DE LA CALLE ASTRUD RABAYA DE PALAMOS A LA CAZAR DE CASPE
(Dedicado a ese "pariente empleado de la Cazar", citado en el texto, que nos avisó de la convocatoria de oposiciones a la Cazar (Ibercaja, luego), además de facilitarme temas sobre Derecho, nuestro querido para siempre Jesús Cristóbal Castell)
La calle se llamaba Astrud Rabaya, nombre que no se me ha olvidado nunca, a pesar de mi flaca memoria, permanece en ella como un referente obstinado al lado de mis emociones más íntimas. Y ahora busco quien fue este personaje que no encuentro en una primera consulta, aunque no me haga falta, su simple nombre es un emblema que me acompaña en el discurrir de mi vida, como ancla sujeta al comienzo de mi vida laboral, como aquellas que veía por primera vez allí en el puerto de Palamós a donde no paraba de ir para ver el mar. Luego yo subía unas escalerillas que llevaban a la plazuela aledaña a la iglesia, y apoyado en el barandal de hierro del mirador, observaba el puerto pesquero entre aromas de mar y pesca, muy distinto al terruño rural de mi niñez del pueblo, con esa felicidad inconsciente que otorgan los años de esa primera juventud de los diecinueve años, hasta mi madre en sus llamadas me reprochaba que no llamara nunca, así de abstraído estaba en este mundo nuevo para mí.
Había también debajo del mirador una taberna que mis recuerdos mezclados con la imaginación han podido transformar en taberna marinera de novelas aventureras, como las de Salgari o Julio Verne, por sus objetos y clientela marinera y que mis recuerdos se empeñan en que sea así y hasta con algún bronceado marino fumando en pipa. Luego pasaba por la callecita de la iglesia a la calle Mayor donde me encontraba a los paseantes del atardecer, calle arriba calle abajo, los breves saludos de la gente que me conocía del Banco Hispano Americano y de los compañeros aragoneses de otros bancos, algunos ya en grupo animado de chicos y chicas, o pasaba delante de esa zapatería donde veía afanado en su trabajo a ese otro compañero del Banco que al final solicitó la baja para llevar su negocio. O la hija del director, del señor Xarnach, tan alegre y con ganas de la diversión que le permitía su padre, paseando también con sus amigos. Junto con su madre llevaban el estanco de tabacos de su padre. El señor Xarnach era dueño también de los cines de Palamós. Yo lo veía al pasar por delante de ellos, allí de pié en la puerta, con su inseparable purito en la boca, cómo le saludaba todo el mundo con respeto y su respuesta fría y comedida. Puede que me invitará a pasar, creo que nunca entré. Váyase, señora, tranquila a Zaragoza que su hijo está muy bien aquí, de eso me encargo yo, decía con su fuerte acento catalán. Porque mi madre me habia acompañado a buscar alojamiento. Se lo proporcionó el Sr. Xarnach, en casa de los señores Puig, un matrimonio mayor, él maquinista jubilado de ferrocarriles que vivían en esa calle Astrud Rabaya, y una hija en otra casa más abajo, casada con un cocinero que tenía una pequeña barca de pesca, yo nunca la ví, me la imagino con remos por lo pequeña, y porque le daba a sus suegros parte de la pesca que luego me daban a mí para cenar los abuelos. Así probaba yo esa gamba roja de Palamós, que me ofrecían para cenar con tanta solicitud y aprecio, y que yo, seguro, comería con bastante indiferencia, con el consiguiente reproche de mi madre al suponer esta escena.
Subía y bajaba yo bastantes veces esa calle Astrud Rabaya, bien sea para comer y cenar o ir a la oficina. Me recordaba su trazado y sus casas todas blancas, de hecho eran del mismo estilo, todas iguales, a las de mi pueblo de Ejea donde había vivido de crío. Allí las llamaban "casas baratas", las que se hacía en los años cuarenta con fines sociales, y que por tanto esa similitud contribuiría más todavía a ese pasar indiferente de mis años jóvenes en Palamós.
