VIAJE A CUBA, AÑO 1999
16-10: Estamos llegando a la Habana. El viaje ha sido como otro cualquiera, esta vez viene conmigo Rosita, que viaja al lado de la ventanilla, yo a su lado. Ocupamos la fila de dos butacas. Así lo hemos querido, sin vecinos molestos que nos dejen salir cuando nos parezca, al servicio, o a estirar las piernas con cualquier excusa. La verdad es que recuerdo poco más, estoy ansioso por llegar y por eso será que la memoria la tengo perezosa. Han puesto dos películas como siempre, tampoco recuerdo cuáles, tengo que apuntarlo todo si no pasan estas cosas, no quiero acabar escribiendo como Edmundo Desnoes, Memorias del Subdesarrollo, esta novela que compré en La Habana, en la plaza de Armas y que acabo de leer. Me gustaría, pero no debo. Al final mi estilo tiene que estar influido por lo último que leo. También puede ser coincidencia en la posición estética y no por eso ha de ser él quien se lleve el mérito, todo porque publicó la novela antes que yo estas lineas.
Es lo mismo. Dejémoslo estar.
Yo ahora recuerdo lo que puedo y escucho música comprada también allá, la Sonora Matancera, por cierto que tengo que mirar si en este disco aparece Alfredo Brito, el compositor del tema Tropicana y que dá el nombre al famoso cabaret habanero. No, no es cierto, es una confusión, es otro fallo de la memoria. Ahora también recuerdo - uno recuerda lo que le parece oportuno-, sobre esto de la memoria, la frase de Jesús Fernández, el violinista del Caprí, buen amigo, “no lo recuerda, él no tiene memoria”, después de tantas dudas mías y advertencias en este sentido, cuando se dirige a su mujer que me pregunta no sé qué -sino recuerdo lo que quiero recordar, no tengo por qué recordar lo que no recuerdo-, por eso llevo esta libreta donde anoto todo, les digo. En verdad que es necesario, ir por allí, viendo tantas cosas, que si direcciones, nombres de tiendas, restaurantes, recomendaciones, no me importa no tener memoria para tanto. Tampoco me importa olvidar cosas rutinarias aunque sean importantes, me fastidia olvidar datos concretos de cosas por las que tengo interés inmediato y luego no recordar lo que recuerdo vagamente, es decir, que sabes que existen pero no dónde, ni su propio nombre, hay que volver a la fuente de información, oyé eso que te pregunté, dónde es, cómo se llama. Lo más triste de la memoria es el olvido total, por eso me gusta apuntar cosas en la libreta y escribir esta memoria del viaje, ahora que el recuerdo está aún fresco, de lo contrario desaparecería con el tiempo hasta el mismo viaje, pero esto ya lo dijo alguien antes, no tengo por qué echarme ningún farol, ni me importa, ni me interesa, hasta podría olvidarlo sin pena.
Cosas como ésta podría haber pensado en el avión, así sería el viaje más entretenido. Lo malo es tener que estar mirando al mismo sitio, sin nada que ver ni qué pensar, esperando que traigan el siguiente refrigerio o mirándoles las piernas a las azafatas. La verdad es que me gustaría recordar algo más del avión, bueno sí, debo de estar mirando continuamente para el maletero, no se abra y le caiga al de abajo alguno de los pesados bultos que Rosita lleva por encargo a no sé quién. Yo ya le he preguntado si sabe su contenido. Dice que no. Podría ser droga. No, tengo confianza en Mirian, su amiga de Barcelona, sino se llama así supongo que dará igual, a mí por lo menos, o podría ser otra, lo mismo, la idea es la misma, que le puede romper la cabeza a alguien, como así pasó en el viaje de vuelta y que el causante recogió con toda tranquilidad mientras una chica se dolía lastimosamente del golpe auxiliada por su acompañante. Yo no sé cómo lo hubiera pasado en mi caso. Por eso voy mirando para arriba, sobre todo cuando más trepida el avión, en el despegue o en los momentos que nos mandan poner el cinturón debido a las turbulencias.
De repente pienso en algo provechoso. En la guía Aguilar de El Pais, Guias Fodor´s, todo es muy misterioso en esta vida, no hay que analizar, sé que hay una buena referencia de literatura cubana, me hago una guía de autores y títulos, para su momento.
