier cuesta me obliga a subirla andando. A las seis y media llego a las primeras casas de Sobrado. Veo un gran lago rodeado de vegetación y arboleda. Un cartel de turismo dice que es el lago donde los monjes de antaño pescaban. Después de una pequeña cuesta veo el campanario del monasterio y alrededor las casas de Sobrado dos Monxes. Entro en la plaza y lo primero que hago es tomar una buena caña, ya relajado, en uno de los bares de estilo moderno que hay en ella, deben vivir del turismo que atrae el monasterio.
   Me dirijo al monasterio que está al lado, pasando bajo un tunel de entrada. Lo primero que vemos es la fachada de la iglesia. Hay que pasar al interior, a una recepción donde me toman nota y me dicen que dentro, entrando al claustro herreriano, está el hospitalero que me atenderá. Así es, el hospitalero me dice dónde quedan literas libres. Veo algunos peregrinos que ya han descansado y charlan en grupos en el claustro y unas bicicletas en sus amarraderos. Dejo la mía y saco las cosas de dormir de las alforjas. Preparo la cama, me ducho y me cambio. Me encuentro a algunos peregrinos de Vaamonde que ya han llegado y que conocen mis dificultades con los pinchazos, entre ellos un chico alemán, que va solo pero que ha contactado con algunos. Ellos van andando pero me los voy encontrando a menudo debido a mi demora sacando fotos y mirando todo. Voy a la plaza del pueblo y pregunto por talleres de bicicletas, no hay, pero me indican una drogueria allá a la salida subiendo una calle en cuesta. Voy hacia allí y de paso voy viendo si hay algún buen sitio para tapear. En la droguería me citan para el día siguiente pues van a cerrar. Dice el señor que tiene algún remedio para la cámara que llevo pinchada, una espuma que metida en la cámara soluciona el problema. No tengo cámaras de repuesto y el taller de bicis está en Gándara, a doce kilómetros. Con este panorama lo dejo para mañana y me voy a comer algo. Vuelvo al centro, me meto en un mesón venido a menos, embutido y nada más. Llego a la plaza donde hay buenas cafeterías pero sigo por otra calle y llego a un bar bastante aceptable, con una camarera que puede ser rumana que charla con el personal con mucha soltura. Pido una ración de algo caliente, puede que lacón o pulpo y me tomo unos ribeiros. El sitio es acogedor y se está bien con relación a la temperatura exterior. Paso un buen rato y cerca de las diez regreso al monasterio pues cierran a esta hora. Cuando llego veo algunos peregrinos en el claustro fumando algún pitillo y en animada conversación, se ve que les cuesta irse a dormir.