Era un barrio alto y ya en las afueras. Más allá se salía a la zona de acantilados que llevaban a la playa de la Fosca donde yo andando me iría a bañar los fines de semana, me temo que pocas veces, prefería estar por el pueblo, vagando supongo, caminando por la playa que llevaba hasta Playa de Aro, allá a lo lejos y que yo no le daba más importancia. Luego, cuando me trasladaron a Barcelona aprendería a apreciar las playas con los amigos aragoneses, también empleados en bancos. Nos íbamos a Castelldefels, Benito de Bardallur y Miguel de Utebo y empleado en el Bilbao, ya los he perdido de vista, la mili y el devenir de la vida parece que nos han separado para siempre.
Me gustaba caminar por la calle Mayor, todo un espectáculo para mi, de tiendas, cafeterias y heladerías, donde turistas y comerciantes alternaban animadamente, entre objetos de turismo y esas pilas de postales, llenas del colorido de las playas, que apenas motivaban entonces en mí visitarlas, la verdad que el transporte entonces no sería como el de ahora. Es la década de los sesenta, cuando empezaba a florecer el turismo, de lo cual era yo entonces totalmente inconsciente, pero ya parecía despertar en mi la afición por la cultura pues me paraba a contemplar los viejos muros de la iglesia con su musgo verde resplandeciente del sol y de la humedad que le llegaba del vecino puerto, y hasta entraba en ella a visitar sus altares, todavía mis estudios de bachiller no me habían hablado de los retablos, pero algo debería estar influyendo ya en mi la reanudación de mis estudios de bachiller a que tanto me animaba mi familia, a ellos les debo mis estudios aunque hayan sido más que normales. Y en esos ratos de descanso, sentado en una mesa con algún helado o caña de cerveza, que ya empezaba a probarla entonces, contemplaba las viejas arcadas medievales que bajaban en suave descenso hasta el puerto, todo lo cual ya me llamaba la atención, y que me pesa no tener de todo ello fotos mías, en parte porque entonces era todo un lujo tener máquina de fotos.
¿Y comer?, sí, a fín de quitarle trabajo a su madre, ¿Rosina se llamaba?, no he debido dudar nunca de su nombre, me daba la comida en su casa próxima a la de sus padres, incluso en la misma mesa con su marido que vendría de su trabajo en la cocina del restaurante, mientras sus dos niños gémelos correteaban por allí aún más nerviosos todavía debido a mi presencia, y hasta me provocaban con sus travesuras que su madre trataba de calmar para que no me molestaran. ¿Noi, com vas del mareo a la barca?, me diría el marido con esa sonrisa llena de afecto que tenía, surgida de un rostro de facciones muy marcadas por los aires marinos, cuando quieras te vienes, yo salgo a ver qué se coge. No recuerdo más, sé que nunca subí en su barca. ¿Serían suyas esas gambas rojas que me daban para cenar los abuelos? Luego, después de ver con ellos un poco esa tele en blanco y negro, y que yo esperaba el momento de escapar, subía la leve cuestecilla del final de la calle Astruz Rabaya que giraba hacia la casa de los abuelos, a descansar, seguro que poco, más bien a echarle un vistazo a mis estudios de bachiller elemental, que logré terminar en exámenes por libre en el instituto de Gerona, de los que recuerdo datos inconcretos con la misma vaguedad que los de las oposiciones al Banco Hispano Americano en Barcelona, en Zaragoza ofrecían muchas menos plazas, y que ahora gracías al ejercicio mental de este escrito, me vienen imágenes del Paseo de Gracia, de las elegantes escaleras de la Central del Banco por donde subíamos los opositores a las salas donde hacer los ejercicios. Recuerdo que además de temas comerciales y contables, había pruebas de rapidez en mecanografía y en resolver en corto tiempo largas sumas de números de hasta cinco cifras, habilidad mental que he conservado hasta hoy, como saben todos compañeros de entonces, prueba en la que yo tenía bastante confianza gracias al aprendizaje en la Academia Tuga, de los señores Tuesta y Garijo, enfrente a la iglesia de San Felipe, que aún cuando paso hoy miró para arriba y veo los mismos balcones, lleno de nostalgia. No recuerdo si había también ejercicios de taquigrafía que luego he visto que no me han servido para nada.
