VIAJE
A CASTILLA EN AUTO STOP, EN JULIO DEL AÑO 1972, CON ILUSTRACCIONES FOTOGRÁFICAS
DE ENTONCES
Luis-Felipe, Sánchez Ripollés, con prólogo de Luis Irache Esteban, catedrático de Literatura.
(Edición íntegra tomada del manuscrito original de 1972 en Junio de 2011)
PROLOGO a modo de EPÍLOGO (julio 2011) de Luis Irache Esteban, catedrático de Literatura, y más que
familiar, confidente de toda idea, y animador del espíritu literario en mis juveniles años, en aquellas fiestas familiares, que se convertían en auténticos "juegos florales" literarios junto a mi cuñado Antonio Jiménez y Jesús Cristóbal, a los que tanto debe mi alma literaria y este escrito.
(Nota
: se reproduce después textualmente por si queda en mi transcripción
equivocado o no localizado algún vocablo) :
Un epílogo al libro de Felipe. De esta segunda Teocracia nuestra, la de Iesus et Paulos, construyen en Castilla
cavalleros, iglesias y castillos callejeos (Sic, ¿callejeros?). En
los años setenta del pasado -por fín- siglo non fasto, un joven que
viaja en autostop, como otros perseguido por su lengua, escribe. Y
olvida en el cajón el cuadernico.
Nuestro
Horacio, maestro de escribir, avisa al que entusiasma a su propia
cabeza con su texto, no dejes más de tres o seis meses tu obra en
reposo, muchacho, aprendicico. Hoy despierta, algo absorto, tu texto
deseoso de la imprenta. Podrías hacerme un prólogo. ¿No prefieres
- contestas - un epílogo? Porque esto que me sale, Felipe, es
esperable: tengo yo que leer, pluma
en mi mano, y luego ir avanzando, y terminar. De este ahora lector y
prologuista salen más coherentes conclusiones, que saludos y prosa
introductoria.
De
España Teocrática, ya en sus ruinas, quedan pecios en pie. No
habías descubierto en este viaje - Castilla aragonesa, luego al
Oeste - ninguna más ignota. Solo apuntas lenguaje y haces fotos. Mas
no hay nunca más mundo que el lenguaje. En tu sala de fusions, tan
ingenua, se fraguan las ideas. Y todas son tan tuyas, como auroras y
siestas, como objeto, que creas un momento y se disipan.
¿Cómo
haces, Felipe, con el diálogo? Qué sano y que directo te sale, por
ejemplo, el estilo indirecto, qué novela hay a veces en tus notas.
Mas todo en este tono relativo, que tanto nos agrada a los
escépticos. Ya te digo, querido Ripollés, que es él, nuestro
lenguaje, y no el viaje en vehículo, esplendido y ya propio, quien escribe los libros entrañables.
¿Habrías
acertado, pues, pariente político ejeano, con tu estilo? Ya puede
uno buscarlo, confiar; que si esta natural mente (sic) no acierta a
meterse en el lujo de la lengua, que siempre iba sin rumbo, no
consigue escribir, decir las cosas.
Ribas,
13 de Julio, 2011.
Ya´n
parlarem, Felipe, de editar, de agentes literarios, de más cosas.
Cualquiera que se ponga a leer directamente
este relato dirá, con mucha razón, que presenta serias deficiencias de estilo,
expresión, sintaxis, etc. Intentaré justificar un poco todo eso, al tiempo que
doy datos referentes al mismo y su gestación.
Empezaré diciendo que el manuscrito original
ha estado dormido, que no perdido, en el cajón de mis cosas personales durante
casi cuarenta años. Y salvo breves ojeadas con motivo de traslados, limpiezas y
demás azares de la vida, no le he prestado más atención. Ahora que dispongo de
tiempo lo he examinado seriamente y con gran satisfacción encuentro también las
fotografías que paralelamente realizaba en el viaje. Situados aquí, surge la
primera pregunta, ¿tuve la intención de unir relato e imagen para el caso de
pasarlo a limpio? (no me atrevo a decir publicarlo) La respuesta es no, con
todas las dudas que me dan mi flaca memoria y el largo tiempo transcurrido. No,
porque en su lectura no aparece dicho nada al respecto, salvo expresiones vagas
como “aquí tiro la foto”, etc.; y porque en el tramo final del viaje, llegados
a San Esteban de Gormaz y El Burgo de Osma, de repente se suspende la toma de
fotografías -como explico en su momento en nota aparte del relato- nada menos
que del rico patrimonio monumental de ambas poblaciones, por lo tanto, todo
hace suponer que no figuraba en la intención primera unir relato e imágenes y
que éstas eran en el viaje algo secundario.
Bien es verdad, hay que decirlo, que en el
viaje voy prestando atención a las fotografías que voy haciendo, como queda
probado en el listado de la última página del cuadernillo escolar que me sirve
para escribir el relato, en donde voy anotando los valores fotográficos
referidos a Apertura de Diafragma,
Tiempo y Distancia para cada foto (salvo algún que otro olvido) y que en la
edición de este relato anoto al pié de cada fotografía, porque me parece que
también forman parte del viaje y fueron entonces motivo de mi preocupación,
debido a mi entonces naciente afición a la fotografía; y aquí tengo que señalar
que la cámara, cámara de bolsillo, fue un préstamo, que luego se convirtió en
donación, de mi hermano Josemari, cámara alemana que compró en sus años de
prácticas en Alemania como estudiante de medicina.
Pero en mi afán por aclararlo todo, también
tengo que decir que es posible que el motivo inicial del viaje fueran las
simples fotografías y que una vez en Logroño, decidiera hacer también una
crónica escrita. Es difícil de aclarar, pues tanto relato como imágenes
arrancan del mismo punto: de Logroño. ¿Qué pasó de Zaragoza a Logroño? Debo
dejarlo en el olvido. Imposible de recordar. ¿Fui en algún medio de transporte
o haciendo ya auto stop? Volvemos al problema de mi mala memoria.
En Logroño compro un cuadernillo escolar y comienzo a escribir.
Aquí nos metemos de lleno en temas de estilo. Pero, primero, ¿qué viaje quiero hacer? No hay ningún título por ningún lado, aunque en la contraportada del cuadernillo hay un gráfico con un itinerario parece ser que a seguir y éste corresponde al Camino de Santiago, con salida en Jaca y llegada a Santiago. Itinerario que no respeto ni a la salida ni en la llegada.
Puedo entender que no partiera desde Jaca, eso no me preocupa, lo que es más importante para analizar el escrito es que una vez llegado a León, me olvido de Santiago y giro hacia Zamora. ¿por qué? ¿Es que me he quedado prendado del encanto de la vieja Castilla o es que una vez en León pienso que si voy a Santiago eso me obligará a retomar el camino de vuelta, lo cual es bastante enojoso para un viaje en auto stop? Todo esto es para aclarar si hubo una ruta trazada inicialmente o si la fui cambiando en función de circunstancias y apetencias. El itinerario queda escrito en el cuadernillo que compro en Logroño, pero ¿lo traslado de alguna hoja suelta que llevaba desde Zaragoza? Y digo que el cuadernillo lo compro en Logroño por el simple hecho de que así queda escrito en su portada, eliminando más incógnitas. El caso es que el viaje se completa siguiendo hacia Toro, Tordesillas, Valladolid, Peñafiel, Aranda de Duero, El Burgo de Osma, Soria y Zaragoza. Un círculo completo y en cierto modo cómodo.
Aquí nos metemos de lleno en temas de estilo. Pero, primero, ¿qué viaje quiero hacer? No hay ningún título por ningún lado, aunque en la contraportada del cuadernillo hay un gráfico con un itinerario parece ser que a seguir y éste corresponde al Camino de Santiago, con salida en Jaca y llegada a Santiago. Itinerario que no respeto ni a la salida ni en la llegada.
Puedo entender que no partiera desde Jaca, eso no me preocupa, lo que es más importante para analizar el escrito es que una vez llegado a León, me olvido de Santiago y giro hacia Zamora. ¿por qué? ¿Es que me he quedado prendado del encanto de la vieja Castilla o es que una vez en León pienso que si voy a Santiago eso me obligará a retomar el camino de vuelta, lo cual es bastante enojoso para un viaje en auto stop? Todo esto es para aclarar si hubo una ruta trazada inicialmente o si la fui cambiando en función de circunstancias y apetencias. El itinerario queda escrito en el cuadernillo que compro en Logroño, pero ¿lo traslado de alguna hoja suelta que llevaba desde Zaragoza? Y digo que el cuadernillo lo compro en Logroño por el simple hecho de que así queda escrito en su portada, eliminando más incógnitas. El caso es que el viaje se completa siguiendo hacia Toro, Tordesillas, Valladolid, Peñafiel, Aranda de Duero, El Burgo de Osma, Soria y Zaragoza. Un círculo completo y en cierto modo cómodo.
La siguiente incógnita se refiere al modo de
llevar a cabo el escrito. ¿Tomar notas y luego al final del día, o incluso una
vez de vuelta en Zaragoza hacer el escrito? Esto último creo que lo eliminaría
enseguida debido a las vicisitudes tan diversas de un largo viaje, más bien
creo en lo primero y de hecho así se menciona en el propio relato. Pero hay un
intento inicial de tomar notas como puede verse en la primera hoja escrita del
propio relato,
pero esas notas se refieren a Nájera, lo cual quiere decir que fue allí donde empecé a escribir comenzando por lo visto en Logroño (¡ …a ver si el cuadernillo lo compré en Nájera ¡) Y no vuelvo a tomar más notas, el escrito arranca todo seguido hasta el final del relato. Por otra parte tiene toda la apariencia de ser un relato escrito con características de borrador por la abundancia de imperfecciones de todo tipo, el abuso de la frase corta aunque el estilo de Azorín me gustaba, de descripciones genéricas tales como “Hace mucho calor”, “Estoy cansado”, etc., posibles pinceladas sueltas para retener la situación anímica del momento y perfeccionar y enriquecer después en el escrito definitivo, y la abundancia también de calificativos despectivos hacia poblaciones que desde luego no se lo merecen por su importancia histórica y cultural, como son: “Sahagún es desagradable” “…la llegada a Zamora como a un pueblo”, etc. y que insisto en la valoración de ser breves brochazos y cómodas anotaciones a desarrollar después. Entonces estarían unidas a circunstancias del viaje con más detalles que ahora soy incapaz de recordar. Esto me sugiere que puedo hacer un estudio para saber en qué momento o lugar escribo, analizando el tipo de escritura, pues hay pasajes que se resuelven de un plumazo y otros más detallistas.
pero esas notas se refieren a Nájera, lo cual quiere decir que fue allí donde empecé a escribir comenzando por lo visto en Logroño (¡ …a ver si el cuadernillo lo compré en Nájera ¡) Y no vuelvo a tomar más notas, el escrito arranca todo seguido hasta el final del relato. Por otra parte tiene toda la apariencia de ser un relato escrito con características de borrador por la abundancia de imperfecciones de todo tipo, el abuso de la frase corta aunque el estilo de Azorín me gustaba, de descripciones genéricas tales como “Hace mucho calor”, “Estoy cansado”, etc., posibles pinceladas sueltas para retener la situación anímica del momento y perfeccionar y enriquecer después en el escrito definitivo, y la abundancia también de calificativos despectivos hacia poblaciones que desde luego no se lo merecen por su importancia histórica y cultural, como son: “Sahagún es desagradable” “…la llegada a Zamora como a un pueblo”, etc. y que insisto en la valoración de ser breves brochazos y cómodas anotaciones a desarrollar después. Entonces estarían unidas a circunstancias del viaje con más detalles que ahora soy incapaz de recordar. Esto me sugiere que puedo hacer un estudio para saber en qué momento o lugar escribo, analizando el tipo de escritura, pues hay pasajes que se resuelven de un plumazo y otros más detallistas.
