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martes, 5 de noviembre de 2019

VIAJE A CASTILLA EN AUTOSTOP EN 1972, RELATO Y FOTOS


    VIAJE A CASTILLA EN AUTO STOP, EN JULIO DEL AÑO 1972, CON ILUSTRACCIONES FOTOGRÁFICAS DE ENTONCES
Luis-Felipe, Sánchez Ripollés, con prólogo de Luis Irache Esteban, catedrático de Literatura.
(Edición íntegra tomada del manuscrito original de 1972 en Junio de 2011)



  
 
El autor (1972)


                       El editor (2011)
                                                                  


    PROLOGO a modo de EPÍLOGO (julio 2011) de Luis Irache Esteban, catedrático de Literatura, y más que familiar, confidente de toda idea, y animador del espíritu literario en mis juveniles años, en aquellas fiestas familiares, que se convertían en auténticos "juegos florales" literarios junto a mi cuñado Antonio Jiménez y Jesús Cristóbal, a los que tanto debe mi alma literaria y este escrito. 

 (Nota : se reproduce después textualmente por si queda en mi transcripción equivocado o no localizado algún vocablo) :


     Un epílogo al libro de Felipe. De esta segunda Teocracia nuestra, la de Iesus et Paulos, construyen en Castilla cavalleros, iglesias y castillos callejeos (Sic, ¿callejeros?). En los años setenta del pasado -por fín- siglo non fasto, un joven que viaja en autostop, como otros perseguido por su lengua, escribe. Y olvida en el cajón el cuadernico.

       Nuestro Horacio, maestro de escribir, avisa al que entusiasma a su propia cabeza con su texto, no dejes más de tres o seis meses tu obra en reposo, muchacho, aprendicico. Hoy despierta, algo absorto, tu texto deseoso de la imprenta. Podrías hacerme un prólogo. ¿No prefieres - contestas - un epílogo? Porque esto que me sale, Felipe, es esperable: tengo yo que leer, pluma en mi mano, y luego ir avanzando, y terminar. De este ahora lector y prologuista salen más coherentes conclusiones, que saludos y prosa introductoria.
     De España Teocrática, ya en sus ruinas, quedan pecios en pie. No habías descubierto en este viaje - Castilla aragonesa, luego al Oeste - ninguna más ignota. Solo apuntas lenguaje y haces fotos. Mas no hay nunca más mundo que el lenguaje. En tu sala de fusions, tan ingenua, se fraguan las ideas. Y todas son tan tuyas, como auroras y siestas, como objeto, que creas un momento y se disipan.
         ¿Cómo haces, Felipe, con el diálogo? Qué sano y que directo te sale, por ejemplo, el estilo indirecto, qué novela hay a veces en tus notas. Mas todo en este tono relativo, que tanto nos agrada a los escépticos. Ya te digo, querido Ripollés, que es él, nuestro lenguaje, y no el viaje en vehículo, esplendido y ya propio, quien escribe los libros entrañables.
             ¿Habrías acertado, pues, pariente político ejeano, con tu estilo? Ya puede uno buscarlo, confiar; que si esta natural mente (sic) no acierta a meterse en el lujo de la lengua, que siempre iba sin rumbo, no consigue escribir, decir las cosas.  
               Ribas, 13 de Julio, 2011.
              Ya´n parlarem, Felipe, de editar, de agentes literarios, de más cosas.








    PRESENTACIÓN DEL AUTOR

   Cualquiera que se ponga a leer directamente este relato dirá, con mucha razón, que presenta serias deficiencias de estilo, expresión, sintaxis, etc. Intentaré justificar un poco todo eso, al tiempo que doy datos referentes al mismo y su gestación.
   Empezaré diciendo que el manuscrito original ha estado dormido, que no perdido, en el cajón de mis cosas personales durante casi cuarenta años. Y salvo breves ojeadas con motivo de traslados, limpiezas y demás azares de la vida, no le he prestado más atención. Ahora que dispongo de tiempo lo he examinado seriamente y con gran satisfacción encuentro también las fotografías que paralelamente realizaba en el viaje. Situados aquí, surge la primera pregunta, ¿tuve la intención de unir relato e imagen para el caso de pasarlo a limpio? (no me atrevo a decir publicarlo) La respuesta es no, con todas las dudas que me dan mi flaca memoria y el largo tiempo transcurrido. No, porque en su lectura no aparece dicho nada al respecto, salvo expresiones vagas como “aquí tiro la foto”, etc.; y porque en el tramo final del viaje, llegados a San Esteban de Gormaz y El Burgo de Osma, de repente se suspende la toma de fotografías -como explico en su momento en nota aparte del relato- nada menos que del rico patrimonio monumental de ambas poblaciones, por lo tanto, todo hace suponer que no figuraba en la intención primera unir relato e imágenes y que éstas eran en el viaje algo secundario.
   Bien es verdad, hay que decirlo, que en el viaje voy prestando atención a las fotografías que voy haciendo, como queda probado en el listado de la última página del cuadernillo escolar que me sirve para escribir el relato, en donde voy anotando los valores fotográficos referidos a  Apertura de Diafragma, Tiempo y Distancia para cada foto (salvo algún que otro olvido) y que en la edición de este relato anoto al pié de cada fotografía, porque me parece que también forman parte del viaje y fueron entonces motivo de mi preocupación, debido a mi entonces naciente afición a la fotografía; y aquí tengo que señalar que la cámara, cámara de bolsillo, fue un préstamo, que luego se convirtió en donación, de mi hermano Josemari, cámara alemana que compró en sus años de prácticas en Alemania como estudiante de medicina.
   Pero en mi afán por aclararlo todo, también tengo que decir que es posible que el motivo inicial del viaje fueran las simples fotografías y que una vez en Logroño, decidiera hacer también una crónica escrita. Es difícil de aclarar, pues tanto relato como imágenes arrancan del mismo punto: de Logroño. ¿Qué pasó de Zaragoza a Logroño? Debo dejarlo en el olvido. Imposible de recordar. ¿Fui en algún medio de transporte o haciendo ya auto stop? Volvemos al problema de mi mala memoria.
   En Logroño compro un cuadernillo escolar  y comienzo a escribir.


  Aquí nos metemos de lleno en temas de estilo. Pero, primero, ¿qué viaje quiero hacer? No hay ningún título por ningún lado, aunque en la contraportada del cuadernillo hay un gráfico con un itinerario parece ser que a seguir y éste corresponde al Camino de Santiago, con salida en Jaca y llegada a Santiago. Itinerario que no respeto ni a la salida ni en la llegada. 



Puedo entender que no partiera desde Jaca, eso no me preocupa, lo que es más importante para analizar el escrito es que una vez llegado a León, me olvido de Santiago y giro hacia Zamora. ¿por qué? ¿Es que me he quedado prendado del encanto de la vieja Castilla o es que una vez en León pienso que si voy a Santiago eso me obligará a retomar el camino de vuelta, lo cual es bastante enojoso para un viaje en auto stop? Todo esto es para aclarar si hubo una ruta trazada inicialmente o si la fui cambiando en función de circunstancias y apetencias. El itinerario queda escrito en el cuadernillo que compro en Logroño, pero ¿lo traslado de alguna hoja suelta que llevaba desde Zaragoza? Y digo que el cuadernillo lo compro en Logroño por el simple hecho de que así queda escrito en su portada, eliminando más incógnitas. El caso es que el viaje se completa siguiendo hacia Toro, Tordesillas, Valladolid, Peñafiel, Aranda de Duero, El Burgo de Osma, Soria y Zaragoza. Un círculo completo y en cierto modo cómodo.
   La siguiente incógnita se refiere al modo de llevar a cabo el escrito. ¿Tomar notas y luego al final del día, o incluso una vez de vuelta en Zaragoza hacer el escrito? Esto último creo que lo eliminaría enseguida debido a las vicisitudes tan diversas de un largo viaje, más bien creo en lo primero y de hecho así se menciona en el propio relato. Pero hay un intento inicial de tomar notas como puede verse en la primera hoja escrita del propio relato,




