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martes, 5 de noviembre de 2019

ENTRADA Nº 7 = VIAJE A GRAN CANARIA, Junio 1999



               VIAJE A GRAN CANARIA

    Junio, 1999
       Llegamos en el avión Andalucía. Nos esperan con su cartel alzado los guías de la agencia. Los autobuses, las guaguas, afuera aparcados, cada uno con su número. Los de Arguineguín, somos unos cuantos, nos mandan a uno de ellos. Distribución de habitaciones. Gracias a que hemos llegado de los primeros a la recepción, evitamos la enorme cola de siete u ocho viajeros. Cambiamos la del segundo piso, directamente a la piscina, por otra en el nueve, por ahí, más o menos, con vistas a toda la alta mar.
    Es la hora de comer, salimos del hotel al pueblo, pueblo de pescadores nos anunció el folleto turístico, efectivamente, aunque lo vemos algo frío de ambiente, poca gente, dos o tres restaurantes. Elegimos El Zancocho - especie de guisado de pescados que hay que pedir un día antes-, con  terraza alzada sobre el puerto que queda a la izquierda, allí descubrimos tarde el restaurante de la Cofradía de Pescadores, nada malo en apariencia, buenos precios, popular y sencillo, escondido al fondo del puerto, justo al costado de la Lonja, que el lunes, último día de nuestro viaje, para nuestro desespero, encontramos cerrado por ser su día libre,  aunque pronto encontramos otro al lado de El Zancocho, que no está nada mal, como veremos en ese último día del viaje.
    Pasamos de la terraza, como quien no lo quiere, a la barra interior, echando furtivas miradas a los comensales, sobre todo a sus platos, luego de pedir unas cañas, ya con algo de confianza, pedimos la carta. Nos merece confianza, hay que comer son las tres y pico. Nos sentamos en la terraza, frente al mar. El puerto, que no se atisba por completo, solo algunos mástiles, por encima de casetas y árboles. El mar al frente y a la derecha el perfil silueteado de la costa recortada de roca árida y edificios hoteleros, como en dos, tres enclaves. Luego sabremos que corresponden el primero a la zona hotelera de Arguineguín, mas allá la zona residencial de los noruegos, en su propia lengua, cuyo nombre no podré recordar y al fondo, el alto del faro de Mogán, allá veinte kilómetros, más o menos, ah, y antes, la fachada de Puerto Rico, con su caserío residencial acostado en la pendiente.
    Hemos pedido Ropa Vieja, nombre de resonancias cubanas, para el que ha ido allá, que consiste en pollo, garbanzos, tomate y pimientos, todo picado, salvo los garbanzos que quedan sueltos por ahí. Curbina con mojo, la siempre presente curbina en Gran Canaria, parrillada y lenguado. Demasiada comida para el primer día, aunque hemos llegado con hambre. Hace calor y estamos cansados. El mar resplandece al frente,  cuyo horizonte casi desaparece en la bruma blanquecina de la tarde.
  
   Después de comer, camino del hotel, paramos en un supermercado donde compramos ronmiel El Guajiro, licor de plátanos Cobana y cerveza Tropical, la de Gran Canaria. A punto de cerrar, hacemos las compras apresuradamente ante el nerviosismo de los empleados, que quieren cerrar cuanto antes. Yo compro también puros palmeros.
   El balcón de la terraza del hotel forma un semicírculo, cerrado con reja labrada en cierto estilo novecentista, que proyecta su sombra alargada en su suelo. El sol, que se aleja al frente, caerá por alta mar. Hace calor. Abrimos las botellas y prendo un puro. Es la hora de pensar en todo lo sucedido. El camarero del Zancocho, un muchacho extremeño, viaja a su tierra todos los años y parece tener aquí su trabajo de forma estable. Gusta dar pormenores de todo, de la comida, el tiempo, del turismo, la política, por ejemplo nos dice que Arguineguín es un lugar muy tranquilo, en parte debido a los políticos del PP, que no toleran aquí locales nocturnos tipo pub, disco bar, etc.
   Los otros camareros parecen ser de la tierra, estatura y corpulencia media, piel morena, aspecto general y trato algo zafio, descuidado, algo altaneros, orgullosos, estos deben ser los descendientes de los guanches, piensa uno, con el criterio que da el conocimiento somero de la otra isla de Tenerife.
