C U A D E R N O D E B A R C E L O N A
( O LA RECUPERACIÓN DE ESCRITOS DURANTE
MI ESTANCIA EN BARCELONA, FINALES DE LOS
SESENTA Y COMIENZOS DE LOS SETENTA, CON
COMENTARIOS, CRÍTICA Y ALGUNA APORTACIÓN
LÍRICA, SI VIENE AL CASO )
LUIS-FELIPE, SÁNCHEZ RIPOLLÉS
(ZARAGOZA, DÉCADA DEL 2000)
CUADERNO DE BARCELONA (O LA
RECUPERACION DE ESCRITOS DURANTE MI ESTANCIA EN BARCELONA, FINALES DE LOS SESENTA, CON COMENTARIOS,
CRITICA Y ALGUNA APORTACION LIRICA, SI VIENE AL CASO).
La primera
sorpresa es esta poesía recién entrado en la Universidad de Barcelona, de donde
conservo un carnet de la Facultad de Filosofía y Letras, curso 1970/71, yo
tenía entonces 24 años:
Ahora que estoy
en la Universidad
y siento todo mi ser alzarse
hacia esferas de sinceridad y
justicia;
ahora que siento a mi corazón
noble y confiado en su honradez,
en que soy consciente de más
opresiones
que mantienen en la más baja
inconsciencia
a masas de gente en su trabajo,
ahora quisiera elevar
el más grande grito de amor sincero
y aun así reventarme y que mis
células
llevasen su mensaje en derredor.
Siento sentimientos en tropel
marxismo, igualdad, comunismo,
y veo a gentes en sus yates
y a trabajadores vitoreando a mujeres
y el mundo así rueda y gira
resignación...,
y a los del yate con sentimientos
y a los trabajadores con mira
estrecha,
y éstos morirán algún día
y no sabrán nada de estos
pensamientos
y grito y quisiera que estas líneas
gritaran y que el mundo oyera
y me veo bajo e inacorde con todo
esto dicho,
maldito sea.
Extraña primera poesía, son comienzos en
la Universidad con influencias del ambiente progresista familiar. Entonces yo trabajaba en el Banco Hispano
Americano y estudiaba por las tardes, todo esto unido a la influencia familiar,
de mi cuñado Antonio, Luis Irache y Jesús Cristobal, explica los dos ambientes,
el intelectual y el mundo del trabajo. Lo de las células tiene su explicación
en el sobresaliente obtenido en Biología, en el Preu, que me haría muy feliz y
orgulloso entonces. “Sinceridad y
justicia”, en el tercer verso, no está mal este talante para entrar en la
Universidad.
Hay otra poesía
fechada el 8-12-70, que dice:
Es una tarde de
invierno lluviosa y fría,
acaba de llover
siento la cabeza vacía
sólo dolor de nada
y para colmo las vecinas de arriba
se fueron
ya no hay ruidos en el techo
oigo gotear no sé dónde
la cabeza ya más descansada
el cuarto limpio,
bajé a la calle cuando llovía
con ánimo de ir al cine
la lluvia lo impidió
y ví a las gentes pasar delante de mi portal,
y ahora mejor es no seguir
quizás esto me agrade algún día
cogeré una novela y leeré.
Mejor de lo que pudiera pensar, por el
ambiente de vaguedad e incertidumbre, al
mismo tiempo tenso y calmado, de mi habitación, creo, de la pensión de
Barcelona, donde tenía a un compañero de habitación, Jose Manuel, deValencia
creo, estudiante de periodismo y de ideología tradicional. Tenía una novia
formal, iba a trabajar en El Mundo y a mí quizás al verme en una posición
moderada y nada polemista me otorgaba algunas confianzas al darme algunas
explicaciones respecto a las disputas con los otros compañeros de pensión,
estudiantes de familias burguesas de Mallorca, Ibiza y Menorca, uno de ellos,
creo que de Ibiza al que le llamábamos Coco era más travieso y de vida
libertaria que ideólogo, y Pipo, ese andaluz tan justo y ecuánime, estudiante
de económicas, ponía algo de paz en sus enfrentamientos con esos izquierdosos
de la “gauche divina” de la Barcelona de los setenta.
Lo de las vecinas de arriba me sorprende.
Mis recuerdos se han borrado del todo. ¿Tenía algún interés por alguna de
ellas?, ¿o es que, como dice la poesía, su bullicio animaba el tedio de mi
habitación solitaria? Pobre de mí que he
dejado el recuerdo sepultado en poesía que solo ella sabe, pero es verdad que
había una vecina con la que intercambiaba miradas confidenciales, nada más.
En cuanto a lo del cine, piénsese que la
pensión estaba en la Avenida de Sarriá con Infanta Carlota, enfrente al monumento
a los Caídos, escenario de alguna manifestación convocada en mi facultad de
Filosofía, con sus corridas por las calles de alrededor huyendo de los policías
(los “grises”) Los cines eran de lo mejor de Barcelona, allí estaba el de Arte
y Ensayo, el Aribau, si no recuerdo mal, donde acudía la flor y nata de la
progresía barcelonesa, la gaulle divina que he dicho. Por último nótese el
ánimo de memoria que encierra el verso “quizás esto me agrade algún día”, esto
me emociona ahora pues así es y ha llegado a su destino esa buena voluntad de
aquel joven que entonces era yo,
pensando en el viejo que ahora soy.
En cuanto a influencias, Antonio Machado
dominaba el ambiente familiar, aunque a mí me gustaba entonces, desde mis años
en Palamós, leer poesía de Juan Ramón Jimenez.