Otra cosa que recuerdo es que delante iban unos cuantos cubanos. Se confundían con los españoles, al principio me parecieron españoles. Poco a poco les descubrí su nacionalidad a fuerza de fisgar y fisgar de puro aburrimiento. En otro viaje tengo que apuntar el título de la película, me sabe malo. Cuando estamos a cosa de hora y media, vemos a través de la ventanilla atisbos de islotes entre las nubes. Hace poco hubo un huracán que afectó a Cuba, a La Habana concretamente y estas nubes me parecen restos de ese huracán, así lo comunicó el piloto en el viaje, que tendríamos alguna tormenta al llegar, restos de ese fenómeno. Pues bueno, yo aprovecho para dibujarlos para luego en casa, en España, ver si los descubro en el Atlas del ordenador. Los guardo junto con estas notas para constatarlos algún día, pues hoy por hoy no veo nada que no sean formas parecidas y nada más. No hay más que contar del avión, Rosita duerme a ratos o compartimos el auricular del sonido.
Entre el brumoso paisaje de nubes vemos trozos de tierra, cada vez más grandes. Yo pienso descubrir la silueta de la Isla, como en un mapa, pero nada, todo es muy confuso. Algunos atisbos de poblaciones y de puertos. El comandante ya ha ordenado ponerse los cinturones pues vamos a aterrizar en breve. Ya se divisa alguna palmera suelta, que a mí me parece el símbolo de la Isla. Tierra muy húmeda, carreteras y la pista del aeropuerto.
Aterrizamos con normalidad. El comandante anuncia que debemos esperar que aterricen y salgan otros vuelos pues sólo hay una pista practicable por los efectos de las lluvias del huracán. Esperamos quince minutos y de nuevo el avión se mueve hacia la zona de desembarque. Salimos por el tubo directamente a la sala del aeropuerto. Esto me ha quitado la emoción de otros viajes de pisar directamente la tierra bajando del avión. Luego el lío de las maletas, que salen por esta cinta y luego por la de al lado. Yo voy al servicio y la celadora me pide alguna moneda, no tengo suelto todavía. Perdone. Cogemos las maletas en un carrito y salimos fuera, directamente a la calle. No hemos visto a los empleados de la agencia de viaje, volvemos atrás, mientras Rosita está fuera en una de las guaguas que nos pueden llevar por quince dólares yo tomo una cerveza en el bar del aeropuerto para cambiar un billete de veinte dólares, el de la guagua no tiene cambio. Al final tomamos un panataxi que nos puede salir por doce, quince dólares hasta el hotel y la casa de Rosa.
El taxi tiene la refrigeración a tope justo cuando yo me acabo de quitar la cazadora antes de subir. Hablamos poco. Que si tenemos que trasvasar cosas de una maleta a otra, que tú te quedas y nos veremos al día siguiente por la tarde. El taxi para ante el hotel Deauville. Hacemos el trasvase de cosas con precisión. El taxi se aleja con Rosita. Yo entro en el hotel. Ya lo conozco y eso me tranquiliza. Llego a la carpeta, como llaman en Cuba a la Recepción, allí hay dos recepcionistas, dos mujeres, que me atienden con diligencia. Mire Sr. Sánchez tenemos un pequeño problema, se han estropeado los elevadores. No importa. Deme una habitación que dé al Malecón, hacia el mar. Sí tenemos en el sexto piso. Renuncio a la compañía del maletero. Subo por las escaleras con mi pesada maleta. Entro en la habitación. Busco las luces. La del escritorio se enciende y pronto palidece y se apaga, pero funcionan la de la mesita de la cama y la de la terraza. El interruptor del baño hay que buscarlo debajo del espejo del lavabo. Un pequeño hierrecito que subo venciendo el temor a un contacto eléctrico me da la luz del baño. Abro el ventanuco del baño para que se refresque el ambiente, abro la puerta de la terraza y salgo a la brisa marina y a la contemplación majestuosa del Malecón, abajo los susurros de la gente mezclados entre el ruidoso discurrir de los vehículos y el bramido incesante del mar rompiendo sus ola contra el malecón.