   La cena está incluida en el precio, consiste en un luch, como el desayuno, a base de pescado guisado, pollo frito y acompañamiento al gusto.
   Luego, en la recepción, el joven que atiende, nos aconseja no ir a Puerto Rico, es mejor  Maspalomas, tiene más ambiente joven, Puerto Rico está más cerca, pero es peor, ambiente de familia. Luego comprobaremos que no es del todo cierto, no hay que fiarse de lo que te dicen. Tomamos la guagua, que tampoco nos deja en diez minutos, sino más bien en treinta.
   La plaza joven de Maspalomas rebosa de actividad. Inumerables muchachos, con sus invitaciones en mano, atraen a los clientes como pueden hacia sus garitos de bebida y música. Un enorme agujero abierto en el centro, conduce por unas anchas escaleras hacia abajo donde en círculo se apiñan locales cada uno con su música. Tomamos una cerveza y salimos al exterior. En un corredor encontramos el Habana, decorado con cierto aire del Caribe, pero con música moderna.
   Debemos tomar el último autobús de la una y media, que por poco perdemos, nos dicen que no son precisos, depende de cómo vaya el tráfico. Tomamos un taxi que nos cobra mil quinientas pesetas.





   11-6
   Este día lo dedicamos Rosa y yo a conocer los alrededores. Salimos a pie con nuestros bañadores, luego del desayuno, por el camino a modo de malecón que recorre desde nuestro hotel hasta el enclave aquel de los noruegos. Algunos turistas hacen el mismo camino a estas horas de la mañana. Nos bañamos, me baño, Rosa no se atreve a bajar por esa escalera metálica de tres, cuatro peldaños que desde un hotel permite bañarse en la pequeña bahía, de aguas de un verde limpio, oscuro y profundo, que ciertamente impone respeto. Algunos niños se zambullen desde el pequeño atraque de barcos de enfrente y unos turistas, ya en la tercera edad, bajan confiados al baño y recogiendo las zapatillas vuelven al hotel. Nosotros reanudamos el camino, entre jardines, piscinas y demás servicios hoteleros, vacíos a esta hora temprana de la mañana, suponiendo que el alboroto de otros lugares tenga que darse aquí.
   Una vez en el hotel de los noruegos, vemos la fina playa de arena artificial, que Rosa oyó que se trajo de Pasito Blanco, más allá de Arguineguín, antes de Maspalomas. El acceso exterior debe hacerse por medio de ascensor, que salva el desnivel hasta la carretera. Allí tomamos la guagua hasta Puerto Rico, población animada de un turismo más heterogéneo, en cuya playa hay un chiringuito atendido por una grancanaria, de desenvuelto trato, muy dentro del carácter canario, tal como lo vemos.
   Cogemos de nuevo la guagua para comer en Arguineguín: gofio escaldado, especia de caldo de pescado de color anaranjado. Volvemos a encontrarnos al mismo camarero aquí en El Zancocho, que nos dice que con esto engordan los canarios, en Cuba, dice Rosa, es de un color más oscuro, se hace de trigo, aquí de maiz. Pedimos también atún y fritada de pescado, tres pequeños pescados enteros de aquí. Mus de chocolate, coco y almendra, y mus de higo con nata.
   Volvemos al hotel. Hoy por la tarde, a las siete, tengo que ir a alquilar el coche, tal como me dicen en la agencia, para tomar un coche de oferta, siete mil quinientas pesetas por tres días, mañana es domingo y ellos no trabajan. Son una mujer y un hombre que apenas hablan español, lo que no les impide ser personas educadísimas y amables. Ella inspira total confianza, su trato es muy correcto, él, que observa todo desde el asiento de al lado, lo mismo, será quien me conducta hasta el vehículo, aparcado allí cerca y me entregue las llaves.  Esta agencia está enfrente del supermercado donde compramos el primer día.
