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Se trata de mi primer viaje a la isla de Cuba. Como en muchas ocasiones, tengo por costumbre de, además de fotos y videos, escribir un pequeño relato del viaje para lo cual voy tomando notas en una libreta las cuales, luego, las desarrollo, completo y doy aire literario una vez en casa, a la vuelta del viaje. Procuro que sea inmediato, a lo sumo que pasen unos pocos meses, con el fin de que no se olviden los recuerdos y emociones del viaje, que es lo que más me preocupa a la hora de escribir, pues pienso que no hay mejor reportaje de un viaje vivido con emoción y agrado, que es el ideal de todo viaje, que reflejarlo en forma literaria, hablando con tus propias emociones y no dejando escapar ningún detalle concreto y emotivo.
Para ello me guío por un criterio que es la crónica cotidiana. Cualquier detalle, por insignificante que sea conlleva unos significados que embellecen la narración y su entendimiento. Esas pequeñas cosas que cantaba Serrat, le dan sentido a la vida.
Figuran primero, pues, esas breves notas diarias, tomadas a final del día, en la habitación, o tomando esa última copa en el bar del hotel. Se respeta el texto original, incluso poniendo los errores que ponía entonces al citar nombres como Viñuales por Viñales, etc.
A continuación esas notas las desarrollo en casa, en Zaragoza, en un texto más largo, más literario, recreandote en el viaje, arañando emociones al recuerdo por doloroso que sea. Haciendo de vida y literatura un mismo cuerpo, pues si aquellas primeras notas es la experiencia de un presente irrepetible y fugaz, la literatura le dá un formato eterno y facilmente transmisible, arrancándo a la fatalidad del olvido del pasado, su cruel destino.
Hay que hablar un poco del momento histórico en que hago el viaje. Es el año 1994. El año anterior ya había viajado a Méjico, del que lamento no tener crónica escrita, y lo elegí pues me pareció de más entidad histórica además de los temores de un viaje a un pais comunista y revolucionario como es Cuba y de su fama de turismo de diversión con fáciles relaciones personales de todo tipo. Eran también años de fuerte dolor familiar por la pérdida de nuestro hermano Mariano. Pero ese año 1994 era un año oportuno o inoportuno, según se mire, pues fue cuando empezó la cuestión de los balseros cubanos que huían como podían a Miami en barcas casi improvisadas, a menudo hechas de neumáticos, con las consiguientes pérdidas humanas, cosa que yo estando allí no percibí la gravedad del asunto hasta que no regresé a España, con noticias a primera página en El Pais que guardo, por cierto, en un archivo debido al interés y atractivo que provocó en mí ese primer viaje, por muchos aspectos : musicales, literatura, paisaje, clima y sobre todo mi relación amistosa con mi amiga Rosa y su familia Mompié de la Habana Vieja.
Ese es el contexto en que se desenvuelve mi viaje a Cuba. Inmediatamente hice viajes anuales, alguna vez dos en un año. Había descubierto yo "mi América" y quedé fuertemente impresionado. Eso ha dado lugar a viajes sucesivos, a una publicación mía en internet de Historia de la Música Cubana, papeles y ayuda para que Rosa y despúes su familia, de condición humilde, como tantos en ese pais y más siendo un pais comunista, pudieran viajar a España, dió lugar también a vivir sus problemas de adaptación en España, el trabajo en Salou, hasta conseguir doble nacionalidad, todo lo cual no me lo atribuyo como mérito, ellos han seguido un periplo vital basado en la necesidad que yo he compartido muy a gusto pues, por mi parte, estaba viviendo una nueva vida ilusionante con mis cincuenta años ya y dejado atrás, en parte, mi vieja vida pasada a la que tampoco renuncié. Era una doble experiencia vital. Que me dió nueva fuerza vital y personal para afrontar la vida. Logré pasar por alto, superando las flaquezas de mi carácter, el chismorreo entonces por lo novedoso, de ir con una muchacha caribeña. Cada vez que volvía a Cuba atraído por su música, cultura y literatura, y por las amistades ya firmes que tenía allá, pasar por alto los comentarios maliciosos y en voga entonces referidos al llamado "turismo sexual", que existía de verdad como yo lo veía a turistas de mi edad con jovencitas de quince y presumiendo con un cohiba en la boca y que el gobierno cubano supo combatir imponiendo normas que yo veía aplicar en cada viaje, como solicitar a las chicas su carnet de modo que ninguna saliera de su lugar de residencia sin justificación por el efecto llamada que provocaba La Habana en todo el pais y ser muy estrictos con los turistas a la hora de invitar a una chica a su hotel. Esa distinta visión que hay sobre las relaciones personales entre la cerruña vieja Europa y el llamado mundo caribeño basado en la ligereza y trivialidad en esas cuestiones me llamaba la atención, y hasta escandalizaba, ver tantas familias con hijos de distintas relaciones matrimoniales y los mismos conyuges conviviendo sin problema alguno, queriéndose como hermanos por igual. Otra cuestión que me llamaba la atención eran las relaciones entre extraños siempre basadas en la solidaridad en expresiones como "mi hermano", "compadre", "compañero" etc. Cuando un coche (carro) se estropeaba siempre acudía alguien con " qué le ocurre a usted compañero". Por cierto el "usted" en cualquier lugar, incluso entre familiares, los hijos a los padres, y a la inversa cuando se trataba de una cuestión seria, de importancia, incluso con los pequeños, "vayánse de acá, no molesten tanto".
En el aspecto económico ese año 1994 fue el primero del llamado allá "Periodo Especial", pues Rusia había dejado de ayudar económicamente a Cuba, que tenía que enfrentarse a una realidad nueva, de estrecheces, de cambio de política económica, allí están esos largos discursos de Fidel Castro seguidos con total entusiasmo por el pueblo, como yo vía alguno por televisión en casa de la familia amiga cubana, con sus proclamas y mensajes gráficos por todos lados de "Venceremos", "Hasta la Victoria con nuestro Comandante", etc. que yo veía por cualquier lado.
Pero dejemos que cuente ese joven que era yo con 47 años.
I NOTAS PREVIAS
II DESARROLLO LITERARIO DE LAS MISMAS
I NOTAS PREVIAS : Escritas en el viaje
Lunes
Avión a las 5 tarde. Barajas. Stand Club de Vacaciones, larga fila, bocadillo. Partida = Santiago de Compostela (1 hora), Varadero donde llegamos a las 12 ó 1 de la mañana. Guaguas sucias, paramos a mitad de Camino. Llegada al hotel 3 y pico.