Bajo a la carpeta, la recepción, compro un bote de cerveza Cristal, el rótulo sobre rojo y éste sobre verde. Salgo al malecón. Grupos de turistas y de cubanos, disfruto del raro contrate de la humedad calurosa. Hacia adentro, la ciudad dormita oscura, en su profundidad misteriosa y enigmática, la calle Galiano está allí, para el valiente que se quiera adentrar. Yo subo todo el malecón. Quiero visitar a mi amigo Jesús Fernández, al que no veo desde el último viaje de hace dos años. Me lo imagino tocando el violín en el restaurante del Capri. Tengo que pasar delante de los grupos de habaneros, sentados sobre el paramento del malecón, que me miran inquietos y dispuestos a cualquier conversación. Como puedo los sorteo, me hago el despistado. A la altura de 23 es cuando más numerosos están, además allí hay mucha luz y me siento como menos protegido. Cruzo la avenida del malecón, cuando los coches me dejan. Me adentro en 23, cojo la calle que lleva al restaurante Monseñor, allí una chica me ofrece su compañía mientras una pareja de cubanos me miran divertidos. Es sábado. Hay animación. Entro en el hotel Nacional a respirar algo de tranquilidad, me siento en un banco de los jardines del interior y contemplo la entrada lejana de la bahía con el faro de luz poderosa, el cañón, hoy figura decorativa, en los jardines de árboles cuidadosamente iluminados con luces de colores. Amenaza lluvia. Un grupo musical canturrea la guantanamera y alguna turista se contonea al suave ritmo de la música. Salgo de nuevo. A la altura del Monseñor comienza a llover fuerte y me meto. Me dirijo a la barra y me ofrecen la carta de cócteles. Pido un mojito. Está bueno. En el piano, el pianista sigue una retahila de música cubana muy agradable y en las mesas algunos comensales cenan plácidamente. Los camareros observan el aguacero y yo me quedo un rato relajado en el ambiente trasnochado y elegante del restaurante donde alguna vez tocó Bola de Nieve. Estoy en La Habana de los 50. No puedo pedir más. Termino y me dirijo al Capri. En el Salón Rojo una fila de cubanos aguarda para entrar, ahora es una discoteca. Entro en el hotel que ya conozco, estuve alojado allí la última vez. Subo al último piso y al abrir la puerta del restaurante al primero que veo es a Jesús Fernández tocando en una mesa su violín. Me lanza una ojeada rápida como si me reconociera, seguro que sí, no me detengo y salgo a la terraza. En una mesa un grupo de jóvenes europeos, alemanes puede ser, conversan ajenos a todo. Contemplo la ciudad a vista de pájaro. Un camarero me atiende, le digo que quiero hablar con Jesús, y pido una cerveza. Al rato sale con su violín. Señor Luis Felipe, me quedo asombrado, qué buena memoria tienes, sí te he visto entrar, como va eso, tengo tu dirección, hablamos del violín, le digo algo así como que esta noche es una bella “noche azul”, y se pone a tocar el tema de Lecuona sentado en su silla. Va vestido de noche, con un elegante traje azul oscuro y corbata, el pelo negro casi abrillantado, sus ojos saltones me observan al tiempo que desgrana su conversación parsimoniosa y cuidadosa. Quedamos en su casa al día siguiente, a las 11, mañana es domingo y acostumbro a descansar un poco. Nos despedimos. Regreso al hotel. En la calle despacho de malas maneras a un transeunte que me pregunta de dónde soy y más cosas, no se puede estar así todo el día, comprenda, he contestado a esas pregunta unas cuantas veces ya, comprenda que llega a ser molesto, usted disculpe, no se ofenda, no era mi intención. Paso por delante de la Zorra y el Cuervo, un individuo me dice que me parezco a un músico de yazz, no recuerdo bien con qué le despacho, algo así como que sí, que no anda equivocado, él me enseña un carnet como que también es músico, no hace falta, déjelo, le creo, no es momento de averiguaciones. En la estación tomo un bicitaxi que me lleva al hotel.
17-11, domingo, esta mañana me despierto temprano. El mar, el cielo, sobre todo las nubes, tienen la misma pasta anaranjada como de postal coloreada. Entre el cansancio y la expectación del nuevo día descorro las cortinas, tengo que seguir durmiendo algo más, pero el espectáculo es irremediable, la ciudad amanece en este domingo así de plácida y tranquila. Contemplo a un habanero, con su gorra roja y azul, una gorra comercial, de cuerpo enjuto, cómo deja algo en el rincón del solar que cae justo debajo del hotel, allí el otro año había un bar con mesas, ahora es eso un solar vacío, ni siquiera escombros, suciedad, ha sido limpiado cuidadosamente, premeditadamente, luego se dirige al borde del malecón y apoyando una pierna contempla el oleaje, luego vuelve al rincón donde ha dejado una bolsa de plástico, fuma su cigarrillo con gusto, con sabor, con sumo placer, mientras camina de un lado para otro, está tan feliz que necesita alguien con quien conversar, limpia sus manos con un trapo, vuelve al rincón, habla consigo mismo, feliz, todo está en orden, dichoso, siento cierta envidia. De pronto aparece un policía, él se dirige primero hacia él, conversan, él gesticula, el policía, inmóvil, cumple con su deber, le señala el rincón, el otro recoge sus cosas y las arroja con desprecio al suelo, gesticula una vez más, se lamenta, el ensueño de la mañana parece que ha terminado. Al poco aparece un coche patrulla que le recoge y se lo lleva, después de cargar sus cosas en el maletero del coche.