   Vuelvo al hotel con mis llaves lleno de gozo. El coche nos permitirá a partir de ahora movernos con total libertad. Antes de cenar, antes de que anochezca, damos una vuelta con él para cogerle el punto, no quiero hacerlo por la noche y menos por estas carreteras. Lo dejamos aparcado en el garaje del hotel, que ocupa la planta calle, con vistas al interior del hotel donde están las piscinas y la vista fantástica del mar.
   Después de la cena, salimos con la intención de llegar hasta Puerto Rico, no nos fiamos más de la opinión de los jóvenes conserjes de recepción, podemos ir a donde queramos. Enfilamos la carretera y hacemos el mismo recorrido que hicimos por la mañana, esta vez por arriba, por donde circula la carretera, que alcanza respecto al mar desniveles de diez, cien metros, según, con curvas continuas.
   En Puerto Rico buscamos la zona de ambiente, aparcamos cerca y nos metemos en el bullicio de pubs  y algún restaurante distribuidos en dos plantas alargadas. Hacemos un rápido recorrido y a la vuelta elegimos uno cualquiera, todos según el mismo patrón, cerveza, música de disco bar con pinchadiscos animando el ambiente. Las cervezas a doscientas pesetas. Salimos y nos metemos en otro, nos mete en otro el muchacho de la calle que ha atraído nuestra atención, llevándonos hasta la misma barra, en donde da un manotazo para señalar el sitio, o para mostrar la conquista de unos nuevos cliente al camarero. Este es otro tipo canario, de mirada y aspecto fosco, cejas prietas que quieren esconder los ojillos vivos y pequeños, la ancha cara termina en frente reducida. Es de una actividad casi frenética, a la misma altura que el animado personal, los incita con frases, gritos y silbidos, dando tremendos golpes con las jarras de cerveza sobre la tapadera metálica del frigorífico, de unas abolladuras enormes.
   Estamos así un buen rato, Rosa parece no querer volver al hotel. Le digo que al día siguiente tenemos que viajar.

   12-6
   De mañana partimos dirección Mogán. Esta pequeña y tranquila población tiene a modo de antesala  recibidor una gran plaza rectangular muy sombreada, llena de arbustos y jardines de un sabor casi tropical. El sol cae de lleno y aconseja buscar la sombra de sus árboles y calles distribuidas por todo el casco urbano en forma geométrica. Balcones y ventanas llenas de flores. Al fondo el puerto pesquero ahora ocupado por barcos de recreo. Pequeños canales pasan bajo las casas, con puentes peatonales curvos, lo que la hace merecer el sobrenombre de la Venecia canaria. En un bar de la plaza, hemos visto fotografías antiguas donde se aprecia el origen humilde de este Puerto de Mogán, barcas de pesca varadas en la playa con alguna casucha de pescadores. Ahora es una atractiva ciudad turística de bares y restaurantes, con un urbanismo acogedor en torno al puerto. Aquí,  una pequeña plaza cuadrada tiene en el centro una glorieta y a los lados unos bancos para sentarse. Todo el conjunto urbano es peatonal.
   Reanudamos el viaje hacia la poblacion de Mogán, propiamente dicha, que está unos kilómetros tierra adentro, San Nicolás de Tolentino, poblaciones las dos que atravesamos sin prestarles ninguna importancia, hasta alcanzar otra vez la costa en Puerto de la Aldea, donde me baño en playa pedregosa y aguas frescas y movidas. Aquí la carretera inicia una gran subida por parajes montañosos sin vegetación, se aleja de la costa, vuelve a ella, grandes acantilados y cortados caen hasta el mar, pequeñas calas inaccesibles y una carretera estrecha que no acaba nunca, aunque pronto se vea el Puerto de las nieves, que es como en el caso de Mogán, el puerto de Agaete, aunque más cercanos.
  Puerto de las Nieves es una activa población de embarque, bares y restaurantes, playa en el mismo puerto. Sin que falten los turistas,  aquí uno se encuentra ya con la población canaria y se puede comprar, ir de tapas y comer metidos ya en ambiente isleño. En los bares los vecinos están tomando su aperitivo o comiendo a esta hora de las tres de la tarde. Nosotros volvemos al puerto y comemos, con la playa al lado, al tiempo que vemos atracar el ferry Olsen, que lleva a Tenerife.