pero esas notas se refieren a Nájera, lo cual quiere decir que fue allí donde empecé a escribir comenzando por lo visto en Logroño (¡ …a ver si el cuadernillo lo compré en Nájera ¡) Y no vuelvo a tomar más notas,  el escrito arranca todo seguido hasta  el final del relato. Por otra parte tiene toda la apariencia de ser un relato escrito con características de borrador por la abundancia de imperfecciones de todo tipo, el abuso de la frase corta aunque el estilo de Azorín me gustaba, de descripciones genéricas tales como “Hace mucho calor”, “Estoy cansado”, etc., posibles pinceladas sueltas para retener la situación anímica del momento y perfeccionar y enriquecer después en el escrito definitivo, y la abundancia también de calificativos despectivos hacia poblaciones que desde luego no se lo merecen por su importancia histórica y cultural, como son: “Sahagún es desagradable” “…la llegada a Zamora como a un pueblo”, etc. y que insisto en la valoración de ser breves brochazos y cómodas anotaciones a desarrollar después. Entonces estarían unidas a circunstancias del viaje con más detalles que ahora soy incapaz de recordar. Esto me sugiere que puedo hacer un estudio para saber en qué momento o lugar escribo, analizando el tipo de escritura, pues hay pasajes que se resuelven de un plumazo y otros más detallistas.
   Vayamos ya directamente al grano y sigamos haciendo preguntas sobre cuestiones que parece que preocupaban muy poco al muchacho que era yo entonces. ¿Cuándo viajo? Ni rastro de fechas. Hay que rastrear el texto donde aparecen tres, o mejor dos, pistas que nos ayudan a datar el escrito. Por un lado se repiten expresiones tales como “hace mucha calor…” y que “En Valladolid no se abre el Museo Nacional de Escultura el 18 de julio” o que “En Peñafiel aquella noche era la del 18 de Julio". Nos falta el año y si no fuera por una expresión suelta del relato nos quedaríamos sin saberlo, aunque yo de memoria y repasando mi pasado lo situaría en los primeros años de la década de los setenta, pero el año preciso es el de 1972, porque hay un pasaje del relato que dice: “…algunos empleados de banca comentan las partidas de ajedrez del ruso y el americano.” Se trata de buscar una gran partida de ajedrez celebrada en el mes de Julio de aquellos años. Consultando datos vemos que el 11-07-1972 el ruso Boris Spassky, campeón hasta entonces, se enfrenta al americano Fischer con el título mundial de ajedrez en juego en Reykiavik y en donde resultó destronado de dicho título. De esta manera sabemos que estoy viajando el mes de Julio de 1972 y que entonces tengo 25 años.
  En lo referente a cuestiones del estilo literario ha quedado sin resolver si el manuscrito es un borrador a perfeccionar  después,   con múltiples  expresiones puestas a la ligera y a retocar luego. Pero no se trata de eludir la responsabilidad y el lector sabrá sacar su propio conclusión y, eso sí, disculpará defectos debidos al cansancio del viaje, a la falta de experiencia literaria y, lo confieso también, a excesos de presunción juvenil por querer estar a la altura de los grandes maestros de la pluma, cuando no sencillamente copiarlos. Pero el texto está respetado al máximo. A lo sumo introduzco alguna coma para poner orden en pasajes algo confusos, lo demás lo dejo tal cual como se verá en algún vocablo fácilmente sustituible.
   Llegados a este punto y metidos en la lectura y en el viaje, otra pregunta me hago ¿estoy improvisando o estoy copiando? ¿Soy un escritor viajero o alguien que dice serlo?  Sobre esto, hablemos de las circunstancias vitales y culturales que me rodeaban entonces. Estoy estudiando en Filosofia y Letras la especialidad de Historia Medieval. Hay un entorno familiar muy favorable a la cultura como son mi cuñado Antonio Jiménez, Jesús Cristóbal y Luis Irache. En esas tertulias familiares recibo una gran influencia cultural y literaria y se me proporcionan libros que despiertan mi interés por la historia y la literatura. Y uno de esos libros va a ser el motor de arranque de este escrito, es nada más y nada menos que esa especie de guía para viajeros a pié: El Viaje a La Alcarria, de Camilo José Cela. Esta es la primera y principal influencia. Sin este libro yo no habría viajado ni escrito este libro de esta manera. Otras influencias indirectas son las de Antonio Machado y Gerardo Diego, todos ellos en aquellos años muy en boga. Por lo tanto el estilo abusa de poses literarias típicas de estos autores y también quiero decir que hay cierto intento por adquirir un estilo propio y que creo que se refleja en la insistencia en la frase corta,  con la ocultación o eliminación del verbo principal, que si mal no recuerdo era algo intencionado, buscado, en ese afán de adquirir un estilo propio.
   No puedo decir nada más, el resto que lo diga el propio relato, borrador o lo que sea, desde luego si se trata de un borrador, no se me ha ocurrido completarlo ni mejorarlo, porque después de casi cuarenta años todas esas vivencias han desaparecido y porque sería robarle la autoría a ese muchacho de 25 años que era yo entonces. Hoy para mí es una simple crónica de mi viaje a Castilla, con el mérito indiscutible de recordar para siempre todas esas circunstancias viajeras que de lo contrario estarían ya en mi más completo olvido.

                                         Luis Felipe Sánchez Ripollés, Zaragoza, Junio de 2011



   Logroño es una ciudad mixta. De sabor aragonés, navarro y castellano. Ciudad de grandes arcadas y catedral barroca. Calles estrechas. La encargada de los telegramas pone una cara de asombro si se le pregunta el precio de un texto a remitir. Posee una larga, ancha y soleada avenida que conduce a tierras castellanas.
    No cuesta mucho hacer auto-stop. Al segundo coche se para un hombre entre simple y desconfiado que no cuesta mucho compenetrar con él. Pega unos codazos para matizar lo que dice, son a modo de toscas intenciones por entablar un íntimo y confidente diálogo. Me señala así la proximidad de una ermita o los festivales de teatro en Nájera, la iglesia y monasterio de Sta. María la Real de Nájera. Su información me parece muy interesante y le digo que me parece que voy a quedarme en Nájera. Su coche me deja en las mismas puertas de la iglesia.
   Saco la máquina de fotos y robo a escondidas una revista informativa del monasterio. El chico encargado aparece y debo hacer grandes esfuerzos por disimular la fechoría. Muy simpático me quiere acompañar hasta la iglesia. Desisto. En el claustro hay una cuadrilla de peones montando un tablado para el teatro. Saco las fotos y no miran asombrados. Me desconcierta el claustro, sus adornos en los arcos, debe de ser gótico avanzado.



                                                     
      Sta. María la Real, Nájera, s. XI (F/8 1/125 10-Inf, abertura de
      Diafragma, Velocidad y Distancia (éstas son las medidas que pongo
      en la cámara de fotos de cada foto y que voy anotando en la misma libreta que
      escribo)
 
   Penetro en la iglesia. Gótico. Al fondo hay como una pequeña ermita con una Virgen de mirada estúpida y un Niño en los brazos. Se llega a ella por un estrecho y bajo corredor de piedras. A la entrada están las tumbas de D. Sancho, hijo de García, su mujer Dña Blanca, Infante D. Ramiro, D. Vermudo de León, D. Sancho el Valiente, etc.
   Entretanto  un timbre no deja de sonar. Me ha molestado desde que he penetrado al monasterio. Pienso que se llama a los frailes. No veo a ninguno. Al fin descubro a quien mete semejante alboroto. Una mujer porfía pegada al timbre y en cuclillas. Pienso la manera de sacarla de tales psicodélicos maitines, le pregunto si están enterrados de verdad aquellos reyes. Dice que unos dicen que sí… Yo prosigo que otros dicen que no... Estamos de acuerdo enseguida. Vuelvo a las tumbas a anotar sus nombres. Un grupo de visitantes veo que es subido a trompicones por una escalera de caracol, yo me pongo en la cola. Arriba observo extrañado que ha desaparecido el fraile que los guiaba. Saco la máquina y hago una foto del púlpito, temo que me hayan visto.
        
    (Desgraciadamente esta foto no sale. El negativo está en blanco: F/4 1/60 10 mts)
                                                                            
   Salgo al pueblo. Calles estrechas y cargadas de tiendas de electrodomésticos. El río a un lado, ancho y desacordado, permite vadearlo pescando. Así lo hace un pescador de largas botas. Al otro lado unas altas y breves montañas, sus escarpadas paredes protegen al pueblo y amenazan con sepultarlo, así son de majestuosas. Sus picos tienen cigüeñas y sus paredes grutas para asiento de gitanos.
   En un portal hay un breve escritorio en donde los visitantes estampas sus firmas. Es un velatorio. Una chica me dice que siempre que se muere alguien se hace de tal modo. Yo me voy extrañado
   La plaza principal de Nájera no tiene golondrinas que la repasen continuamente, tiene por toda su redondez una nube de chicos que cantan, juegan y entablan un duelo casi provocativo con sus canciones de banco a banco. No paran un momento. Pero son muy agradables en el sentido de que no extrañan mi persona. Su griterío es enorme. Los mayores les miran satisfechos desde los bancos que dejan libres. 
    A un alguacil le pregunto sitio para dormir. Al momento me señala a una vieja que conversa con otras. Me presenta. Quedamos pronto de acuerdo aunque después observe extrañado que no le he preguntado el precio ni demás condiciones. A la noche me cobra 60 pesetas de un cuarto para dos. Al otro no le veo ni la cara. El sencillo pueblo, alegre y con un cartel en una de sus puertas que dice: bombero, duerme.
   No sé qué hora es al día siguiente cuando paso las calles solitarias del pueblo, el sol espléndido, hacia la carretera. Pienso que serán las siete. Me paro junto a un cartel que anuncia el Camino de Santiago y otro me señala 18  kilómetros para Sto. Domingo de la Calzada camino de Burgos, los pocos camiones y coches pasan sin parar. Espero observando los toscos requerimientos de atención de dos perros que ladran en las montañas vecinas. El valle es límpido y lumínico, colorido de verdes pastos y verdes vides. El señor que me ha cogido va acompañado de una señora, que juzgo su señora, y a la que habla de modo autoritario y casi despectivo. A trabajar a Sto. Domingo me dice, no señor voy de turista por estas tierras, después siento haberle dicho que soy estudiante. Ellos van también de turismo. La señora trata de hacer ver, de las maneras más amables, que puede que para ir de auto-stop hay que levantarse temprano.
  Llego a Sto. Domingo. Los barrenderos limpian las calles, los coches están aun dormidos por las aceras y por las calles también estrechas de la catedral, pululan hambrientos perros que pasan  solitarios corriendo en busca del alimento de los cubos de basura, sus patas largas y nervudas y su mirar adusto y desconfiado.
   La única torre de la catedral está separada de ella por una calle. Las golondrinas giran en su punta, rompen el cielo azul, gritan alegres. Saco una foto.
                                                                                                                                                                                                                               


                   Calle de Sto. Domingo de la Calzada (F/8 1/125 casi Infinito)

    La planta de la catedral juzgo que está inconclusa. La nave interior no termina en girola y por eso debe ser que la torre está separada de ella. Pero hay una baja y estrecha girola que ciñe el altar. Gótico con rasgos dispersos de gótico posterior.