Así podía defenderme en mi primer trabajo en la oficina. Me pusieron en Libretas de Ahorro donde yo anotaba a bolígrafo en la misma libreta de los clientes los cargos y abonos, con sus sumas y restas correspondientes, pero siempre tenía el control de Pijoan, un empleado experimentado que me iba indicando y al que consultaba mis dudas, además del visto bueno del apoderado. Pijoan era para mi una especie de ídolo por la facilidad, equilibrio y control con que hacía su trabajo. Como sabía inglés y alemán con soltura, atendía a la numerosa clientela extranjera de la zona, sobre todo en cambio de moneda y operatoria de extranjero, aunque yo llegaba a hacer alguna operación de poca importancia. Alto y desgarbado, soltero, mediría como dos metros, respetuoso pero no le faltaba una sonrisita oculta de malicia de hombre de mundo. Llegaba todos los días a la oficina en una pequeña motocicleta, asomando por encima del manillar las rodillas de sus largas piernas desde su residencia en Sant Antoni de Calonge, donde tenía junto con un hermano un pequeño pub musical y donde, según él, acudia numerosa juventud extranjera, y allí yo podría tomar una cerveza y charlar con chicas alemanas, me decía con cierta malicia provocativa, así lo interpretaba yo entonces, tardé un tiempo en entender que no era sino un intento de ayudarme al verme tan solo por Palamós. Luego, cuando yo he vuelto, ya jubilado, pregunté por él y me dijeron que estaba en una residencia. No llegué a verle. Me lo dijo una funcionaria de una exposición sobre la pesca que visité en el mismo puerto de Palamós. Al tiempo que me daba unos folletos, sentí la necesidad de decirle que yo había trabajado en Palamós, en el Banco Hispano Américano, hacia como unos cuarenta años. No hace falta que me digas, yo era la muchacha que llevaba a la cuenta los ingresos de Radio Palamós, y tú eras un muchachito muy tímido que me atendía. ¿Me has reconocido? Si, sólo me faltaba que hablaras un poco. Por mucho que busqué, no localicé a Pijuan en la residencia de Sant Antoni, había salido de viaje a algún asunto, me lo imaginé soltero como yo.
De vez en cuando se abría la puerta del despacho del director del Banco, del señor Xarnach, quien salía con su paso vacilante y su inseparable puro en la boca, y si hablaba con Pijoan se trataban con cierto respetuoso distanciamiento. A mi me trataba con mucha atención, dentro de su trato seco como lo tenía con todos los empleados, que éramos unos diez o doce. El primer día me dijo, mira aquí parlamos catalá y verás que mucha gente te habla así, tu contestas en castellano, si alguién sigue hablando en catalán, porque hay payeses por aquí que les cuesta hablar castellano, se los pasas al Pijoan, y cualquier problema que tengas aqui o en la calle, no le des importancia, me lo dices luego a mi. Yo lo tomé con toda naturalidad, desde luego no le daba más importancia, pues ya en la calle me defendía con toda normalidad y la gente era muy atenta y amable conmigo, más sabiendo que trabajaba en el Banco.