Vayamos ya directamente al grano y sigamos
haciendo preguntas sobre cuestiones que parece que preocupaban muy poco al
muchacho que era yo entonces. ¿Cuándo viajo? Ni rastro de fechas. Hay que
rastrear el texto donde aparecen tres, o mejor dos, pistas que nos ayudan a
datar el escrito. Por un lado se repiten expresiones tales como “hace mucha
calor…” y que “En Valladolid no se abre el Museo Nacional de Escultura el 18 de
julio” o que “En Peñafiel aquella noche era la del 18 de Julio". Nos falta
el año y si no fuera por una expresión suelta del relato nos quedaríamos sin
saberlo, aunque yo de memoria y repasando mi pasado lo situaría en los primeros
años de la década de los setenta, pero el año preciso es el de 1972, porque hay
un pasaje del relato que dice: “…algunos empleados de banca comentan las
partidas de ajedrez del ruso y el americano.” Se trata de buscar una gran
partida de ajedrez celebrada en el mes de Julio de aquellos años. Consultando
datos vemos que el 11-07-1972 el ruso Boris Spassky, campeón hasta entonces, se
enfrenta al americano Fischer con el título mundial de ajedrez en juego en Reykiavik
y en donde resultó destronado de dicho título. De esta manera sabemos que estoy
viajando el mes de Julio de 1972 y que entonces tengo 25 años.
En lo referente a cuestiones del estilo
literario ha quedado sin resolver si el manuscrito es un borrador a perfeccionar después, con múltiples expresiones puestas
a la ligera y a retocar luego. Pero no se trata de eludir la responsabilidad y
el lector sabrá sacar su propio conclusión y, eso sí, disculpará defectos
debidos al cansancio del viaje, a la falta de experiencia literaria y, lo
confieso también, a excesos de presunción juvenil por querer estar a la altura
de los grandes maestros de la pluma, cuando no sencillamente copiarlos. Pero el
texto está respetado al máximo. A lo sumo introduzco alguna coma para poner
orden en pasajes algo confusos, lo demás lo dejo tal cual como se verá en algún
vocablo fácilmente sustituible.
Llegados a este punto y metidos en la
lectura y en el viaje, otra pregunta me hago ¿estoy improvisando o estoy
copiando? ¿Soy un escritor viajero o alguien que dice serlo? Sobre esto, hablemos de las circunstancias
vitales y culturales que me rodeaban entonces. Estoy estudiando en Filosofia y
Letras la especialidad de Historia Medieval. Hay un entorno familiar muy
favorable a la cultura como son mi cuñado Antonio Jiménez, Jesús Cristóbal y
Luis Irache. En esas tertulias familiares recibo una gran influencia cultural y
literaria y se me proporcionan libros que despiertan mi interés por la historia
y la literatura. Y uno de esos libros va a ser el motor de arranque de este
escrito, es nada más y nada menos que esa especie de guía para viajeros a pié:
El Viaje a La Alcarria, de Camilo José Cela. Esta es la primera y principal
influencia. Sin este libro yo no habría viajado ni escrito este libro de esta
manera. Otras influencias indirectas son las de Antonio Machado y Gerardo
Diego, todos ellos en aquellos años muy en boga. Por lo tanto el estilo abusa
de poses literarias típicas de estos autores y también quiero decir que hay
cierto intento por adquirir un estilo propio y que creo que se refleja en la
insistencia en la frase corta, con la
ocultación o eliminación del verbo principal, que si mal no recuerdo era algo intencionado,
buscado, en ese afán de adquirir un estilo propio.
No puedo decir nada más, el resto que lo
diga el propio relato, borrador o lo que sea, desde luego si se trata de un
borrador, no se me ha ocurrido completarlo ni mejorarlo, porque después de casi
cuarenta años todas esas vivencias han desaparecido y porque sería robarle la
autoría a ese muchacho de 25 años que era yo entonces. Hoy para mí es una
simple crónica de mi viaje a Castilla, con el mérito indiscutible de recordar
para siempre todas esas circunstancias viajeras que de lo contrario estarían ya
en mi más completo olvido.
Luis Felipe Sánchez Ripollés, Zaragoza,
Junio de 2011
Logroño es una ciudad mixta. De sabor aragonés, navarro y castellano. Ciudad de grandes arcadas y catedral barroca. Calles estrechas. La encargada de los telegramas pone una cara de asombro si se le pregunta el precio de un texto a remitir. Posee una larga, ancha y soleada avenida que conduce a tierras castellanas.
Logroño es una ciudad mixta. De sabor aragonés, navarro y castellano. Ciudad de grandes arcadas y catedral barroca. Calles estrechas. La encargada de los telegramas pone una cara de asombro si se le pregunta el precio de un texto a remitir. Posee una larga, ancha y soleada avenida que conduce a tierras castellanas.
No cuesta mucho
hacer auto-stop. Al segundo coche se para un hombre entre simple y desconfiado
que no cuesta mucho compenetrar con él. Pega unos codazos para matizar lo que
dice, son a modo de toscas intenciones por entablar un íntimo y confidente
diálogo. Me señala así la proximidad de una ermita o los festivales de teatro
en Nájera, la iglesia y monasterio de Sta. María la Real de Nájera. Su
información me parece muy interesante y le digo que me parece que voy a
quedarme en Nájera. Su coche me deja en las mismas puertas de la iglesia.
Saco la máquina de
fotos y robo a escondidas una revista informativa del monasterio. El chico
encargado aparece y debo hacer grandes esfuerzos por disimular la fechoría. Muy
simpático me quiere acompañar hasta la iglesia. Desisto. En el claustro hay una
cuadrilla de peones montando un tablado para el teatro. Saco las fotos y no
miran asombrados. Me desconcierta el claustro, sus adornos en los arcos, debe
de ser gótico avanzado.
Sta. María la Real, Nájera, s. XI (F/8
1/125 10-Inf, abertura de
Diafragma, Velocidad y Distancia (éstas
son las medidas que pongo
en la cámara de fotos de cada foto y que voy anotando
en la misma libreta que
escribo)
Penetro en la
iglesia. Gótico. Al fondo hay como una pequeña ermita con una Virgen de mirada
estúpida y un Niño en los brazos. Se llega a ella por un estrecho y bajo
corredor de piedras. A la entrada están las tumbas de D. Sancho, hijo de
García, su mujer Dña Blanca, Infante D. Ramiro, D. Vermudo de León, D. Sancho
el Valiente, etc.
Entretanto un timbre no deja de sonar. Me ha molestado
desde que he penetrado al monasterio. Pienso que se llama a los frailes. No veo
a ninguno. Al fin descubro a quien mete semejante alboroto. Una mujer porfía
pegada al timbre y en cuclillas. Pienso la manera de sacarla de tales
psicodélicos maitines, le pregunto si están enterrados de verdad aquellos
reyes. Dice que unos dicen que sí… Yo prosigo que otros dicen que no... Estamos
de acuerdo enseguida. Vuelvo a las tumbas a anotar sus nombres. Un grupo de
visitantes veo que es subido a trompicones por una escalera de caracol, yo me
pongo en la cola. Arriba observo extrañado que ha desaparecido el fraile que
los guiaba. Saco la máquina y hago una foto del púlpito, temo que me hayan
visto.
(Desgraciadamente esta foto no sale. El
negativo está en blanco: F/4 1/60 10 mts)
Salgo al pueblo. Calles estrechas y cargadas de tiendas de
electrodomésticos. El río a un lado, ancho y desacordado, permite vadearlo
pescando. Así lo hace un pescador de largas botas. Al otro lado unas altas y
breves montañas, sus escarpadas paredes protegen al pueblo y amenazan con
sepultarlo, así son de majestuosas. Sus picos tienen cigüeñas y sus paredes
grutas para asiento de gitanos.
En un portal hay un
breve escritorio en donde los visitantes estampas sus firmas. Es un velatorio.
Una chica me dice que siempre que se muere alguien se hace de tal modo. Yo me
voy extrañado
La plaza principal
de Nájera no tiene golondrinas que la repasen continuamente, tiene por toda su
redondez una nube de chicos que cantan, juegan y entablan un duelo casi
provocativo con sus canciones de banco a banco. No paran un momento. Pero son
muy agradables en el sentido de que no extrañan mi persona. Su griterío es
enorme. Los mayores les miran satisfechos desde los bancos que dejan libres.
A un alguacil le
pregunto sitio para dormir. Al momento me señala a una vieja que conversa con
otras. Me presenta. Quedamos pronto de acuerdo aunque después observe extrañado
que no le he preguntado el precio ni demás condiciones. A la noche me cobra 60
pesetas de un cuarto para dos. Al otro no le veo ni la cara. El sencillo
pueblo, alegre y con un cartel en una de sus puertas que dice: bombero, duerme.