   Pedimos curvina a la plancha con ensalada y papas arrugadas, Rosa, yo fritada de pescado, tres piezas. Un violinista bohemio, de aspecto extranjero, recorre las pesas interpretando música romántica. Yo le indico que esa pieza que acaba de tocar la cantaba muy bien Fleta, y que si le conoce, no, toma nota y se marcha señalando con un dedo su cabeza.
   Volvemos al coche, pasamos otra vez delante de los dos camellos, con los que hice la foto a Rosa, son los primeros camellos que ve en su vida. Llegamos al coche y tomamos una copa en el restaurante donde los dueños nos dicen que en Agaete, en la plaza hay un bar de un canario casado con una chica cubana, vamos allá. La plaza tiene unos enormes árboles que dan una buena sombra. Algunos vecinos pasan allí estas horas de la tarde. Uno de ellos, familia del de el bar, manda a un chico en su busca. Pasa un buen rato, yo me impaciento, al fin aparece. Es un hombre joven, de aspecto grueso y apacible, que deja pasar el tiempo lentamente como si fuera suyo y que de sus gruesos labios deja salir las palabras muy juiciosamente, sin dejarse arrastrar por fuerte que sea el argumento. Nos atiende muy educadamente y concluye breve y concisamente la conversación con todos los buenos modales. De esta manera damos por concluida la estancia en Agaete.
   Seguimos carretera hasta Gáldar. Ciudad bulliciosa, con todos los elementos de cabeza comarcal, dejamos el coche en la plaza del ayuntamiento, que visitamos el patio  de entrada en donde hay un buen ejemplar de drago, el árbol canario. La iglesia del siglo XVIII al lado, donde hay una boda en estos momentos. Tomamos un café en una calle aledaña y partimos hacia Sta. María de Guía, el pueblo del queso, pero que no conseguimos comprar. Nos hacemos una foto ante su iglesia barroca y en dirección Las Palmas, que ya se ve allá a lo lejos, delante de esta carretera que bordea el mar. Pero nosotros nos metemos hacia le interior, hacia Teror, pasando por un paisaje cada vez más abrupto y lleno de vegetación canaria, cuanto más ascendemos más verde y húmedo, pero con la tarde, ya cayendo, llegamos precipitadamente a Teror. Aparcamos cerca de la zona monumental y, antes de que cierren, compramos el queso que no pudimos en Sta. María de Guía, pero no el de cabra, como se aconseja, que lo tienen aquí también, sino de oveja; también algo de embutido y pan. En la calle está cayendo la noche lentamente dando a las casas e iglesias de este bello centro urbano, algo recargado en el gusto y cuidado, un matiz cada  vez más de estampa típica al mismo tiempo que se van encendiendo las luces de farolas y fachadas. No hay más gente que la de una boda, allá al fondo, en las escalinatas de la iglesia y nosotros avanzamos por la calle de enfrente, la que debe ser la principal, que sale al pueblo vivo, mientras damos cuenta del queso y del embutido, a propósito, que no compramos los famosos chorizos de aquí, que ahora vemos por todas partes y que luego nos enteraremos de que son algo típico de este lugar.
   Salimos de Teror por una carretera cada vez más ascendente y con curvas, sin que la amenaza de la anochecida nos permita contemplar con sosiego el paisaje canario. Así llegamos a Vega de San Antonio, centro agrícola de flores y frutas. Tomamos un vino en el bar que hace esquina a la plaza del mercado y ya de noches, iniciamos el descenso hacia Telde. La capital  se ve allá abajo, muy cerca parece a simple vista, pero la distancia es otra, por las curvas y estrecheces de la carretera. No vamos hacia ella, como nos dice el gasolinero, sino que echando cálculos en el plano, seguimos por la que parece carretera más recta hacia Telde, lo cual debe ser un error, por el tiempo que nos costó y lo complicado del camino, más todavía en plena noche. En Telde llegamos a un lío de cruces y ramales de autopista, todos indicando hacia Las Palmas, hasta que la indicación de Aeropuerto nos conduce hacia donde queremos, hacia el Sur, en dirección opuesta, por la autopista, en dirección a Arguineguín. Tenemos la intención de parar en Vecindario, donde hay un complejo de música latina, pero el lugar nos parece impropio para nuestro gusto, pues hay varias salas con distintos grupos musicales, la gente llega en buenos coches al aparcamiento vigilado ya algo ataviada, como para pasar la noche después de una buena cena, hay que pagar entrada, unas mil quinientas pesetas, luego la consumición sentados en unas mesas, etc. etc. Como llegamos cansados y con mal humor, lo dejamos y continuamos hacia Arguineguín. Paramos en Playa del Inglés, en cuyo complejo nocturno, ya mencionado, tomamos una cerveza, en el local Havana.