Martes
Desayuno en piscina. Jorge y otro (de Vitoria) Buró de Turismo del Hotel ("Idaia"). Viaje por la ciudad, comida en Bodeguita de en Medio. Por la tarde compro las 4 camisetas. Vago toda la tarde, Embajada Española, Museo de la Revolución, Malecón. Taxi al Hotel. Baño en piscina. Noche en hall del Hotel, músicos cubanos, primer contacto con ¿Sonia?. Digo que estoy cansado y a dormir. Antes contratación de viaje a Viñales.
Miércoles
Desayuno en Hotel (4 $). Viaje a Viñales. Regreso al Hotel. Lluvia, me voy a la habitación, terraza, TV. Tropicana. Cena y 2 shows. Carmen. Hotel.
Jueves
Desayuno. Viene Carmen y en su coche visitamos la ciudad. El coche no tiene gasolina, la puerta no se cierra. Plaza de Armas, catedral, mojito en terraza, músicos. Hotel Inglaterra. Comida en La Zaragozana con músicos. Depués de comer, quedo solo. Hotel Plaza, Buró de Turismo, Museo de Bellas Artes. Taxi en el Plaza al Hotel. Nuevo baño en piscina. Llueve a cántaros. Noche al Hotel Nacional. No hay Cabaret. Hotel Habana Libre, gestiones viaje y culturales. Helado en el Copelia. Taxi a la discoteca Comodoro. Cena en él. Discoteca. No hablo con nadie. Me voy al Hotel.
Viernes
Desayuno. Taxi al Hotel Plaza. Zona del Floridita. Se me olvida visitar Casas de Galicia y Asturias. Busco la calle del Obispo para 2ª ruta turística. Librería. Escuela. Calle San Ignacio. Plaza Vieja. Iglesia de San Francisco. Plazuela de la Luz. Calle Santa Clara. Convento de Santa Clara. Comienza a llover. Casa de José Martí. Restaurante El Baturro y otro. Estación. Taxi de Agustín. Hotel Habana Libre. Buró de Turismo. Comida en El Barracón. Vuelta al Buró, gestiones. Subo a la terraza. Heladería Copelia, donde entro y no tomo nada. Lluvia. Hotel. Desencanto, no hay viaje a Trinidad. Me asaltan malas ideas. Antes he hecho gestiones para localizar la guitarra que busco, y el viaje a Trinidad en Habanatour, al lado del Habana Libre. Vuelvo al hotel. Me ducho y bajo al bar de la piscina, pido una cerveza y aparece primero Sonia y luego Ivonne. Tomamos unas cuantas. Me invitan a salir (Palacio de la Salsa), antes cenamos. Buen espectáculo. Vuelta al Hotel. Dejamos a Ivonne en su casa. Tomamos la última cerveza en la piscina, Sonia, yo y el taxista.
Sábado
Desayunamos en el Hotel. Compras. Sonia se va y yo espero al taxista. Otro conocido de él me lleva a zona de Hotel Inglaterra. Visito Casa de Galicia. Llego al Floridita sin moral y mal cuerpo. Tomo un Daiquirí mientras leo el libro turístico. Decido hacer la ruta de los Castillos, además enfrente a mí hay una representación del Castillo del Morro (luego veré que es una revelación) Taxi al Castillo. Visita de la Bienal. Encuentro con Daili en el balcón. Quedamos a las 5. Me voy al hotel a descansar. Duermo una hora. No como. Llego al Castillo del Morro. Empieza a llover. No están, mientras oigo a los cuatro músicos cantar canciones. Cada vez llueve más. Estaban arriba. Cenamos. Esperamos un taxi. Vamos a la Tasca Española. No me gusta y al Palacio de la Salsa. Quedamos a las 11 para ir a la playa.
Domingo
Me levanto tarde o se me pasa el tiempo sin darme cuenta. Cojo un taxi, llego justo a las 11 (Boca del Túnel) No está. Encuentro con Rosa. Desayuno en el Sevilla. Taxi a La Marina. Baño en Hotel y cervezas. Vamos a comer al Barracón. Visita Exposición de Pintura. Viaje al Hotel. Habitación. Cerveza en la Piscina con músicos. Nos vamos al Cabaret... paseamos por los canales. Luego al Cabaret. Nos vamos luego a la discoteca del Copacabana... Hotel. Taxi de espera. Quedamos para ir a la playa.
Lunes
Desayuno. Tomo el taxi de Raimundo. Vamos a la guitarra. Luego al Habana Libre a cambio de moneda. Después a casa de Rosa. Playas del Este. Vaso de leche. Betis. Compra de bañador y libro de música. Baño 2 horas. Aperitivo con Raimundo y vuelta a La Habana a La Bodeguita de en Medio. Comida de despedida. Raimundo me lleva al hotel. Cubalibre de despedida en piscina. Preparativos y viaje de vuelta.
II DESARROLLO LITERARIO DE LAS NOTAS : Escritas ya en Zaragoza, a la vuelta del viaje.
Inmediatamente aparece ese contraste vital entre lo que es mi vida cotidiana y las experiencias vividas. Atravesaba yo en aquella época, con unos 46 años, un periodo de moral baja, de depresión casi, aunque creo que nunca la he tenido, sí lo que se dice estar... fastidiado, digámoslo así, era propio de esa edad. Y el cambio emocional y ambiental fue tremendo. Nuevos contactos humanos y culturales, un mundo musical nuevo para mí, o por mejor decir, desarrollado pues siempre me ha gustado la canción melódica, la copla española, y la verdad que de Cuba sólo conocía lo que conocemos todos de allá, a Antonio Machín. El colorido, el clima caluroso, era un escenario nuevo, aunque ya había estado el año anterior en Méjico, pero aquí me faltó el calor humano que en Cuba todo viajero lo puede decir, es algo inevitable, esa proximidad de la gente que te recibe como si fueras de la familia, y es que los lazos históricos están muy próximos, rara es la persona que no te dice que tiene un abuelo en Asturias, Canarias, etc. En este aspecto, además, traía un enlace personal muy nuevo para mí como es la amistad estrecha con mi amiga Rosa Mompié y su familia, con los que compartir sus problemas y ayudarles en lo posible, del mismo modo que ella aliviaba con su simpatía mi trayectoria vital basada en el intimismo y la melancolía. Esas dos vidas mías están pues en contraste. Y el encuentro con ella, con Rosa, no puede ser más emotivo, en la antigua Plaza de los Enamorados, encuentro casual acompañada ella por un niño de cinco años que me miraba desde abajo con curiosidad, ese niño era Camilo, al que todos hemos conocido en Cambrils.