No sé qué hora es
al día siguiente cuando paso las calles solitarias del pueblo, el sol
espléndido, hacia la carretera. Pienso que serán las siete. Me paro junto a un
cartel que anuncia el Camino de Santiago y otro me señala 18 kilómetros para Sto. Domingo de la Calzada
camino de Burgos, los pocos camiones y coches pasan sin parar. Espero
observando los toscos requerimientos de atención de dos perros que ladran en
las montañas vecinas. El valle es límpido y lumínico, colorido de verdes pastos
y verdes vides. El señor que me ha cogido va acompañado de una señora, que
juzgo su señora, y a la que habla de modo autoritario y casi despectivo. A
trabajar a Sto. Domingo me dice, no señor voy de turista por estas tierras,
después siento haberle dicho que soy estudiante. Ellos van también de turismo.
La señora trata de hacer ver, de las maneras más amables, que puede que para ir
de auto-stop hay que levantarse temprano.
Llego a Sto.
Domingo. Los barrenderos limpian las calles, los coches están aun dormidos por
las aceras y por las calles también estrechas de la catedral, pululan
hambrientos perros que pasan solitarios
corriendo en busca del alimento de los cubos de basura, sus patas largas y
nervudas y su mirar adusto y desconfiado.
La única torre de
la catedral está separada de ella por una calle. Las golondrinas giran en su
punta, rompen el cielo azul, gritan alegres. Saco una foto.
Calle de Sto. Domingo de la Calzada (F/8 1/125 casi
Infinito)
La planta de la catedral juzgo que está
inconclusa. La nave interior no termina en girola y por eso debe ser que la
torre está separada de ella. Pero hay una baja y estrecha girola que ciñe el
altar. Gótico con rasgos dispersos de gótico posterior.
Sto. Domingo de la Calzada (f/8
1/125 Infinito)
Salgo de la
catedral y busco un bar en donde tomar un café con leche. En el parador de
turismo hay coches extranjeros.
A las once
abandono Sto. Domingo, espero poco en la carretera pasado el puente que conduce
a Burgos. A los camiones no hago la señal de auto-stop y es por ello que un
camionero solitario, de vacío, me increpa con gestos que si quiero subir o no.
En el momento que pasa por mi lado levanto la mano. Se detiene a cien metros.
Es un hombre de unos treinta años, soltero, con pintas de presidiario. Este
adjetivo lo hallo en él por una mezcla de su fisonomía y no sé qué indicio dado
por él en el sentido de que dijo algo, al paso de la conversación, de que peor
se encuentra uno en la cárcel. Que por qué no voy con la chavala y que si se
puede aguantar su lejanía. Son pocos días,
contesto yo por llevarle la corriente y que qué remedio queda siendo
soltero, termina él. Sí soy de por aquí y que mejor se hace el viaje en un Morris.
Conduce con soltura y rapidez, va cansado y cuando no hablamos canta. Para un
momento a mear. Deja pasar a un coche extranjero para verle las piernas a la
mujer del conductor, cuando ha pasado me pregunta si llevaba puesto encima de
las rodillas el mapa de carreteras.
Llegamos a Burgos.
Se detiene a la entrada y le invito a un vino. En la barra no tenemos
conversación y él pregunta si dan de comer. De repente se despide y se mete en
el water. Yo abandono el bar, tomo el autobús urbano que me conducirá al
centro.
Burgos es una
ciudad como tantas. Con dos caras. Su catedral y sus comercios. El río pasa con
un hilillo de voz, ahogada por los coches, por debajo de las arcadas de los dos
puentes. La catedral tiene grandes perspectivas para sacar fotos. El día es
espléndido. Los turistas. Doy una vuelta a su edificio y en todos puntos se
pueden sacar fotos.
La gente de Burgos es callada y respetuosa. No gritan sino que hablan con el afán tranquilo de la raza vieja. Como el viejo que se ha sentado en el banco donde escribo, con su cayada y su nariz larga y colorada, dice buenas tardes con cierta timidez y se sienta sin mirar donde escribo, aunque sé que mira por el rabillo del ojo, así la gente por la calle no molesta con su mirada, sino que es una alfombra de agasajo cuando bajan la mirada a mi paso. Con mi pantalón polvoriento y mis botas abiertas, la bolsa al hombro. Penetro en la catedral y debo abandonarla enseguida. Un espantaperros me indica la salida sin delicadeza. Burgos es una ciudad dulcificada por los continuos toques de las campanas de la catedral. Como en un bar, 80 pesetas. Unos extranjeros sufren la acometida honesta de un castellano en la capa de la chica que les acompaña. Le pide el perro, ella dice que no lo vende y él responde oportuno que se lo regale si es eso lo que quiere. La carcajada es general en la sala. Los niños de Burgos, como los mayores, son como los pájaros del paseo junto al río que se acercan confiados a comer las migajas que les echo. La gente pasa por donde escribo sin ofender, en silencio, bajan la mirada cuando la levanto. Luego a la caída de la tarde los pájaros desaparecen y aquí tampoco las golondrinas aparecen y como en Nájera los niños las sustituyen con sus juegos inocentes y alegres. Las madres pasean con sus coches de niños. Un chico viene y silenciosamente me entrega un papel anuncio de un libro del mes: Guillermo el Indeciso, cuento oriental. Enfrente tengo unas garitas de libros, es la feria del libro, veo enciclopedias y diccionarios, eso me da pie, oportuna tesis, para pensar un poco en la vida al modo filosófico, y los comparo, esos manuales, con la vida de los niños que corretean por dondequiera que paso y la síntesis es una arruga en el corazón. Extiendo la mirada por el paseo para disipar sus nubes.
Castilla, tal como
me refleja Burgos, no está acabada. Veo los viejos por los cafés sí, pero los
niños siempre han de ser alegres y su alegría vuelve a ensombrecer mi corazón
al pensar que va a ser alegría sin sentido, alegría del vive hoy y no pienses
en el mañana.
Y debo abandonar
Burgos. El camino que sigue es duro, encrucijada, camino jacobeo profanado por
la carretera de asfalto. Burgos amanece bajo un sol límpidamente confortante.
La ciudad despereza penosamente, las calles vacías, con gentes solitarias que
acuden al trabajo. Pido a un taxista que me saque una foto en su plaza
principal. Cuando voy a decírselo inicia un suave deambular hacia una esquina,
vuelve, se lo digo, el hombre es viejo, delgado y bajito. Me mira casi con ojos
de súplica, accede gustoso, olvido decirle que saque las torres de la catedral
que despuntan por encima de los tejados.
(Olvido anotar datos de la cámara. Como
se ve el taxista sacó las torres de
la
catedral muy bien)
Le pregunto por
donde se va mejor a Frómista. Me indica, aunque creo que vacila, la carretera
de Villasandino, Melgar y Osorno. Le doy las gracias y él, al tiempo que se
despide inicia otro deambular por delante de su taxis, limpio y frío en la
mañana alegre y prometedora. Entro en un bar a tomar un café con leche, aquí
vuelvo a preguntar al camarero, un chico con aires de despistado. Observo que
no conoce las carreteras y respiro aliviado cuando llama a un hombre que
conversa con una señora en el mostrador. Me dice que debo ir por donde me han
indicado por el hecho de que es más fácil que me cojan. Salgo a la calle
decidido. Saco una foto del puente con el arco de Carlos V y aquí también
asoman las flechas de la catedral.
Burgos. Arco de Carlos V desde el
puente sobre el Arlanzón
Pregunto a un
guardia por la carretera y me responde entre enterado y receloso señalando la
carretera que pasa a mis pies. La inicio. Veo que es larga y que las afueras
están lejos. Se para un autobús en mis narices y cuando voy a subir arranca.
Aguardo en la parada media hora. Al fín viene. El cobrador va dormido y es por
eso que no nota mi presencia, los viajeros se lo indican, me abre, arranca el coche. Bajo al final del
trayecto. Entro en una taberna al borde mismo de la carretera. Una señora
bajita y delgadísima, con ojos avispados y bondadosos me dice que debo ir tres
kilómetros adelante para encontrar la carretera de Villasandino, Melgar y
Osorno. Es la tabernera. Camino tranquilo tarareando canciones de Lope, Quevedo
y Machado. Pienso que soy un peregrino que sigue la Ruta de Santiago, así me lo
parece en las miradas de los conductores. Llego al cruce, el primero que pasa
me recoge. Es un viajante de productos farmacéuticos de veterinaria. Joven, de
mi edad, que habla sin parar y sin titubeos.
Sabe muchas cosas del Camino de Santiago. Me dice que he hecho mal al no
visitar Las Huelgas y la Cartuja de Miraflores, que el primitivo Camino de
Santiago es muy difícil de precisar y
que de esta manera que marcho lo voy salteando, que pasa de Villasandino a
Castrogeriz en donde está la posada de los peregrinos de San Antón. El
monasterio de Silos no hay que perdérselo, dice convencido
y de tal manera que presiento que allí ha acabado toda la
conversación. Conoce al fraile perito en arte y cuando va por azares de su
oficio no quiere que le de ninguna explicación artística. El lo ve todo con
gusto porque es bonito, pero como él no está iniciado en esas cosas… no conozco
los estilos ni los entiendo…Yo a todo digo que claro. Aunque lleva un poco de
razón en lo que dice pero no sé que me hace pensar que es de los que ven estas
cosas con ojos de interés, en un sentido comercial. Me deja en Melgar con unas
buenas indicaciones en cuanto al camino a seguir. Cruzo, pues, el puente sobre
el Pisuerga. Siento no sé qué emoción al vislumbrar el río. Su nombre me trae
rancio sabor histórico y evocaciones de escuela. Me baño. Cuando estoy
enjabonado aparece una señora con dos niños, silla al brazo, para tomar el sol.
Llega y se da la crema bronceadora. Yo miro para decirle los buenos días cuando
vuelvo a la orilla, pero ella no vuelve la cabeza. Me voy más atrás donde hay una fresca hierba, me seco y toco la flauta, fragmentos del Carmina Burana. A la media hora
me voy al cruce que me indicó el viajante . Está a veinte metros del puente.