Encontramos
algún escrito en prosa del año 1971, como estos que siguen más abajo, intentos
quizás de algún relato largo, no sé, no recuerdo bien, o quizás así
intencionados, sin título. Seguramente escritos en la pensión. Nótese la cita
de las elecciones municipales, que serían las del franquismo, claro, así como
la cita del Mercado Común, tema que estaría entonces en ciernes. Las
consideraciones al respecto hay que situarlas dentro de una preocupación
existencial, no como una crítica política. En primer lugar se trata de un
personaje de ficción, aunque no se puede ocultar que soy yo mismo, por entonces
yo andaba muy preocupado con la filosofía y más todavía con la ontología, o
razón del ser, la metafísica, etc., de hecho eso era lo que quería estudiar
como especialidad en la Universidad; también los sentimientos humanos como
contraposición al conocimiento racional, emoción y razón, podíamos decir, y así
es como acaba el relato, ensalzando el valor de la amistad, del sentimiento
frente a la oscuridad de la razón pura:
“Octavio se levantó aquella mañana fría de invierno y como cada
día tuvo que luchar y romper los lazos de bienestar que le ofrecía el cálido
lecho. Se lavó, peinó, y una vez vestido se sentó pensativo en una silla de su
habitación. Pensó que tenía que ir al trabajo como cada día. Esta idea se le
hacía insoportable.
Salió decidido a la calle. Entró en un bar a desayunar. Subió
en un autobús lleno de gente que iba al trabajo. Octavio observaba a cada uno,
preguntándose por su vida. Los veía a todos muy decididos. Parece como si no
tuvieran problema alguno –pensó-, hablan unos con otros sobre asuntos muy
comunes. Serán los resultados de fútbol o la cotización de la Bolsa, o el
Mercado Común, o las elecciones
municipales. Pensó si ese mundo era digno de ser tenido en cuenta, si había que
entregarse a él, si era auténtico o falso. También pensó si ese mundo ahogaba
la personalidad de cada uno o si por el contrario la perfeccionaba. Pero debe
ser malo, porque hay pobres y ricos. El marxismo lo solucionaba todo. Al menos
el problema económico, esto es, el de comer todos el mismo pan. Verdaderamente
es complicado esto de la política.
El autobús se había quedado vacío. Al final del trayecto se
apeó. El aire fresco de la mañana lo recibió. Las avenidas estaban solitarias y
a lo lejos la niebla se enredaba en los zarzales*. Los pajarillos huían dejando
temblando una rama y las gotas de rocío caían al suelo. Octavio caminaba
despacio contemplando con detenimiento todo. Se sentó en un banco húmedo. ¡Qué
bien se respira! Ahora los compañeros estarán trabajando entre papeles y apartó
enseguida estos pensamientos.
Así pasó la mañana muy callado, contemplando la naturaleza,
mudo de asombro. Pero seguía triste. Qué bueno sería tener unos ojos amigos aquí
a mi lado. Y pensó que la amistad es lo mejor del mundo. Sí, más que la bella
naturaleza, más bellos todavía son los ojos de los hombres.”
(* simpática y
al mismo tiempo torpe imitación, seguramente, de esos versos juanramonianos que
aún recuerdo desde entonces y que me han acompañado toda la vida:
Está desierto el jardín,
las avenidas se alargan
entre la incierta penumbra
de la arboledad lejana . . . )
Después de
comer tomaba el autobús urbano, autobús largo y creo articulado, que subía por
la Diagonal hasta Pedralbes, donde estaba la Facultad de Filosofía y Letras, y
otras más que no recuerdo, estaba enfrente la de Arquitectura, un poco más
hacia abajo, de eso si me acuerdo. Pues bien, en clase de Lengua, hice este
pequeño relato a bote pronto, con intención de captar el instante fugaz. No sé
de qué influencias venía este estilo, quizás del realismo de Camilo José Cela,
no sé, de hecho en el relato siguiente se cita a este autor, estaría leyendo
entonces alguna obra suya, es difícil recuperar dicha motivación, de hecho
Cela, Machado y Juan Ramón, eran mis
referentes, si no recuerdo mal, venidas todas como he dicho de esa influencia
del ambiente cultural de mi cuñado Antonio:
“Poca luz, gente que entra, podían poner más luz, algunos se
quedan a la puerta, una chica pasa decidida y se coloca, otros hablan de pié,
hablan sin parar, es un murmullo denso, el profesor aparece, hace un gesto y se
marcha, más gente que entra, a mi lado se sienta otra chica, un cigarrillo
reluce en la penumbra, hemos tenido suerte con la luz -me dicen-, un foco cae
sobre mi cabeza, se ven jerseys a rayas, el profesor aparece, el murmullo crece
y se pone a hablar con unos cuantos.”
Con el título
de Impresiones, escribo el 13-04-71 esto:
“Es uno de los primeros días de calor. Se anuncia el verano en
todo. Por primera vez puedo estar en la habitación en camisa. Y me pongo a
escribir porque quiero mantener viva mi “llama” y porque quiero despejar mi
cabeza de una cerveza. Luego terminaré mi
trabajo de Filosofía. Siento ganas de fumar, ahora me levantaré y cogeré
el paquete colocado allí en la mesilla de noche. Hay algo que quisiera decir,
mas no sé el qué es. Quizás esto, el no tener nada que memorar. Esta palabra me
parece que no está bien empleada. Parece querer decir como si quisiera
memorizar. Vuelvo sobre lo anterior porque no me acuerdo qué es lo que decía o
lo que quería decir. Bueno, no es recordar sino expresar mi situación del
momento, mejor, mi....... La cerveza tiene la culpa. Ahora aparece: mi
sentimiento. Eso es. Retuerzo mi mente, la exprimo, quiero que salga jugo. Como
el de C. José Cela. No. Nada. El pulso de la mano tiembla y mi mano,
¡¡mentira!!, pero podría muy bien ser, apoyada en mi frente, ¡¡¡al revés!!!
quema del sol primerizo. El cenicero tiene un letrero que dice: MARTINI; y
arriba, un poco más arriba: vermouth. También tiene un círculo rojo muy
oportuno. Una pierna dormida. Una impotencia literaria presentida. Y esto se
acaba, es preciso hacer el trabajo. Tendré que corregirlo según términos más
filosóficos. Me gusta mucho porque tiene unidad. Se acabó.”