                                Sto. Domingo de la Calzada (f/8 1/125 Infinito)
  
     Salgo de la catedral y busco un bar en donde tomar un café con leche. En el parador de turismo hay coches extranjeros.
     A las once abandono Sto. Domingo, espero poco en la carretera pasado el puente que conduce a Burgos. A los camiones no hago la señal de auto-stop y es por ello que un camionero solitario, de vacío, me increpa con gestos que si quiero subir o no. En el momento que pasa por mi lado levanto la mano. Se detiene a cien metros. Es un hombre de unos treinta años, soltero, con pintas de presidiario. Este adjetivo lo hallo en él por una mezcla de su fisonomía y no sé qué indicio dado por él en el sentido de que dijo algo, al paso de la conversación, de que peor se encuentra uno en la cárcel. Que por qué no voy con la chavala y que si se puede aguantar su lejanía. Son pocos días,  contesto yo por llevarle la corriente y que qué remedio queda siendo soltero, termina él. Sí soy de por aquí y que mejor se hace el viaje en un Morris. Conduce con soltura y rapidez, va cansado y cuando no hablamos canta. Para un momento a mear. Deja pasar a un coche extranjero para verle las piernas a la mujer del conductor, cuando ha pasado me pregunta si llevaba puesto encima de las rodillas el mapa de carreteras.
   Llegamos a Burgos. Se detiene a la entrada y le invito a un vino. En la barra no tenemos conversación y él pregunta si dan de comer. De repente se despide y se mete en el water. Yo abandono el bar, tomo el autobús urbano que me conducirá al centro.
   Burgos es una ciudad como tantas. Con dos caras. Su catedral y sus comercios. El río pasa con un hilillo de voz, ahogada por los coches, por debajo de las arcadas de los dos puentes. La catedral tiene grandes perspectivas para sacar fotos. El día es espléndido. Los turistas. Doy una vuelta a su edificio y en todos puntos se pueden sacar fotos.


                                     

                              Catedral de Burgos (f/8 1/125 Infinito)
      








La gente de Burgos es callada y respetuosa. No gritan sino que hablan con el afán tranquilo de la raza vieja. Como el viejo que se ha sentado en el banco donde escribo, con su cayada y su nariz larga y colorada, dice buenas tardes con cierta timidez y se sienta sin mirar donde escribo, aunque sé que mira por el rabillo del ojo, así la gente por la calle no molesta con su mirada, sino que es una alfombra de agasajo cuando bajan la mirada a mi paso. Con mi pantalón polvoriento y mis botas abiertas, la bolsa al hombro. Penetro en la catedral y debo abandonarla enseguida. Un espantaperros me indica la salida sin delicadeza. Burgos es una ciudad dulcificada por los continuos toques de las campanas de la catedral. Comen un bar, 80 pesetas. Unos extranjeros sufren la acometida honesta de un castellano en la capa de la chica que les acompaña. Le pide el perro, ella dice que no lo vende y él responde oportuno que se lo regale si es eso lo que quiere. La carcajada es general en la sala.  Los niños de Burgos, como los mayores, son como los pájaros del paseo junto al río que se acercan confiados a comer las migajas que les echo. La gente pasa por donde escribo sin ofender, en silencio, bajan la mirada cuando la levanto. Luego a la caída de la tarde los pájaros desaparecen y aquí tampoco las golondrinas aparecen y  como en Nájera los niños las sustituyen con sus juegos inocentes y alegres. Las madres pasean con sus coches de niños. Un chico viene y silenciosamente me entrega un papel anuncio de un libro del mes: Guillermo el Indeciso, cuento oriental.  Enfrente tengo unas garitas de libros, es la feria del libro, veo enciclopedias y diccionarios, eso me da pie, oportuna tesis, para pensar un poco en la vida al modo filosófico, y los comparo, esos manuales, con la vida de los niños que corretean por dondequiera que paso y la síntesis es una arruga en el corazón. Extiendo la mirada por el paseo para disipar sus nubes.
   Castilla, tal como me refleja Burgos, no está acabada. Veo los viejos por los cafés sí, pero los niños siempre han de ser alegres y su alegría vuelve a ensombrecer mi corazón al pensar que va a ser alegría sin sentido, alegría del vive hoy y no pienses en el mañana.
    Y debo abandonar Burgos. El camino que sigue es duro, encrucijada, camino jacobeo profanado por la carretera de asfalto. Burgos amanece bajo un sol límpidamente confortante. La ciudad despereza penosamente, las calles vacías, con gentes solitarias que acuden al trabajo. Pido a un taxista que me saque una foto en su plaza principal. Cuando voy a decírselo inicia un suave deambular hacia una esquina, vuelve, se lo digo, el hombre es viejo, delgado y bajito. Me mira casi con ojos de súplica, accede gustoso, olvido decirle que saque las torres de la catedral que despuntan por encima de los tejados.

                                                

        (Olvido anotar datos de la cámara. Como se ve el taxista sacó las torres de
la catedral muy bien)
  
    Le pregunto por donde se va mejor a Frómista. Me indica, aunque creo que vacila, la carretera de Villasandino, Melgar y Osorno. Le doy las gracias y él, al tiempo que se despide inicia otro deambular por delante de su taxis, limpio y frío en la mañana alegre y prometedora. Entro en un bar a tomar un café con leche, aquí vuelvo a preguntar al camarero, un chico con aires de despistado. Observo que no conoce las carreteras y respiro aliviado cuando llama a un hombre que conversa con una señora en el mostrador. Me dice que debo ir por donde me han indicado por el hecho de que es más fácil que me cojan. Salgo a la calle decidido. Saco una foto del puente con el arco de Carlos V y aquí también asoman las flechas de la catedral.



           Burgos. Arco de Carlos V desde el puente sobre el Arlanzón               

















Pregunto a un guardia por la carretera y me responde entre enterado y receloso señalando la carretera que pasa a mis pies. La inicio. Veo que es larga y que las afueras están lejos. Se para un autobús en mis narices y cuando voy a subir arranca. Aguardo en la parada media hora. Al fín viene. El cobrador va dormido y es por eso que no nota mi presencia, los viajeros se lo indican,  me abre, arranca el coche. Bajo al final del trayecto. Entro en una taberna al borde mismo de la carretera. Una señora bajita y delgadísima, con ojos avispados y bondadosos me dice que debo ir tres kilómetros adelante para encontrar la carretera de Villasandino, Melgar y Osorno. Es la tabernera. Camino tranquilo tarareando canciones de Lope, Quevedo y Machado. Pienso que soy un peregrino que sigue la Ruta de Santiago, así me lo parece en las miradas de los conductores. Llego al cruce, el primero que pasa me recoge. Es un viajante de productos farmacéuticos de veterinaria. Joven, de mi edad, que habla sin parar y sin titubeos.  Sabe muchas cosas del Camino de Santiago. Me dice que he hecho mal al no visitar Las Huelgas y la Cartuja de Miraflores, que el primitivo Camino de Santiago es muy  difícil de precisar y que de esta manera que marcho lo voy salteando, que pasa de Villasandino a Castrogeriz en donde está la posada de los peregrinos de San Antón. El monasterio  de Silos no  hay que  perdérselo,  dice  convencido y  de tal manera que presiento que allí ha acabado toda la conversación. Conoce al fraile perito en arte y cuando va por azares de su oficio no quiere que le de ninguna explicación artística. El lo ve todo con gusto porque es bonito, pero como él no está iniciado en esas cosas… no conozco los estilos ni los entiendo…Yo a todo digo que claro. Aunque lleva un poco de razón en lo que dice pero no sé que me hace pensar que es de los que ven estas cosas con ojos de interés, en un sentido comercial. Me deja en Melgar con unas buenas indicaciones en cuanto al camino a seguir. Cruzo, pues, el puente sobre el Pisuerga. Siento no sé qué emoción al vislumbrar el río. Su nombre me trae rancio sabor histórico y evocaciones de escuela. Me baño. Cuando estoy enjabonado aparece una señora con dos niños, silla al brazo, para tomar el sol. Llega y se da la crema bronceadora. Yo miro para decirle los buenos días cuando vuelvo a la orilla, pero ella no vuelve la cabeza. Me voy más  atrás donde hay una fresca hierba,   me seco y toco  la flauta,  fragmentos del Carmina Burana. A la media hora me voy al cruce que me indicó el viajante . Está a veinte metros del puente. Soledad. La señora se ha levantado y me mira por entre las hierbas de las márgenes del río. Pasa un coche o camión cada diez minutos. El campo es rico, verde, hortalizas y mieses hasta las montañas lejanas, todo llano, cubiertas de nieve. No sé qué misterioso resplandor brilla en una de ellas. Una camioneta se detiene. Sus dos ocupantes me ceden sitio. Habla uno de ellos, el conductor calla y asiente aunque de manera forzada, el que me habla es simple y aventurado. Me dice que es peligroso ir en auto-stop porque si no paran…que qué buen día hace, calor. Me dejan en Osorno donde pasa la carretera de Santander a Palencia. Los pocos que pasan no se detienen, al décimo coche se detiene un camión de combustible, enorme, frena a cien metros, corro. Su conductor, un catalán, no sabe dónde está Frómista. El va para León, luego veo que no sigue la carretera general, sino que se mete por una secundaria que conduce directamente a Carrión de los Condes. Hago planes. Iré a propósito al día siguiente, preguntaré en el pueblo si merece la pena la visita a Frómista. Pone la radio a todo volumen, conduce rápido. Dice que donde mejor se está es en casa y que déjate estar de viajes. Además por estas tierras. El no quiere sacarse el pasaporte para no ir nunca al extranjero. Presiento al fondo la voluntad de su mujer. Cuando pasa otro camión de su compañía se detienen los dos ocupando toda la carretera. No hay tránsito. No entiendo que hablan pues lo hacen en catalán y además el ruido de los motores. Llego a Carrión de los Condes y desciendo. Allí me encuentro con una familia que carga o descarga algo en un carro destartalado.


                                                
                                            
 
    Me indican una fonda. El dueño es un hombre casado con una mujer pequeñaja y habladora de cosas mojigatas, el precio de la vida, la situación caótica de un viejo que come desacompasado junto a otro no tan viejo y al que debe haberle abandonado la familia, quizás para irse a trabajar a Barcelona, pienso yo. Y que no tiene a nadie y pide medio en broma una mujer para llevarle la casa, para que me guarde la puerta mientras yo voy a dar un paseo, y los demás acaban la broma sugiriéndole una novia mejor, de veinte años, dice el dueño, que luego de haber acordado conmigo la comida se sentó a la mesa de los viejos. Su mujer me dirige el curso de la conversación como si me conociese de toda la vida, sus ojillos tienen la viveza desamparada de la gente simple.
    Ensalada y callos en abundancia, pan y vino. Cuando acabo siento una alegría brutal y torpe por todo mi cuerpo, fruto del vino, que me impide caminar y hablar con soltura. Ha llegado una  familia de Palencia y  entre ellos una joven de unos dieciocho años que mira y remira todo el local y si su mirada se cruza con la mía surge en mi cara una sonrisa primitiva de sentimiento desbocado y me marcho con prisa y cuando estoy con la mano en la puerta el dueño del bar me grita si he tomado buena cuenta de las casas y calles que me ha indicado, contesto que sí y gracias a modo de despedida.
    En la iglesia de Santiago de Carrión de los Condes hay unos técnicos de fotografía sacando el pórtico, tengo desde el capitel, con planchas metálicas en el medio para aprovechar el sol, exclama uno, y un gran trípode, mientras yo aprovecho la ocasión y tiro unas fotos.