   Llegamos a Arguineguín con tiempo para tomar algo más. Damos una vuelta por el puerto y luego entramos en el restaurante que hay asomado al mar, cerca de nuestro hotel. Entramos, nos parece vacío y al fondo, desde una mesa nos llaman. Es nuestro amigo cubano, el que instala un bar en el paseo marítimo, quien con otro cubano toma unas cervezas en la mesa donde aparentemente señorea el dueño del local, quien ante nuestras dudas, nos amenaza si no aceptamos la cerveza. Nos sentamos y asistimos a una larga y frenética exposición de todo tipo de argumentos suyos, el cual toma vino rioja con frecuencia. La plácida noche, en armoniosa conjunción con la amplitud enorme del ancho mar, que nos acompañan en silencioso encanto, pone punto final a este fatigoso día. 
  
   13-6
   Este día vamos a dedicarlo también a recorrer la isla. Vamos hacia el interior, pero esta vez partiendo de Maspalomas. Hoy es domingo lo cual no indica nada especial. La  carretera hacia los pequeños pueblos del interior no deben tener excesivo tráfico comercial el resto de la semana, hoy si acaso algo más por los domingueros isleños. De momento vemos algún coche de turismo, como nosotros. La vía es estrecha y aborda sin excesivas dificultades la ascensión hacia las cumbres, que en forma de barrera recortada sobre el cielo azul, vemos a lo lejos. El paisaje es seco, árido, como corresponde al sur de las Islas. Alguna brizna de matojos secos sobre el suelo pedregoso. Pasamos por  un parque temático, exposición de la vida del pueblo guanche, que no visitamos al comprobar el precio de  entrada, mil y pico pesetas y en domingo. Nos contentamos con ver despuntar sobre el terreno las techumbres de algunas casas del poblado. Nos detenemos en un puesto de descanso, donde tomamos un jugo de pomelo natural a quinientas pesetas cada uno. Aquí ya contemplamos el paisaje desde lo alto, los barrancos secos salpicados de alguna chumbera aislada y alguna casucha semiabandonada. Yo le hago una foto a Rosa entre dos cactus, que enmarcan el campo seco por el lado de donde vinimos, el horizonte brumoso de calima polvorienta aún permite divisar el mar y el conjunto urbano de Maspalomas.
   Pasamos por pequeños oasis  que sobreviven al fondo de la barranquera, en ellos las palmas y otro tipo de arbustos parecen sobrevivir de milagro entre tanto calor y sequedad circundante, más allá roquedos pelados se suceden ganando en altura hasta las altas cumbres de enfrente en donde sí que se ve vegetación. En uno de estos oasis está Fataga , en donde podemos llenar el depósito de gasolina, comer y buscar alojamiento si fuera necesario, servicios todos situados a lo largo de la carretera. La población tiene también, hacia el lado del río seco, calles estrechas con pequeñas casitas blancas, pero es más acogedora la carretera, donde están los servicios. Aquí compramos albaricoques en un bar, recién cogidos de la huerta, también se puede comprar sombreros de paja de todos tipos, ropa y licores de la tierra, todo enfocado al turismo de paso.
   En Fataga vemos las primeras casas que llaman la atención por su construcción en madera que debe ser de pino, con escalera volada exterior, y muy barnizadas.