                             10ª ETAPA : SOBRADO DOS MONXES - PEDROUZO


   A la mañana siguiente, la gente empieza a moverse a las siete de la mañana, así que preparo todo y lo dejo en las alforjas de la bici, que aparece con la rueda delantera desinflada, vamos pinchada. Desayuno en la plaza en uno de los bares, donde me encuentro con algunos peregrinos conocidos que comentan mis vicisitudes con la bici. Luego regreso al monasterio para hacer una visita del claustro interior y de la iglesia, lo que me lleva casi una hora. Después cojo la bici desinflada y me voy hacia la droguería donde me dan la espuma esa que compro por la angustia que me produce no tener cámara de repuesto. Los demás peregrinos en bici llevan cámaras más anchas que no me sirven. Y el problema vuelve a ser poner la presión adecuada. Me dicen que a dos kilómetros camino atrás hay un taller con compresor. Me voy andando con la bici lo cual supone volver hacia atrás. Alli hay un taller de tractores donde pierdo algo de tiempo, pues el mecánico no acierta a conectar bien el compresor a la rueda. Cuando lo conseguimos salgo pitando. Ya se sabe tengo para unos diez kilómetros o una hora, que es el tiempo que tarda la rueda en perder el aire. Subo la pequeña cuesta otra vez hacia Sobrado dos Monxes bastante a ritmo lo que me hace sudar bastante. Hay que llegar al taller de ese pueblo que está a doce kilómetros. La carretera comarcal es buena pero tiene algunos toboganes que me hacen bajar de la bici para subirlos andando. Voy avanzando, haciendo kilómetros y me tranquilizo, aunque sea andando llegaré. Y llego a Gándara. Hace un poco de viento. Llego a eso de la una de la tarde. La población está encima de una loma a lo largo de la carretera. Voy mirando a ver si veo el taller, así que al no encontrarlo me toca subir otra vez la carretera pues el pueblo está arriba. Me paro y pregunto a una señora. Me dice, este es. Justo en donde he parado. Pero no hay cartel que lo señale. Llame, me dice, ya le abrirán. Llamo a una puerta de vecinos y me sale una mujer que me dice que su marido está en el bar de al lado. Voy y pregunto. Me dice que vaya que ahora mismo viene. Espero un poco y me introduce en el taller que lo tiene en la parte baja de la casa, bajando una pequeña pendiente. Me cambia la cámara y le compro otra. Mientras trabaja vamos hablando. Me dice que las cubiertas de ahora como son todas chinas no valen nada y que las marcas europeas que fabrican calidad, no pueden competir con ellas. Le pregunto sitio para comer y me manda cuesta a bajo al final del pueblo, por donde luego saldré. Llego al restaurante y me dicen que hoy no cocinan que hay una comida privada. Vuelta a subir la cuesta y ya son dos veces que la subo. Llego arriba otra vez y busco por lo que parece el centro, pero en la misma carretera. Veo uno que no me da mucha confianza de entrada y a la vez veo un cartel que anuncia un mesón por el interior. Voy con la bici a tientas y lo localizo. Es un restaurante familiar, del pueblo, bien acondicionado, con una buena televisión. Entre que la bici ya está a punto y la prespectiva de una buena comida casera, se me alegra el cuerpo. La bici la he dejado atada fuera. Me tomo un aperitivo antes mientras me preparan un cocido gallego. Hay gente en la barra tomando el vermut. Gente de por allí. Se habla mucho gallego. Supongo que a la hora de comer se irán a casa. Así es. Me sacan el cocido que tomo en el mismo salón del bar, bien servido, limpio y abundante. Estoy contento por que ya estoy en el entorno de Santiago. No sé dónde dormiré. Estoy dudando. Me han dicho que aquí hay una variante que acorta el camino, hacia O pino, sin pasar por Melide donde se junta el camino del Norte con el Francés y en donde ya he estado dos veces en mi caminar santiaguero, la primera haciendo el Camino Francés como tal y la segunda el año pasado, haciendo el Camino del Norte Primitivo, que se desvía en Oviedo hacia Lugo. Me perderé el buen pulpo en la pulperia esa de Melide. Pero quiero llegar y ver si tengo fuerzas para continuar hasta Padrón una vez visto y descansado en Santiago, que lo tengo a unos cuarenta kilómetros. Salgo bien comido y ya echando cuentas que esto se acaba. Cojo el desvío hacia O Pino. Aquí ya voy sin guía ni referencia alguna del camino. Pero voy por una carretera comarcal asfaltada, sin tráfico alguno, siguiendo las indicaciones de la carretera. En algún cruce tengo que preguntar. Voy a buen ritmo menos cuando llega algún que otro tobogán, que lo subo tranquilamente andando. Pedrouzo, un fin de etapa típico, está a unos veinte kilómetros y llegaré pronto si no tengo ningún pinchazo. En Pedrouzo además se conecta con el Camino Francés. La tarde es soleada y con poco viento o nada. Llevo buen ritmo porque además he comido bien. El campo tiene ya grandes espacios abiertos, con alguna que otra masa forestal. Los núcleos urbanos son ya modernos, en grandes llanadas y población que vive de la agricultura extensiva.