Poco tengo que decir. Las cervezas me
sentaban ya entonces muy mal. Es la bebida que más me afecta al sistema
nervioso. Trato quizás de escribir algo relevante en estilo aprovechándome del
momento. Echo en falta detalles más concretos en todos mis relatos de entonces.
El 15-04-71,
escribo una poesía con el título de “A una adolescencia”:
Quién te dirá la primera rosa...?
a quién tu cuerpo se verá impulsado...?
cuando tu vida alcanzará su plenitud...?
en jardines de aromas y brotes henchidos.
A la vera del camino
estoy
del camino que te lleva hasta el momento
de luz y plenitud.
|
Rosas de primavera
que tú recoges
y recoges y recoges hasta saciarte
ya lo verás, hasta saciarte.
Ciego de luz y
colorido
tú, corazón, alocado, disparado,
ya lo verás, tú, corazón mío,
ya lo verás, tú, acurrucado.
A la vera del camino
del camino que te lleva hasta el momento
de luz y plenitud.*
|
(* Posteriormente,
el 23-06-72, añado este terceto final, a modo de estribillo)
¿ A quién iba dirigida esta poesía ¿ No
lo puedo precisar. Puede ser a alguna persona en concreto.
¿ A esa vecina
de arriba de la pensión de Barcelona ¿ No lo sé?. También puede que sea una
referencia en abstracto, a
una persona imaginaria, al simple paso de la juventud, que contemplo desde mi
mundo interior.
Otra poesía de 16-04-71, titulada
Primavera, cuya interpretación se me pierde en el recuerdo, quizás señale el
paso en vano del tiempo. El concepto apoplejía creo que está puesto de manera
natural, sin el soporte de un diccionario que creo no disponer entonces, salvo
error:
“ Las hojas van lejos;
y los brotes se crecen
y yo me sumerjo en apoplejías de tonos.
Una rosa viene y otra va.”
Viene luego este
relato sin título ni fecha. Es un relato con clara simbología a la hora de
describir un encuentro de carácter sexual. Sin duda es un ejercicio estético,
con un buen planteamiento literario, incluso en la mezcla de la narración en
primera y tercera persona que pienso puede ser intencionada, más que debido a
un despiste. Posiblemente exista una clara intención de abandonar la
imaginación a la pura improvisación, a veces, más que en lógica simbolista, en
abstracción surrealista. Sí que recuerdo que en aquella época me atraía este
tipo de narración surrealista o dadaísta, como se quiera, debido en parte a la
angustia provocada por la falta de imaginación inmediata así como al esfuerzo y
trabajo que ello conlleva. No recuerdo las influencias a que está sometida la
creación del relato. Posiblemente Cela en el realismo social y García Márquez
en el realismo fantástico.
En cuanto a las
motivaciones, hay que pensar que entonces, comienzos de los setenta, Barcelona
tenía bastantes clubs de alterne, no solamente en el barrio chino, sino en
cualquier calle. En el barrio de Sarriá, donde yo vivía, había unos cuantos que
nosotros, jóvenes todos de la pensión, universitarios, eludíamos por motivos
ideológicos. En el trabajo del banco, yo tenía un compañero llamado Camilo,
buen muchacho gallego, de mi edad, robusto, de manos regordetas, en donde lucía
algún ostentoso anillo, patillas algo exageradas, pecho y barriga hacia
delante, sudoroso, fumador empedernido, de apariencia adulta y de costumbres
avanzadas para su edad. Causaba el asombro de todos al narrar con naturalidad
sus incursiones diarias al barrio chino de Barcelona, que en aquella época no
comportaba tantos riesgos como los de hoy en día, pues no se conocía el sida ni
las drogas con toda la delincuencia en torno a ella. El mismo decía que casi todos días iba al
barrio chino, en donde tenía buenas amigas, donde a veces simplemente tomaba
café con las chicas y señoras encargadas del burdel. Pero lo contaba con
naturalidad, sin ánimo de causar escándalo, todo lo contrario de los otros
compañeros que aprovechaban la ocasión para sacar lo peor de sí mismos en forma
de chistes, provocaciones y soeces, que hallaban adecuadas respuestas de
nuestro amigo por su maniqueísmo. Recuerdo su insistencia en que le acompañara
y esto lo podía hacer a menudo y en secreto pues trabajábamos codo con codo.
Pues bien, todo esto puede estar presente en la motivación del relato. Ese
ambiente de la Barcelona de entonces. Ni que decir tiene que también está presente
las inquietudes propias de mi edad, entonces en torno a los veinte años. Pero
no quiero engañarme, ni engañar a nadie, pues estas son apreciaciones cuarenta
años después de ser escrito este relato:
“Andaba sin
fijarse en nada, ni en nadie, atento sólo a sus pensamientos que eran, no
trascendentes, sino ocurrencias sobre la gente, objetos y cualquier cosa que a
su lado pasase. En esto una mujer que apoyada junto a un portal estaba le
detuvo imperiosamente:
-Qué?, solo ...
-Sí
-No quieres compañía?
-Por qué no?
Y sin más ella entró en el portal seguida dócilmente por
nuestro amigo. entraron en una casa no muy grande. Contenía dos habitaciones,
decoradas según el gusto moderno, y una cocina llena de cachivaches.
Nuestro
amigo sin decir nada se sentó en un diván y como vió a su lado un tocadiscos,
sin pensarlo dos veces, puso en él un disco, el primero que le vino a la mano.
Le dijo que bien veía que le gustaba la música, pues tenía discos muy buenos. Ella contestó
que tenía muy buen gusto.
Oye –le dijo de
improviso y con descaro- a que adivino cuántos años tienes....; diecinueve.
Uno más, dijo él sonriendo.
Bueno, uno más o uno menos, ¿qué más dá?
El quitó la mirada y como pasando a otro asunto porque ese le
aburría, le dijo si tenía algo para beber. Se levantó ella y le trajo en unos
vasos alargados, ginebra con cubitos de hielo. Ella sacó el paquete de
cigarrillos, le ofreció uno sin decir nada y se sentó a su lado.
Así pasó un buen rato, ella, porque él no hablaba, ojeando
revistas mientras ponía un disco tras otro, fumaba cigarrillos de la misma
manera y todo mirando al techo.