El sonido de las máquinas manuales de manivela dominaba el ambiente de la oficina, sobre todo a la hora de cuadrar cuentas que se prolongaban una hora más por culpa de unos cuantos céntimos que al buscarlos, aún aparecían luego diferencias más abultadas, eso me enseñaba mi apoderado Sr. Garcia. Cerca tenía al apoderado de otro negociado, el Sr. Llobet, muy serio y educado, sentado con mucha majestad en su sillón, como si fuera un trono, del que no recuerdo verlo levantado nunca. Tenía un hablar tan cerrado que cuando me hablaba me parecía que lo hacía en catalán. Era pura bondad. Al fondo no recuerdo qué hacían. Había siempre un ligero murmullo de conversaciones. Estaba el compañero de la correspondencia en su larga mesa llena de sobres y paquetes, y por allí se movía sin cesar el cobrador de las Letras, que entraba y salía de la oficina continuamente con su cartera, su gorra y su uniforme. Las cuentas corrientes no recuerdo bien quien las llevaba. Tampoco recuerdo ver esa cinta perforada de agujeritos que mandábamos a la Central cada día en mi nuevo destino de Barcelona, donde yo alternaba las Libretas de Ahorro con las Cuentas Corrientes junto con un corpulento compañero gallego, llamado Camilo, del que también guardo gratos recuerdos. El lugar de las Libretas estaba justo al lado del mostrador, enfrente de la puerta de entrada a la oficina, en cambio los titulares de cuentas corrientes pasaban directamente a la ventanilla de Caja y el empleado nos pasaba la nota para las anotaciones en la máquina perforadora de la cinta. A cargo de todo eso estaba el apoderado de Caja, un señor serio y respetuoso, pastor de una iglesia protestante, muy interesado en que pasara por su Capilla.
Camilo tenía unas manos regordetas con algunos anillos en sus dedos. Unas largas patillas negras y puede que un bigotillo. Tendría unos pocos años más que yo, puede que hubiera pasado ya el compromiso de la mili. Los compañeros le hacían algunas bromas cuando ya estaba cerrada la entrada de clientes, a resultas de que acostumbraba irse a comer al barrio chino. Vente a comer allí, me decia, no hagas caso a estos chorbos, era su palabra muy repetida, que yo la interpretaba como persona despreciable y a no tener en cuenta. Yo voy allí, como con gente conocida, incluso con algunas chicas, y luego echamos la partida, te vas luego y no pasa nada. Y es que yo a la salida de la oficina me iba a comer a restaurantes caseros de la zona de Sarríá, junto con algún otro compañero, pero a menudo cada uno tenía sus preferencias. Agustín era uno de ellos, joven, algo mayor que yo, de Murcia, era uno de los que más le bromeaba a Camilo, pero sabía hacerlo con cierta deferencia, otros le sacaban más de sus casillas. La verdad es que también comía yo en la pensión de arriba mismo de la oficina, donde estaba alojado junto con un grupo de estudiantes de las Baleares. Era en la Avenida de Sarriá en el cruce con Infanta Carlota, así llamada entonces. En algún viaje posterior he pasado por allí con el mismo desengaño, esta vez a la inversa, que sufrió Joaquín Sabina en su canción pues ya no ví en la esquina mi Banco Hispano Americano, sino un bar.
Con mis amigos Benito y Miguel, de otros bancos, íbamos los fines de semana al Centro Aragonés y los domingos a la playa. También recorríamos los entornos de Las Ramblas. Pero esa vida me cansaba, atendía a mis estudios o me quedaba por mi barrio saliendo con un compañero de la pensión, César Fuertes, de Cella, instalador de equipos de refrigeración, a jugar a los dados, al mentiroso, tomando algún vinillo en los bares de la zona. Porque los otros compañeros de pensión llevaban una vida distinta a la nuestra. Eran estudiantes universitarios, algunos muy repetidores, hijos de empresarios turísticos de Baleares. En la cena, que haciamos todos junto con los dueños, en una gran mesa algo señorial, él, ayudante de dirección de un cineasta, gustaba de sacar temas de actualidad cultural lo que daba lugar a serias discusiones ideológicas y culturales con los estudiantes, donde César y yo aprendíamos algunas cosas y a familiarizárnos con la lengua coloquial catalana. Cuando nos veían escuchar muy atentos, se decían entre ellos, "en castellá, si us plau", y a nosotros, ¿eh, que entendeis? Nosotros haciamos un gesto gracioso como que sí seguíamos el tema, y de hecho también participábamos en la conversación cultural. Luego cuando la conversación se acalorada, volvían a discutir en catalán cerrado y allí si que nosotros nos perdiamos un poco.