                                                     
                                       Carrión. Sto. Domingo (f/8 1/125 5 mts)

   De pronto y no sé cómo, me hallo hablando con el al parecer tonto del pueblo, no se puede entrar, está cerrada, ¿por qué?, porque se caen los techos, la misa se celebra en la iglesia de la Virgen del Carmen, si quiere le acompaño, no hace falta, le digo, mientras subimos por la calle mayor, además no tengo dinero, pienso que se ofrece de guía, es igual, habla con todo el mundo que se cruza, conoce todos sus quehaceres, ellos le contestan con trabajo, deben afinar la imaginación para contestarle, pienso que este hombre no es imbécil, que parece de imaginación desbordada, no asienta lo que dice, pasa con rapidez de un asunto a otro, habla con agilidad a todos los que pasan  y no deja de acompañarme. Subimos a unos monumentos, final de la calle mayor, San Andrés, Belén y su relación con Filipinas. No me parecen de interés, neoclasicismo y piedras antiguas, sin arte ornamental. Hago como que hago las fotos. Bajamos, le invito a lo que quiera, enseguida encuentro un bar, un café pero con leche, que sea con leche, eh, matiza, yo un café. El bar está vacío. Habla con el camarero, un niño, no puedo entender lo que dicen, un poco porque me hago el despistado y no quiero seguir la broma del camarero. Le invito a un cigarro de caldo, lo coge entero, lo enrolla en un papel y se lo fuma entero. Junto a la puerta aparca un coche extranjero, él sale a la puerta, mira, entra, habla, vuelve a mirar. Desde aquí vengo, le digo señalando en un mapa, yo me fui en auto stop hasta Villaldo, dice sin hacer caso. El camarero me asegura que sí lo hace, con un chorizo en la mano, no comprendo bien por qué. Bajamos la calle mayor y en la plaza me despido, le doy la mano que él coge con timidez y torpeza y me bajo hacia el río. Noto como sigue detrás de mí, aunque sea por pura coincidencia, como ví cuando se paró a hablar con unas mujeres que estaban en el parque junto al río. Yo me siento en un banco y toco la flauta, todas la oyen y miran, yo no hago caso y prosigo. Me canso y voy a la orilla en donde había una hierba fresca, unos olmos con  suave brisa y me tumbo a  tomar la fresca. Luego me baño.  A la caída de la tarde vuelvo al bar donde comí y acuerdo la cama para dormir, setenta pesetas, me pongo en la mesa de la plaza y escribo esto.
   Cuando me levanto por la mañana me encuentro con un día tan bueno como el anterior. Me despido del dueño de la posada, de su mujer, ellos no saben donde está la casa en donde vivieran los Infantes de Carrión. Saco una foto de una casa antigua que tiene todas las trazas de serlo, aunque luego me dirá la mujer que la habita,  que fue del Virrey del Perú.



                             Casa del Virrey del Perú. Carrión de los Condes
   

      Le pregunto a ella por la casa de los Infantes. Me señala una calle. Allí me encuentro con la sorpresa de que no es de los Infantes, sino la casa donde nació el Marqués de Santillana. En la planta de abajo hay una sucursal de una Caja de Ahorros, arriba una placa que indica la naturaleza y condición de la casa, aquí nació… La casa en sí no tiene nada de particular. Abandono Carrión de los Condes. Enseguida me cogen pasado el cruce de carreteras, la que va a Santander y la que va a León o Camino de Santiago, que es en la que me pongo. Me bajo en Sahagún, pueblo que me parece antipático de primeras y cuando lo abandono. Una monja benedictina que me muestra el museo particular del convento. Capiteles, entre ellos uno mozárabe de lacería, escudos, tallas de vírgenes de bastante valía. Una de ellas sufre la salvaje agresión periódica de la superiora, la cual, según me indica la monja-guía, siempre que puede se dedica a quitar la para ella horrible policromía y allí está la virgen a punto de  sucumbir en su colorido.  Cuadros  renacentistas del  siglo  XVI.  Muy valioso el museo. La monja me muestra con cierto orgullo el mapa de las antiguas posesiones benedictinas. Lo miro de pasada pero me parece ver toda la zona comprendida entre Burgos, León y Oviedo. Salgo a la calle.
   Sahagún es desagradable, tiene una plaza con los típicos soportales de madera pero con abundante maquinaria de coches, remolques y tractores. No sé cómo se dan tantos demoledores de casas en dicho pueblo, por todas partes pululan, las calles anchas, polvorientas, me compro un pedazo de queso y en la panadería una barra de pan. La señora de los quesos me cobró por un trozo pequeño treinta pesetas, le digo que no está en mi presupuesto,  me corta una  tajada de él y  me cobra tres pesetas. Con él me como la media barra de pan en la plaza principal del pueblo. Por delante de mi circulan los vehículos, no las personas.



                      Autorretrato en los soportales de Sahagún (F/4 1/60 Infinito)

   Me voy. El primer coche que pasa, un matrimonio catalán, se para. Yo iba andando hacia una zona buena de la carretera y en una esquina de las afueras del pueblo se detiene con gran asombro mío, subo deprisa, un camión toca la bocina, la señora le advierte (a su marido?) de su peligro cuando arrancamos. Hablamos de todas las cosas. El paisaje y los pueblos. Son muy amables, más él que ella. Me apeo en Mansilla de las Mulas. Tengo que preguntar el por qué del apodo. Supongo que fue el pueblo de cambio de caballerías de los antiguos peregrinos del Camino de Santiago. León está a quince quilómetros. Mansilla de las Mulas es un pueblo típico de calles anchas y estrechas con casas de adobas y ladrillos, de empedrada torre y anchas y deformes plazas. Con poca gente y bastantes coches aparcados.



                                           Plaza de Mansilla de las Mulas                       

   El pórtico de la iglesia está tapiado y en su exterior hay un almacén de no sé qué negocios ganaderos que ha puesto el alcalde. Un hombre con aires de bohemio borracho me lo ha dicho en una tasca del pueblo. Me baño en el río Esla y como en una posada huevos fritos con plato de tomate pan y vino, veinticinco pesetas. Las dueñas del local, madre e hija, con una sirvienta que parece ajena a la familia, me atienden con amabilidad. Como y escribo.
    Por la tarde a S. Miguel de la Escalada. Me llevan hasta Villacontilde.



                                                  En Villacontilde
                                                             
   Unas mujeres lavan la ropa en un lavadero cubierto. Una lava y calla, asiente, la otra habla bastante y me sonsaca las cosas. Que para la mujer está más peligroso el mundo, que ayer vinieron unos hombres y pidieron a sus hijas les acompañasen al río. Ella les dijo que con cuidado, que no os bañéis si os lo piden. Llegan sus hijas y sus amigas, niñas de trece y catorce años. Se acercan con cautela, hablan entre ellas sin parar, juegos, que tú no pasas por el paredón que divide en dos las aguas del lavadero, que resbalas. Tú, estudias aquí?, en Mansilla, segundo, contesta la mayor, morena de ojos, pequeña. Y se van todas, y las mujeres, y yo que me quedo solo con la iglesia al lado, esperando que pase un coche. Se detiene uno para decirme que no puede ser porque lleva bultos atrás y yo desespero porque mientras ha pasado otro coche. Espero una hora, solo, pasa una vieja, un tractor, buenas tardes, buenas tardes. El sol aprieta. Camino hacia el pueblo. Se oye un coche en la esquina. Se detiene. Muy bien, nosotros también vamos a S. Miguel. Y el monasterio tan quieto y solo. El señor que me ha cogido tiene unos treinta años, habla con poder, enterado, matiza todo lo que dice. No admite vacilaciones, resulta pesado. Habla el solo y los demás, su mujer y yo, debemos asentir y seguirle la corriente. Que el guarda pone en su puerta un cartel estoy en la cantina, en el campo, total que nunca puedo ver el interior. Las fotos y que me dejan en el pueblo.



                               Monasterio mozárabe de S. Miguel de la Escalada
   
   Un perro me ladra y me persigue por detrás, los dueños le llaman perezosamente, pueblo de vacas lecheras y de perros con apariencia de lobos, pardos y hocicos afilados, pelambreras. Yo camino por sus calles temeroso. El pueblo no tiene nada, casas de adobas. Y que no hay sitio para dormir que me dijeron en Villasandino (o Villacontilde?) que me darían cama  en la cantina,  y la cantinera,  niña recelosa,  que no.  Y voy por las casas, la gente recela. Es que nunca se sabe, lo mejor es no exponerse, y yo oyendo todo aquello con prisas porque la noche se cae. Me siento a esperar un fortuito coche, un niño trota encima de un burro.