Soledad. La señora se ha levantado y me mira por entre las hierbas de las
márgenes del río. Pasa un coche o camión cada diez minutos. El campo es rico,
verde, hortalizas y mieses hasta las montañas lejanas, todo llano, cubiertas de
nieve. No sé qué misterioso resplandor brilla en una de ellas. Una camioneta se
detiene. Sus dos ocupantes me ceden sitio. Habla uno de ellos, el conductor
calla y asiente aunque de manera forzada, el que me habla es simple y
aventurado. Me dice que es peligroso ir en auto-stop porque si no paran…que qué
buen día hace, calor. Me dejan en Osorno donde pasa la carretera de Santander a
Palencia. Los pocos que pasan no se detienen, al décimo coche se detiene un
camión de combustible, enorme, frena a cien metros, corro. Su conductor, un
catalán, no sabe dónde está Frómista. El va para León, luego veo que no sigue
la carretera general, sino que se mete por una secundaria que conduce
directamente a Carrión de los Condes. Hago planes. Iré a propósito al día
siguiente, preguntaré en el pueblo si merece la pena la visita a Frómista. Pone
la radio a todo volumen, conduce rápido. Dice que donde mejor se está es en
casa y que déjate estar de viajes. Además por estas tierras. El no quiere
sacarse el pasaporte para no ir nunca al extranjero. Presiento al fondo la
voluntad de su mujer. Cuando pasa otro camión de su compañía se detienen los
dos ocupando toda la carretera. No hay tránsito. No entiendo que hablan pues lo
hacen en catalán y además el ruido de los motores. Llego a Carrión de los
Condes y desciendo. Allí me encuentro con una familia que carga o descarga algo
en un carro destartalado.
Me indican una
fonda. El dueño es un hombre casado con una mujer pequeñaja y habladora de
cosas mojigatas, el precio de la vida, la situación caótica de un viejo que
come desacompasado junto a otro no tan viejo y al que debe haberle abandonado
la familia, quizás para irse a trabajar a Barcelona, pienso yo. Y que no tiene
a nadie y pide medio en broma una mujer para llevarle la casa, para que me
guarde la puerta mientras yo voy a dar un paseo, y los demás acaban la broma
sugiriéndole una novia mejor, de veinte años, dice el dueño, que luego de haber
acordado conmigo la comida se sentó a la mesa de los viejos. Su mujer me dirige
el curso de la conversación como si me conociese de toda la vida, sus ojillos
tienen la viveza desamparada de la gente simple.
Ensalada y callos
en abundancia, pan y vino. Cuando acabo siento una alegría brutal y torpe por
todo mi cuerpo, fruto del vino, que me impide caminar y hablar con soltura. Ha
llegado una familia de Palencia y entre ellos una joven de unos dieciocho años
que mira y remira todo el local y si su mirada se cruza con la mía surge en mi
cara una sonrisa primitiva de sentimiento desbocado y me marcho con prisa y
cuando estoy con la mano en la puerta el dueño del bar me grita si he tomado
buena cuenta de las casas y calles que me ha indicado, contesto que sí y
gracias a modo de despedida.
En la iglesia de
Santiago de Carrión de los Condes hay unos técnicos de fotografía sacando el
pórtico, tengo desde el capitel, con planchas metálicas en el medio para
aprovechar el sol, exclama uno, y un gran trípode, mientras yo aprovecho la
ocasión y tiro unas fotos.
Carrión. Sto. Domingo (f/8 1/125 5 mts)
De pronto y no sé
cómo, me hallo hablando con el al parecer tonto del pueblo, no se puede entrar,
está cerrada, ¿por qué?, porque se caen los techos, la misa se celebra en la
iglesia de la Virgen del Carmen, si quiere le acompaño, no hace falta, le digo,
mientras subimos por la calle mayor, además no tengo dinero, pienso que se
ofrece de guía, es igual, habla con todo el mundo que se cruza, conoce todos
sus quehaceres, ellos le contestan con trabajo, deben afinar la imaginación para
contestarle, pienso que este hombre no es imbécil, que parece de imaginación
desbordada, no asienta lo que dice, pasa con rapidez de un asunto a otro, habla
con agilidad a todos los que pasan y no
deja de acompañarme. Subimos a unos monumentos, final de la calle mayor, San
Andrés, Belén y su relación con Filipinas. No me parecen de interés,
neoclasicismo y piedras antiguas, sin arte ornamental. Hago como que hago las
fotos. Bajamos, le invito a lo que quiera, enseguida encuentro un bar, un café
pero con leche, que sea con leche, eh, matiza, yo un café. El bar está vacío.
Habla con el camarero, un niño, no puedo entender lo que dicen, un poco porque
me hago el despistado y no quiero seguir la broma del camarero. Le invito a un
cigarro de caldo, lo coge entero, lo enrolla en un papel y se lo fuma entero.
Junto a la puerta aparca un coche extranjero, él sale a la puerta, mira, entra,
habla, vuelve a mirar. Desde aquí vengo, le digo señalando en un mapa, yo me
fui en auto stop hasta Villaldo, dice sin hacer caso. El camarero me asegura
que sí lo hace, con un chorizo en la mano, no comprendo bien por qué. Bajamos
la calle mayor y en la plaza me despido, le doy la mano que él coge con timidez
y torpeza y me bajo hacia el río. Noto como sigue detrás de mí, aunque sea por
pura coincidencia, como ví cuando se paró a hablar con unas mujeres que estaban
en el parque junto al río. Yo me siento en un banco y toco la flauta, todas la
oyen y miran, yo no hago caso y prosigo. Me canso y voy a la orilla en donde había una hierba fresca,
unos olmos con suave brisa y me tumbo a tomar la fresca. Luego me baño. A la caída de la tarde vuelvo al bar donde comí y acuerdo la cama para
dormir, setenta pesetas, me pongo en la mesa de la plaza y escribo esto.
Cuando me levanto
por la mañana me encuentro con un día tan bueno como el anterior. Me despido
del dueño de la posada, de su mujer, ellos no saben donde está la casa en donde
vivieran los Infantes de Carrión. Saco una foto de una casa antigua que tiene
todas las trazas de serlo, aunque luego me dirá la mujer que la habita, que fue del Virrey del Perú.
Casa del Virrey del Perú. Carrión de los Condes
Le pregunto a ella por la casa de los Infantes. Me señala una calle. Allí me encuentro con la sorpresa de que no es de los Infantes, sino la casa donde nació el Marqués de Santillana. En la planta de abajo hay una sucursal de una Caja de Ahorros, arriba una placa que indica la naturaleza y condición de la casa, aquí nació… La casa en sí no tiene nada de particular. Abandono Carrión de los Condes. Enseguida me cogen pasado el cruce de carreteras, la que va a Santander y la que va a León o Camino de Santiago, que es en la que me pongo. Me bajo en Sahagún, pueblo que me parece antipático de primeras y cuando lo abandono. Una monja benedictina que me muestra el museo particular del convento. Capiteles, entre ellos uno mozárabe de lacería, escudos, tallas de vírgenes de bastante valía. Una de ellas sufre la salvaje agresión periódica de la superiora, la cual, según me indica la monja-guía, siempre que puede se dedica a quitar la para ella horrible policromía y allí está la virgen a punto de sucumbir en su colorido. Cuadros renacentistas del siglo XVI. Muy valioso el museo. La monja me muestra con cierto orgullo el mapa de las antiguas posesiones benedictinas. Lo miro de pasada pero me parece ver toda la zona comprendida entre Burgos, León y Oviedo. Salgo a la calle.
Sahagún es
desagradable, tiene una plaza con los típicos soportales de madera pero con
abundante maquinaria de coches, remolques y tractores. No sé cómo se dan tantos
demoledores de casas en dicho pueblo, por todas partes pululan, las calles
anchas, polvorientas, me compro un pedazo de queso y en la panadería una barra
de pan. La señora de los quesos me cobró por un trozo pequeño treinta pesetas,
le digo que no está en mi presupuesto, me
corta una tajada de él y me cobra tres pesetas. Con él me como la media
barra de pan en la plaza principal del pueblo. Por delante de mi circulan los
vehículos, no las personas.
Autorretrato en los soportales de Sahagún (F/4 1/60 Infinito)
Plaza de Mansilla de las
Mulas
El pórtico de la
iglesia está tapiado y en su exterior hay un almacén de no sé qué negocios
ganaderos que ha puesto el alcalde. Un hombre con aires de bohemio borracho me
lo ha dicho en una tasca del pueblo. Me baño en el río Esla y como en una
posada huevos fritos con plato de tomate pan y vino, veinticinco pesetas. Las
dueñas del local, madre e hija, con una sirvienta que parece ajena a la
familia, me atienden con amabilidad. Como y escribo.
En
Villacontilde
Unas mujeres lavan
la ropa en un lavadero cubierto. Una lava y calla, asiente, la otra habla
bastante y me sonsaca las cosas. Que para la mujer está más peligroso el mundo,
que ayer vinieron unos hombres y pidieron a sus hijas les acompañasen al río.
Ella les dijo que con cuidado, que no os bañéis si os lo piden. Llegan sus
hijas y sus amigas, niñas de trece y catorce años. Se acercan con cautela,
hablan entre ellas sin parar, juegos, que tú no pasas por el paredón que divide
en dos las aguas del lavadero, que resbalas. Tú, estudias aquí?, en Mansilla,
segundo, contesta la mayor, morena de ojos, pequeña. Y se van todas, y las
mujeres, y yo que me quedo solo con la iglesia al lado, esperando que pase un coche.
Se detiene uno para decirme que no puede ser porque lleva bultos atrás y yo
desespero porque mientras ha pasado otro coche. Espero una hora, solo, pasa una
vieja, un tractor, buenas tardes, buenas tardes. El sol aprieta. Camino hacia
el pueblo. Se oye un coche en la esquina. Se detiene. Muy bien, nosotros
también vamos a S. Miguel. Y el monasterio tan quieto y solo. El señor que me
ha cogido tiene unos treinta años, habla con poder, enterado, matiza todo lo
que dice. No admite vacilaciones, resulta pesado. Habla el solo y los demás, su
mujer y yo, debemos asentir y seguirle la corriente. Que el guarda pone en su
puerta un cartel estoy en la cantina, en el campo, total que nunca puedo ver el
interior. Las fotos y que me dejan en el pueblo.
Monasterio mozárabe de S. Miguel de la
Escalada
Un perro me ladra y
me persigue por detrás, los dueños le llaman perezosamente, pueblo de vacas lecheras
y de perros con apariencia de lobos, pardos y hocicos afilados, pelambreras. Yo
camino por sus calles temeroso. El pueblo no tiene nada, casas de adobas. Y que
no hay sitio para dormir que me dijeron en Villasandino (o Villacontilde?) que
me darían cama en la cantina, y la cantinera, niña recelosa, que no. Y voy por las casas, la gente recela. Es que nunca se sabe, lo mejor es no
exponerse, y yo oyendo todo aquello con prisas porque la noche se cae. Me
siento a esperar un fortuito coche, un niño trota encima de un burro.