He dormido algo hasta las nueve y pico, son cerca de las diez, me visto y bajo a desayunar. El comedor está lleno de turistas, pienso que de nacionalidades próximas, mejicanos, venezolanos, ningún español creo. Cinco dólares, almuerzo todo lo que puedo, el día es largo y agotador y no sé dónde comeré, ni cuando, a lo mejor no como, me digo, con estos calores, mejor lo dejo para la noche. Salgo al malecón con todos mis cosas para el día, mi bolsa con la documentación, el dinero, la máquina de fotos y las notas de música y literatura que tengo del ordenador, así como los libros que debo comprar, los cigarrillos Populares, que compré en el aeropuerto, el cubano de la gorra roja y azul está allí con otro bicitaxi, no ha pasado nada, allí están dispuestos a dar candela a todo el que encuentran. Se sientan cerca de mí, en el muro del malecón, como me hago el distante no se meten conmigo, pero sí con todo el que pasa, ¿para ir para el Cerro mejor por aquí o por allá?, no, muchacho, aquí mismo, en Galiano, pregunta al chofer de un carro azul, él te llevará.
Así es, cruzo la avenida, me adentro en Galiano, allí hay un par de vehículos, el uno lo limpia con un cubo de agua y un trapo, pienso que no es para tanto, seguro, además con lo que llueve aquí..., pero no, le echa abundante agua, no quedará mejor en un lavadero; el otro revisa una bombonas como de butano que tiene en el maletero de atrás. Me quedo aquí un rato haciéndome el despistado, no quiero tampoco molestar, cuando lo considero oportuno le digo que quiero ir al Cerro, deja la conversación con la otra persona que le acompaña, un momentico, termino enseguida, le dejo hacer, al rato, ¿cuánto me cobra hasta allá, tres dólares, me parece correcto, enseguida subimos. El motor arranca con potencia. Es un joven de unos treinta años. Conduce con discreción, hablamos de cosas comunes e inmediatas , el tráfico, el estado del piso, yo le confío el motivo del viaje, que ya estuve allí otro año, está por el estadio Panamericano, el de los juegos, no sé bien qué Juegos. Al fín él también me confía algunos de sus secretos, pero no en tono de lamentación, como es común, sino con cierta confianza en su negocio, que se trabaja duro pero dá para vivir, yo tengo que pagar cien dólares al mes, bueno sí, pero compensa, haciendo viajes esto deja algo para vivir. Mi mujer se llama Teresa, me deja su dirección y el teléfono a donde puedo llamar en caso de necesitar otro viaje. Hablamos de la dirección a dónde yo voy, él sabe por dónde está pero necesita alguna ayuda, oye niño, grita a un hombre al otro lado de la calle, para donde está esta calle, yo voy para allá si no les molesta les indico, con permiso, no hay de qué, nos dice donde girar, yo le digo que me deje a la entrada, ya me sitúo, continuaré a pié. Calle Carvajal, 56, esquina a Trinidad. Veo el 58 y el 54, esa puerta de en medio debe ser el 56, está cerrada. Aguardo en la acera de enfrente. Al poco la puerta se abre y su mujer, Teresa, que me llama para que entre. Me siento y al poco aparece Jesús, nos saludamos, comenzamos a hablar, yo le muestro mis papeles de música y libros, queda asombrado, hablamos de los discos que tengo. Al poco aparece su hermana con su marido que viven en la planta de arriba. Hablamos también de lo mismo, yo quería tocar el violín ante Jesús para que me diera algunas instrucciones, pero no puede ser. El tiempo pasa hablando de todo un poco, de librerías, política, etc. Jesús me dice que toca el violín en las películas El Siglo de las Luces de Umberto Solas, Cartas en el Parque de Gutierrez Alea y en Plaf, así, me dice cómo se escribe. Sin darnos cuenta se han hecho las tres de la tarde, aprovecho para despedirme. Vuelvo a la calle, regresaré a pié. Veo pasar unas guaguas que me pueden acercar al centro. En una parada pregunto a dos personas que aguardan, no tengo pesos, compro un helado con un dólar y pido las vueltas en pesos. En ese momento llega el autobús, subo con el helado derritiéndose, pago como puedo al cobrador que está sentado en una especie de cajón, también le pregunto las paradas que faltan hasta el Parque Central, bajo en la que me parece muy cerca de la estación de ferrocarril, retrocedo un poco y busco un restaurante. Estoy cerca del barrio chino. En la calle Cienfuegos entro en el restaurante La Azucena China, con buen aire acondicionado, mientras espero la comida, escribo algunas notas, ha entrado una joven que se sitúa en la mesa de al lado. Pido sopa con queso, Chop Suey de Cerdo, vino, un vaso y delicias con coco de postre. Pero no tienen café. Salgo a la calle, compro tabaco, dos o tres habanos sueltos en una tienda de cubanos, con pesos.