                             El niño del burro en S. Miguel de la Escalada
 
   Al final de la tarde las vacas que vienen solas de los prados y cada una se mete  por la calle que le corresponde, a sus cuadras, los dos viejos que conversaban conmigo se han levantado presurosos, cuando han aparecido las primeras cabezas. Una niña se queda en el cruce a vigilar la ruta de las vacas. Les grita, cochina, tonta. Yo me levanto desesperado, nadie pasa, sin coches, voy a la cantina y allí me dicen que no tienen teléfono, que en Vega de los Árboles sí. Cuando es noche iniciada me voy andando. Llego con la noche cerrada. Paso un cementerio, no siento miedo. En Vega llaman un taxi a Mansilla. A las doce estoy en la cama.
   No puedo andar, los pies me duelen horrores, tengo que comprarme unas alpargatas. La carretera está fresca, el asfalto ennegrecido, parece aguardar peinado el peso del nuevo día. Los coches primeros no se detienen, como siempre. He tomado un café con leche, un camión se para, el chofer es amable y de ideas abiertas, que el Madrazo de Zaragoza es único, el que va allí va al negocio y no como en Valencia o Barcelona metido en la ciudad que te mete en un compromiso.
    Se llega a León enseguida, los pies descansados, en León me compro al fin las alpargatas, los pies descansan, camino, calles de ciudad negociante, aunque según me ha dicho el camionero no tiene industria durante el día, veré que hay muchos pequeños comercios apiñados por todas las calles, mercado con puestos semiambulantes por las aceras, no sé cómo me recuerda los primitivos mercados medievales de León, mercados de reconquista. La catedral es el monumento más importante que he visto en mi vida, después de comer, el fresco de las bóvedas, las columnas que arrancan  del suelo y otras que se  le unen a mitad  del camino y juntas suben hasta el cielo de las bóvedas, auténtica joya, obra acabada, las cristaleras de múltiples colores, el oscuro fresco de toda la nave y luego las bóvedas de crucería cómo se ensamblan unas con otras, las bóvedas de cañón y en sus aristas, esos nervios que soportan toda la mole del edificio. Saco una foto.



                                          La catedral de León
   
   San Isidoro de León, con su fachada multiforme, la planta de la iglesia de cuyas tres naves no puedo concluir el estilo, una guía me dice que es  románico y gótico, lo dudo un poco. Para ver el claustro y la nave con las pinturas hay que poner treinta y cinco pesetas, que yo soy estudiante, qué quiere que le diga, dígaselo al conserje, que no puede ser, si quiere ver las pinturas tiene que pagar treinta y cinco pesetas. Las pago con cara y gestos de disgusto. Imágenes de talla en madera, un códice visigodo, muchos más manuscritos todos debidamente apiñados en estanterías cerradas. Las fotos de los pórticos de entrada a la salida de la visita al museo. Que este museo está regido no por el gobierno sino por los curas, son unos negociantes que trafican todo, dije yo.



                                         S. Isidoro de León (F/8 1/125 Infinito)
  
   Y la comida en una casa de comidas donde había todo viejos con pinta de traficantes en ganado. Este día sábado es la plaza del mercado y del ganado. A esta última quise asistir pero no pudo ser porque cuando llegué en el camión la ví de pasada y sí todo camiones sin nada de pintoresco. En cambio en una plaza que hay cercana a la catedral saqué una foto muy pintoresca de las verduleras con sus idénticos puestos de cajones de madera, sus balanzas romanas y luego saqué las fotos de las fachadas laterales de la catedral. En la casa de comidas, paella y medio de carne 60 pesetas. Le doy al chico un duro de propina porque veo que la comida ha sido buena y abundante.
   León es una ciudad de pequeñas casas, de semblante plácido y alegría sabiamente contenida. Sus hombres no son sensuales, sus mujeres miran al extranjero con sensual agasajo. De merienda a las siete y botella de vino sobre la mesa. Su mercado, las innumerables tiendas dicen cómo sus gentes la prédica del sosiego y del vivir entre las pequeñas cosas, mercado paradigmático de la ciudad, a once pesetas y la mujer que compra las peras dice que ocho e intercambian y que dame una peseta que falta y la mujer que dice con los ojos, su boca muda, mirada advertida, que es suficiente y luego se marcha con su trato mudo mientras el vendedor despotrica con dulzura contra ella a sus vecinos. Tenderetes de cajones de madera, los viejos en los bancos de los lados, que se apiñan, codo con codo los vendedores y algunas mujeres con paraguas para resguardarse del sol. León, ciudad vieja, me ha dado todo el sabor de Castilla. Las gentes, vendedores y compradores que tratan con animosidad y simpatía, la catedral presidiéndolo todo, su simetría y acabado, dando ejemplo a toda la ciudad, sus calles a sus plantas recogen todo su sabor y lo desparraman en todas las casas y quiaceres del día. León, ciudad vieja.



                         Mercado en la plaza de León (F/8 1/125 Inf-4mts.)
                                                                       
    Cuando dan las ocho en el reloj señorial de la plaza del mercado y que todos recogen el sobrante de su mercado sin pena, con la misma dulzura, aparecen los barrenderos que limpian por encima de los vendedores, las hojas de lechuga y patatas y peras por el suelo. Yo, que compro tres peras y luego de pesarlas con la balanza romana que la chica me cobra tres pesetas mientras el reloj sigue aún dando las ocho de la tarde, con pesada pausa como si no pudiera acabar su pasado todo recogido en la música de sus notas. Cuando un hombre levanta la voz en el bar porque habla de ese modo, no porque esté enojado, todos callan y su violenta voz es enseguida dulcificada por la broma oportuna de otro parroquiano. Sus gentes que se estrechan continuamente la mano, fraternidad toda presidiendo todo el día.



                                  Mercado del sábado en la plaza de León

                                                          
   León es una ciudad de pequeñas cosas, su catedral la más armoniosa que he contemplado, sus bóvedas, cielo empíreo, sus gentes que viven en un radio de acción próximo, un metro, que no advierten tu presencia hasta que no hablas con ellos y su mirada limpia y prometedora, su nobleza y su vitalidad. Ciudad vieja que correteas tranquilamente por entre tus intrincadas calles, leones en los escudos, ciudad casi moruna, mercado moro, catedral gótica, y nunca desembocas en nada sino que tu vida es estar dándole vuelta a las pequeñas cosas, continuamente, con el precio de la fruta, de la patata y del jamón. En León no hay industria ni grandes comercios, porque no aspira a las grandes cosas, vivir callado y a la vez enloquecedor para el acostumbrado al pensamiento trascendental. Solo sus coches atruenan con sus motores y conmueven las viejas casas y sus cimientos. Auténtica existencia, vivir de las pequeñas cosas.
   Y después de pasada toda la mañana en la carretera, la llegada a Zamora, como a un pueblo. El sol por primera vez se oscurece. La comida poca y mala, arroz y callos con un pequeño vaso de vino. Pensando qué hacer después de comer, disgusto con el camarero porque me cobra en una pequeña terraza nueve pesetas por el vaso de vino, tendré que hacer la foto de la puerta de la muralla de Dña. Urraca y la catedral. Tomaré vasos de vino en sus tabernas. Mañana Toro y quizás Tordesillas, ya veremos. Porque a las doce estoy en Toro y decidiré salir al mediodía hacia Tordesillas. Zamora es una ciudad acostada en una pequeña aunque rápida pendiente. De un lado la cerca el Duero y del otro las murallas, como dice muy bien el romancero.

                                                                                  
                                                  Zamora                              
 
   Calles estrechas con balcones cerrados de madera. Gente de mirada perdida, sangre encerrada en sus cuerpos desde tiempos históricos. Llegué en un domingo de sobremesa callada, muda, solitaria en sus calles empedradas y empinadas, el sol de plomo, placidez de la tarde en su río fresco de aguas turbias y sucias. Un guarda impide el bañarse. Lavo mi camisa y la culera del pantalón. Las parejas de novios se aprovechan de la coyuntura, el pantalón tarda en secarse, cuando se seca es tarde para sacar las fotos. Doy al atardecer una vuelta por toda la ciudad. Al día siguiente, la calle empinada desde arriba, con sus paredes que se juntan en la lejanía, al fondo el Duero,



                                         La calle “empinada” de Zamora

los guardias municipales salen con sus carteritas debidamente ordenadas en sus papeles hacia el vericueto de las calles, hacia una misión contributiva, sus camisas impecablemente blancas. La mañana límpida viste las paredes, los balcones y las macetas de colorido, el sol las realza en su mayor significado. Yo voy caminando por sus calles solitarias, algunos empleados de banca comentan las partidas de ajedrez del ruso y el americano. Y la foto del palacio de Justicia, fachada gótica florida a mi modesto entender.

                                                                
                                        Palacio de Justicia de Zamora
                                                         
    El día anterior saqué la de la puerta de Dña Urraca,



                        Puerta de Doña Urraca, Zamora (F/8 1/125 10-Infinito)
      
y por la noche en la cama de la pensión leí los romances de Zamora, Dña Urraca, la traición de Bellido Delfos, Alvar Fáñez. Zamora es una ciudad solitaria, aislada, se siente arrinconada, un poco mora, castellana y portuguesa. Sus plazas de sucias y toscas columnas que soportan afligidas el peso de los años de sus casas. La mirada perdida.



                           Zamora. Escudo de un portal en la plaza Sta. Lucía

                                                         
    Un joven camionero, un camión cargado de ladrillos, trabajó cinco años en Francia y que guarda un grato recuerdo del teniente coronel al que sirvió de asistente en la mili, me recoge. Se casó con una chica de su pueblo, aunque tenía una novia en Francia. Es que las costumbres son muy distintas. Allí existe el divorcio, en España es diferente. Los días de fiesta se marcha con su coche, con su mujer e hijo de nueve meses a algún sitio a descansar. Le gusta la pesca y la caza. Lo mejor es el matrimonio y cuidar del hijo. Yo fui un tarambana, novia en Francia, borracheras en la mili, ahora es muy distinto, se acabó. Habla sin parar, como un descanso en su continuo conducir. Cara de niño, rubio pajizo, pequeño, enjuto, pasó penalidades los primeros días de Francia.
   El vino tinto de Toro enturbia la mente. Sus calles estrechas tienen escudos, portales semicirculares y balcones y ventanas enrejadas. La Colegiata con un cura que pregunta la procedencia de los visitantes y toca canciones populares en su órgano.



                                          Colegiata de Toro
   
  La portada con doscientas veintidós figuras representa en la última arquivolta el Juicio Final, un Pantocrátor central, a su izquierda los condenados, a su derecha los elegidos.