-Ven, te voy a enseñar una cosa,- dijo ella cogiéndole de una
mano.
Penetraron en su habitación. La luz era azulada, daba sobre
mitad de la cama y en el suelo, donde había una alfombra de vivos colores que
hacían juego con todos los colores de la habitación. A él le pareció una habitación
como nunca había visto, así se lo dijo a ella; así como si un cuadro,
representando un pobre y pequeño pueblo, con agreste campo alrededor, lo había
comprado ella. Ella le dijo que sí, que todo que tenía era de buen gusto. Al
tiempo que se sentaba en la cama y se
empezaba a quitar la ropa, lo cual desconcertó un poco a nuestro amigo, le
preguntó que a dónde iba por la calle tan solo. El le dijo que “por ahí”, hacía
pocos días que vivía en la ciudad y conocía a poca gente. Ella apagó la luz, él
se desnudó.
Por las colinas lejanas
cabalgaba un caballo llevando entre sus crines polvos de maquillaje. Tenía las
piernas largas, tan largas que cuando corría, apenas tocaban el suelo. Uno
pensara si corriera igual montado a su grupa, los ojos fieros, atentos a la
carrera. Los prados pasaban bajo sus patas tan rápidamente que parecían vistos
desde un avión. Unos prados de color tan suave y lejano como los de aquel
cuadro. Volvían a sonar los cascos que hacían levantar el aliento que rezumaba el paisaje. ¿Dónde irá el
caballo? Quisiera ver llegar el
pueblecito, pero no aparece. Parece un paisaje infinito, alocado. Por la lejana
colina se va alejando el trote del caballo pero otra vez vuelve a primer plano
como una obsesión. No hay pájaros, ni otra clase de animales, ni siquiera
flores, sólo una serie infinita de colores que pasan bajo las patas alocadas.
Estos paisajes y ese pueblecito no parecen ya realidad, sino un sueño romántico
que queda muy lejos, pero las formas de colores no dejan pensar como si de la
única verdad se tratase, como la suprema realidad, como un dios paterno que
gozoso nos recibe.
En esta serie alocada de colores se mezclan a menudo los
colores de la alfombra, pero vistos como sin gafas, de tal manera que no
aciertan a colocarse en su sitio, como cuando se está bebido, como cuando se
está viviendo, y descubres que es lo mismo, que igual sucede en esos paisajes y
en ese pueblecito románticos que en estas masas de colores. Pero es la alfombra
la que tiene la culpa, porque es romántica como el pueblecito y ya no quieres
más –como le dijo al oído- y tu no quieres pensar para contestar, no quieres
nada, dejas que todo siga igual: el pueblecito en su cuadro rodeado por el
paisaje de colores suaves y lejanos y que vistas las casas desde el avión
resultan muy románticos, pura ilusión y que nada es verdad.
Cuando ella salió de la habitación se fue a sentar pero él se
levantó diciendo que no quería molestar más, que vendría a verla porque le
resultaba muy agradable. Cuando le dio la mano para despedirse, sonrió como una
disculpa.
-Si vienes otro día te regalaré el cuadro.
-No, ese cuadro es tuyo, gracias, yo, que pinto por afición, me
haré el mío. Si me sale uno bueno, vendré a regalártelo. Adios.”
Tenemos a
continuación esta poesía:
La noche oscura se
presiente
en las bocas de los niños y en sus lazos.
Yo sé del camino que no acaba
poblado de luciérnagas...
Mas dijo un pobre hombre:
¿es que el pan no es pan
y húmeda el agua?
No, le dije yo, el pan
es sudor y así será siempre
y el surco que tú aras
atenta contra ti mismo.
Los caminos de tus pasos
visan y sellan tu vida,
sólo el ruiseñor canta
sin él saberlo.
|
¡ Decídete !, me dices
y sé flecha afanosa en busca del blanco
¡Mal rayo te parta!
pues tan mal me quieres,
¿es que quieres que haga para ser...
...eso...
...pasado.
“Es excepcional contemplar todas las cosas, pero terrible ser
una” (Buda)
|
En esta poesía se vé la mediatización
de la apostilla final que la inspira. No sé si es correcto pero fue un
proverbio que me impactó entonces porque congeniaba con algunas de mis
inquietudes filosóficas y mis actitudes más auténticas. El tiempo, la praxis,
el compromiso social, la salvación del yo, todo conceptos que me atormentaban
entonces y que estaba en edad de superarlos, aunque ya lo veía como muy difícil
y el tiempo me ha dicho, con cierta satisfacción, que llevaba algo de razón.
Sigue luego esta serie de relatos,
distribuídos en pequeños capítulos, titulados Uno, Dos, Tres, Cuatro, etc. que
iré comentando uno a uno:
Uno
“Antes era un convento, uno más de los siete u ocho que había
en el pueblo. Así me cuentan ahora. Y que los frailes de todos ellos gobernaban
toda la hacienda de la comarca. Esto hará muchos años, siglos, por allá por el
XII o XIII. Lo mío es más reciente, aunque no por eso cercano, tan lejano que
no me importaría fecharlo en esos siglos. Lo mío tampoco es así de malo ni tan
trascendente, pero es más importante, según creo yo. Lo mío es una vida de
colegial sostenida en una aulas situadas en lo que antes era convento. Una vida
ajena a la historia de esa casa, a lo sumo sólo veía unos enrejados de madera
que separaban un aula de otra, que de puro pequeña no se utilizaba para nada y
que me recordaba las celdas de los monjes. También es cierto que un maestro nos
dijo un día la primitiva finalidad de esa casona, grande y desproporcionada.
Yo recuerdo las horas de estudio con especial atención. La hora
forzosa, agotadora, de estudio bajo la férrea vigilancia del maestro. Los
chicos nos desatábamos en cuanto era posible, con tizas, aviones de papel,
mensajes y cervatanas, y así dábamos libre cauce a nuestros impulsos
reprimidos. Mi farsa tan agotadora como insignificante de pasarme toda la hora
con los codos sobre la mesa y las manos, a modo de visera, con sus dedos
ligeramente entreabiertos que me permitían seguir las evoluciones del profesor
y hacerme héroe de una aventura como era el camuflarme y despistar al profesor.