No dejaré estos días de ausencia de tomar ron seco y aromático, de olvidarme de tí, aire cálido y húmedo, a veces lluvioso y al tiempo cálido. Sin poder de reflexión para lo que no has sido tú, en estos siete días insólitos de emoción vivida al límite de mis pretensiones. No dejaste que mi voluntad vagase a sus anchas como hasta entonces; ese es mi problema dice el son que oigo hasta la saciedad, repetitivo y hasta obsesivo. Siempre el mismo ritmo. Oh música que me trasportas hasta allá ¿por qué no me dejas vivir de nuevo, mi otra vida? ¿ Es que tendré que volver? Mi corazón lo quiere entre un si y no ¿ Los viajes sirven para esto? ¿Para partirte por el medio como una hoja de palma? Y sin embargo, el sentimiento sé que está allá todavía perdido, sin el apoyo de mi propio ser. Cautivo y perdido. Sonia, quiero que me cuides en tu corazón generoso. Vuelve a reirte de mí. Te lo juro, me has hecho reir, ay qué chico, es increible.
Bajamos pues Juan debe esperarnos en su taxi, aunque pienso es algo pronto. Como tú digas. Puedes comprar lo que quieras en la tienda, sé lo que estais pasando, además a mi me sobran los dólares. Es insignificante para mí. Puedo sentirme todo un señor en este pais. Como un nuevo colono, aquellos que en el siglo xix iban a Africa. Sólo me falta el sombrero. Sabes que tienes una piel increible, como el cobre de reluciente y negra, color ron añejo, oscuro y aromátio, ya lo dije, cómo podré dejar de tomarlo a diario. Ya no existirá otra bebida para mí. Ay qué chico, qué lindo. Deja de mirarme así, no claves tus ojos oscuros y profundos en mi pobre persona. Sólo quiero volver a tomar un vaso de ron. Pero es muy de mañana, ya son las 10, pero hoy hemos dormido muy poco. A las cinco todavía tomábamos la última. Que si, Juan, tómate una cerveza. Anda niño cómo te vas a poner con la mulatica. Eso no tienes que decirmelo, sé bien lo que hago, además a tí qué te importa. Por qué no dejas de mirarme así desde la esquina de la barra? Crees saberlo todo, todo lo conoces y adivinas. Pero a mí me dá igual, esta noche entra bien el alcohol, ron, cerveza, cubalibre, igual dá. Pero tenemos que desayunar. Bajaremos al bar de la piscina, allí donde el primer día, ¿fue el primer día? si, el martes, cuando en el Buró de turismo del Hotel, el Hotel Kolly, así más o menos debe escribirse, qué nombre más extraño, parece inglés, y lo bueno es que creo que el barrio se llama así. A mi eso me dá lo mismo, que se llame como quiera, aunque no deja de chocarme, vaya manera de sentirme en Cuba, en La Habana, esto parece Nueva York. Sí, digo, que hay que desayunar en el bar de la piscina, en donde me comí aquel par de huevos fritos con jamón, que resultó ser jamón de York, bueno, tampoco estaban mal, y la cerveza que no falte, hace un calor espantoso. Sí, allí donde conocí a esos dos que parecían liados, ya se sabe, pero no, falsa impresión. A lo que iba, allí estaba yo desayunando porque la chica del Buró de Turismo del Hotel me lo indicó, que era tarde para desayunar en el restaurante. ¿Hasta qué hora? creo que hasta las nueve y media, sí, porque un día bajo antes de las diez y media y ya está cerrado.
Allí, sí, pude desayunar y ya el calor era espantoso como en Méjico, a esas horas de la mañana. Las mulatas atienden la barra con displicencia, hasta que agarro a una que sin reparar en mí se dedica a limpiar una mesa cerca de mí. ¿Puedo desayunar? Sí, cómo no. Puede ser un par de huevos con... con jamón, sí, sí, y una cerveza.
¿Eso fue el jueves?, no el viernes. Menos mal que lo tengo apuntado. El caso es que vamos a desayunar Sonia y yo al bar de la piscina con la intención por mi parte de volver a tomar ese par de huevos con jamón con que recomponer el cuerpo que ha dejado la trasnochada anterior. Volveré a encontrarme con aquellos dos turistas españoles, Jorge uno de ellos, con el que coincido en una visita turística de la ciudad, eso fue el martes, el día siguiente a la llegada. Pero no, no llegamos al bar, porque Sonia tan en todo, me conduce al restaurante. Mira que lo temía, no quería ir con ella allí, pero ella que sí que puede pasar si entra conmigo; ya estamos con los privilegios del turista. Además prefiero los huevos del bar, como los del primer día. Sí, fue gracias a tí, Idoia, que me indicaste el bar de la piscina, cuando el restaurante ya estaba cerrado. Tú fuiste mi primer contacto, allí en el Buró de Turismo, señora de todos, con tu interés exagerado hacía el turista. Blanco como el de una paloma tu vestido, y tú misma tan redondita de cuerpo, ojos negros y abiertos, avasalladores, inquisitivos, pero no tan mulata como pudiera suponer, acaso trigueños? como me explicó un día Rosa, hablando y mostrando el documento de identificación personal en donde figuraba la palabra mulata, como un insulto, a mis ojos, en fin no, no como el primer día, el martes, hoy desayunamos Sonia y yo en el restaurante como dos príncipes y yo me esmero en buscarle el desayuno en el buffet libre. No me trajiste salsita, me dice, yo me levanto raudo y se la sirvo. Al cabo ella va tomando confianza y veo cómo se levanta a por café y cómo habla con unos jóvenes como si los conociera de algo o más bien creo que es producto del mismo encuentro, no sé, eso a mí me dá lo mismo, yo lo que quiero es acabar cuanto antes, salir a la calle en busca de un nuevo día.