   Continuamos la ruta, con la carretera cada vez más cuesta arriba en busca de la frescura de las alturas y de la vegetación del otro lado de las montañas. Pero antes hay que llegar a S. Bartolomé de Tirajana, que las guías dicen estar situada en el cráter de Tirajana, y que es una población importante, centro comarcal, con un urbanismo normal y corriente y que asusta pensar que esté en ese cráter. Es domingo y en la plaza, junto a la iglesia, donde la gente anda con aire festivo -además hoy se ha votado en las elecciones municipales y autonómicas- compramos unas rosquillas a cambio de los mazapanes típicos de aquí que se han agotado. En el bar que hace esquina de la plaza, tomamos unas cervezas y comentamos con el dueño, un hombre joven, delgado, muy activo y servicial, las fotos de las paredes. Nos dice que corresponden a la playa de Maspalomas. Es una foto aérea, donde solo aparece arena y mar. La gente toma el vermut en grupos familiares, aquí dentro y en la calle, en mesas con sombrillas.
   Continuamos viaje. A unos cuantos kilómetros pasamos por delante de algunos restaurantes en el cruce hacia el Pico de las Nieves. No nos merecen mucha confianza y más allá, después de bastantes curvas, llegamos a Tejeda, que tiene a la entrada un restaurante en la carretera y bajando por la calle de la gasolinera que conduce al mismo pueblo, encontramos otro donde comemos cherna a la plancha que resultó ser la inevitable curvina. Es un bar-restaurante atendido por dos tipos canarios, hace calor y desde la mesa, al lado de una columna central, vemos el Tascón de Tejeda, un picacho a unos cinco kilómetros, que vemos reproducido en alguna etiqueta de alguna botella de licor del bar.
   Yo he dejado el coche a la sombra y por el largo paseo que bordea el precipio del valle, en donde se ven grandes tanques de agua para  el regadío, nos dirigimos hacia el centro del pueblo señalado por la torre de la iglesia. Antes de llegar, nos metemos en un bar a tomar una copa. Nos atiende un camarero con aspecto de tener parte en el negocio. Resulta ser de Cataluña y no averiguamos más. Hablamos del mazapán y nos dicen que también aquí es típico eso, y que más adelante lo podemos comprar en una dulcería.
   Continuamos hacia el Mirador de la Cruz de Tejeda, punto estratégico de comunicaciones, con el Parador cerrado por vacaciones. Compramos un mantel con servilletas a mil pesetas en los puestecillos para turístas, donde el regateo y las buenas ofertas, están presentes. Cójanlo, dice uno, no digan nada, váyanse, que no se enteren, dame las mil pesetas. Es una compra inevitable. También compramos mazapán en cantidad y a buen precio. 
   A diez kilómetros cuesta arriba está el Pico de las Nieves, con su rádar militar vallado. Desde aquí vemos Tenerife, pero no el Teide debido a la neblina, y la costa africana en forma de larga y difusa mancha de arena entre el azul del cielo y el mar. A nuestros pies toda la isla de Gran Canaria, en largas vertientes de collados y montañas hacia el mar, así vemos el Tascón de Tejeda y otros picachos.
   Es media tarde y debemos llegar a la ciudad de Las Palmas. Cogemos un desvío a la derecha y en larga y prolongada bajada, pasando por algunos lugares y parajes de gran belleza,  llegaremos a Las Palmas.
   Cerca de ella pasamos por delante de villas y casas señoriales de cierto encanto modernista. La misma ciudad nos presenta a modo de tarjeta de visita, una larga fachada multicolor de casas apostadas en un alto cerro y que ahora, al atardecer, multiplican sus colores cálidos, amarillos, ocres y blancos. Debe corresponder al barrio viejo de Vegueta.
   Entramos en Las Palmas con gran facilidad, cogiendo la gran autopista costera que nos introduce en plena ciudad transformada ahora en enorme avenida, a un lado el puerto, al otro la ciudad. Comenzamos visitando el barrio de Triana, con su gran calle peatonal del mismo nombre, que a estas horas del atardecer del domingo, aumenta su recuerdo nostálgico del pasado en calles y fachadas modernistas de vivos colores. Torciendo a la derecha llegamos a la plaza de Colón, donde tomamos una caña en una elegante cafetería. Atravesamos una avenida para llegar al barrio viejo de Vegueta. En la plaza rectangular de Santa Ana, está la iglesia del mismo nombre y el Ayuntamiento. Saliendo por uno de los ángulos del fondo se descubre una pequeña plaza asimétrica, confluencia de varias calles, donde vemos una airosa palmera en un recóndito jardín y la vieja casona de Silvestre de Balboa, autor de Espejo de Paciencia, la que nos hace falta para volver a la cafetería corriendo para recuperar las gafas que Rosa se ha dejado y que encontramos en los lavabos. Volvemos al mismo punto para seguir una larga calle lineal y ver por fuera la Casa de Colón. Las calles vacías de gente, sólo algunos visitantes nostálgicos como nosotros.