El niño del burro en S. Miguel de la Escalada
Al final de la
tarde las vacas que vienen solas de los prados y cada una se mete por la calle que le corresponde, a sus
cuadras, los dos viejos que conversaban conmigo se han levantado presurosos,
cuando han aparecido las primeras cabezas. Una niña se queda en el cruce a
vigilar la ruta de las vacas. Les grita, cochina, tonta. Yo me levanto
desesperado, nadie pasa, sin coches, voy a la cantina y allí me dicen que no
tienen teléfono, que en Vega de los Árboles sí. Cuando es noche iniciada me voy
andando. Llego con la noche cerrada. Paso un cementerio, no siento miedo. En
Vega llaman un taxi a Mansilla. A las doce estoy en la cama.
No puedo andar, los
pies me duelen horrores, tengo que comprarme unas alpargatas. La carretera está
fresca, el asfalto ennegrecido, parece aguardar peinado el peso del nuevo día.
Los coches primeros no se detienen, como siempre. He tomado un café con leche,
un camión se para, el chofer es amable
y de ideas abiertas, que el Madrazo de Zaragoza es único, el que va allí va al
negocio y no como en Valencia o Barcelona metido en la ciudad que te mete en un
compromiso.
Se llega a León
enseguida, los pies descansados, en León me compro al fin las alpargatas, los
pies descansan, camino, calles de ciudad negociante, aunque según me ha dicho
el camionero no tiene industria durante el día, veré que hay muchos pequeños
comercios apiñados por todas las calles, mercado con puestos semiambulantes por
las aceras, no sé cómo me recuerda los primitivos mercados medievales de León,
mercados de reconquista. La catedral es el monumento más importante que he
visto en mi vida, después de comer, el fresco de las bóvedas, las columnas que
arrancan del suelo y otras que se le unen a mitad del camino y juntas suben hasta el cielo de las bóvedas, auténtica joya, obra
acabada, las cristaleras de múltiples colores, el oscuro fresco de toda la nave
y luego las bóvedas de crucería cómo se ensamblan unas con otras, las bóvedas
de cañón y en sus aristas, esos nervios que soportan toda la mole del edificio.
Saco una foto.
La catedral de León
San Isidoro de
León, con su fachada multiforme, la planta de la iglesia de cuyas tres naves no
puedo concluir el estilo, una guía me dice que es románico y gótico, lo dudo un poco. Para ver
el claustro y la nave con las pinturas hay que poner treinta y cinco pesetas,
que yo soy estudiante, qué quiere que le diga, dígaselo al conserje, que no
puede ser, si quiere ver las pinturas tiene que pagar treinta y cinco pesetas.
Las pago con cara y gestos de disgusto. Imágenes de talla en madera, un códice
visigodo, muchos más manuscritos todos debidamente apiñados en estanterías
cerradas. Las fotos de los pórticos de entrada a la salida de la visita al
museo. Que este museo está regido no por el gobierno sino por los curas, son
unos negociantes que trafican todo, dije yo.
S. Isidoro de León (F/8 1/125
Infinito)
Y la comida en una
casa de comidas donde había todo viejos con pinta de traficantes en ganado.
Este día sábado es la plaza del mercado y del ganado. A esta última quise
asistir pero no pudo ser porque cuando llegué en el camión la ví de pasada y sí
todo camiones sin nada de pintoresco. En cambio en una plaza que hay cercana a
la catedral saqué una foto muy pintoresca de las verduleras con sus idénticos
puestos de cajones de madera, sus balanzas romanas y luego saqué las fotos de
las fachadas laterales de la catedral. En la casa de comidas, paella y medio de
carne 60 pesetas. Le doy al chico un duro de propina porque veo que la comida
ha sido buena y abundante.
León es una ciudad
de pequeñas casas, de semblante plácido y alegría sabiamente contenida. Sus
hombres no son sensuales, sus mujeres miran al extranjero con sensual agasajo.
De merienda a las siete y botella de vino sobre la mesa. Su mercado, las
innumerables tiendas dicen cómo sus gentes la prédica del sosiego y del vivir
entre las pequeñas cosas, mercado paradigmático de la ciudad, a once pesetas y
la mujer que compra las peras dice que ocho e intercambian y que dame una
peseta que falta y la mujer que dice con los ojos, su boca muda, mirada
advertida, que es suficiente y luego se marcha con su trato mudo mientras el
vendedor despotrica con dulzura contra ella a sus vecinos. Tenderetes de
cajones de madera, los viejos en los bancos de los lados, que se apiñan, codo
con codo los vendedores y algunas mujeres con paraguas para resguardarse del
sol. León, ciudad vieja, me ha dado todo el sabor de Castilla. Las gentes,
vendedores y compradores que tratan con animosidad y simpatía, la catedral
presidiéndolo todo, su simetría y acabado, dando ejemplo a toda la ciudad, sus
calles a sus plantas recogen todo su sabor y lo desparraman en todas las casas
y quiaceres del día. León, ciudad vieja.
Mercado en la plaza de León (F/8 1/125 Inf-4mts.)
Cuando dan las ocho en el reloj
señorial de la plaza del mercado y que todos recogen el sobrante de su mercado
sin pena, con la misma dulzura, aparecen los barrenderos que limpian por encima
de los vendedores, las hojas de lechuga y patatas y peras por el suelo. Yo, que
compro tres peras y luego de pesarlas con la balanza romana que la chica me
cobra tres pesetas mientras el reloj sigue aún dando las ocho de la tarde, con
pesada pausa como si no pudiera acabar su pasado todo recogido en la música de
sus notas. Cuando un hombre levanta la voz en el bar porque habla de ese modo,
no porque esté enojado, todos callan y su violenta voz es enseguida dulcificada
por la broma oportuna de otro parroquiano. Sus gentes que se estrechan
continuamente la mano, fraternidad toda presidiendo todo el día.
Mercado del sábado en la plaza de León
León es una ciudad
de pequeñas cosas, su catedral la más armoniosa que he contemplado, sus
bóvedas, cielo empíreo, sus gentes que viven en un radio de acción próximo, un
metro, que no advierten tu presencia hasta que no hablas con ellos y su mirada
limpia y prometedora, su nobleza y su vitalidad. Ciudad vieja que correteas
tranquilamente por entre tus intrincadas calles, leones en los escudos, ciudad
casi moruna, mercado moro, catedral gótica, y nunca desembocas en nada sino que
tu vida es estar dándole vuelta a las pequeñas cosas, continuamente, con el
precio de la fruta, de la patata y del jamón. En León no hay industria ni
grandes comercios, porque no aspira a las grandes cosas, vivir callado y a la
vez enloquecedor para el acostumbrado al pensamiento trascendental. Solo sus
coches atruenan con sus motores y conmueven las viejas casas y sus cimientos.
Auténtica existencia, vivir de las pequeñas cosas.
Y después de pasada
toda la mañana en la carretera, la llegada a Zamora, como a un pueblo. El sol
por primera vez se oscurece. La comida poca y mala, arroz y callos con un
pequeño vaso de vino. Pensando qué hacer después de comer, disgusto con el
camarero porque me cobra en una pequeña terraza nueve pesetas por el vaso de
vino, tendré que hacer la foto de la puerta de la muralla de Dña. Urraca y la
catedral. Tomaré vasos de vino en sus tabernas. Mañana Toro y quizás
Tordesillas, ya veremos. Porque a las doce estoy en Toro y decidiré salir al
mediodía hacia Tordesillas. Zamora es una ciudad acostada en una pequeña aunque
rápida pendiente. De un lado la cerca el Duero y del otro las murallas, como
dice muy bien el romancero.
Zamora
Calles estrechas
con balcones cerrados de madera. Gente de mirada perdida, sangre encerrada en
sus cuerpos desde tiempos históricos. Llegué en un domingo de sobremesa
callada, muda, solitaria en sus calles empedradas y empinadas, el sol de plomo,
placidez de la tarde en su río fresco de aguas turbias y sucias. Un guarda
impide el bañarse. Lavo mi camisa y la culera del pantalón. Las parejas de
novios se aprovechan de la coyuntura, el pantalón tarda en secarse, cuando se seca es
tarde para sacar las fotos. Doy al atardecer una vuelta por toda la ciudad. Al
día siguiente, la calle empinada desde arriba, con sus paredes que se juntan en
la lejanía, al fondo el Duero,
La calle “empinada” de Zamora
los guardias municipales salen con sus carteritas
debidamente ordenadas en sus papeles hacia el vericueto de las calles, hacia
una misión contributiva, sus camisas impecablemente blancas. La mañana límpida
viste las paredes, los balcones y las macetas de colorido, el sol las realza en
su mayor significado. Yo voy caminando por sus calles solitarias, algunos
empleados de banca comentan las partidas de ajedrez del ruso y el americano. Y
la foto del palacio de Justicia, fachada gótica florida a mi modesto entender.
Palacio de Justicia de Zamora
Puerta de Doña Urraca,
Zamora (F/8 1/125 10-Infinito)
y por la noche en la cama de la pensión leí los romances de
Zamora, Dña Urraca, la traición de Bellido Delfos, Alvar Fáñez. Zamora es una
ciudad solitaria, aislada, se siente arrinconada, un poco mora, castellana y
portuguesa. Sus plazas de sucias y toscas columnas que soportan afligidas el
peso de los años de sus casas. La mirada perdida.
Zamora. Escudo de un portal en la plaza Sta.
Lucía
Un joven camionero, un camión cargado de
ladrillos, trabajó cinco años en Francia y que guarda un grato recuerdo del
teniente coronel al que sirvió de asistente en la mili, me recoge. Se casó con
una chica de su pueblo, aunque tenía una novia en Francia. Es que las
costumbres son muy distintas. Allí existe el divorcio, en España es diferente.
Los días de fiesta se marcha con su coche, con su mujer e hijo de nueve meses a
algún sitio a descansar. Le gusta la pesca y la caza. Lo mejor es el matrimonio
y cuidar del hijo. Yo fui un tarambana, novia en Francia, borracheras en la
mili, ahora es muy distinto, se acabó. Habla sin parar, como un descanso en su
continuo conducir. Cara de niño, rubio pajizo, pequeño, enjuto, pasó
penalidades los primeros días de Francia.