Idoia, sí claro, donde estabas tú a las tres de la mañana cuando llegamos cargados de maletas y hartos de tabaco y de viaje. Sólo una paradita en el camino en aquel punto de la carretera que parecía un salteadero de viajeros. Mucha luz, la carretera a oscuras, en aquel chiringuito, donde algunos españoles recién llegados bajábamos como podíamos a empinar un ron, cómo no, servido azarosamente por aquel joven negro enorme que daba miedo en aquella noche oscura. Aunque él nada hacía en favor de esa impresión, bastante tenía con atender como podía a todo el mostrador lleno de gente. Botella que se cae, bueno está, para mí un café con leche, no tenemos mire, si quiere un vasito de leche ... y luego a esperar otro rato en la carretera, cigarrillo va que viene, por grupos, aún no nos conocíamos nadie, aunque luego fue que cada uno hizo su viaje a su aire. Nos volvimos a encontrar al final del viaje y lo mismo, las mismas caras, esta vez cargados de paquetes, el viaje cumplido, caras de satisfación, cada uno había hecho lo suyo, bueno a mi no me fue nada mal, eh, no vayais a creer, que también llevo mi botella y los cigarros y alguna otra cosa que me dá pereza recordar. Si Idoia, al día siguiente ya estabas en el Buró de Turismo del loby del Hotel, dispuesta tras tu mesa a dar el palo al turista, pregunta tras pregunta, venga a indagar en la vida de todos, a mí no me la das porque voy a lo mio, sé muy bien lo que es esto. Además tengo todavía mal cuerpo, tú sabes cómo me sentó esa cerveza tomada en el mismo autobús de viaje de Varadero a La Habana, por aquella carretera de Matanzas, con curvas cerradísimas en la población que echaban fuego al estómago y todo, no tanto por la velocidad, yo miraba el cuadro del conductor y no iríamos a más de ochenta, cuanto por el estado de la carretera en algunos trechos, llena de baches, y encima aguantando los comentarios despectivos de todos los viajeros, como si no fuéramos cada uno de nuestro pueblo. Para aliviar el ambiente le pido la cerveza a la azafata, una chica que parecía estar allí por obligación y que trataba de pasarlo lo mejor posible, charlando con el conductor y algún viajero del que recibía algún cigarrillo, si quieren tenemos al fondo un pequeño frigorífico, yo le pido la cerveza y la invito a otra a lo que corresponde con liviandad, aunque luego al devolverme los cambios agradece la invitación.
Fue entonces, sí, cuando me indicaste la cafetería de la piscina pues el restaurante ya cerró. En un ambiente sofocado de calor mañanero y sabor a fritanga, con no sé cuantas camareras por ahí dando vueltas, hasta que me atraje a una, un par de huevos con jamón, el jamón resultó de bacon, bueno, está bien, y una cerveza, qué marca, ¿me pusieron entonces Hatuey?, no sé, posiblemente, a pagar a la caja con ordenador y pantalla y todo, me devolvieron un tiket detallado. Sí, allí estaban los dos españoles, a Jorge le indico la posibilidad de apuntarse al viaje de reconocimiento de la ciudad, lo que recibe con agrado, le indica a su amigo que mientras él hace no sé qué cosas, él puede aprovechar la mañana en ello. Idoia estaba esa mañana formando grupo, antes le había indicado mi intención de visitar Trinidad, la segunda ciudad colonial de Cuba, según mis notas, a lo que no pareció darle mucha importancia, según averigüé, pues días después, ante tal imposibilidad no tuve inconveniente de tratar con otro operador, Cubanatour, creo, que así lo acusaba su etiqueta en la solapa de la chaqueta, en los mismos sillones del loby, el cual no me dió una respuesta efectiva, aunque al menos me indicó el Habana Libre como buen sitio para contratar dicho viaje.
Y eso que al principio pensé que tenías tela, o que yo allí, solo, no podía dejar pasar la ocasión, pero en realidad nunca me gustaste. Lo que pensé que podía ser en tí atrevimiento, luego ví que no era sino indiferencia hacia mi viaje, e ignorancia a mi persona. Y menos mal que para aclarar la situación una tarde que yo andaba algo bebido, o cansado, o fastidiado, ya no sé, pude decir algo atrevido o salido, que cortaste con dignidad, diciendo que trabajabas mucho y que te quedaba la faena de la casa y el niño y esto último no sabes tú cómo lo sentí y qué alivio, a la vez, pues me quedó la tarde libre para reponer el cuerpo, con la ducha, la piscina y el aseo y la planificación de la noche. En realidad yo tuve algo de culpa, nadie me dijo que te dijera que si yo tenía tales estudios, o sabía tocar este y aquel instrumento cuando me dices que algo me distingue a mí de los demás, que si hablo de tal manera, que si tengo un castellano que dá gusto oirlo, que no todos los españoles se expresan tan lindamente. No, no debiste decirlo para no contestarte así e irme con mal sabor de boca y al llegar a la habitación descubrirme las ojeras y es que no se puede estar todo el día de aquí para allá, queriendo ver todo y al mismo tiempo con escepticismo y de pasada y luego querer mantener una buena conversación contigo y encima tú a lo tuyo y a ver qué saco.
El caso fue que entonces, primera y anodina mañana en La Habana, andábamos todos los turistas de aquí para allá, tratando con Idoia nuestros proyectos e inquietudes turísticas. A las diez, o así, vino la furgoneta con su guía, una muchacha bastante educada, que no molestaba con las preguntas de rigor al pasaje, dió sus indicaciones de la ciudad con sobriedad y nada más. Ëramos unos siete, que bajábamos a tomar las fotos en los puntos de interés, la Plaza de José Martí, con aquel lema enorme en un edificio Hasta la Victoria Siempre en una silueta de la cara del Ché. Por la gran avenida aparecían los carros echando humo apestoso, las atronadoras motos y los inevitables ciclistas en sus grandes bicicletas con un pedalear cansino pero al mismo tiempo, armonioso, como si fueran transportados en un bello ritmo de son, interminable y airoso. Visitamos Centro Habana, pasamos por la enorme mole del Habana Libre, a donde en tantas ocasiones iré, sobre todo para arreglar mi viaje a Trinidad, que tú idoia no pudiste o no quisiste agenciar. Recuerdo que la última gestión en vano me llevó a la calle con esos pasos erráticos de la decepción y aún acerté a tropezar con una agencia, la Cubanatour, en donde, para más desgracia, me dijeron que habian cancelado un viaje por la falta de una sola persona. Llámenles, por favor, dije, pero ya era tarde y me fuí. Toda esta gestión la llevaba entremezclada con otra igualmente vana, como era la adquisición de una guitarra del pais y que en una tienda de turistas que hay enfrente del Habana Libre me facilitaron una dirección perdida en el Vedado. Pero yo tenía la dirección, y en una de las consultas que hice me enviaron al Egrem, enfrente también de este hotel. Allí esperé en una salita de espera al lado mismo de los porteros que controlaban la entrada de personal. Debían ser estudios de radio y televisión. Al rato me apareció todo un presentador de programas, pero me habló de pasada de algún programa en donde intervino algún instrumentista de tres, que según me descubrió este señor, debía comprar como más caracteristico de la isla, pues allá en España ya tienen ustedes buenas guitarras. Efectivamente. Y me marché con el convencimiento de que esa no era la dirección.