Quiero ir a saludar a la familia de Rosita. Me dirijo hacia el Capitolio, la calle esta llena de gente y de tráfico, hace calor, en un bar tomo una copa de ron, todo el mundo alli toma ron, no debe haber otra cosa. Luego me meto en el hotel Inglaterra a refrescarme. En el parque Central hay un conciero a medias entre músicos cubanos y holandeses, no entiendo nada, ni pregunto, estoy cansado. Llego a casa de Rosita, saludo a sus padres que me reciben con cariño, están María la hermana mayor e Isabel la pequeña, con sus niños, Robertico, Leonardito y Camilín, al poco aparecen dos hermanos más y más gente, aprovecho para marcharme diciendo que debo descansar. Al pasar por La Zaragozana me tomo una cerveza. Una mujer malencarada, me provoca al diálogo, yo la ignoro, en estas se levanta y me dá un toquecito en la espalda al pasar por detrás. Yo me voy, antes le dejo un recado con el camarero, por si le comenta algo, que si conoce a esa mujer y que cómo dejan entrar ese tipo de mujeres, es una peluquera, viene mucho aquí, ah, pensaba otra cosa, por su manera de comportarse...Llego al hotel y con otra cerveza me voy a la habitación.
18-10, lunes, bajo a desayunar justo a tiempo. Quedan pocos minutos para las diez. Cinco dólares, salgo al Malecón, la verdad es que ya han pasado bastantes días, estamos a 22 de diciembre, aquí en Zaragoza, y los recuerdos ya flaquean, es preciso anotar todos las cosas in situ, si no todo se olvida, otra vez escribiré directamente, en el momento, qué hice esa mañana después de desayunar, no lo sé, sé que salí al malecón después de desayunar, con la intención de ver los antiguos teatros habaneros de principios de siglos, esos de los que tomé buena referencia en el libro que en el anterior viaje me prestó tan generosamente Jesús Fernandez, Como lo Pienso lo Digo, de Eduardo Robreño, Ediciones Unión, 1985, con dedicatoria, para el amigo y colega...Enfilo la calle Zuloaga, busco El Principal de la Comedia, me paro en la esquina, pregunto a un policía, no sabe, tampoco la gente, hay allí un cine, pero no me parece, el gentío es inmenso, en poco espacio aquí te encuentras en medio de la populosa Habana, la espalda me duele mucho, he cogido un dolor que no me permite casi andar, me paro en paredes y columnas a relajar la espalda, me siento en unas escaleras, el tráfico de coches y camionetas es atroz, ruido y gentío por todas partes. Al costado de dicho cine me meto por una entrada de artistas y me impiden el paso, hay allí un grupo de baile o teatro que deben estar en periodo de ensayo, no, no se permite la entrada, me dicen los figurantes, continúo. Voy ahora en busca del Covarrubias, entre San Rafael y S. José, me encuentro con el Campoamor, entre S. Rafael y S. Martín, arriba pone también Teatro Capitolio, entro, es un parqueo de bicicletas, pero no se autoriza tirar fotos, me dicen, deambulo por allí, no hay suficiente luz para las fotos que tiro a escondidas, subo como puedo al anfiteatro, allí cantó Rita Montaner, La Unica, arriba del todo en el último anfiteatro me encuentro con una especie de vivienda de alguien, un perro que ladra, y unas cuantas gallinas, disparo la foto y me marcho. Salgo a la calle, me siento enfrente y un policia del Capitolio advierte a una gente que hay por allí que yo no puedo sentarme en la valla metálica, me lo dice la gente, bueno, me levanto, la espalda no me deja en paz, quiero entrar al teatro García Lorca, antigua Casa Gallega, por una puerta lateral, pero no se permite, debo ir por enfrente. Me dirijo ahora al teatro Pairet, ahora cine, ponen una película de Almodóvar. Entro, alguien me dice que no se permite, pregunto por la encargada que me acompaña al interior de la sala, ya no queda nada del teatro antiguo donde cantó Miguel Fleta una ópera con tanto éxito que tuvo que hacer otra función con el tiempo justo para tomar el barco vestido con la ropa de actor, ya el barco en alta mar. Me baja al sótano donde hacen cabaret los fines de semana, no iré, aunque lo deseé, me parece un lugar muy típico. Salgo a la calle, me dirijo al mismo restraurante del día anterior, la Azucena China, como muy mal, les digo que no quiero verdura fresca, por los contagios, y aun con todo me la traen, le protesto a