                                 Portada de la Colegiata de Toro
                                                    
   Y el Palacio de las Leyes con dos cadenas suspendidas a las que si lograban colgarse los condenados, se salvaban, me dicen unas mujeres.



                                   Portal del Palacio de las Leyes. Toro

   Toro es una ciudad adusta. De también estrechas y empinadas calles. La Colegiata la preside. De vino tinto, fuerte, del que se sube a la cabeza. Tiene una casa con un gran escudo leonado y una monja que saca el cubo de la basura y que no sabe de qué tiempo es el edificio. Enrejado y balconado. La calle mayor, de nombre la Colegiata según un hombre solitario con aires de perturbado y Calvo Sotelo según un enmohecido cartel, de columnadas fachadas. Dos indecisos arcos, un toro a la entrada, tosco sin cabeza, primitivo. Las ciudades castellanas que recorro, están demasiado mercantilizadas, distribuidores de cerveza circulan por ellas asustando a las enlutadas viejas que cosen en los portales.



                                    La calle Calvo Sotelo. Toro
                                                      
   Tordesillas de plaza empedrada, cuadrada, rodeada por la columnata de sus casas que se entreabren para dar paso a sus calles que como viejas simetrías inciden en el centro de sus lados.



                                    Plaza de Tordesillas (F/8 1/125 Infinito)

  Tordesillas es una ciudad enrejada, sus balcones y sus ventanas. Tiene el monasterio de Santa Clara en donde estuvo encerrada Dña Urraca y veinte años enterrada, su guía suelta su letanía con pereza, un patio árabe y restos en las fachadas de afuera.



                              Patio árabe. Real Monasterio de Santa Clara. Tordesillas

  

    En Tordesillas está la casona en donde se firmó el famoso tratado entre España y Portugal para delimitar sus territorios marinos. En Tordesillas no hay gente vieja castellana, se habla del precio de la cerveza y de no sé qué hurtos en una casa. Tiene una plaza rodeada de dos pisos de galerías, labradas en madera, sus calles estrechas y su mirar altanero sobre el Duero y su vega. Pero tiene más sabor que Simancas, más grandeza y viveza, aunque adulterada.
    El castillo de Simancas es limpio, impecable, parece de construcción reciente, en sus estancias anidan los historiadores que investigan en la biblioteca de Historia. Simancas es un pueblo vacío, muerto, sus casas están algunas blanqueadas, sin casi gente, unos pocos salen a la carretera a ver quién pasa, los coches por debajo de las almenas del castillo, impecable y limpio, con un portero que impide la entrada a los visitantes si no es con guía, el guía debe de ser él, juzgo, porque está el archivo de Historia y es peligroso.


   
                                        El Castillo y Archivo de Simancas

     Un extranjero se detiene. Tiene la familia acampada en el camping de Simancas, encuentra dificultad en los verbos castellanos, y en los franceses decimos a la vez, el inglés es distinto. Yo hice un viaje por el norte del mismo modo que usted cuando era más joven.
    Valladolid es una ciudad moderna, con chorrotadas de gente por sus calles plagadas en comercios. Su barrio antiguo, con la catedral y la iglesia de Sta. María.



                                        Valladolid. Santa María la Antigua

    El palacio donde habitó Felipe II y la de San Pablo, de fachada monumental, gótico recargado.



                                            Valladolid. Iglesia de San Pablo
     
     En Valladolid no se abre el Museo Nacional de Escultura  el 18 de julio, al menos hasta  las once  que aguardé yo  esperando sentado en los bancos del jardín de  enfrente a Capitanía.  Y la larga y calurosa  espera  en su  gasolinera,  en la  carretera que conduce a Soria. Me  llevan hasta Quintanilla de Onésimo, pueblo caluroso y seco y frío y deleitoso debajo de las arcadas del puente sobre el Duero. Me dan de comer en una fonda que está en reformas, ensaladilla, tomate, huevos fritos, dos filetes de lomo, pan y vino, sesenta y cinco pesetas. Después de comer tomo café en la planta de abajo donde van llegando los hombres y mozos del pueblo a tomar café y cognac y a fumar sus puros, a escuchar con aire extraño y a la vez asombrado la exaltación de la fiesta nacional y las disposiciones hechas por Franco de cara al futuro. No suena ningún comentario en la barra repleta y ya un tanto indiferente a las palabras de la televisión.
   Y luego la fresca siesta en la orilla del Duero mientras los chicos del pueblo enredan entre ellos, echando agua sobre unos y otros, algunos en bañador, otros vestidos y los pescadores allá en la mitad de la corriente, tan impacientes y a la vez pacientes. Cantaba unas canciones. Y las dos chicas en bañador que cuando se acercaron nadando las ví tan majas, yo veía que una de ellas era un tipazo, a la otra casi no la veía aunque estaba a su lado.


                            El Duero a su paso por Quintanilla de Onésimo
  
   Me cogieron unos falangistas en camisa, uno de ellos pequeñajo, el que conducía que no dejaba hablar a nadie, con gafas, parecía el jefe y le decía al otro, al pequeñajo, que callase que él decía las cosas con mayor claridad. Y un tercero, gordo y pacífico que no decía nada. Me invitaron en un pueblo a una cerveza. Allí que la Falange no es un partido político, que se inspira en Cristo, que déjame hablar a mí, si hablas tú no nos entenderemos, y vuelto hacía mí, de lo que se piensa a la expresión va un gran trecho, si todos pudiéramos decir lo que pensamos nos entenderíamos enseguida, y yo, entonces usted cree que el hombre es básicamente bueno. Dudas, parece indeciso, y que el hombre es portador de valores eternos.  Yo me quedé con las  ganas de decirle que los puntos doctrinales de José Antonio debían ser ampliados. En esto ocurrió un accidente en la carretera que pasa justo por delante del bar del pueblo donde tomábamos las cervezas. Él se puso a mandar. Tú ponte en aquella curva y para a los coches que vengan, mientras él hacia lo mismo en el otro cabo. Después subimos en el coche y en Peñafiel avisamos a la Guardia Civil. Allí se originó otra confusión por aquello de que déjame hablar a mí y que si hablas tú me callo. Cuando ya había encontrado una posada para dormir y había dejado el peso de la bolsa y duchado y sentado en la terraza sita en la puerta, me los encontré de nuevo. Habían tomado unos vinos,  el  pequeñajo volvió a decirme  aquello de los valores eternos,  el jefe que si nos encontrábamos otra vez que a mi disposición, que lo pasase bien. Yo adiós muy afectuoso.
   En Peñafiel aquella noche era la del 18 de Julio y como la gente tenía dinero se divirtió y alborotó tanto que tardé en dormirme. La gente joven paseaba sin parar por las calles, los mayores sentados en las terrazas. Y yo arriba, con la camisa blanca  recién lavada y tendida, con sueño. Lo cierto es que me dormí pronto, pensando que me habían hecho una injusticia. Al día siguiente la reclamé a la chica que barría, la única que estaba levantada. Que en la hoja de mi habitación pone como precio mínimo cuarenta pesetas y como máximo cincuenta y cinco. Sí pero comprenda que usted no ha cenado. No importa digo yo, el hecho está ahí en la hojita de la habitación, aparte están los precios de los otros servicios, como el desayuno, comida y cena. Déme el Libro de Reclamaciones, yo se lo digo con mucha educación, aunque sin ceder. Es que no sé dónde está y el dueño está durmiendo. Pues, y sigo sonriendo con ánimo más de hacer menos embarazosa la situación que ganas de acobardarla, despiértelo. comprenda que duerme… además, y me muestra una enorme hoja pegada a la pared donde hablamos, aquí hay un sello que autoriza a cobrar el 20 % sobre el precio caso de que el cliente no coma. Sí, eso dice allí, pero en mi habitación no dice nada, me atengo a la hojita, ¡ allí también está el sello¡ dice ella. Ah ¿está?, perdone. Sí suba y verá. Deje, dije, no se moleste yo subiré. Y estaba. Y que usted perdone mientras que ella había calculado el 20 % sobre las setenta y cinco pesetas que pagué el día anterior. Yo saqué también la cuenta. Me devolvió nueve pesetas. Su cara expresó en todo momento el temor que le ocasionaba el conflicto y me daba a entender que yo tenía razón.
   Cuando acabó todo, bajó una mujer joven que me pareció extranjera. Se sentó a una mesa. Yo salí a la calle y busqué donde tomar un café con leche. Un hombre me indicó un bar en donde suelen tener la cafetera preparada. Luego inicié la subida al castillo.


 Peñafiel. Vista del Castillo desde la plaza de toros vieja, entonces sin urbanizar
  
     Seguí la carretera, aunque atajé un par de curvas. Arriba no había nadie. El castillo, nuevo, no daba impresión de antigüedad sino que parecía de construcción reciente. No pude subir a la torre a causa de la oscuridad de la escalera. Tiene planta de nave de barco. Dos torreones en proa y popa, la torre del homenaje como una sala de máquinas. Llegaron dos estudiantes franceses de medicina, chico y chica, parecían novios, ella muy simpática, él esquivo y poco franco.



                 Interior del Castillo de Peñafiel con los dos estudiantes franceses
                                                      
  Les dije si iban a subir pues yo tenía miedo. El fue a buscar una linterna. Subimos. Sacó una foto a ella, foto que juzgué de poca importancia pues no se veía sino a ella con dos almenas. Al fondo tenían el pueblo y a todo lo largo el castillo. Esas fueron las que yo saqué.