El vino tinto de
Toro enturbia la mente. Sus calles estrechas tienen escudos, portales
semicirculares y balcones y ventanas enrejadas. La Colegiata con un cura que
pregunta la procedencia de los visitantes y toca canciones populares en su
órgano.
Colegiata de Toro
La portada con doscientas veintidós figuras representa en la última arquivolta el Juicio Final, un Pantocrátor central, a su izquierda los condenados, a su derecha los elegidos.
Portada de la Colegiata de Toro
Y el Palacio de las
Leyes con dos cadenas suspendidas a las que si lograban colgarse los
condenados, se salvaban, me dicen unas mujeres.
Toro es una ciudad
adusta. De también estrechas y empinadas calles. La Colegiata la preside. De
vino tinto, fuerte, del que se sube a la cabeza. Tiene una casa con un gran
escudo leonado y una monja que saca el cubo de la basura y que no sabe de qué
tiempo es el edificio. Enrejado y balconado. La calle mayor, de nombre la
Colegiata según un hombre solitario con aires de perturbado y Calvo Sotelo
según un enmohecido cartel, de columnadas fachadas. Dos indecisos arcos, un
toro a la entrada, tosco sin cabeza, primitivo. Las ciudades castellanas que
recorro, están demasiado mercantilizadas, distribuidores de cerveza circulan
por ellas asustando a las enlutadas viejas que cosen en los portales.
La calle Calvo Sotelo. Toro
Tordesillas de
plaza empedrada, cuadrada, rodeada por la columnata de sus casas que se
entreabren para dar paso a sus calles que como viejas simetrías inciden en el
centro de sus lados.
Plaza de Tordesillas (F/8 1/125 Infinito)
Plaza de Tordesillas (F/8 1/125 Infinito)
Tordesillas es una
ciudad enrejada, sus balcones y sus ventanas. Tiene el monasterio de Santa
Clara en donde estuvo encerrada Dña Urraca y veinte años enterrada, su guía
suelta su letanía con pereza, un patio árabe y restos en las fachadas de
afuera.
Patio árabe. Real Monasterio de
Santa Clara. Tordesillas
En Tordesillas está
la casona en donde se firmó el famoso tratado entre España y Portugal para
delimitar sus territorios marinos. En Tordesillas no hay gente vieja
castellana, se habla del precio de la cerveza y de no sé qué hurtos en una
casa. Tiene una plaza rodeada de dos pisos de galerías, labradas en madera, sus
calles estrechas y su mirar altanero sobre el Duero y su vega. Pero tiene más
sabor que Simancas, más grandeza y viveza, aunque adulterada.
El castillo de
Simancas es limpio, impecable, parece de construcción reciente, en sus
estancias anidan los historiadores que investigan en la biblioteca de Historia.
Simancas es un pueblo vacío, muerto, sus casas están algunas blanqueadas, sin
casi gente, unos pocos salen a la carretera a ver quién pasa, los coches por
debajo de las almenas del castillo, impecable y limpio, con un portero que
impide la entrada a los visitantes si no es con guía, el guía debe de ser él,
juzgo, porque está el archivo de Historia y es peligroso.
El
Castillo y Archivo de Simancas
Un extranjero se detiene. Tiene la familia
acampada en el camping de Simancas, encuentra dificultad en los verbos
castellanos, y en los franceses decimos a la vez, el inglés es distinto. Yo
hice un viaje por el norte del mismo modo que usted cuando era más joven.
Valladolid es una
ciudad moderna, con chorrotadas de gente por sus calles plagadas en comercios.
Su barrio antiguo, con la catedral y la iglesia de Sta. María.
Valladolid.
Santa María la Antigua
Valladolid. Iglesia de San Pablo
En Valladolid no se abre el Museo Nacional de
Escultura el 18 de julio, al menos hasta
las once que aguardé yo esperando sentado en los bancos del jardín de enfrente a Capitanía. Y la larga y calurosa espera en
su gasolinera, en la carretera
que conduce a Soria. Me llevan hasta Quintanilla de Onésimo, pueblo caluroso y seco y frío y
deleitoso debajo de las arcadas del puente sobre el Duero. Me dan de comer en
una fonda que está en reformas, ensaladilla, tomate, huevos fritos, dos filetes
de lomo, pan y vino, sesenta y cinco pesetas. Después de comer tomo café en la
planta de abajo donde van llegando los hombres y mozos del pueblo a tomar café
y cognac y a fumar sus puros, a escuchar con aire extraño y a la vez asombrado
la exaltación de la fiesta nacional y las disposiciones hechas por Franco de
cara al futuro. No suena ningún comentario en la barra repleta y ya un tanto
indiferente a las palabras de la televisión.
Y luego la fresca
siesta en la orilla del Duero mientras los chicos del pueblo enredan entre
ellos, echando agua sobre unos y otros, algunos en bañador, otros vestidos y
los pescadores allá en la mitad de la corriente, tan impacientes y a la vez
pacientes. Cantaba unas canciones. Y las dos chicas en bañador que cuando se
acercaron nadando las ví tan majas, yo veía que una de ellas era un tipazo, a
la otra casi no la veía aunque estaba a su lado.
El Duero a su paso por Quintanilla de Onésimo
Me cogieron unos
falangistas en camisa, uno de ellos pequeñajo, el que conducía que no dejaba
hablar a nadie, con gafas, parecía el jefe y le decía al otro, al pequeñajo,
que callase que él decía las cosas con mayor claridad. Y un tercero, gordo y
pacífico que no decía nada. Me invitaron en un pueblo a una cerveza. Allí que
la Falange no es un partido político, que se inspira en Cristo, que déjame
hablar a mí, si hablas tú no nos entenderemos, y vuelto hacía mí, de lo que se
piensa a la expresión va un gran trecho, si todos pudiéramos decir lo que
pensamos nos entenderíamos enseguida, y yo, entonces usted cree que el hombre
es básicamente bueno. Dudas, parece indeciso, y que el hombre es portador de
valores eternos. Yo me quedé con las ganas de decirle que los puntos doctrinales de José Antonio debían ser ampliados. En esto
ocurrió un accidente en la carretera que pasa justo por delante del bar del
pueblo donde tomábamos las cervezas. Él se puso a mandar. Tú ponte en aquella
curva y para a los coches que vengan, mientras él hacia lo mismo en el otro
cabo. Después subimos en el coche y en Peñafiel avisamos a la Guardia Civil.
Allí se originó otra confusión por aquello de que déjame hablar a mí y que si
hablas tú me callo. Cuando ya había encontrado una posada para dormir y había
dejado el peso de la bolsa y duchado y sentado en la terraza sita en la puerta,
me los encontré de nuevo. Habían tomado unos vinos, el pequeñajo
volvió a decirme aquello de los valores
eternos, el jefe que si nos
encontrábamos otra vez que a mi disposición, que lo pasase bien. Yo adiós muy
afectuoso.
En Peñafiel aquella
noche era la del 18 de Julio y como la gente tenía dinero se divirtió y
alborotó tanto que tardé en dormirme. La gente joven paseaba sin parar por las
calles, los mayores sentados en las terrazas. Y yo arriba, con la camisa
blanca recién lavada y tendida, con
sueño. Lo cierto es que me dormí pronto, pensando que me habían hecho una
injusticia. Al día siguiente la reclamé a la chica que barría, la única que
estaba levantada. Que en la hoja de mi habitación pone como precio mínimo
cuarenta pesetas y como máximo cincuenta y cinco. Sí pero comprenda que usted
no ha cenado. No importa digo yo, el hecho está ahí en la hojita de la
habitación, aparte están los precios de los otros servicios, como el desayuno,
comida y cena. Déme el Libro de Reclamaciones, yo se lo digo con mucha educación,
aunque sin ceder. Es que no sé dónde está y el dueño está durmiendo. Pues, y
sigo sonriendo con ánimo más de hacer menos embarazosa la situación que ganas
de acobardarla, despiértelo. comprenda que duerme… además, y me muestra una
enorme hoja pegada a la pared donde hablamos, aquí hay un sello que autoriza a
cobrar el 20 % sobre el precio caso de que el cliente no coma. Sí, eso dice
allí, pero en mi habitación no dice nada, me atengo a la hojita, ¡ allí también
está el sello¡ dice ella. Ah ¿está?, perdone. Sí suba y verá. Deje, dije, no se
moleste yo subiré. Y estaba. Y que usted perdone mientras que ella había
calculado el 20 % sobre las setenta y cinco pesetas que pagué el día anterior.
Yo saqué también la cuenta. Me devolvió nueve pesetas. Su cara expresó en todo
momento el temor que le ocasionaba el conflicto y me daba a entender que yo
tenía razón.
Cuando acabó todo,
bajó una mujer joven que me pareció extranjera. Se sentó a una mesa. Yo salí a
la calle y busqué donde tomar un café con leche. Un hombre me indicó un bar en
donde suelen tener la cafetera preparada. Luego inicié la subida al castillo.
Seguí la
carretera, aunque atajé un par de curvas. Arriba no había nadie. El castillo,
nuevo, no daba impresión de antigüedad sino que parecía de construcción
reciente. No pude subir a la torre a causa de la oscuridad de la escalera.
Tiene planta de nave de barco. Dos torreones en proa y popa, la torre del
homenaje como una sala de máquinas. Llegaron dos estudiantes franceses de
medicina, chico y chica, parecían novios, ella muy simpática, él esquivo y poco
franco.
Interior del Castillo de Peñafiel con los dos
estudiantes franceses
Les dije si iban a subir pues yo tenía miedo. El fue a
buscar una linterna. Subimos. Sacó una foto a ella, foto que juzgué de poca
importancia pues no se veía sino a ella con dos almenas. Al fondo tenían el
pueblo y a todo lo largo el castillo. Esas fueron las que yo saqué.