 Voy pedaleando tranquilamente sabiendo que en cualquier momento aparecerá Pedrouzo. En una de las grandes rectas paso a un grupo de cuatro chicas a las que animo y les digo que Pedrouzo lo tienen ya cerca. Pienso que pueden llegar de anochecida, yo en cambio como es sábado por la tarde aún tendré tiempo de ver al Zaragoza, que juega esta tarde a las cinco. Así es, primero unos cruces de carreteras y Pedrouzo ya a la vista. Entro por la gran carretera general que atraviesa la población pero con un desnivel muy molesto para este final de trayecto. Voy viendo las terrazas de los bares a lo largo de la carretera, con gente de sobremesa o tomando cualquier cosa, es sábado por la tarde. Aparco la bici y entro en un bar justo cuando acaba el partido del Zaragoza. Descanso un poco fuera y voy a buscar alojamiento. Pruebo primero en un albergue pero veo mucha gente y me voy hacia un hotel que ya conozco de los otros dos viajes. Sin más averiguaciones cojo una habitación y me dejan dejar la bici en un cobertizo con maquinaria agrícola que tienen allí. Ato bien la bici con la cadena y me llevo las alforjas a la habitación, que está en una construcción exterior, con tres o cuatro habitaciones muy bien puestas. Al entrar veo a unos chicos y chicas alemanes tirados en las camas, sin cerrar las puertas y en animada conversación. El baño, baño común, aun no lo han utilizado así que me apresuro a darme el baño. Luego me visto y despues de descansar un poco, mirar cómo tengo la pila del móvil y de cámara de fotos, salgo a la calle, bueno es un descampado a las fueras muy cerca de la población. Me tomo una caña en el bar del hotel, donde ya ponen los partidos del sábado y donde hay sentados tres puertorriqueños que hacen el Camino, en animada conversación. Antes de llegar a la calle principal, que como se ha dicho, es la carretera general, hay un mesón que a grandes rótulos ofrece asados. Entro. Hay gran concurrencia pero también una larga barra donde consigo que me sirvan media ración de asado. Luego voy a los bares de la carretera y quiero terminar en el bar del hotel, donde tan bien me han recibido. A las once me voy a la cama.



                        11ª ETAPA : PEDROUZO – SANTIAGO DE COMPOSTELA


   El día amanece como el anterior, espléndido. Desayuno en el restaurante donde comí el asado porque el bar del hotel está cerrado aún. El Camino es ya una senda placentera a través de bosques y campos de cultivo con casas campesinas y pequeñas urbanizaciones que van anunciando la proximidad de la capital. A mitad de camino veo a las cuatro chicas de ayer. Llevan buen promedio, han debido madrugar para estar ya aquí. Me sacan una foto y luego yo a ellas en donde aparecen ya indicadores para peregrinos de la proximidad de Santiago. Aquí les tiro unas cuantas casi por mi insistencia, espero que luego ellas lo agradezcan una vez en sus casas. Estamos a once kilómetros. Yo sigo el camino más estricto de peregrino por senda caminera que me obliga a bajar de la bici en trechos de dificultad. Algún peregrino ha abandonado ya las maltrechas botas de caminar.



     Paso por lavacolla donde dormí en el primer Camino. Entro en el bar del hostal, que hoy domingo está lleno de gente y aún así consigo una tapa y una caña que tomo fuera. Luego ya salimos a urbanizaciones próximas a Monte do Gozo con algunos centros de televisiones y nudos de pequeñas carreteras asfaltadas resueltos gracias a las flechas amarillas del Camino. Llego a Monte do Gozo y como ya conozco de dos Caminos anteriores, voy a la loma donde están las esculturas de los peregrinos que señalan la catedral que se ve a distancia. Esta vez tengo suerte, hace un sol espléndido y las torres de la catedral se ven con claridad. Las esculturas de los peregrinos no están. En su lugar un vallado encierra los enganches que se supone volverán a ocupar una vez sean acondicionadas.
   Hago las fotos de rigor señalando las torres de la catedral como desde este Monte Do Gozo hicieron lo propio tantos peregrinos del pasado, según cree la tradición, al grito de ¡Ultreia¡  y desciendo a toda velocidad hacia Santiago por carreteras que rodean la ciudad.



   Llego por la rua de S. Pedro pero en vez de seguir como otras veces me desvio a la izquierda en busca del Seminario Menor donde hay albergue, no cuesta nada preguntar aunque ya tengo la referencia de otros viajes de los hermanos de La Salle, al otro lado de la ciudad. Hay sitio pero la idea de no volver a lo bueno conocido me retrae. Bajo hacia la ciudad y entro en ella por la zona del Mercado viejo y la facultad de Filosofía y Letras y callejeando llego a la plaza del Obradoiro. La fachada de la catedral está imponente como siempre. La impresión es la misma  del primer día. Grupos de peregrinos a pié y ciclistas celebran con gritos la llegada. Me saco las fotos y a la bici, la gran protagonista, con su Cruz de la Victoria asturiana que es de donde he partido esta vez.