la camarera, lo siento, salgo me compro unos tabacos en la misma tienda del día anterior, también dos botellas de ron. Quiero tomar café como sea, me indican una casa particular, desde una ventana me atiende una mujer, luego me pasa al interior, me dice que es de ascendencia canaria, hablamos de su familia. No aguanto más el dolor de espalda, cojo una bicitaxi y me voy al hotel, descanso tres horas. Y denoche, me voy caminando al Rincón de Feeling, escucho una buena sesión de música, bebo bastante y eso y el dolor de espalda, me deja deshecho. Antes recuerdo que le compré un cucurucho de maní a una vendedora, que me ofrece también puros y algo más, entro en una cerveceria al lado de la Zorra y el Cuervo, donde descubro que dan cerveza a presión, tomo una jarra, un joven se sienta a mi lado y también me ofrece puros, aquí hay control si quieres tabaco tiene que ser con discreción, entiendo, mira ahora no, le digo, y le señalo a un poli que entra para dentro, él se dirige hacia el interior donde hay una especie de cuarto con taquillas, eso es lo que veo desde la barra mientras bebo la jarra, debe de controlar algo suyo, pienso yo, termino y me voy en bicitaxi al hotel.
19-10, martes, salgo con lo mismo esta mañana. Desayuno a cinco dólares, como ya sé de qué va la cosa, desayuno sin problemas, ya sé dónde están los huevos al Bañomaría, los huevos fritos, una especie de empanadas fritas, las salsas, los jugos de frutas, de papaya, de naranja, y los cafés, que los recogen a las diez en punto, lo tengo todo controlado, no se me llevarán el café, a las diez en punto ya tengo mi segundo café con leche, con lo que acabo el desayuno. Mi bolso listo, con mis notas, la cámara de fotos, todo, el paquete de cigarrillos populares y algunos tabacos, todo en orden, sigo con mis problemas de espalda y el catarro, tengo también el pañuelo que utilizo constantemente y que con el calor que hace se me seca enseguida. Salgo a la calle. Tomo Zuloaga adelante, he de continuar en búsqueda del teatro Alhambra, el teatro más popular de La Habana de los años veinte, nadie parece saber su localización exacta. En una calle próxima donde reparan una casa que ha sido afectada por el último huracán, lanzan montones de escombros a la calle, por eso la tienen vallada con cintas de plástico, pero la gente, yo mismo pasamos por donde nos parece mirando para lo alto, allí en una esquina, donde hay un bar cubano, donde no entro pues sé lo que me pueden dar, allí se sitúa el Hombre Orquesta, enfrente del bar, de Guantánamo o Siboney, no recuerdo, un joven de aspecto apacible que sabe muy bien la respuesta del público ante el que pone en funcionamiento su parafernalia de instrumentos conseguidos de objetos cotidianos, todos instalados en su bicicleta. Échele algo de dinero me dice una cubana, viendo que soy turista, si espera que le tire la foto, no se puede todo al mismo tiempo, mira yo me voy, dale estos pesos le digo mientras me alejo. Al final, entre la confusión de indicaciones para encontrar el Alhambra, acabo en la librería Abel Santamaría, en la calle Cárdenas, allí sé que puedo encontrar ediciones Manjuarín, de literatura cubana, muy barata, sí, es cierto, pero son libros muy usados, viejos y en mal estado, pequeños, hay libros que ya tengo, una de las cajeras a la que pregunto no conoce la editorial, un encargado me dice dónde están, yo le advierto a la vendedora que allí estaban, y ella se queda como está, sin darle ninguna importancia, en su sitio, sin más problemas. Compro un par de libros costumbristas de Cirilo Villaverde. Salgo a la calle. No sé dónde comeré hoy. Me dirijo hacia el Capitolio. Tengo ganas de tomar un mojito y lo intento en un bar con terraza un poco antes de llegar al Capitolio. Me siento en una de las mesas de la terraza. Espero que venga algún camarero. Enseguida tengo a un cubano, de aspecto algo desaliñado, que se ofrece a traerme la cerveza, está allí sentado en la terraza conversando con unos italianos a los que me dice acaba de vender unas cajas de puros, lo dice como garantía de la oferta que me hace a mí mismo. No hay prisa, acabe la cerveza y luego si quiera subimos a mi casa para que vea lo que tengo, tengo cohibas, montecristos, lo que quiera. Un poco