Estas conversaciones culturales alimentaban todavía más las indicaciones de mi familia de que continuara con los estudios, que hacia por las tardes en el instituto Milá i Fontanals, bastante próximo, donde terminaba mis estudios del bachiller Superior y empezaba con el Preuniversitario, y hasta puede que animaran más mi tendencia hacia las letras, terreno en el que mejor se movía mi manera de ser y ansias de conocimiento, a veces exagerado, pues al descubrir el pensamiento filosófico nada menos que tuve tentaciones de ir hacia la filosofía pura, la metafísica, donde esperaba despejar todas mis dudas juveniles. Luego, ya en Zaragoza, bajaría el tono y me decidí por la Historia, por Geografía e Historia. Y sin darme cuenta estaba haciendo méritos para regresar a casa, pues al ser imposible mi regreso, un pariente empleado de la Cazar, me avisó de que había oposiciones a la misma, donde tan generosamente me aprobaron, cosa que me sorprendió y entusiasmó. Con mi primer destino volví al exilio laboral, esta vez en Caspe, unos cuantos años, hasta que me mandaron a Zaragoza. Allí quedaron otros compañeros, el señor Franco y señor Jariod, director e interventor, José Manuel, Francín y otros que mi flaca memoria me los oculta. Gracias al director Sr. Franco, tan afable y generoso como el Sr. Xarnach del Hispano de Palamós, pero con su inseparable pipa, curiosiaba por las tardes en el Archivo del Ayuntamiento su excelente Hemeroteca, y en la zona de Maella, volvía a oir el acento catalán, lejos de sospechar que por allí en Fabara, vivieron mis antepasados Ripollés más lejanos, o en La Almolda, donde yo iba por las tardes a hacer papeles del Senpa agrícola, que allí naciera mi bisabuelo D. Mariano Ripollés Baranda, rector de la Universidad y autor de Jurisprudencia Civil de Aragón, investigaciones de jubilado que he puesto en internet con título algo pretencioso de La Instrucción, Enseñanza, Pública en Aragón, s. XIX, a cuenta de que muchos Ripollés y Baranda fueron maestros rurales, y cuyas noticias están en el Archivo Histórico de la Diputación Provincial de Zaragoza.
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Hasta aquí el relato para el Concurso, ahora añado algunas notas como esta postal de esa época dirigida a mi tío Mariano y su hijo Marianito, pues de entonces no tengo escrito personal alguno ni imágenes fotográficas, como acostumbro a hacer en tiempos posteriores. Es por esto que la expongo aquí como el único recuerdo que guardo de entonces. La postal, por lo que sea, parece que no llegué a enviarla pues está sin sello de correos y en mi poder. Así vemos cómo era Palamós entonces cuando yo trabajaba allí, así como la letra y expresión de mi escritura.
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| Palamós hacia 1965 |
En cuanto al dato que doy de mi estancia en Caspe, sí que supongo que tendré alguna foto en blanco y negro, a color, carrete supongo, diapositiva o como sea que buscaré, pero no me suena para nada en las búsquedas que hago por otros motivos. De escritos sí que tengo aunque nada íntimos, como hacia en Barcelona y que expongo en mi entrada Prosa y Poesía. Cuaderno de Barcelona.
Fue un escrito que hice al aprobar en la Cazar (Ibercaja) y ser destinado a Caspe. Se trata de Caspe y su Comarca : Visión General desde los puntos de vista Geográfico, Histórico, Demográfico y Económico, Caspe, 12-09-1978, por sugerencia del departamento de Personal de Ibercaja a los que habíamos aprobado y destinado a distintas poblaciones, a fín de conocer el entorno rural donde actuaba la Caja, y que yo hice en Caspe en tiempo libre. Son 21 páginas mecanografiadas, con gráficos y clasificación ordenada según mis conocimientos adquiridos en mis estudios de Geografía e Historia.
Aquí me referiré exclusivamente a la cuestión tratada en el Relato, como es los fondos de la Hemeroteca de la biblioteca del Ayuntamiento de Caspe, que como digo allí consultaba muchas tardes. Es el apartado 2.2. La prensa del pasado en Caspe, pag. 10. Son 3 páginas y pico, que escaneo aquí, tal como aparece en mi escrito, donde se cuela parte del siguiente apartado 3. Población :






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