   Y hecho un peregrino consumado voy a comer por la zona de la rua do Franco, en donde tropiezo con los peregrinos conocidos que escenifican por las calles la alegría de la llegada. Nos damos las enhorabuenas y abrazos de rigor y después que se van busco un restaurante. Quiero comer chuletón para celebrarlo. Me lo como en la terraza de la calle para envidia de los paseantes. La bici con las alforjas la tengo apoyada  en la pared de enfrente, bien a la vista. Después de comer vuelvo a la plaza de la catedral, ya más sosegada de turistas y peregrinos chillones. Luego voy a la residencia de los hermanos de la Salle que sin problemas me dan habitación. Esta vez habitación compartida, pero me dicen que no habrá problemas, que será raro que vengan más peregrinos. Por lo tanto la habitación, con dos camas y aparte dos literas superpuestas luce como una habitación de hotel de lujo. El baño impecable, con luces que se encienden automáticamente. La ventana da al patio donde corretean los chicos del colegio. Me cambio y preparo la ropa para la lavadora que funciona con monedas. Al anochecer salgo a visitar una ciudad que ya conozco de otros viajes. Entraré en la catedral para informarme de la misa de peregrinos, cuando sueltan el botafumeiro. Luego el tapeo correspondiente. Busco las ostras que tanto me gustan en Santiago. Luego un poco de futbol en la tele y a la plaza de la catedral a oir a la tuna y a los gaiteiros. Antes paso por el bar Orense donde dan tazas de ribeiro a 50 céntimos. En la catedral está la tuna  terminando ya su actuación. Bajo las escaleras hacia el restaurante donde este año no están los gaiteiros pero tomo la queimada de rigor. Y con todo esto salir y contemplar la fachada de la catedral iluminada y entre volutas y esculturas la luna jugueteando entre ellas envuelta en la vaporosidad de las nubes que van soltando la llovizna quejumbrosa que resplandece en losas y escaleras de piedra, regreso a la residencia esperando descansar para el nuevo día de visita a Santiago.
   Voy a estar dos días en Santiago.Visito lugares ya conocidos. El primer día voy por la Rua Nova siguiendo los pasos de D. José María Castroviejo que nos señala en sus escritos, hasta la plaza del Toral en donde es obligada visita la farmacia de Casares. Luego, por la rua del Villar, el Casino con su salón  aristocrático, donde  tomar un café mientras se lee la prensa, como hacia D. Ramón del Valle Inclán echando alguna cabezada. La Casa del Dean, hoy convertida en recepción de peregrinos, donde se otorga el diploma, la Compostelana, acreditando con los sellos de la libreta de Credencial de Peregrino los lugares por donde uno ha andado. Y llegamos de nuevo a la catedral, punto y final de tantas calles compostelanas. Y otra vuelta atrás por la rua do Franco. Es la hora del aperitivo y los bares y restaurantes se van llenando de público, antes una visita al claustro del Colegio del cardenal Fonseca que encorvado en su sillón soporta en el centro del claustro la avalancha de turistas con sus cámaras fotográficas. Entre tanto picoteo aquí y allá, lo mejor es no comer y retirarse a descansar un poco para coger fuerzas de cara a la noche, después asistir en la catedral a una recepción numerosa de peregrinos alemanes en donde me dicen los ujieres de la catedral van a soltar el botafumeiro. Llego tarde pero me anuncian que al día siguiente hay misa de peregrinos y lo podré ver. Es lo que hago y destino un día más a visitar la ciudad. Voy a la catedral a la misa y de paso me hago la foto del abrazo al Santo. Callejeo un poco sin sentido mientras me acerco hacia el arco de Mazarelos y su zona universitaria, luego iglesia de Santo Domingo con la tumba de Rosalía de Castro, al lado el museo de arte contemporáneo. Está lloviznando y después de comer un buen chuletón gallego voy a descansar.
   Antes de entrar a la residencia La salle, visito al lado una vez más ese convento de Santa Clara, auténtica evocación del pasado místico y de clausura, donde el barroco gallego llega a su máxima expresión, pero esta vez no llego a la hora del rosario que rezan las hermanas ocultas tras los ventanales enrejados.