                          Peñafiel desde la Torre del Homenaje del Castillo
                                                                 
  Me bajaron hasta el pueblo. Me dicen qué significa arcén, yo no lo sé, se la encontraron en un letrero de la carretera. Cést une parole nouveau d´espagnol pour moi, él se ríe en una corta carcajada. Las despedidas muy amables, bon voyage, mientras él coloca la puerta movible en el pequeño coche. Yo camino deprisa, sin rumbo, sino es el de la carretera que conduce a Aranda de Duero, con la cabeza ocupada en la persona de ella, tan delgada, guapa y simpática. Me pongo a la sombra de un árbol, un coche extranjero pasa despacio, me miran pero parece que no se detienen, al poco vuelvo la cabeza y los veo parados a cincuenta metros, la señora con el brazo fuera de su ventanilla, haciéndome señales, yo que corro, ella ha salido y junto con su marido hacen un sitio en el asiento de atrás. Enseguida les doy confianza, hablo mucho, pienso que la chica francesa me ha calentado un poco la cabeza.
   El conduce despacio, parecen tranquilos, miran los pueblos vecinos, los campos y cuando observo que se detienen en uno les digo j´en suis pas presé, vous pouvez bien visitez ce village. Entramos por un camino hacia el pueblo, cuando el coche no puede continuar bajamos, yo hablo tanto que debo parecer ingenuo y poco inteligente. El me sigue bien la conversación pero es comedido y habla lo justo, sin apasionamiento, las cavas de vino como torretas que me parecieron de la última guerra, la vieja que nos salió al paso nos lo dijo, le hablaba su castellano a la francesa, ella asentía dándole a entender con grandes gestos que la comprendía.



                   El poblado que visitamos, entre Peñafiel y Aranda de Duero

   Ellos tenían más sentido de observación que yo, se fijaban en las piedras del suelo, una de ellas que tenía forma de piedra de hacha, su punta careada pero aún con sus dos caras en ángulo, pienso que debía ser valiosa, entonces pesaba mucho, yo iba con una pequeña bolsa. Volvimos al coche, su mujer se perdía por entre las derruidas calles y casas. Yo mientras le mostraba a su marido unos romances y le informaba que España nació más o menos allí. Cuando ya hubimos subido al coche que los castillos derrumbados que veíamos por doquier eran antiquísimos y dieron su nombre a Castilla. Ellos asentían sin gran admiración, cosa que me molestó. Me dejaron en Aranda de Duero, ellos ya iban hablando de sus cosas y su despedida me pareció poco afectuosa, dudarían de mi, pienso.
   En la catedral tenían una boda, el cura que oficiaba, joven, hablaba a los novios y les llamaba primos, la gente que asistía, trajeada, correcta, uniforme, me parecía estúpida, a todo asentían con esa imbécil actitud del que afirma sin haber escuchado bien. Yo mientras miraba las columnas y bóvedas, en la barandilla que sube al coro hay decoración árabe, el crucero, el cura joven con aires de jesuita, gafas de inteligente, lanzar  su repetida  plática a  los novios,  les decía  aquello de que Jesús  instituyó  el matrimonio como sacramento, fijaos bien su importancia, yo lo pensé bien y pasé enseguida a las bóvedas, la fidelidad con citas de la Biblia. Salí afuera y contemplé detenidamente la fachada decorada hasta arriba, en donde hacía poco me sacó la foto el fotógrafo que atendía la salida de los novios. El consintió al momento pero no hubo manera de convencerle de que más que yo lo que me interesaba era la portada, desistí, luego manípuló con soltura los mandos de la máquina y contemplé horrorizado que ponía una distancia de cinco metros ¿saldrá?, inquirí, él asintió con un gesto mudo.



                 La foto que me hizo el fotógrafo de la boda en Aranda de Duero

   Y me dí una vuelta por el pueblo, como tantos con calles con columnatas en sus casas, me senté en una plaza donde hay una glorieta en donde supuse darían conciertos populares. Pedí una cerveza y el chico no conocía la carretera que lleva a Silos. Yo andaba un poco cansado y mantuve el primer criterio de seguir por la carretera general en donde también tenía a S. Esteban de Gormaz y El Burgo de Osma como puntos de interés. En Aranda de Duero comí una perdiz y un plato de ensalada y tomate. Bebí mucho vino, toda la jarra que me pusieron a la mesa y andaba un poco subido de tono y con muchas fuerzas. Busqué el río, seguí una senda y ví que no conducía a ningún sitio, una chica cosía en el camino y al sol algo que me pareció una prenda de niño, miró con cierto disimulo, aún con toda la distancia me pareció una chica respetable. Bajé la senda de nuevo y me senté en el primer sitio que hallé a la orilla del Duero, toqué un poco la flauta y descansé cosa de media hora, descalzo a pesar de las hormigas y del calor pegajoso, ya he dicho que bebí mucho vino. Salí a la carretera. El viaje se había convertido ya en algo fortuito, en busca de lo que salga, un poco vagabundo y ganas de llegar a Soria. Paró un camión, el chófer era ya mayor, tenía pinta de abuelo, de querer mucho a los nietos, serio, adusto y leal. Iba hasta Lérida, le dije que iba hasta San Esteban de Gormaz y él contestó que si quería hasta Lérida podía llevarme. Hace calor, él asintió. La tarde amenaza tormenta, es pegajosa, unas siniestras  nubes se  ciernen  sobre S. Esteban de Gormaz. Inmediatamente subo  a la torre de la iglesia, ésta está cerrada, tiene un pórtico de columnas al exterior con  capiteles románicos,  bichos y muchas serpientes sobre todo, tanto en ésta como en la otra iglesia que se vé más abajo. Las dos están descuidadas. Coronando el pueblo la muralla que amenaza desplomarse, desdentada, unas personas se adivinan a sus pies, como pequeños bichos. Bajé al pueblo y en una sucia taberna de la plaza, un vaso de vino y un pepinillo tres pesetas. Antes había entrado en el retrete, apestoso, salí casi con las manos en las narices, pero me descansó. Unos viejos tomaban vinos en la barra, su mirada inquisidora. El pueblo me resultó antipático y andando andando me planté en la carretera y me puse a hacer auto stop de nuevo. Quería ir a El Burgo de Osma. Se detuvo un matrimonio de sorianos que trabajan en Madrid con un par de niños a los que me pareció que daban muchos vicios. Su coche espejado y nuevo. El hablaba con cierta cuidada solemnidad. Por aquí hay muchos castillos y pueblos con mucha historia. En este pueblo que vamos encontrará cosas interesantes, la catedral, y ella que hay piscina, pero a él no le interesa eso, mujer, y a mí porque a usted le gusta lo antiguo, si señor, ya lo había notado, sin preguntar enseguida se nota. Entrábamos en la provincia de Soria.
    
                (De San Esteban de Gormaz y de El Burgo de Osma no sale ninguna foto en los clichés, lo que me resulta muy extraño. ¿Quedaban pocas en el carrete y las reservaba para Soria? En las máquinas de entonces te quedabas sin fotos en el momento más inoportuno ¿Estaba tan cansado que no dí en ello? ¿Los valores de luz, sombras etc. no me inspiraron nada? Nunca lo sabré. Esto me hace pensar que de haber planificado un relato con fotos añadidas, no habría dejado pasar la ocasión de sacar el rico patrimonio de estas poblaciones)

   El paisaje había cobrado una tonalidad de colores destacados. La tarde caía. Él alababa Soria, conocía a Machado, la ciudad es madre de poetas, a su mujer que si vivió también Don Juan Manuel. Me dejaron en el Burgo de Osma, ellos también bajaban aquí porque querían visitar a unos familiares. Yo anduve toda la calle mayor con su larga serie ininterrumpida de columnas. Llegué no sé cómo a un bar pequeñito con apariencias de suciedad y descuido, unos hombres rudos, debían ser del campo o ganaderos, tomaban vasos de vino y sostenían en sus hastiados labios sus cigarrillos. Me comí un sencillo bocadillo con un vaso de vino, tenía mucha hambre. Más tarde volví hacia la pensión, en el bar que dejo me la habían indicado, en donde me dieron una habitación con dos camas inmensas y me cobraron setenta pesetas. Los dueños eran chicos jóvenes y se veía que conocían el negocio, afuera pasa la carretera y los camioneros parece ser que acostumbran detenerse en este bar pensión.
   Me lavé un poco y me senté como tengo por costumbre en la plaza, en una mesa de un bar. La escena vuelve a repetirse. Poco a poco van desapareciendo las golondrinas que amenazan con estrellarse en una inmensa portada que debe ser de tiempos de los Reyes Católicos o Carlos V. No me acuerdo bien y lo siento. La tengo enfrente mismo. Los niños corretean y los adolescentes renuevan una vez sus calladas miradas y sombrías palabras sentados en los bancos. Uno de ellos aparece apretado de chicos, otro de chicas. Algunas de ellas han pasado y como siempre se han detenido más de la cuenta en mirarme porque soy forastero.
  Quiero escribir pero no puedo, no sé si estoy cansado un poco, he dejado atrás toda Castilla y pienso que no he visto todo, ni con detenimiento. He seguido la carretera general nada más. Pero cada día siento ganas de andar y me noto como en un continuo descanso de espíritu. Enciendo cigarrillos, los lío con detenimiento mientras tomo sorbos de cerveza. Cené en la pensión un bocadillo de tortilla y una cerveza, me subí a la cama y me debí dormir enseguida.
   Al día siguiente hacía un hermoso día, me adentré por las frescas y limpias calles del pueblo. Solo mujeres beatas se veían. Cogidas del brazo conversaban su interminable plática. En una calle me encontré con un agradable olor a churros, pasé por el establecimiento, algo cerrado, y no entré. Más tarde me lo indicaron para poder tomar café con leche y allí me lo tomé con una ración de churros. Hice un pequeño rodeo en vano. Osma se reduce a su calle que yo llamo mayor, de toscas columnas de madera, los   edificios, como  bancos de  dinero, se  ordenan  siguiendo  la misma  estructura columnada. Es algo para agradecer. Esta calle, casi fría, helada a estas horas de la madrugada, conduce a la plaza de la iglesia, gótica, plaza sabiamente empedrada y con un adecuado sistema de desagüe. Tiene la misma plaza una vocación de pozo en cuanto que conduce todo el vertido exterior hacia el centro, en donde también hay una bonita fuente de agua sabrosa. Con cuatro caños que canturrean.
   Las golondrinas vuelan en medio de su griterío. Su trayecto tiene fijado, al parecer, la curva de las arquivoltas de la portada. Las figuras las contemplan desde su profundo sueño. Alguna golondrina se detiene en los huecos de la portada y entre los pies de una figurilla, o a la espalda de otra, debe construir su nido. Cuando asoma de nuevo, titubea un poco y seguidamente emprende su alocado vuelo en pos de las compañeras. Yo camino lentamente por encima del empedrado, piedras pequeñas y apuntadas, iguales todas, hacia el puente vecino debajo del cual pasa un pequeño y fresco río. Diviso los peces pequeños y regreso hacia la iglesia de nuevo. La plaza de la iglesia está inundada de luz solar límpida y cálida. Hay coches a sus lados con matrícula de ciudades populosas. Pienso en sus dueños con cierta pena. Un cura deja su sombrero en las paredes de la fuente y bebe del agua. Luego me mira un poco y camina hacia la iglesia, sus limpios zapatos negros y su traje le dan un aire respetable. Yo juzgo que debe ser el párroco. Abandono El Burgo de Osma. La próxima meta es Soria. Una furgoneta se detiene. En ella va un hombre joven, de unos veintiocho años, es de colonización de bosques o algo por el estilo. Me dice que he hecho mal auto stop porque su coche corre poco. Yo le digo que lo prefiero así porque me gusta ver el campo. Y a continuación que por aquí están los trigos muy tardanos; él, que así es, pues se siembra tarde a causa del extremo invierno. No habla casi nada, casi duerme, el paisaje es cada vez más alto, más limpio y colorido, se van divisando los pinares y las tierras de monte ahora verdes y en invierno heladas.
   Llegamos a Soria la barbacana, también aquí hace un día espléndido. Las calles tienen esa luz especial de las alturas, es limpia y suave. En una plazuela hay un pequeño mercado de pequeñas cosas tiradas por el suelo; un feriante trata de vender un par de zapatos a un parroquiano.