Este pasaba por mi lado y adivinaba mi fingimiento pero no hacía nada. Su
misión era que todos callásemos y que se adoptase una actitud de estudio, el
que de verdad se estudiase o no, era accesorio. ¡ Con las notas vendrían los
castigos ¡
El profesor atendía las consultas de los aprovechados, leía,
fumaba sin parar y a menudo salía al lavabo a tomar su dosis de bicarbonato. Su
cara era delgada y pálida, casi amarillenta. Soltero, aunque mayor, sus modales
eran amables y todos le teníamos mucho respeto. Yo seguía con mi camuflaje
esperando impaciente la hora de salida. Veía las láminas de colores que
cobraban un aire familiar y tierno a puro de mirarlas y remirarlas. Los días
que se podía, dibujaba una batallas guerreras como las que aparecen en el libro
Historia de Viriato, contra los romanos, y en las que una nube de piedras pasa
de una ladera de la montaña a otra, machacando a los combatientes. Se las
pasaba a mi amigo predilecto y éste me envía otra de su invención.
Al fin sonaba el timbre y todos salíamos revueltos a la calle.
Yo recuerdo una tarde en que volvía a casa y mi madre no estaba, pensé que se
había muerto, aguardé en una explanada junto a mi casa, tenía hambre y un
profundo dolor en mis entrañas. Al final aparecía como si nada hubiera pasado,
con el semblante ocupado en las faenas rutinarias de cada día. Pensé en la
comodidad y holgura de ser mayor, deseé que pasase el tiempo como un vuelo.
Había descubierto la vida, la angustia, etc.”
Este relato tiene mucho de autobiográfico. Se trata del colegio
de Enseñanza Media de Ejea, trasladado a un edificio con aires de monasterio,
con un amplio patio abierto al paseo del Muro, al que se llegaba a través de
una cuesta prolongada, detrás del Ayuntamiento. El profesor es don José Chaure,
recordado con todo cariño en el relato como así lo merece. La batalla dibujada,
en estos momentos está fuera de mi
recuerdo, supongo que cuando lo escribo era un recuerdo verídico, que distaba algo más de diez años, pero
puede ser imaginación propia del relato. La escena final, es un retazo de
recuerdo cargado de la angustia infantil ante la ausencia de la madre, de mi
madre que se había ido a Rivas a algún asunto, este si que es verídico. Son
esos instantes que como pertinaces fotografías quedan clavados en nuestra
memoria y nos vienen tan de cuando en cuando.
Dos
“Aquel día los profesores nos mandaron asistir al entierro de
la madre de un compañero. Ellos fueron muy pocos y como una obligación molesta.
El chico tenía una cara de bruto y sonreía continuamente por cualquier cosa.
Era, sin embargo bueno con nosotros y de buenos sentimientos. En él
encontrábamos todo lo que podíamos pues era desprendido y franco. Pero aquel
día fue para mí como una indignación el hecho de que parecía como si no le
afectase lo más mínimo la pérdida de su madre. Yo me imaginé a su madre poco
afectiva, exigente y tirana, jamás la había visto, pero de seguro que tenía que
ser así.
Los chicos formábamos la comitiva detrás de la caja camino del
cementerio. Veía el coche tirado por un par de caballos, detrás el cura con
negros hábitos, acompañado de los monaguillos. Inmediatamente detrás los
familiares que formaban una masa negra y dolorida. Las mujeres cubiertas por
velos negros que sólo dejaban ver sus ojos rojos y humedecidos. Los hombres,
hombres rudos, con sus camisas blancas que hacían vivo contraste con sus trajes,
la boina entre las manos, la cabeza inclinada y severa, mostraban las calvas
blancas y poco conocidas. Al final íbamos nosotros, formales y silenciosos,
pugnando entre nosotros por parecer más severos. Dos de nosotros llevábamos una
corona, que jamás supe cuando ni quién la compró.
Yo había visto muchas veces el cementerio por fuera y con
temor. Recuerdo esa avenida de cipreses de la entrada por la que constituía un
acto de heroísmo el aventurarse por ella. Adentro entraba sólo para Todos los
Santos, pero entonces el cementerio me parecía como escondido, amedrentado por
tanta gente, me imaginaba que si permanecía hasta que todos se hubieran ido,
entonces me ocurriría una desgracia, las almas habrían de vengarse en mí, por
tanta humillación. Ahora sería distinto, no habría tanta gente y animación,
seguro que iba a presenciar algo tremendo. A todo esto veía cómo el hijo de la
difunta, nuestro compañero, se volvía a menudo a nosotros con una sonrisa,
mostrando esos dientes grandes y blancos a que nos tenía tan acostumbrados.
Nosotros quedábamos perplejos y lo tomábamos como una muestra de
agradecimiento.
Cuando tapiaron el nicho, las mujeres estallaron en sollozos.
Era la última descarga de dolor. También ví cómo nuestro compañero derramaba
algunas lágrimas, apoyada la frente en su mano. Esto me tranquilizó, no podía
ser tan déspota e inhumano. El enterrador trabajaba con afán no sé si por
terminar la faena o por abreviar el dolor y sollozos de los familiares.
A la vuelta, mientras se alejaban los familiares en grupos
hacia el pueblo, consolando unos a los más débiles; otros, ya más resignados y
con una mayor libertad de movimiento, fumaban largamente sus cigarros. Nosotros
nos internamos por los campos vecinos. Unos opinaban que debíamos continuar la
clase, otros, y esta fue la opinión que prevaleció al final, que ya no eran
horas de ir a la escuela. Unos pocos, aunque seguíamos como arrastrados por los
audaces, procurábamos no mostrar nuestro habitual entusiasmo por respeto a
nuestro compañero. Los más despreocupados, que solían ser los líderes,
proponían sin cesar aventuras, con más énfasis que nunca, por el desasosiego
que suponía el verse libre de la fúnebre ceremonia.