Luego rodamos hacia la Habana Vieja, pasamos por primera vez por el Malecón, nos introdujo en una tienda de bebidas con un amplio muestrario de bebidas de ron. Al lado estaba El Floridita donde tomamos el daiquiri cuya composición pregunté, azúcar, limón, marroquino y ron blanco, todo en despiezados trozos de hielo molido. Aquí volví al cabo de los dias y nada podía hacerme imaginar que esa pintura del Castillo de los Tres Reyes del Morro, era una invitación para encuentros maravillosos con aquellas dos muchachas, guías de la Exposición de la Bienal de Arte, Odalis y Dailis, que tan sabrosa divertida cena tuvimos. Allí, en una tarde lluviosa, mientras esperaba, quedamos a las cinco en el bar de entrada al Castillo, que yo confundí con otro que hay más abajo y en la espera tomando mis cervezas escuchaba al que podía ser ensayo de un cuarteto con dos guitarras, canciones melódiosas parecidas a las que interpretan el Trio Taicuba de aquel local, El Floridita, de hace tiempo en un disco que compré en Zaragoza, ya de vuelta del viaje.
Luego comenzamos la visita de La Habana Vieja en la Plaza de Armas, enfrente el referido castillo, al otro lado de la entrada de la bahía el Palacio de los Capitanes Generales, llegamos a la Plaza de la Catedral y comimos en La Bodeguita del Medio, en el comedor de arriba, éramos siete más o menos, ya lo dije, e hicimos una comida criolla, enseguida apareció un dúo, el a la guitarra, ella a la voz, a la que pedí, a falta de otra referencia, canciones de Machín, y mira que aquí en sus buenos años tocaba otro grupo del que conseguí también al azar un disco en Zaragoza, una de cuyas canciones dice algo que yo tanto deseo, Rosa, pues aquí como sabes hicimos la comida de despedida y en la Bodeguita del Medio yo también te esperaré siempre. Pero esta era otra comida, nada de afectividades pues éramos un grupo recién formado que teníamos una comida de mero formalismo. Sólo Jorge se permitía romper el hielo con alguna de sus bromas, ya sé, por eso no me extrañó nada que cuando salimos a la calle hacia la heladería Coppelia, nada menos, yo que también quería despistarme, me dice que se había liado con alguna mulata. Los demás siguieron dirección Habana Libre, a el Coppelia, yo miré mi mapa y me pareció legísimos. Me quedo por La Habana Vieja en lo que era mi primer encuentro a solas en la ciudad. Enseguida me daría cuenta al asaltarme los peligros de la ciudad. Quien me ofrecía tabaco, quien me pedía algún dólar, me metí casi obligado en el Palacio Pedroso a donde veía entrar algún grupo de turistas. Dentro, una colección de prendas de vestir a la venta, guayaberas y camisetas de algodón colgadas en torno a las columnas renacentistas del patio. Una escalerilla conducía a una pequeña tienda de música, con discos, y en un apartado unas guitarras de las que me dieron alguna explicación. No, no es lo mejor que puedo comprar, pensé, a pesar de las buenas intenciones del dependiente. Salí e hice algunas compras, una camiseta de regalo y otra para mí, más atraido por algunas dependientas mulatas. Desde la segunda planta pude contemplar el colorido del patio, en azul y blanco pintado.
Una vez en la calle dudé un poco qué dirección tomar, en parte por mi propia indecisión así como por la presencia molesta de la chiquillería asaltante que me ofrecía miles de cosas. Tomé al azar la calle Cuba, mi primer contacto con la realidad de la ciudad, sus casas descuidadas, la gente en portales y balcones viendo pasar la vida y a mí mismo con curiosidad. Giré a la derecha por donde lo hacían dos turistas , que si ellos iban por allí yo también podría hacerlo. Y cuando ví unos edificios grandiosos fui hacia ellos. Estaba en la avenida Monserrate con su conjunto de museos de la Revolución, Bellas Artes y Memorial Gramma. Consulté mi guía, el de Bellas Artes cerraba antes, así que me dirigí hacia el de la Revolución. Quise entrar por un lateral y unos empleados de limpieza me dijeron que por allí no, que se entraba por el frente. A la entrada una empleada me deshizo del lio de gente que pretendía entrar al distinguirme como un turista. Me hizo dejar mi bolso y me dió un número. ¿Pagué o no pagué? puede que fuera gratuito. El edificio tiene varias plantas. Es costoso de ver, monotemático, con infinidad de fotografías y otros recuerdos del periodo revolucionario. Ningún turista sino yo, los visitantes todos cubanos, gentes del pueblo, que lo visitaban con cierta fé revolucionaria. Yo allí me sentía como un intruso, por primera y única vez en mi estancia en Cuba, allí sentí la vergüenza de mí mismo, de ser un privilegiado, de sobrar, de cometer algún sacrilegio, pues imágenes, contenido del museo, todo estaba armonizado con la gente que lo visitaba, trabajadores posiblemente del campo y la marabunta de la entrada con semejante lío de visitantes y celadores intentando poner orden. ¿Y yo allí en el santuario de Cuba? Las fotografías insistían en imágenes de guerrilleros que yo soslayaba en mi inspección apresurada. Toda una confusión de imágenes, sí, agotador, el calor también era sofocante, y el ambiente cargado y confuso. Además ya yo tenía la pesadez de la digestión de la comida. La siesta me hacía falta, pero tenía que visitar y visitar como una obligación la ciudad abocada a su misma agridulce sofocante indigestión tropicana-armenia de siempre.