para quitármelo de encima le digo que cuando descanse, que vengo cansado y no tengo ganas en ese momento. No hay prisa. Subimos a su casa. Es el tercer o cuarto piso de una casa vieja con mucha vecindad asomada a los portales. Entramos en una habitación donde me dice que tiene a su abuela de cerca de cien años que no se encuentra bien, efectivamente la abuela se queja lastimosamente en una jerga que no se entiende bien, me saca una caja de cohibas con broche y letras grabadas L Habana, Cuba. Pide cuarenta dólares, al final se la compro por veinticinco. Pago y salgo rápido, no me gusta el ambiente cerrado con la vieja quejándose lastimosamente. Su hermana, que también estaba abajo en la terraza, me indica la dirección para ir al Alhambra, cogemos una bicitaxi, llegamos al lugar y resulta que tampoco se encuentra allí, según nos dicen algunos vecinos del lugar. Volvemos en la misma bicitaxi, me cuenta que tiene una relación con un español de un pueblo de Aragón que se le ha ofrecido para cobrar una herencia. Yo le pongo en guardia. Si eso es cierto mucho cuidado, debe de hacerlo por medio de buenos abogados. Me cuenta que tiene un pariente, un tío, que le ha dejado una herencia. Yo le sigo la corriente para ver a donde llega la cosa.
Voy a casa de Rosa, veo a Flora. Rosa y yo vamos a la catedral donde tomamos un mojito. Como me encuentro cansado me voy al hotel, descanso, luego salgo al Rápido de Zuloaga donde me como una hamburguesa, me tomo una cerveza en el malecón, aparece un trío de guitarra, violín y maracas que conversan con una pareja de españoles, luego se van y yo me subo a dormir a la habitación.
20-26, miércoles a martes: se acabaron las notas. Ahora me toca luchar con la memoria para adivinar si tal asunto ocurrió el miercoles, jueves, viernes sabado, domingo, lunes o martes, último día. Ahora es cuando puedo escribir en total libertad, salvada la obsesión de la ordenación cronológica de los hechos, que en un viaje me parece fundamental. Lo cierto es que este miércoles quedo con Rosa para el asunto de la carta de Invitación. Rosa viene a las diez, cogemos un taxi para la oficina de Notarias, allá por Miramar. Un ujier me exige manga larga, el desconcierto dura poco, alguien nos manda a la casa de enfrente, donde una señora presta ropa para estos casos, me pongo una camisa de color marrón, como adquirida en las rebajas. Resueltos los trámites burocráticos salimos a la calle en busca de La Casa de la Música, donde quiero comprar algún disco, aquí ya hay algún problema, unos nos mandan para un lado, otros para otro, al final tuvo razón aquella niña, vestida de colegial, que apoyada en un árbol aguarda con paciencia el acontecer lento de todo asunto cubano, el autobús, alquien que va a buscarla, cualquier cosa, muy diferente a la inquietud mía para llegar a la Casa de la Música, razones no me faltan alguien de aquella cafetería interior, donde el tiempo está detenido, salvo el griterío musical del equipo de música, nos ha enviado a la tienda de discos Egrem. Entramos de todas maneras, yo quiero salir enseguida pues mi espalda acusa una vez más el desproporcionado nivel de aire acondicionado. Pasamos por una zona residencial, de bellos palacetes coloniales, delante de la embajada de Guinea, uso que se les dá a algunos ahora, me saca Rosa una foto. Por fin llegamos a la Casa de la Música, compro con alguna dificultad los discos que encuentro de interés y volvemos en taxi colectivo, paramos en el Copelia y comemos frente al S. Johns, vamos a tomar café a una casa particular, que nos lo traen al porche de la entrada, donde hay unas mecedoras y abundante maceterío de plantas y flores, delante un pequeño jardín y tras la reja del vallado el bullicioso trajinar del acontecer habanero. Yo quiero cambiar moneda, nos encontramos con una fila larga de gente, le digo a Rosa que no hace falta que esté, que se vaya, yo espero como lo hacen algunos jóvenes, sentado en el suelo el discurrir lento de la fila ante la ventanilla. A la salida, como no puedo andar con comodidad, cojo un taxi al hotel. Es temprano y quiero descansar. Voy al Rápido de la calle Galiano pero me meto en otro que hay un poco antes, no estoy para andar mucho, como algo y vuelvo al hotel.