                                      Soria. Iglesia de Santo Domingo
  
    Bajo por sus calles. Soria tiene toda la dulzura de un pueblo castellano, bien sea que por ellas haya que caminar con todos los sentidos ante el acoso inevitable de los vehículos. Pregunto por la casa donde vivió Machado y no me dan razón. Bajo instintivamente hacia el río, veo las arboledas, las calles son empinadas, distingo el puente y  antes de cruzarlo me detengo a  tomar un vaso de vino. La  dueña  del  bar se confunde y me pone un quinto de cerveza. La convenzo de su error, ella accede con ligeras protestas. En Cataluña me pasaba mucho, le digo, pero ¿aquí?, es un poco extraño. Cruzo todo el puente, agotador, e instintivamente también penetro en los arcos de San Juan de Duero. Saco la foto, en primer plano un capitel de cesta, al fondo los arcos cruzados.



                                   Claustro de San Juan de Duero. Soria
                                                       
   
   Me siento en un árbol que se cimbrea sobre las aguas. Veo desde allí las barcas de la orilla opuesta. Decido alquilar una. Con ella agrieto todavía más la muralla desdentada que se refleja en el agua. Subo hasta una pequeña catarata.
   Después pregunto por San Saturio, me daban buena razón. El camino está guardado por álamos. Al final están unas lápidas con versos de Machado. Los leo con cierta devoción. Subo a la ermita, extraña mezcla de gruta y de casa antigua con capilla y habitación que debían ser de la orden monástica. Se baja por otras escaleras. Me figuro que el paisaje es muy distinto al que contempló Machado. El camino está asfaltado y una gran casa pintada de fuerte blanco, debe ser una fábrica, rompe toda la armonía.

                             Y nuevamente junto a tí riberas
                           como nuevo peregrino del Duero
                           los olmos, álamos del río quiero,
                           entre los grises alcores la arboleda
                           de Soria, su muralla desdentada,
                           a repetir, frustrado sentir, todo
                           tu poético pasado y el loco
                           cantar, los pececillos que saltan dan
                           nuestra réplica a la voz nunca oída,
                           y en la orilla oigo las voces lejos
                           que me traen las ondas encendidas
                           en la tranquila tarde, vuestras voces,
                           Gerardo Diego siento tus suspiros,
                           de Antonio Machado tristes canciones.
                                                                 (En Soria)
      
                  (Intento de soneto escrito en algún lugar de Soria, posiblemente en San Saturio, aunque en el manuscrito aparece extrañamente en un hueco de páginas anteriores, con la indicación “En Soria”, tal como se ve. Mi memoria, torpe y lejana, trata de convencerme de que fue escrito en las orillas del río, en el mismo San Saturio)
                                                                       
    Unas jóvenes vienen conversando muy bajo. Una le va diciendo a la otra los pormenores de la vida de Machado. Aquí se casó, acierto a distinguir. Luego se suben por las escaleras de la ermita. Me quedo solo. Bajo a hacer una foto al árbol seco de Machado, hay varios en dicho estado y se me ocurre que debe ser el más fornido.



                                      Mi supuesto “árbol seco” de Machado
  
    Regreso hacia la ciudad. Como en un restaurante muy concurrido. ¿Viene usted solo? me dice la camarera. Si. Pues esta mesa está ocupada por esos señores. ¿Cómo? me extraño y enojo. Comprenda que yo debo dudar. De la manera que me ha preguntado me hace suponer que a usted le interesa más que coma un grupo que yo solo. Siéntese en esa otra, me dice una comensal. Sin más me voy hacia ella y cierro toda posterior discusión.
   Luego desciendo otra vez hacia el río. Me tumbo a la sombra de la tapia del recinto de los arcos de S. Juan de Duero, sobre la verde hierba y toco la flauta. El guarda de los arcos me echa. Que si todos hicieran igual no se cabría. Ese no es argumento, le contesto yo. Y me voy a la carretera. Me recoge un viajante que va a Tudela. Conduce muy deprisa y parece disgustado. Dice que está muchos días en la carretera, que ya está acostumbrado, pasamos por detrás del Moncayo y llegamos a Tarazona. Son las seis de la tarde. Subo hasta la iglesia mudéjar. Me tomo una cerveza en el bar de la plazoleta. La mujer del mostrador dice que ya está bien viajar así, ya, pero que se debe sudar lo suyo. No señora. He hecho un viaje muy bueno, hasta León nada menos. Si, como aventura se puede aguantar, pero vamos… Desde luego en cuanto tenga coche…sin él no queda otro remedio y quiero ver ciudades. Pago y me voy. Desciendo por las empinadas calles, calles estrechas, hasta el llano del pueblo que es la ribera del río, seco, asfaltado, con aceras a sus lados. Cruzado por el puente que comunica pueblo con pueblo. A un hombre le pregunto si sabe habitación para dormir. Duda un poco y me acompaña. No hace falta, por Dios. Si hombre no es molestia. Es pequeñito y menudo. Aparenta confianza. Me sube a un tercer piso.
   Nos recibe una señora gorda. Pasen. La dueña no está, es su hermana, pero vendrá pronto. Dentro de veinte minutos estoy otra vez por aquí. El señor pequeñito y yo nos vamos a echar unas cañas. Me indica un bar, lujoso, mientras él se va a hacer no sé qué. Vuelve. En la barra están dos jóvenes extranjeros, chico y chica, que no cesan de reír, él de mala gana, de los chistes y gracias de un parroquiano. Mi amigo participa aunque con más tacto del tan repetido y frecuente agasajo a todo extranjero. Nos despedimos. La calle está llena de gente joven. Yo me compro un paquete de pipas y me siento en un banco del pretil del puente. En las barandillas se apoyan los hombres, toman el fresco y hablan un poco con quien pasa. Los grupos de chicas no cesan de pasear. Yo las tengo ya distinguidas. Una chica me mira siempre que pasa con un aire muy agradable. Por el puente pasa una perrita con su amo, que se detiene a hablar con quienes se encuentra, seguida de un desgarbado perro joven. La perrita le detesta a ladridos. El perro se entretiene un poco y en ese momento se va la perrita. Las chicas siguen pasando y yo miro a hurtadillas a aquella que me miraba. Vuelve a aparecer el perro corriendo, se mete por una calle, vuelve, no acierta a encontrar el rastro, desespera. Yo me retiro hacia un bar, como una tortilla y me siento en el mismo sitio de antes, pero esta vez en un bar. Me voy a la cama. Por la noche me despiertan los gritos de las patronas con un, al parecer, borracho o perturbado. No distingo bien el diálogo. Dicen que le des mil pesetas y que se vaya. Ellas tienen un hijo que fue mal estudiante y ahora trabaja en el negocio de su padre. Estamos muy contentas con él. Los pequeños también estudian mucho. Así que no tenemos ninguna queja de ellos.
   Al día siguiente subo hacia lo alto del pueblo. Saco primero la foto de la plaza antigua de toros.



                                   Tarazona. Vieja plaza de Toros
  
                                                            
    En lo alto de la torre quiero subir a ella, la puerta está cerrada. Salgo fuera de la iglesia. Pregunto. Mire esa señora vive con el cura. Este señor pregunta por el mosen. Estaba ahora en casa. Vuelva esa esquina y la segunda puerta. Llamo. No contesta nadie. La gente mira. ¿Saben dónde está el cura? Pues no. Yo me enfado. Al final resulta que estaba un poco más arriba hablando con unos. ¿Puedo subir a la torre? Espere un momento. Espero y lío un cigarrillo. Subo y saco la foto, de tejados, desciendo y le doy las gracias al cura.



                                   Vista de Tarazona desde la torre mudéjar

   Me salgo a la carretera, un chico que se va a ver a una chica a la Costa Brava me recoge. Paro en Borja, tomo un vino, el pueblo me disgusta y me voy. El último que me coge hasta Zaragoza es un viajante de gabardinas. Su coche es una furgoneta, corre poco, hace mucha calor. Llego a Zaragoza. 

 
                      
                          
  

                                                                                                                                   

                                                                                                                                                                                   























            Acabose de imprimir en el ordenador personal del autor, un 7 de Junio de 2011, festividad de San Roberto

                                                     (   La nota que puse en el libro
                                                     que hice en mi ordenador )












       

                                              









                                                                                                                                                                                


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