A la salida sigo por Monserrate hacia la bahía. Grupos de habaneros pasan la tarde plácidamente al sol luminoso sentados en bancos y escalinatas. Sólo la bandera, que diviso a lo lejos, de la embajada española parece, mira tú, orientar mis pasos. El edificio es de una riqueza decorativa casi insultante. En la gran plaza de enfrente unos muchachos juegan ceremoniosamente al rugbi y al lado toda una columna de ciclistas urbanos esperan la llegada de las guaguas que los trasladarán dios sabe dónde. Yo sigo mis pasos ignorando la retahila usual de propuestas y preguntas de los más aviesos hasta llegar a la otra plaza donde acaba el Paseo del Prado y donde está el castillo de San Salvador de la Punta, que con el de enfrente, el de los Tres Reyes del Morro cierra la bahía. Y aquí, mira, en esta gran esplanada que intento tomar un taxi que no aparece, fue donde primero te ví, Rosa, tú sabes, pero faltan algunos días e imagino que ya tú podías pasear por allí, con tu sobrino, tú recuerda, como aquella mañana de domingo, con tu andar tranquilo aún sin objetivo alguno, con mi desasosegado rumbo, también yo, ¿dónde está la entrada del tunel?, te pregunté yo, es que quedé con una chica y su hijo pequeño de cinco años y al verte a lo lejos... pensé si serías tú. Sí, dijiste, este mi sobrino también tiene cinco años, lo saqué a pasear, el pobrecito está costipado y le conviene el aire, ¿cómo te llamas?, debí preguntar yo, pero ya no tendría consciencia para asimilar nada, y ni tampoco te lo volvía a preguntar otro día, aunque creo que sí te pregunté por él, esa es la verdad, por su salud. Y allí quedaba un futuro encuentro tan desconocido en lo que fue Parque de los Enamorados, sí, no sé si tú lo sabes, así lo he leido en una obra conocida de Cabrera Infante, y allí estaba yo en un presente ignoto entre un pasado y un fututo de amor.
Pero no, allí aún no estabas tú. Yo pasé por la enorme plaza cansado, sin ni siquiera ganas de molestarme por los curiosos que ocupaban el muro del Malecón, algunos en el agua en una especie de piscinas naturales que formaban unos incipientes muros. Tomé el Malecón adelante y a mitad del camino paré un taxi que me llevó al Hotel. De nuevo me encuentro a Idoia con la que mantengo la eterna propuesta de mi viaje a Trinidad. No hay vaje por el momento y sí otro a Viñuales que no figura dentro de mis proyectos pero que contrato. Saldremos al día siguiente.
Subo a mi habitación, tomo el bañador, y bajo a la piscina. Allá enfrente veo el grupo que me acompañó en el recorrido de la ciudad de la mañana. No les saludo, mejor cada uno a lo suyo. Un camarero me trae una cerveza y cerca veo la porfía amistosa de una vigilante del hotel con un par de jineteras a las que no puede convencer para nada de algo que no me entero y sólo intuyo de lejos. Estas pronto entraron en el hotel, aún no son las ocho de la tarde. Luego me encontraré con algunos en la barra del loby, esta noche en que no me decido a ir todavía solo al Tropicana. Aseado bajo a eso de las diez al loby dispuesto a no salir y dejar pasar esa noche tranquilamente, al fin y al cabo llegamos el dia anterior y estoy cansado. Con mi guía de Cuba me siento en los sofás de entrada de este hotel Kholy, que luego me enteraré fue construído en plena influencia rusa para acoger a los generosos colaboradores, y efectivamente los aparatos de aire acondicionado de mi habitación tienen las indicaciones en ruso. Leo lo que puedo del viaje del día siguiente a Viñuales acompañado del sin cesar deambular de los demás turistas que comentan las incidencias del día. Al fondo, en la barra del bar, unos músicos ocultos por la pared de recepción tocan su música a la que no presto atención. Al rato me canso de leer y tras un titubeo me dirijo a la barra, lugar más apropiado para mi que no las mesas de al menos cuatro asientos. Allí un turista está como yo solitario tomando una cerveza y escuchando a los músicos. Yo hago lo mismo sin preocupación alguna y aún tengo algunas ganas de hojear mi guía. Al rato veo a mis espaldas algún movimiento de gente, chicas nativas, que se sientan, se levantan, van aquí y allá, y que yo lo interpreto con toda naturalidad. Pienso que es el encuentro de gente conocida. El grupo de músicos, un cuarteto con guitarras, bajo y piano, sigue con su música que yo no identifico. Son jóvenes de treinta a cuarenta años allí tocando sin mucho convencimiento, al fin y al cabo no hay auditorio suficiente. Se conceden breves interrupciones que aprovechan para fumar y tomar alguna cerveza y bromear entre ellos. Más tarde una muchacha aterriza en un espacio de la barra delante de mí. ¿Es Sonia?, no lo sé, ni lo sabré nunca. Jamás se lo pregunté después. Yo diría que sí. Eso me pareció unos dias más tarde. Se sitúa a cierta distancia como prestando atención a la música. Se gira, va y viene a la mesa de atrás donde hay alguien más. En una de estas apariciones en la barra se coloca más cerca de mí. Al principio hace algunas observaciones nada sospechosas, que si es buena la música, sí, no está mal, respondo yo, y silencio, ella parece olvidarse de mí, sigue a lo suyo, yo pienso que no va la cosa a más y continúo con mi cerveza y el cigarrillo. Ella se aleja de nuevo. Al poco vuelve con otro talante pues al fin y al cabo ya no somos tan desconocidos y me pide un cigarrillo. Allí caí yo en la sospecha y tomé la defensiva. ¿Me invitas a una cerveza? ¡¡ Cómo no ¡¡ repondí resuelto. No había que dar signos de debilidad. ¿Estás solito? ¿Has venido con tu mujer? No. Ya estaba perdido. Ahora tenía que buscar las tablas de salvación como sea. Antes, mi solitario compañero de la barra ya no era tan solitario, pues le ví cómo hablaba con una mujer en buena confianza, tomando sus cervezas y el paquete de rubio al lado nada inactivo. Yo mantuve mi seriedad aunque con caballerosidad pues ya no era ella quien me pedía una cerveza, si no que se la ofrecía yo, y ella bien cerquita, guapa y provocando, que si pareces muy serio. Y las