El somero detalle de cada día del 20 al 26, es como sigue . . .
20-10, miércoles,
guión: quedo con Rosa para ir la Carta de Invitación, viene a las 10, cogemos un taxi, camisa de manga larga para entrar, búscamos la Casa de la Música, una niña en un árbol nos lo dice bien, otros nos mandan a la tienda de discos Egrem, cerveza en un sitio abierto, Egrem, Embaja de Guinea, foto, Casa de la Música, compra de discos, hay concierto esa noche, volvemos en taxi colectivo, paramos en el Copelia, comemos enfrente al S, Johns, vamos a tomar café a una casa particular, cambio de moneda, Rosa se va. Yo cojo un taxi, me da un tabaco (¿como se llama). Me duele mucho la espalda, voy como puedo al Rapido, como algo en el de al lado. Vuelvo a la habitación.
21-10, jueves,
guión: En bicitaxi a los Capitanes Generales, me deja en la Casa de la Artesania, voy a la librería del 2º Cabo, compro, luego en la calle, voy en busca de La Casa de la Comedia, en esa calle, luego a Sta. Clara, se hace tarde, tomo un vaso de ron en la Pza. vieja, guitarrista, compro un cuadro, no como, tomo dos mojitos (oferta) en la catedral, tengo sed y estoy cansado, la espalda me sigue doliendo. Como en la calle Obispo. Lo que me faltaba, He quedado con Rosa, cuando voy a su casa en ir al Cohiba, vamos entramos en la discoteca, coches americanos, grupos musicales, bien a secas, hemos cogido una bicitaxi. Volvemos en taxi?
22-10, viernes,
guión: aquí debo confiar todo a la memoria. Ya no tengo notas. Me levanto a la misma hora. Bajo a desayunar. La ayudanta me pide el cartón de la habitación, no lo llevo, le enseño la llave. Desayuno. Voy caminando hacia la plaza de Armas. Paso por las librerías de la plaza. Me meto en el Castillo de la Real Fuerza, visito una exposición de cerámica, subo, veo la estatuílla del ron Habana Club, tiro unas fotos. Salgo a la calle. Me sigue doliendo la espalda, me como unos helados. Subo Obispo me meto en un bar, donde tocan unos músicos, tomo un mojito. Voy a casa de Rosa. Me fumo un tabaco. Quedamos para ir al espectáculo del pequeño Tropicana. Voy al hotel, descanso, a las ocho acudo. Vemos el espectaculo, por pocos pesos, salimos y nos metemos en el restaurante espectáculo, fiesta de la cerveza Cristal
23-10, sábado,
guión:. ... Vamos al cabaret Nacional, vemos el show y me voy al hotel en bicitaxi, me habla de historia de España, los Reyes Católicos. Me acuesto.
24-10, domingo,
guión: desayuno, voy andando hacia El Parque Central. Comemos en el restaurante del espectáculo del dia anterior, muy mal, me voy al hotel, quedamos por la tarde. Rosa se encuentra mal, me voy, vuelvo por la tarde, cenamos en el Hanoi, voy con Flora al Cabaret Nacional. Vuelvo a casa andando
25-10, lunes,
guión: último día, he quedado en ir a Guanabacoa con el hermano de Rosa, museo orishas, volvemos en la lanchita, comida en ese restaurante enfrente a S. Francisco. Tarde en casa de Rosa, damos una vuelta, vamos a comprar puros Upmann cerca de su casa. Me voy a comprar libros en sidecar a librería de Vedado y Ortiz. Por la noche vamos a cenar al Hanoi, Rosa se encuentra mal y voy con Flora. Noche de nuevo en el Cabaret Nacional.
26-10, martes,
guión: he quedado en ir a comer en casa de Rosa, hago las maletas, cojo un taxi y las dejo en casa de Rosa,. Salgo con el padre de Rosa, les indico a unos turistas alemanes la dirección hacia la iglesia de S. Francisco. Vamos a tomar unas cervezas al restaurante Hanoi. Comida, video y adiós.
Luis-Felipe Sánchez Ripollés
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