Peñafiel desde la Torre del
Homenaje del Castillo
Me bajaron hasta el pueblo. Me dicen qué significa arcén, yo
no lo sé, se la encontraron en un letrero de la carretera. Cést une parole
nouveau d´espagnol pour moi, él se ríe en una corta carcajada. Las despedidas
muy amables, bon voyage, mientras él coloca la puerta movible en el pequeño
coche. Yo camino deprisa, sin rumbo, sino es el de la carretera que conduce a
Aranda de Duero, con la cabeza ocupada en la persona de ella, tan delgada,
guapa y simpática. Me pongo a la sombra de un árbol, un coche extranjero pasa
despacio, me miran pero parece que no se detienen, al poco vuelvo la cabeza y
los veo parados a cincuenta metros, la señora con el brazo fuera de su
ventanilla, haciéndome señales, yo que corro, ella ha salido y junto con su
marido hacen un sitio en el asiento de atrás. Enseguida les doy confianza,
hablo mucho, pienso que la chica francesa me ha calentado un poco la cabeza.
El conduce
despacio, parecen tranquilos, miran los pueblos vecinos, los campos y cuando
observo que se detienen en uno les digo j´en suis pas presé, vous pouvez bien
visitez ce village. Entramos por un camino hacia el pueblo, cuando el coche no
puede continuar bajamos, yo hablo tanto que debo parecer ingenuo y poco
inteligente. El me sigue bien la conversación pero es comedido y habla lo
justo, sin apasionamiento, las cavas de vino como torretas que me parecieron de
la última guerra, la vieja que nos salió al paso nos lo dijo, le hablaba su
castellano a la francesa, ella asentía dándole a entender con grandes gestos
que la comprendía.
El poblado que visitamos, entre Peñafiel
y Aranda de Duero
Ellos tenían más
sentido de observación que yo, se fijaban en las piedras del suelo, una de
ellas que tenía forma de piedra de hacha, su punta careada pero aún con sus dos
caras en ángulo, pienso que debía ser valiosa, entonces pesaba mucho, yo iba
con una pequeña bolsa. Volvimos al coche, su mujer se perdía por entre las
derruidas calles y casas. Yo mientras le mostraba a su marido unos romances y
le informaba que España nació más o menos allí. Cuando ya hubimos subido al
coche que los castillos derrumbados que veíamos por doquier eran antiquísimos y
dieron su nombre a Castilla. Ellos asentían sin gran admiración, cosa que me
molestó. Me dejaron en Aranda de Duero, ellos ya iban hablando de sus cosas y
su despedida me pareció poco afectuosa, dudarían de mi, pienso.
En la catedral
tenían una boda, el cura que oficiaba, joven, hablaba a los novios y les
llamaba primos, la gente que asistía, trajeada, correcta, uniforme, me parecía
estúpida, a todo asentían con esa imbécil actitud del que afirma sin haber
escuchado bien. Yo mientras miraba las columnas y bóvedas, en la barandilla que
sube al coro hay decoración árabe, el crucero, el cura joven con aires de
jesuita, gafas de inteligente, lanzar su
repetida plática a los novios, les decía aquello de que Jesús instituyó el matrimonio como sacramento, fijaos bien su importancia, yo
lo pensé bien y pasé enseguida a las bóvedas, la fidelidad con citas de la
Biblia. Salí afuera y contemplé detenidamente la fachada decorada hasta arriba,
en donde hacía poco me sacó la foto el fotógrafo que atendía la salida de los
novios. El consintió al momento pero no hubo manera de convencerle de que más
que yo lo que me interesaba era la portada, desistí, luego manípuló con soltura
los mandos de la máquina y contemplé horrorizado que ponía una distancia de
cinco metros ¿saldrá?, inquirí, él asintió con un gesto mudo.
La foto que me hizo el fotógrafo de la boda en Aranda
de Duero
Y me dí una vuelta
por el pueblo, como tantos con calles con columnatas en sus casas, me senté en
una plaza donde hay una glorieta en donde supuse darían conciertos populares.
Pedí una cerveza y el chico no conocía la carretera que lleva a Silos. Yo
andaba un poco cansado y mantuve el primer criterio de seguir por la carretera
general en donde también tenía a S. Esteban de Gormaz y El Burgo de Osma como
puntos de interés. En Aranda de Duero comí una perdiz y un plato de ensalada y
tomate. Bebí mucho vino, toda la jarra que me pusieron a la mesa y andaba un
poco subido de tono y con muchas fuerzas. Busqué el río, seguí una senda y ví
que no conducía a ningún sitio, una chica cosía en el camino y al sol algo que
me pareció una prenda de niño, miró con cierto disimulo, aún con toda la
distancia me pareció una chica respetable. Bajé la senda de nuevo y me senté en
el primer sitio que hallé a la orilla del Duero, toqué un poco la flauta y
descansé cosa de media hora, descalzo a pesar de las hormigas y del calor
pegajoso, ya he dicho que bebí mucho vino. Salí a la carretera. El viaje se
había convertido ya en algo fortuito, en busca de lo que salga, un poco
vagabundo y ganas de llegar a Soria. Paró un camión, el chófer era ya mayor,
tenía pinta de abuelo, de querer mucho a los nietos, serio, adusto y leal. Iba
hasta Lérida, le dije que iba hasta San Esteban de Gormaz y él contestó que si
quería hasta Lérida podía llevarme. Hace calor, él asintió. La tarde amenaza
tormenta, es pegajosa, unas siniestras nubes
se ciernen sobre S. Esteban de Gormaz. Inmediatamente subo a la torre de la iglesia, ésta está cerrada,
tiene un pórtico de columnas al exterior con capiteles románicos, bichos y muchas serpientes sobre todo, tanto en ésta como en la otra iglesia
que se vé más abajo. Las dos están descuidadas. Coronando el pueblo la muralla
que amenaza desplomarse, desdentada, unas personas se adivinan a sus pies, como
pequeños bichos. Bajé al pueblo y en una sucia taberna de la plaza, un vaso de
vino y un pepinillo tres pesetas. Antes había entrado en el retrete, apestoso,
salí casi con las manos en las narices, pero me descansó. Unos viejos tomaban
vinos en la barra, su mirada inquisidora. El pueblo me resultó antipático y
andando andando me planté en la carretera y me puse a hacer auto stop de nuevo.
Quería ir a El Burgo de Osma. Se detuvo un matrimonio de sorianos que trabajan
en Madrid con un par de niños a los que me pareció que daban muchos vicios. Su
coche espejado y nuevo. El hablaba con cierta cuidada solemnidad. Por aquí hay
muchos castillos y pueblos con mucha historia. En este pueblo que vamos
encontrará cosas interesantes, la catedral, y ella que hay piscina, pero a él
no le interesa eso, mujer, y a mí porque a usted le gusta lo antiguo, si señor,
ya lo había notado, sin preguntar enseguida se nota. Entrábamos en la provincia
de Soria.
(De San Esteban de Gormaz y de
El Burgo de Osma no sale ninguna foto en los clichés, lo que me resulta muy
extraño. ¿Quedaban pocas en el carrete y las reservaba para Soria? En las
máquinas de entonces te quedabas sin fotos en el momento más inoportuno ¿Estaba
tan cansado que no dí en ello? ¿Los valores de luz, sombras etc. no me
inspiraron nada? Nunca lo sabré. Esto me hace pensar que de haber planificado
un relato con fotos añadidas, no habría dejado pasar la ocasión de sacar el
rico patrimonio de estas poblaciones)
El paisaje había
cobrado una tonalidad de colores destacados. La tarde caía. Él alababa Soria,
conocía a Machado, la ciudad es madre de poetas, a su mujer que si vivió
también Don Juan Manuel. Me dejaron en el Burgo de Osma, ellos también bajaban
aquí porque querían visitar a unos familiares. Yo anduve toda la calle mayor
con su larga serie ininterrumpida de columnas. Llegué no sé cómo a un bar
pequeñito con apariencias de suciedad y descuido, unos hombres rudos, debían
ser del campo o ganaderos, tomaban vasos de vino y sostenían en sus hastiados
labios sus cigarrillos. Me comí un sencillo bocadillo con un vaso de vino, tenía
mucha hambre. Más tarde volví hacia la pensión, en el bar que dejo me la habían
indicado, en donde me dieron una habitación con dos camas inmensas y me
cobraron setenta pesetas. Los dueños eran chicos jóvenes y se veía que conocían
el negocio, afuera pasa la carretera y los camioneros parece ser que
acostumbran detenerse en este bar pensión.
Me lavé un poco y
me senté como tengo por costumbre en la plaza, en una mesa de un bar. La escena
vuelve a repetirse. Poco a poco van desapareciendo las golondrinas que amenazan
con estrellarse en una inmensa portada que debe ser de tiempos de los Reyes
Católicos o Carlos V. No me acuerdo bien y lo siento. La tengo enfrente mismo.
Los niños corretean y los adolescentes renuevan una vez sus calladas miradas y
sombrías palabras sentados en los bancos. Uno de ellos aparece apretado de
chicos, otro de chicas. Algunas de ellas han pasado y como siempre se han
detenido más de la cuenta en mirarme porque soy forastero.
Quiero escribir pero no puedo, no sé si estoy cansado un poco, he dejado atrás toda Castilla y pienso que no he visto todo, ni con detenimiento. He seguido la carretera general nada más. Pero cada día siento ganas de andar y me noto como en un continuo descanso de espíritu. Enciendo cigarrillos, los lío con detenimiento mientras tomo sorbos de cerveza. Cené en la pensión un bocadillo de tortilla y una cerveza, me subí a la cama y me debí dormir enseguida.
Quiero escribir pero no puedo, no sé si estoy cansado un poco, he dejado atrás toda Castilla y pienso que no he visto todo, ni con detenimiento. He seguido la carretera general nada más. Pero cada día siento ganas de andar y me noto como en un continuo descanso de espíritu. Enciendo cigarrillos, los lío con detenimiento mientras tomo sorbos de cerveza. Cené en la pensión un bocadillo de tortilla y una cerveza, me subí a la cama y me debí dormir enseguida.
Al día siguiente
hacía un hermoso día, me adentré por las frescas y limpias calles del pueblo.
Solo mujeres beatas se veían. Cogidas del brazo conversaban su interminable
plática. En una calle me encontré con un agradable olor a churros, pasé por el
establecimiento, algo cerrado, y no entré. Más tarde me lo indicaron para poder
tomar café con leche y allí me lo tomé con una ración de churros. Hice un
pequeño rodeo en vano. Osma se reduce a su calle que yo llamo mayor, de toscas
columnas de madera, los edificios, como bancos
de dinero, se ordenan siguiendo la misma estructura columnada. Es algo para agradecer.