Yo me imaginaba a nuestro compañero atrapado por los
familiares, sin poderse quitar la ropa limpia y reunirse con nosotros, con su
sonrisa eterna, mostrando esos dientes blancos, siquiera en esos momentos, pues
algún malicioso dijo que su madre no le quería y que le golpeaba a menudo.
Al día siguiente, los maestros no mencionaron nuestro “novillo”.”
Otro recuerdo que ya no sé si es imaginario o real. En todo
caso destaca por sus expresiones más que ingenuas, naturales, que me agradan
hoy en día y hasta me parecen literarias. No he podido dejar de pensar en la
prosa del escritor Sánchez Mazas, al que he leído recientemente y me ha
parecido que hay como una aproximación en el tiempo pues mi relato está escrito
en el setenta más o menos y La Vida Nueva de Pedrito de Andia la escribió
Sánchez Mazas a principios de los cincuenta. Desde luego a este buen escritor
de derechas no lo pude leer entonces. Se me pierde en el tiempo la influencia
literaria a que estaba sometido entonces, pues no me reconozco con un estilo
propio sino siempre bajo las influencias de la lectura correspondiente
El que si es verídico es el siguiente, con una gran carga de
preocupación, de una escena infantil de exposición fálica pública, brutal y
grotesca contemplada en mi primera adolescencia que también ha quedado prendida
en mi memoria cual fotografía y que me hace pensar en la realidad de un aprendizaje adquirido por uno mismo, a fuerza de fuertes impresiones.
Tres
“Recuerdo que después de comer, un sábado por la tarde, fuimos
un grupo de chicos al río. Entre nosotros venía el hijo del barbero, pequeño,
enjuto, nervioso, chistoso y dominante. Estábamos en una parte del río donde
los arbustos de la ribera, altos y separados unos de otros, formaban una
especie de laberinto. Yo recuerdo cómo desde la ignorancia de mi temprana edad,
unos pocos, los más aventajados, apartados de los demás, hablaban jocosamente
entre sí de algo que en mí se barruntaba. Otro grupo aguardábamos entre
temerosos e impacientes. Los otros se nos acercaron y el barbero, con aire de
pícaro y burlón, propuso de ver quien se hacía antes una …. La cosa era
desconocida para mí, no sé si para otros. El caso es que yo no logro comprender
cómo pude comprender inmediatamente de lo que se trataba, sin explicación
alguna de ninguno.
Yo recuerdo la angustia e incertidumbre del momento. Los más
sensatos tomamos la cosa en broma y les provocábamos a ver si eran capaces de
que lo hicieran. Yo y otro chico de padre desconocido nos apartamos lo
suficiente como para ver la escena desde una distancia prudente. El barbero
apostaba a que nadie tenía el arma más grande que la suya. Otros asentían y
esperaban que saliese algún postor. Efectivamente él tenía tal descomunal
miembro que yo no he vuelto a ver en fotografía alguna.”
Cuatro
“En el mes de Enero o febrero, las tardes son limpias y frías.
Sólo el sol se deja sentir en los abrigos escondidos. Las tardes eran horribles
de soportar en el colegio, las clases eran las más duras y había que aguantar
una de Física y Química, otra de Historia, el recreo era corto y pesado, el patio
se llenaba de una chiquillería ensordecedora y movida. Había una pila que antes
servía de abrevadero para las caballerías y que siempre estaba llena de sucios
papeles. Las tapias altas y pétreas encerraban todo el bullicio.
Unos chicos hacían muchas veces pirola. Se iban con un balón de
fútbol, o a los futbolines. Yo recuerdo una tarde en que sabía que me iban a
preguntar en la clase de Física y Química. Después de comer, entre el sol y la
pesadez de la comida, tentaba de no ir a clase. Yo iba pensando esto camino del
colegio. A cada paso que me aproximaba a él el temor aumentaba. Al final no
pude conmigo y me fui por el primer descampado que se me apareció. Llegué a un
soto en donde estuve un corto tiempo. La brisa y la yerba hacían el lugar
desolador y frío. Un pastor pasaba con su ganado. Jamás había visto un hombre
más feliz. Conducía sus ovejas indiferente.
Después fui a parar a una pequeña loma. Apostado en el lado que
daba el sol, me tumbé sobre la fría tierra. Al poco sentí bienestar. Oía cómo
sonaban las horas en el reloj de la iglesia, luego, a las seis, la sirena de la
fábrica. No pasaba nadie, sólo observaba el paso del tiempo. Pensaba en mi
engaño. Mi madre no podía imaginárselo. En el colegio, todo más una cruz en mi
casilla de la Lista. Si me levantaba un poco veía a las mujeres de las casas
obreras que tomaban el sol haciendo punto, o simplemente conversaban. Jamás me
había sentido más a mí mismo, por fin me había encontrado, había hecho falta
eso, que me apartase a solas. Entonces comprendí verdaderamente cuál era mi manera
de ser. Entonces pude por vez primera ver al mundo desde lejos, apartado, a
solas.
Cuando juzgué que era la hora de salida del colegio, volví al
camino de él, a mi casa, y penetré en ella. Mi madre estaba en la cocina
pelando patatas. Me dio un pedazo de pan con dos porciones de chocolate. Me lo
comí con fruición en el corral, en donde las gallinas picoteaban afanósamente
el trigo que les echaba. – Agosto del
71-“
Este otro
relato cuyos sucesos han desaparecido de mi memoria, como en el anterior, confío
en que sea verídico y que un fragmento de mí vida haya quedado rescatado del
olvido:
Cinco
“Juanito:
malicioso
“el chapas”:
noble
Pedro:
mandón
Andrés:
gracioso
José: tímido
“el abuelo”:
parco en todo
-Guá -exclamó Juanito
-Te toca a ti
-Apartaros
-No vale tirar a empesico
-Se tira como se quiere
-Oye... así no se puede jugar. Dijimos que se tira como se
quiere –dijo otro
-¡Socorro!, que viene el cura –exclamó echando a correr
Juanito.