insinuaciones cada vez más tentadoras. ¿No sales esta noche? No, estoy cansado. Le conté todo. Que llegamos ayer. Es una paliza el avión. Hasta los vocablos más personales se me escapaban a mi pesar, cosa que corregía inmediatamente. Eso me obligó a concederle un trato de más confiaza, como haciéndole ver que si mi expresión era así por cierto grado de amistad que le daba ya a nuestra conversación. Ella creo que lo agradeció y hasta creo que dejó la extrategia más belicosa para situarse en otro plano más personal. Hasta debió hacerme alguna confidencia que bruscamente se desvanecía al solicitarme, siempre con buenas maneras otra cerveza. Toma un cigarrillo español ¿lo conoces? Yo le ayudo en su examen y le digo que es negro, o moreno, ¿cómo decis aquí? Le conté lo que me ocurrió en situación semejante en Méjico, que no entendían lo que quería hasta que averiguaron que quería cigarrillos morenos. No, no lo conozco, yo es que fumo tabaco rubio, pero dame uno que quiero probarlo. Me sontie, mientras me dice que sabe bueno. Es el que más se fuma en España, apoyo yo. Me gustas mucho, tú a mi también, le respondo inmediatamente para dejar la cuestión en tablas, y en un tono que quiere expresar que eso no es nada, que por que no se han de gustar una persona a otra y nada más. Un mero accidente. La vida sigue. La batalla está bien llevada, en un tono amistoso, aunque ya ha pasado su mano en mi brazo que sólo aparto para tomar el cigarrillo del cenicero. De pronto me sorprende con un giro inesperado. Yo no la había visto. ¿Le invitas a una cerveza a mi amiga? que estaba al lado suyo ajena a toda conversación y que yo saludo al tiempo que asiento. Por favor, una cerveza , ¿otra para mí?, y para mi también, digo yo, con cierta jovialidad. Su amiga, más respetuosa, se mantiene al margen mientras sonrie delicadamente. ¿Y esa eras tú, Ivonne? Tampoco os lo pregunté si erais vosotras. El caso es que ya no sé cómo me despedí de vosotras. Supongo que al rato dí el giro e insistiendo que estaba cansado, pagué y me fuí y os dejé allí como plantadas. Bueno, qué se le va a hacer, parecía decir tu cara. No, creo que estuve algo más duro. ¿Te dije que buscases a alguien con más ganas de diversión? Si, algo así te dije. Luego lo siento, aunque no tanto porque en mi segunda noche cubana todavía no me he hecho cargo de la dialéctica nocturna del compadreo. Y así me largué a dormir. Una vez en la habitación me fumo un cigarrillo en la terraza. Delante de mi la ciudad en toda su extensión. Cerca los chalets decimonónicos con su floresta y más allá, la gran ciudad silenciosa. Hacia el mar, algunas torres de hoteles con sus luces encendidas. Abajo, en un pequeño terrado que separa el hotel de la calle, algunos pájaros desconocidos cambián su habitáculo nocturno, molestos, de rama en rama, en la noche quieta y cálida. Es el barrio de Miramar en su parte alejada del mar. Las pequeñas casas, algunas todavía con luz, parecen jugar con la amorosa arboleda que las separa unas de otras y, de distintos colores las encendidas ventanas hacen guiños a la noche estrellada, oscura y mulata.
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| Dibujo que hago en la libreta del texto que escribo en España |
A la mañana siguiente bajo al restaurante donde tomar el desayuno. Previamente hay que presentarse en la entrada y dar el número de la habitación que un funcionario controla a su manera. Desayuno a barra libre, muy bien servida. También aquí hay preparados en grandes bandejas, huevos fritos de los que me sirvo dos. En una mesa me encuentro con aquellos recién casados de Zaragoza, que me acompañaron en la visita de ayer de la ciudad. Ella de Villanueva de Gállego, si mal no recuerdo, y él de Zaragoza. Una pareja muy discreta, a los que saludo con cariño. Me sitúo en una mesa aparte. Ellos también vienen a Viñales. El viaje es a las nueve o diez, no muy tarde. Esperamos en el loby del hotel hasta que aparece la furgoneta. De guía tenemos a un joven pequeño y menudo, muy activo, que nos hace alguna consulta acerca de nosotros para saber nuestros nombres y otras averiguaciones. Delante, junto al conductor va una pareja que dejaremos en un punto determinado del camino, creo que a la salida de La Habana. La autovía, con poco tránsito, no tiene buen asfaltado y la furgoneta da algún que otro trotecillo al pasar por los puente. En éstos, vemos consignas del régimen animando a perseverar en la lucha y en la entrega en favor del sistema. Grupos de personas esperan la llegada de los camiones que los trasporten en la caja a modo de carga humana. En el paisaje, pequeños cultivos alternan con algunos pastizales de ganado vacuno y caballar, todo ello salpicado por la presencia de airosas y solitarias palmas cubanas.
El viaje hasta Pinar del Rio y Viñales es largo. En Pinar del Rio hacemos una parada para visitar una fábrica de tabaco. Los trabajadores, hombres y mujeres, algunos jóvenes, están situados en pequeños pupitres donde tienen todo lo necesario para su quehacer. Se diría que observan la misma disciplina que en un colegio, que una autoridad vela porque hagan su trabajo sin ninguna distracción. Luego nos llevan a una destilería donde compramos el licor local, la Guayabita del Pinar, hecha a base de ron y una pequeña fruta local, invención según nos dicen, de algún español. Continuamos viaje hasta Viñales en donde observamos las formaciones montañosas de los mogotes, elevaciones bruscas del terreno, cubiertas así mismo de cubierta vegetal. Visitamos en barca la Cueva del Indio con sus estalagnitas y estalagtitas y a la salida, frente al Mural de la Prehistoria, comemos en un restaurante rural una comida muy sabrosa, amenizada con música interpretada por un grupo con un órgano manual como instrumento principal. Sorteo y bailes de concurso y cuando el tremendo aguacero nos lo permite reanudamos el viaje.
El regreso a La Habana es bastante penoso debido al cansancio y a la falta de motivación de volver sobre nuestros propios pasos.