     Por la noche otra vez lo mismo, el picoteo y la despedida en la plaza del Obradoiro con la simpática tuna bajo los soportales rodeada de turistas entusiastas que vociferan sus canciones. Me tomo otra queimada en el restaurante  bajando esas escaleras y me despido de la catedral iluminada y resplandeciente por la fina lluvia, me acerco también al portico de la Gloria y su torre Berenguela donde escucho su campana de las doce que da fin, una vez más, a este mi tercer Camino de Santia


                            12ª ETAPA : SANTIAGO DE COMPOSTELA - PADRÓN

   Pero al día siguiente ya he decidido continuar hasta Padrón. En Turismo me han dado una ruta del Camino Portugués para llegar con más facilidad a Padrón. Salgo de Santiago por la zona de las avenidas de Juan Carlos I y Rosalia de Castro. Debo de preguntar hasta que me encuentro con las flechas amarillas. Una vez aquí todo es seguirlas por una zona en cuesta que me obliga a bajar de la bici varias veces. He mirado las ruedas en una gasolinera y como seguiré una zona poblada hasta Padrón espero no quedarme perdido. Voy atravesando zona de bosque de eucaliptus y paso enseguida a zona de viñedos siguiendo caminos rurales asfaltados, visitando algún crucero. Me tropiezo de frente con algún peregrino que va hacia Santiago al que debo decir que voy a Padrón y no voy en dirección contraria. A la hora de comer llego a Esclavitude y como en un restaurante enfrente de la iglesia, separados por la carretera de intenso tráfico. Como en la terraza exterior rodeado de grandes árboles y alguna que otra parra teñida de amarillo otoñal. Prosigo ruta por la carretera mirando de reojo la proximidad de los camiones para retirarme o pararme para no recibir el rebujo de la marcha y es que sé que tengo cerca a Iria Flavia y Padrón, pegados uno al otro. Efectivamente la carretera me lleva hasta la Fundación Camilo José Cela, cerrada a estas horas, y enfrente la iglesia y el cementerio donde se halla enterrado bajo la sombra de un olivo, según podré observar al día siguiente. Después de un par de kilómetros y siguiendo la misma carretera que atraviesa Iria Flavia, llego a Padrón donde sé que acaba este mi tercer Camino de Santiago. No tengo referencias de alojamientos. Doy unas cuantas vueltas. Hace una tarde soleada, casi calurosa. Los niños salen de los colegios. Y yo voy oteando hoteles pero pregunto por el albergue por curiosidad no vaya a ser que esté bien y me sirva de honrosa despedida de este Camino, aunque pienso quedarme algún día más para hacer turismo y ver  la Ría de Arosa. Atravieso el rio Sar por el puente e Iglesia aledaña de Santiago, luego de ver la pomposa estatua sentada de D. Camino en el paseo del Espolón, en la otra punta un conjunto alegórico evoca la otra gran figura de Padrón, Rosalia de Castro.