Los demás le siguieron envueltos en un ruido de chapoteo de
pies en el agua.
-Me cagüen...-dijo el chapas- ya nos ha fastidiau.
-Si es que sois unos cagones –intervino Pedro- a lo mejor
hubiera pasado de largo sin decir nada.
-Si... ya viste ayer cómo se puso
-Pero hoy es distinto. Una vez que llovía tampoco nos dijo nada
-Porque íbamos a entrar a la Doctrina –manifestó con cierta
timidez un chico alto
-Tú, cállate, mosca muerta –le soltó Pedro con malicia,
mientras los demás sonreían en silencio
-Oye, ¿quién te crees que eres? –intervino El chapas- por qué
no se lo dices eso a otro
-Porque no hay ningún otro mosca muerta –contestó triunfante
Pedro-, además se lo digo porque sé que somos buenos amigos.
-Bueno, siendo así, se le puede perdonar, ¿verdad José?-se
interpuso en medio Juanito, abrazando a duras penas el cuello del chico alto.
-Aunque sea como sea me fastidian mucho los chulos.
-Oye...
-Que sí, que para hablar claro, también yo le partiría los
morros a alguno.
-No agüemos el día más que está –se levantó rápido del suelo
Andrés- ¿a que no sabeis quienes se parten bien los morros?
-¿Quién? –exclamaron entusiasmados dos o tres chicos que hasta
entonces estaban sentados en el suelo esperando que se le ocurriese alguna
graciosidad al rubio Andrés.
-Traed una cuerda. Tú... saca una del corral.
-No fastidies, que está mi padre.
-Otro cagón...-y diciendo esto penetró por la puerta del
corral. Al momento salió con una soga.
-Si se entera mi padre,
ya puedes decir que has sido tú –concretó el abuelo, no sin cierto
temor.
-Ya sé. A atar a dos perros –inquirió Pedro
-Seguirme y lo vereis –y
doblaron todos por una esquina.
- - - - - -
-
Por qué no te la atas en
la picha –protestó el chapas
-
Qué te pasa? –inquirió
Andrés
-
Que no la ates en la
puerta de mi tía
-
Ah, bueno. No preocuparse
que puertas no faltarán. Y se dirigió a la casa siguiente. Tú,
Pedro, átala en la puerta de enfrente.
-
¿Dónde se ha metido “el
abuelo”?, preguntó Juanito
-
Se ha metido por esa
calle –dijo un chico que apenas contaría seis años de edad y que se les había
agregado, no se sabe dónde.
-
Se habrá ido a cagar
–manifestó con suficiencia Andrés, siendo coreado por una carcajada general.
-
Venga, Pedro, átala de
una vez.
-
Que la ate José –propuso
Pedro con malicia y sin atreverse a mirarle
-
Trae aquí, como salga la
vieja se nos come –dijo el chapas
-
No, para. Que vaya José,
a ver si se le va quitando el miedo –propuso Juanito
-
Yo no sé atar bien un
nudo –se excusó José
-
Ala, venga...Hazte cuenta
que estás atando un zapato –dijo Andrés
-
Me cago en...trae...Pedro
arrancó de las manos de José la soga que éste sostenía tímidamente –así, se nos
haría de noche.
-
Átala fuerte –dijo el
chapas con voz muy baja en el silencio de todos preparados para la fuga.
-
Oye, no corras, llama
–cuchicheó Andrés
Mientras Pedro volvía sobre sus
pasos, la puerta se abrió débilmente, dejando ver una negra recta vertical.
José, que estaba en la esquina de enfrente, lo vio pero no se atrevió a gritar
el peligro. Cuando Pedro se disponía a golpear el picaporte, un brazo lo asió
del suyo y lo introdujo en la casa mientras la puerta se cerraba con un sordo
ruido. Los chicos corrían asustados, algunos a avisar a los mayores.”
(2-10-71).
Seis
El
profesor de Historia fuma interminablemente en su pipa. Las hazañas de los
conquistadores españoles en América, Pizarro, Cortés, Moztezuma, matanzas,
rencilias... todo aclimatado por el humo de la pipa. El profesor tiene una
breve calva que se puebla de surcos cuando el relato llega a un punto
importante. Hay un chico en la clase que se apellida Cortés y cuando el profe
menciona al conquistador todos nos volvemos hacía él, con miradas de malicia o
bien con cierta envidia. O la larga y penosa hora de estudio poblada de moscas
que revolotean gozosas. Y los cuchicheos y los sordos ruidos de las tapaderas
de nuestros cajones al cerrarse. Los innumerables y dispersos nombres, cruces,
tonto-el-que-lo-lea, las penosas sinuosidades como torpes ríos arañadas a la
madera, dibujos de caras y figuras con su mirada indecisa y su aire ya trágico
y burlonamente triste. A veces las moscas se posan entre ellas y se las deja
mover a sus anchas porque unen las figuras y los signos según trazados
firmemente aéreos, hasta que el profesor las espanta con su pasar inadvertido.
Cuando suena el timbre la monotonía, como una frustración, estalla en prisas. Y
así todos vamos saliendo a la negra noche.
Después
de haber merendado un poco tuve que hacer un encargo de mi padre. Las calles
estaban llenas de mozos que salían y entraban en los bares. Pasé por la sala de
juego y no ví a ninguno, lo cual hacía tiempo que me extrañaba. La plaza del
pueblo, toda iluminada de luz eléctrica en pugna ventajosa con la luna,
salpicada de pequeños grupos cerrados con su hablar unísono de gentes con
plateados reflejos en sus bien alisados cabellos y las mesas de los bares, con
su mirar indeciso.