Una vez en el hotel, voy a la piscina donde otro aguacero me sorprende pero no me impide darme un pequeño baño. Regreso doblemente mojado a la habitación, me cambio y me dedico a observar plácidamente la lluvia sobre la ciudad desde la pequeña terraza de la habitación. Enchufo la tele, la apago y así pasa el rato, hasta que me cambio y bajo al loby donde debe estar el ambiente bullicioso de los inquietos turistas. Le consulto a Idoia, ya con alguna frialdad, pues mi viaje a Trinidad está bastante difícil, sobre la posibilidad de ir al Tropicana y me responde con el mismo tono desesperanzador, esta vez debido a la lluvia, diciendo que si no habrá función por la lluvia. Decido no hacerle caso y tomo un taxi. El Cabaret no está muy lejos. El taxista me deja a la entrada de lo que es una especie de parque en donde, por el momento, no se adivina el local. Luego se ve un enorme cartel que atraviesa todo el paseo del parque anunciando el Tropicana. Antes de entrar me recreo paseando por las inmediaciones. Una especie de fuente simula un grupo de bailarines en medio de la vegetación tropical. Un poco más allá, una pequeña escultura casi oculta por la arboleda. Todo ello invita a un paseo sosegado antes de zambullirse en el bullicio de la sala. Me dirijo hacia la entrada. Falta casi una hora. Al lado un lujoso restaurante me parece buen lugar para esperar a ver si hay o no función esta noche. Entro dentro de él. No hay nadie cenando. Las mesas muy bien puestas parecen aguardar la llegada de distinguidos comensales. Dudo qué mesa ocupar. Elijo una pequeña suponiendo que la gente aparecerá enseguida y lo ocupará todo. Eso no ocurrirá. Al poco aparece una camarera con la carta, se llama Carmen que parece querer elegir junto conmigo la combinación más a mi gusto. No señor, de eso no tenemos, si le gusta esto se lo recomiendo sobre esotro que... y pone una mueca de connivencia que pretende ser sincera. Si, tráigalo. Ceno con parsimonia al tiempo que consulto la guía de turismo. Perdone, el señor es español ? Si. Es que no pude por menos que reparar en el libro. ¿Me permite, señor? No faltaría más. Qué lindo. Si, lo compré en España. Está muy bien, ¿me permite?, tengo un compañero en la cocina que querrá consultarlo. Al rato vuelve con el libro. Gracias. ¿El señor sacó ya el boleto para el espectáculo? No. Ah, si usted quiere podemos comprarlo. No se moleste. No, no es molestia, se lo cobraremos en la misma cuenta de la cena, bueno, si no es molestia. No, señor. Y llama a unas personas muy bien vestidas que están en la puerta del restaurante sin quehacer aparente. Vienen hacia mí y me preguntan las preferencias. Mire, les digo, yo es que traigo una cámara de video y quisiera por lo tanto un sitio muy discreto. Está bien señor, le sacaremos de segunda y le acompañaremos a un lugar donde podrá filmar sin problemas. Pero tenrá que abonar suplemento por la cámara. Está bien. Después quedamos Carmen y yo hablando de nuestras cosas personales. Yo le hablo un poco de mi tierra, ella de su trabajo. Hasta que me advierte que el espectáculo está a punto de comenzar. Le podemos llevar el postre a la mesa del cabaret. Allí le pondremos la cuenta. No se molesten. Y me zampo el postre como puedo. Dejo la cerveza a medias y cual sería mi sorpresa que me la traen a la mesa del cabaret al tiempo que otro camarero aquí me obsequia con una copa de champan. La mesa es alargada y comunitaria. Algunos turistas están ya sentados y el espectáculo a punto de comenzar. Preparo la cámara sin tiempo para filmar el explosivo comienzo del mismo y la aparición de las bailarinas subidas en altos junto a las palmeras muy cerca de mi sitio. En torno a mi las mesas se van ocupando con rezagados como yo, mientras el escenario semicircular del Tropicana se va llenando de bailarines, ritmo, efectos luminosos, humo y música a raudales con números que se suceden sin interrupción. El auditorio asiste en profundo silencio obligado, debido a tanto espectáculo sin posibilidad de intervenir en nada. Al rato, en un intermedio de música lenta oigo unos siseos a la espalda a mi dirigidos. Un mulato asoma entre una valliza de arbustos su cabeza y me indica que me acerque, voy y me pide un cigarrillo. Es español, le digo, ¿tú lo conoces? Si, alguno, pero prefiero el rubio. Está bueno. ¿Tú de donde eres ? De Zaragoza. Ah si, yo estuve allá en la gira que hicimos a España, La Coruña, Salamanca, León, Astorga, Zaragoza... Zamora, a lo mejor. Ah, sí, es verdad. Mira Zaragoza queda al este.
... y aquí se interrumpe el relato escrito en Zaragoza, a la vuelta del viaje. El cuaderno estaba en el cajón de mis escritos y a continuación son todo hojas en blanco. ¿Rázones?, no sé. Han pasado casi treinta años. Posiblemente lo dejé por algún periodo de viajes, vacaciones, etc. y luego ya me olvidé de él. No recuerdo más. Dejémoslo estar. Ahora no me atrevo a proseguirlo en el mismo tono. Han pasado muchos años. Podía continuar desde la prespectiva actual, sí, y daré algunas explicaciones basándome en las notas preliminares tomadas en el propio viaje después de estos casi treinta años que han pasado de ese mi primer viaje a Cuba.
Acaba el escrito en el cabaret Tropicana, ya me había olvidado de la cena que hice en él. El espectáculo del Tropicana lo veo el miércoles. Días después, ya en compañía de Rosa, anoto que vamos a un Cabaret, pero no digo exactamente cual. Aquí dudo. El Jueves pongo que no hay función en el Cabaret. Así se llama, o llamaba, el que hay en el lujoso Hotel Nacional. Pero ese día no hay función, sería por ser dia festivo, no porque lloviese como pasa en el Tropicana, porque está a cubierto, en el interior del hotel. Y además aún no voy con Rosa. Voy solo. Esa noche pongo que me voy solo a la discoteca Comodoro que está por Miramar cerca de mi hotel. Cerca relativamente, porque las distancias en La Habana se calculan por trayectos en taxi.
El domingo pongo que voy con Rosa al Cabaret, ¿qué cabaret?, porque hay unos cuantos en La Habana. Cuando lo anoto así es que confío en acordarme cuando vuelva a Zaragoza. Pero el escrito lo interrumpo y ahora depués de treinta años ya no recuerdo. Por las notas de ese día domingo parece que estamos en mi hotel situado en barrio alejado del centro y que luego vamos a la discoteca Copacabana que está por esa zona alejada. Así que puede ser que fueramos al Cabaret del Hotel Nacional, en sesión de tarde, porque si no, no hay tiempo de ir a una discoteca. Creo que sí. ¿ No iríamos al Tropicana que está más cerca ?, pero creo que hay sólo una función ya en hora avanzada. Además es mucho más caro y entonces no tenía tanta amistad con Rosa como para eso.
Puede que deje el comentario aquí, o lo prosiga en otro momento. Nótese ese afán por conseguir una guitarra cubana. Entonces yo sabía que la calidad de una guitarra clásica depende mucho de la madera. De América proceden algunas maderas de calidad, sobre todo de Brasil, quizás estaba obsesionado con esta cuestión.
El dibujo que aparece intercalado en el texto que escribo en España, quizás es recordando imágenes de La Habana vistas en el viaje, de paso vemos parte del texto del escrito. Mal dibujante, ya se vé, pero son iconos de aspectos que me impresionaron : las palmeras cubanas, los coches viejos americanos, monumentos a héroes de la patria cubana y ese edificio alto que debe ser ejemplo de los enormes hoteles construidos en la etapa prerrevolucionaria por los americanos.
Zaragoza, Abril de 2021.

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