Esta calle, casi fría, helada a estas horas de la madrugada, conduce a la plaza
de la iglesia, gótica, plaza sabiamente empedrada y con un adecuado sistema de
desagüe. Tiene la misma plaza una vocación de pozo en cuanto que conduce todo
el vertido exterior hacia el centro, en donde también hay una bonita fuente de
agua sabrosa. Con cuatro caños que canturrean.
Las golondrinas
vuelan en medio de su griterío. Su trayecto tiene fijado, al parecer, la curva
de las arquivoltas de la portada. Las figuras las contemplan desde su profundo
sueño. Alguna golondrina se detiene en los huecos de la portada y entre los
pies de una figurilla, o a la espalda de otra, debe construir su nido. Cuando
asoma de nuevo, titubea un poco y seguidamente emprende su alocado vuelo en pos
de las compañeras. Yo camino lentamente por encima del empedrado, piedras
pequeñas y apuntadas, iguales todas, hacia el puente vecino debajo del cual
pasa un pequeño y fresco río. Diviso los peces pequeños y regreso hacia la
iglesia de nuevo. La plaza de la iglesia está inundada de luz solar límpida y
cálida. Hay coches a sus lados con matrícula de ciudades populosas. Pienso en
sus dueños con cierta pena. Un cura deja su sombrero en las paredes de la
fuente y bebe del agua. Luego me mira un poco y camina hacia la iglesia, sus
limpios zapatos negros y su traje le dan un aire respetable. Yo juzgo que debe
ser el párroco. Abandono El Burgo de Osma. La próxima meta es Soria. Una furgoneta
se detiene. En ella va un hombre joven, de unos veintiocho años, es de
colonización de bosques o algo por el estilo. Me dice que he hecho mal auto
stop porque su coche corre poco. Yo le digo que lo prefiero así porque me gusta
ver el campo. Y a continuación que por aquí están los trigos muy tardanos; él,
que así es, pues se siembra tarde a causa del extremo invierno. No habla casi
nada, casi duerme, el paisaje es cada vez más alto, más limpio y colorido, se
van divisando los pinares y las tierras de monte ahora verdes y en invierno
heladas.
Llegamos a Soria la
barbacana, también aquí hace un día espléndido. Las calles tienen esa luz
especial de las alturas, es limpia y suave. En una plazuela hay un pequeño
mercado de pequeñas cosas tiradas por el suelo; un feriante trata de vender un
par de zapatos a un parroquiano.
Soria. Iglesia de Santo
Domingo
Bajo por sus calles. Soria tiene toda la
dulzura de un pueblo castellano, bien sea que por ellas haya que caminar con
todos los sentidos ante el acoso inevitable de los vehículos. Pregunto por la
casa donde vivió Machado y no me dan razón. Bajo instintivamente hacia el río,
veo las arboledas, las calles son empinadas, distingo el puente y antes de cruzarlo me detengo a tomar un vaso de vino. La dueña del
bar se confunde y me pone un quinto de
cerveza. La convenzo de su error, ella accede con ligeras protestas. En
Cataluña me pasaba mucho, le digo, pero ¿aquí?, es un poco extraño. Cruzo todo
el puente, agotador, e instintivamente también penetro en los arcos de San Juan
de Duero. Saco la foto, en primer plano un capitel de cesta, al fondo los arcos
cruzados.
Claustro de San Juan de Duero.
Soria
Me siento en un
árbol que se cimbrea sobre las aguas. Veo desde allí las barcas de la orilla
opuesta. Decido alquilar una. Con ella agrieto todavía más la muralla
desdentada que se refleja en el agua. Subo hasta una pequeña catarata.
Después pregunto
por San Saturio, me daban buena razón. El camino está guardado por álamos. Al
final están unas lápidas con versos de Machado. Los leo con cierta devoción.
Subo a la ermita, extraña mezcla de gruta y de casa antigua con capilla y
habitación que debían ser de la orden monástica. Se baja por otras escaleras.
Me figuro que el paisaje es muy distinto al que contempló Machado. El camino
está asfaltado y una gran casa pintada de fuerte blanco, debe ser una fábrica,
rompe toda la armonía.
Y nuevamente junto a tí riberas
como nuevo peregrino del Duero
los olmos, álamos del río quiero,
entre los grises alcores la arboleda
de Soria, su muralla desdentada,
a repetir, frustrado sentir, todo
tu poético pasado y el loco
cantar, los pececillos que saltan dan
nuestra réplica a la voz nunca oída,
y en la orilla oigo las voces lejos
que me traen las ondas encendidas
en la tranquila tarde, vuestras voces,
Gerardo Diego siento tus suspiros,
de Antonio Machado tristes canciones.
(En Soria)
(Intento de soneto escrito en
algún lugar de Soria, posiblemente en San Saturio, aunque en el manuscrito
aparece extrañamente en un hueco de páginas anteriores, con la indicación “En
Soria”, tal como se ve. Mi memoria, torpe y lejana, trata de convencerme de que
fue escrito en las orillas del río, en el mismo San Saturio)
Unas jóvenes vienen conversando muy bajo. Una
le va diciendo a la otra los pormenores de la vida de Machado. Aquí se casó,
acierto a distinguir. Luego se suben por las escaleras de la ermita. Me quedo
solo. Bajo a hacer una foto al árbol seco de Machado, hay varios en dicho
estado y se me ocurre que debe ser el más fornido.
Mi supuesto “árbol seco” de Machado
Regreso hacia la ciudad. Como en un
restaurante muy concurrido. ¿Viene usted solo? me dice la camarera. Si. Pues
esta mesa está ocupada por esos señores. ¿Cómo? me extraño y enojo. Comprenda
que yo debo dudar. De la manera que me ha preguntado me hace suponer que a
usted le interesa más que coma un grupo que yo solo. Siéntese en esa otra, me
dice una comensal. Sin más me voy hacia ella y cierro toda posterior discusión.
Luego desciendo
otra vez hacia el río. Me tumbo a la sombra de la tapia del recinto de los
arcos de S. Juan de Duero, sobre la verde hierba y toco la flauta. El guarda de
los arcos me echa. Que si todos hicieran igual no se cabría. Ese no es
argumento, le contesto yo. Y me voy a la carretera. Me recoge un viajante que
va a Tudela. Conduce muy deprisa y parece disgustado. Dice que está muchos días
en la carretera, que ya está acostumbrado, pasamos por detrás del Moncayo y
llegamos a Tarazona. Son las seis de la tarde. Subo hasta la iglesia mudéjar.
Me tomo una cerveza en el bar de la plazoleta. La mujer del mostrador dice que
ya está bien viajar así, ya, pero que se debe sudar lo suyo. No señora. He hecho
un viaje muy bueno, hasta León nada menos. Si, como aventura se puede aguantar,
pero vamos… Desde luego en cuanto tenga coche…sin él no queda otro remedio y
quiero ver ciudades. Pago y me voy. Desciendo por las empinadas calles, calles
estrechas, hasta el llano del pueblo que es la ribera del río, seco, asfaltado,
con aceras a sus lados. Cruzado por el puente que comunica pueblo con pueblo. A
un hombre le pregunto si sabe habitación para dormir. Duda un poco y me
acompaña. No hace falta, por Dios. Si hombre no es molestia. Es pequeñito y
menudo. Aparenta confianza. Me sube a un tercer piso.
Nos recibe una señora gorda. Pasen. La dueña
no está, es su hermana, pero vendrá pronto. Dentro de veinte minutos estoy otra
vez por aquí. El señor pequeñito y yo nos vamos a echar unas cañas. Me indica
un bar, lujoso, mientras él se va a hacer no sé qué. Vuelve. En la barra están
dos jóvenes extranjeros, chico y chica, que no cesan de reír, él de mala gana,
de los chistes y gracias de un parroquiano. Mi amigo participa aunque con más
tacto del tan repetido y frecuente agasajo a todo extranjero. Nos despedimos.
La calle está llena de gente joven. Yo me compro un paquete de pipas y me
siento en un banco del pretil del puente. En las barandillas se apoyan los
hombres, toman el fresco y hablan un poco con quien pasa. Los grupos de chicas
no cesan de pasear. Yo las tengo ya distinguidas. Una chica me mira siempre que
pasa con un aire muy agradable. Por el puente pasa una perrita con su amo, que
se detiene a hablar con quienes se encuentra, seguida de un desgarbado perro
joven. La perrita le detesta a ladridos. El perro se entretiene un poco y en
ese momento se va la perrita. Las chicas siguen pasando y yo miro a hurtadillas
a aquella que me miraba. Vuelve a aparecer el perro corriendo, se mete por una
calle, vuelve, no acierta a encontrar el rastro, desespera. Yo me retiro hacia
un bar, como una tortilla y me siento en el mismo sitio de antes, pero esta vez
en un bar. Me voy a la cama. Por la noche me despiertan los gritos de las
patronas con un, al parecer, borracho o perturbado. No distingo bien el
diálogo. Dicen que le des mil pesetas y que se vaya. Ellas tienen un hijo que
fue mal estudiante y ahora trabaja en el negocio de su padre. Estamos muy
contentas con él. Los pequeños también estudian mucho. Así que no tenemos
ninguna queja de ellos.
Tarazona. Vieja plaza de Toros
En lo alto de la torre quiero subir a ella, la
puerta está cerrada. Salgo fuera de la iglesia. Pregunto. Mire esa señora vive
con el cura. Este señor pregunta por el mosen. Estaba ahora en casa. Vuelva esa
esquina y la segunda puerta. Llamo. No contesta nadie. La gente mira. ¿Saben
dónde está el cura? Pues no. Yo me enfado. Al final resulta que estaba un poco
más arriba hablando con unos. ¿Puedo subir a la torre? Espere un momento.
Espero y lío un cigarrillo. Subo y saco la foto, de tejados, desciendo y le doy
las gracias al cura.
Vista
de Tarazona desde la torre mudéjar
Me salgo a la
carretera, un chico que se va a ver a una chica a la Costa Brava me recoge.
Paro en Borja, tomo un vino, el pueblo me disgusta y me voy. El último que me
coge hasta Zaragoza es un viajante de gabardinas. Su coche es una furgoneta,
corre poco, hace mucha calor. Llego a Zaragoza.
Acabose de imprimir en el ordenador
personal del autor, un 7 de Junio de 2011, festividad de San Roberto
|
que hice en mi ordenador )













































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