   Y para terminar de iconos culturales, al lado y antes de atravesar el puente, la iglesia de Santiago con el Pedrón donde amarró la barca el Apostol. Yo subo hacia el convento del Carmen. Enseguida veo el albergue. No lo dudo un instante. Es pequeño y la gente se acomoda como puede, veo ropa tendida en un balcón. Decidido, buscaré un hotel. Entro en el convento del Carmen, hoy sede de los dominicos. Un predicador está exponiendo la fundación de la institución del Rosario y parece ser que Santo Domingo de Guzmán fue el primero que estableció la devoción a la Virgen que le entrega un rosario en agradecimiento, por eso los dominicos son tenidos también como frailes del Rosario.
   Bajo de nuevo a la población. En pleno centro el Jardín Botánico, un autentico oasis vegetal, con enormes árboles de todo tipo. Enfrente y en la calle que lleva a la Estación veo la pensión Jardín que vista por fuera no tiene nada de pensión y una vez dentro mucho más pues nos acoge un ambiente cargado de muebles y objetos decorativos de muy buen gusto. Pregunto y quiero ver la habitación, por aquello de pensión. Me dan una de arriba con ventanuco de cristal en el techo, de casa montañesa y decido quedarme. La habitación tiene un techo en declive hacia la cabecera de la cama que conviene tener en cuenta para no darme un coscorrón, espero que por la mañana eso no ocurra. Me ducho en el baño colectivo que en este tiempo tiene poco uso por la poca ocupación del establecimiento. Lavo también algo de ropa que tiendo en el tendedor de la galeria cubierta que usan también los dueños del local. Despues voy a echar un vistazo a la población. Tendré que probar los pimientos de Padrón, a ver si al final se me olvida. Llevo estos días algo de catarro con molestias en la garganta y por eso lo primero voy a la farmacia de guardia que la tengo allá casi en Iria Flavia, a un kilómetro por la carretera que practicamente une las dos poblaciones. Luego inmediatamente entro en un local a tomar la pastilla efervescente de couldina. No sé por qué me recuerda esta carretera urbana a Vilalba, hasta el punto de hacerme pensar que estoy en ella. Es por la similitud urbana de la carretera como eje principal de la población. Vuelvo de nuevo a Padrón e investigo los locales de tapeo y me retiro pronto.
   Al día siguiente sale un tiempo lluvioso. Voy al quiosco de turismo y me informan de la manera de llegar en bici por el rio Sar hasta su confluencia con el Ulla. La idea es hacer un dia de bici por el Ulla, que tan bien describe D. José Maria Castroviejo con sus ricas anguilas, pero me advierten que no es temporada. El día lo paso visitando La iglesia de Santiago con su piedra donde amarró la barca del Apostol, viendo el paseo del Espolón y caminando por el Sar y la carretera de nuevo para visitar la fundación Camilo José Cela que un diligente guía voluntario muestra con interés y precisión. Voy al cementerio a visitar la tumba de D. Camilo bajo el enorme olivo, una enorme losa cuadrangular con una simple inscripción, que por cierto veo otra idéntica en el jardín de mi hostal. Más allá estuvo la tumba de Rosalia me dice una mujer que parece cuidar con esmero el cementerio pero fue llevada a Santiago, al convento de Santo Domingo que visité. Regreso a Padrón y quiero ver por la tarde la casa museo de Rosalía de Castro. Voy directamente a ella, a las afueras de Padrón en la misma dirección de la Estación de ferrocarril, espero encontrar algún restaurante. Pregunto y me mandan hacia una dirección confusa, pero al final encuentro uno dando mil vueltas. Luego voy a la Estación para enterarme de horarios a La Coruña, donde tomaré el tren para Zaragoza. También apunto trenes para la Ria de Arosa, donde iré mañana. Visito la casa museo de Rosalía, con sus habitaciones de veraneo cargadas de recuerdos, cuadros y muebles de época. Afuera un enorme jardín sombreado de grandes árboles, una prensa de vino y bancos donde apreciar el ambiente tranquilo de esta residencia de verano de la poetisa.
   Los dos días siguientes tomaré el tren para ver Villagarcia de Arosa y tomando un autobús a la feria del marisco de O Grove, al otro día iré a Pontevedra. Dias de tranquilo relajo haciendo turismo por las Rias Bajas con la bicicleta guardada en la cochera del hostal. Pero el día de marchar llega, es domingo y salgo en tren hacia La Coruña con la bici y las alforjas otra vez llenas. Embalaré la bici en La Coruña después de darme un paseo con ella por toda la ciudad, siguiendo el excelente carril bici que bordea toda la bahía y a las cinco tomaré el tren hotel con cena incluída. A las siete de la mañana llegaré a Zaragoza, montaré la bici con sus alforjas y por el carril de la Avda. de Goya llegaré a Sagasta y a mi casa en la zona de Cuéllar, dando por concluído mi viaje. No estoy cansado, he dormido bastante en el tren y un estado de ánimo confuso me crea cierta inquietud, es el encuentro con mi vida cotidiana.

Luis F. Sánchez Ripollés, 1912