   Se ha hecho denoche. Volvemos donde dejamos aparcado el coche, en buen sitio, céntrico, guardado por uno de esos parqueadores espontáneos  de las ciudades y decidimos dar un vistazo a la ciudad desde el coche. Seguimos la misma dirección de la gran avenida, pero por la ciudad. Pasamos por una calle de mala nota en cuyas puertas e interiores, aguardan las mujeres públicas con la misma dignidad que se ve en la ciudad de Amsterdam. Calles y avenidas de gran ciudad, al fondo, iniciando una subida se acaba ésta. Retrocedemos por donde podemos y en una esquina leemos el rótulo de un bar, La Esquina Latina. Aparcamos y resulta ser un bar de cubanos, para alegría de Rosa, que enseguida les saluda, tomamos un moros y cristianos con cerveza y como van a cerrar, dejamos para otra ocasión el mojito. Lo que es la vida, uno de ellos estudió con Rosa en la Isla de Pinos, en Cuba. Nos despedimos y por la misma calle salimos al paseo marítimo y a  la playa de las Canteras, que nos recuerdan  la Concha de San Sebastián o la playa de la ciudad de Gijón,  el mismo modelo urbano y el mismo señorío antiguo de sus gentes, que a esta hora de la noche, hacen su paseo diario. Muy cerca se ve el otro lado, el Puerto de la luz, del que nos separan pocos metros en esta parte de la ciudad. A través de pequeñas calles vemos los enormes barcos de pasajeros como si estuviera aquí mismo. Pero no podemos detenernos más, tenemos que volver a casa con el recuerdo de esta hermosa ciudad, muy tranquila y tradicional, bañada de mar y de nostalgia por todas partes. Cogemos la autopista y en la Playa del Inglés tomamos una cerveza para volver a la realidad.

   14-6
   Es el último día y queremos ver de día Maspalomas y la Playa del Inglés, los dos centros turísticos más importantes de la Isla. Llegamos a Maspalomas y luego de unas cuantas vueltas por los alrededores llenos de urbanizaciones y hoteles –vemos el paseo marítimo de las afueras en construcción, que puede llegar hasta Palito Blanco- llegamos al inmenso arenal que precede a la playa propiamente dicha. Un turista ocasional nos saca una foto.  Rosa toma un café con leche en los restaurante y cafeterias protegidos del arenal y de los cuales sale un sendero de tablas por encima del arenal que llega hasta la playa. Nos bañamos. Una enorme procesión de bañistas camina a lo largo de la inmensa playa, como lo haría en una calle mayor. Volvemos al coche y nos dirigimos ahora a la vecina Playa del Inglés, a la que podíamos llegar caminando si no fuera por tener que recoger el coche. Aparcamos donde podemos y tomamos una cerveza en el conjunto de bares, pubs playeros de extranjeros, que bordean la playa. Hay que comer y pensamos en Palito Blanco que está a unos diez kilómetros. Llegamos y vemos que es un complejo semi privado, a la entrada un control con barrera, una vez dentro el puerto con yates.
   Decidimos ir a Arguineguín. Nos acordamos de la Cofradía de Pescadores del puerto, pero no de que hoy lunes está cerrado. Comemos en un restaurante al lado del Zancocho.
   El camarero nos enseña en un frigorífico el pescado. Tienen Sama aunque grande, es demasiado para uno; Gallo (difícil de comer). Tomamos Vieja y Abadejo (parecido al  Mero). Comemos bastante bien con la misma vista marítima del día de llegada y hacemos los últimos planes de la tarde-noche. Vemos la Lonja de Pescados a esta hora ya vacía y regresamos al hotel.
   Cenamos y nos despedimos de los dos camareros, uno de ellos cubano, que vienen desde la capital. Esta noche va a ser un encuentro con gente cubana pues en el hotel actúa una pequeña compañía de equilibristas en bicicleta de una rueda, todos ellos cubanos. Luego en Mogán encontraremos otro cubano y es que yendo con Rosita no es difícil que esto ocurra por su gran facilidad para entablar conversación con la gente. Efectivamente, salimos con el coche dirección a Mogán que tanto nos gustó el primer día. Antes vemos desde la escarpada  carretera los pequeños complejos turísticos a esta hora de la noche en fuerte contraste con la oscuridad profunda del mar, todos ellos enclavados en pequeñas calas, golfos y bahías. Mogán nos recibe en luminosa y apacible calma. Dejamos el coche en la plaza que conocemos y damos una vuelta por todo el pueblo en torno al puerto. Atravesamos los pequeños canales por los puentes peatonales y vamos a dar a la pequeña plaza central, con su glorieta, que da al mismo puerto. Aquí los restaurantes aguardan más público del que hay en esta época del año. Sólo algunas mesas, con turistas que cenan apaciblemente. Queremos encontrar algún lugar con música canaria tal como nos han recomendado, pero no lo hallamos. Rosa pregunta a una persona que atraviesa andando la plaza, mientras yo contemplo todo sentado en uno de los bancos: la plaza iluminada, las casas de dos pisos pintadas de vivos colores con flores en las ventanas en cuyos bajos se asientan restaurantes y pubs con pequeñas terrazas de mesas y sillas guarecidas en baja cerca de madera, el pequeño quiosco al que sube una niña solitaria y cuyos padres habrán dejado sola confiados en la tranquilidad y seguridad del lugar,  y los pocos turistas que caminan, después de la cena,  sin otro agobio que no sea el que provoca el silencio y la majestad de este escenario nocturno, insólito para lo que acostumbra a ser nuestra vida rutinaria.
   Y, efectivamente, esa persona con la que está hablando Rosita, resulta ser también cubano. Me lo presenta y hablamos en puro formalismo. Yo ya presiento que no hallaremos en Mogán más de lo visto. El hielo se rompe, vamos a tomar unas cervezas al bar de un amigo, dice, y salimos al mismo puerto. Allí mismo entramos en un bar, pedimos las cervezas y nos sentamos en la terraza frente al mar. Nos cuenta que su vida ha sido una especie de ida y vuelta, un ir y venir sin claro origen, pues su familia procede de Tenerife, de Icod de los Vinos, si mal no recuerdo, y que ahora se dedica aquí en Mogán a la pesca profesional, llevando a los turistas a alta mar a la pesca deportiva con caña, también al buceo, debe decir la verdad pues rechaza el ofrecimiento del tabaco. Yo veo detrás suyo un cartel de concurso de pesca, los premios según la pesca. ¿Se pescan con caña de ese tamaño? Si, seguro, trescientos, cuatrocientos kilos. El récord está en los mil kilos, en Brasil. Por aquí se alcanzan los setecientos, en pesca de pez aguja, espada y otras especies. Nos dice que la gente lo pasa bien. Que ven delfines, tiburones y ballenas. Tengan en cuenta que esto es el Atlántico. Yo me adelanto, aprovechando el tener que ir al servicio, para pagar la consumición, no quiero dejarle en desventaja. La próxima la mía, no gracias, nos tenemos que ir. Dentro una pareja, al parecer los dueños, juegan en la barra un juego de tabla. No hay nadie más, aparte de nosotros en el local. Nos despedimos. Vamos al coche y en una terraza próxima se oyen cantos y guitarras, nos parece intromisión en lo que puede ser una fiesta privada y nos vamos.
   Al pasar por Puerto Rico vamos a tomar la última en los pubs ingleses que ya conocemos. Descubrimos alguno nuevo. Hasta Rosa puede echarse un baile con música de discoteca y acompañada de chicas inglesas. Cuando la noche no da más de sí regresamos al hotel. Mañana a las diez y cuarto, nos recogen para ir al aeropuerto y regresar a casa. Pero el viaje no acaba aquí. Aun dormiremos una noche en Madrid.
Y veremos el Museo del Prado, el Retiro, la Plaza Mayor, que ya conocemos de otros viajes.



  





















       

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