Cuando
subía por una calle ligeramente empinada y los ví, me quedé de piedra. Aun
resuenan en mi espíritu esos ecos. La zozobra de algo que no has hecho y que se
despierta súbitamente en tu interior. La extrañeza de una naturalidad que en ti
resulta penosa. Los claros sonidos y los fuertes colores todos ellos naturales
adquieren en ti, por una ajena melancolía, unos matices tenues y vagos. Allí
donde tu ves una incógnita, ellos la desarticulan y devoran como los escuálidos
buitres comiendo la carroña de los incomprensibles cadáveres. No tenías más que
introducirte como todos los demás, con su tímida decisión, pero huías espantado. Cuando todos los demás
estaban en el Centro con las chicas, no supiste hacer como todo el mundo:
penetrar en la fuerte luz y los claros sonidos. Allí había algo que por su
misma autenticidad y nobleza, chocaba con tu negra alma. Al pasar por la calle
débilmente inclinada, las chicas te miraban con esa clara luz de su advertido
instinto. Los chicos, era otra cosa, pasaban ofuscados en su nuevo encuentro,
sin apenas apercibirte. Aun recuerdo mi vuelta a casa. El conocido camino
salpicado de nuevas sugerencias, todas ellas con su intermitente luz de una
nueva esperanza y un primer temor. Las sombras furtivas adquirían un nuevo
significado y nuevamente lo viste. Y no podías dar crédito a tus ojos, allí
estaban dos. Y sus besos ahondaron en tu herida a pesar de que estaban lejos y
en un lugar muy escondido. Pero tú los vistes con tus atónitos ojos. Ya no
cabía duda. Mi respeto a mi pasado me hace perdonar ciertos sentimientos que en
otros me impulsan a clavar en ellos el oscuro cuchillo. (3-10-71)”
Otro relato con la misma
duda de si será verídico. En todo caso estará inspirado en verdadero
sentimiento. El profesor de Historia es don Octavio, alto, corpachón, calvo,
severo pero humano, envuelto en aromas de tabaco de pipa que fumaba con
fruición. El estilo es bueno dentro de las inconcreciones y errores
gramaticales, de las figuras de expresión seguramente copiadas de alguna
reciente lectura, puede que de autor sudamericano, García Márquez, o de Marcel
Proust.
Empiezan a partir de ahora unos relatos con abuso de algunos adjetivos buscando una metáfora perfecta que entonces no encontraba con facilidad y resultan por tanto algo pretenciosas. Algunas expresiones como el “oscuro cuchillo” se repiten. ¿Buscaba con ello el título genérico de los relatos?
Empiezan a partir de ahora unos relatos con abuso de algunos adjetivos buscando una metáfora perfecta que entonces no encontraba con facilidad y resultan por tanto algo pretenciosas. Algunas expresiones como el “oscuro cuchillo” se repiten. ¿Buscaba con ello el título genérico de los relatos?
Siete
Se
acercaban las fiestas del pueblo y todos los años, en estas fechas señaladas,
aparecía con su negro saco acuestas por sus espaldas. Todos le llamábamos el
“hombre del saco”. Nada en él resultaba, feo ni discordante, al contrario,
pienso que si las castas advertencias y los horribles cuentos no pesaran en
nuestras conciencias, de seguro que nos habríamos acercado como nos acercábamos
a ver la cara del pajarillo apedreado, y descubríamos el espanto; la fruta a
punto de robar, y el temor; la doctrina del catecismo, y lo incógnito, etc.
Tenía
un palo sobre el que se apoyaba y levantaba furioso cuando huíamos espantados.
Un traje raído que ocultaba su cuerpo y que sólo mostraba un cuerpo arqueado,
su barba, más negra de sucia que de crecida. En su cara se ocultaban dos negros
ojos que sólo se despertaban ante nuestras estrepitosas carreras.
Al
amanecer, lo veíamos inclinado recogiendo basuras o merodear por las ferias en
busca de despojos, como un perro asustado. Al atardecer, en las afueras del
pueblo recostado en la fresca hierba del río o sentado en el pretil del puente,
los pies bamboleantes, los brazos apoyados descansadamente en la valla de
hierros. Nosotros pasábamos a prudente distancia, pero sin disimulo, nuestras
miradas en él, casi provocativas.
Una
desgraciada tarde, uno de nosotros le arrojó una piedra con intención de
salpicarle el agua del río. Nosotros corríamos exhaustos y cuando volvimos la
mirada, vimos con asombro que no se había movido. Nos enzarzamos en una
discusión, unos, los más, reprimiendo al provocador, otros excusándole. Los más
nos fuimos aquella noche a nuestras casas con un sentimiento de culpa y
arrepentimiento. A pesar de todos los cuentos y de todos prejuicios de los mayores,
habíamos conseguido descubrir algo nuevo en la vida. Hasta entonces una acción
parecida, había desencadenado una respuesta violenta, airada, la indiferencia e
indolencia era una respuesta que si bien podía significar una sórdida venganza,
apuntaba también a una vida nueva y limpia. Nuestra compasión crecía al verlo
acostado en los umbrales de las puertas de los corrales, en unos sucios
periódicos. Aún pervive en mí una imagen de espanto, de una noche de fina
lluvia, ensimismado, las gotas resbalando por todo su cuerpo, su mirar cansino
y temeroso, las gotas de las alcantarillas de los tejados salpicándole en la
cara como un tormento. Cuando me miró por azar, no pude reprimir el acelerar el
paso y correr despavorido cuando gritó: ¡tírame una piedra, ahora...!
Aquella
noche no pude dormir pensando cómo podría advertirle que yo no había sido quien
le arrojó la piedra y que no tenía nada que ver en ello. Otra tarde en que
nosotros nos hallábamos jugando a fútbol, apareció, no sabemos cómo y atrapó a
uno de nosotros, a Luisito que hacía de portero. Nos revolvimos al oir sus
agudos gritos de espanto. Luisito pateaba y le arañaba tratando de zafarse. El
le golpeaba la cabeza con la mano abierta, al tiempo que le gritaba con una
reprimida ira. Nosotros tirábamos piedras. Aparecieron dos hombres con
apresurado paso y de un fuerte tirón lo separaron de Luisito y le golpearon con
su manos cerradas y con los ojos bañados en sangre. Luego lo levantaron sucio
de polvo y se lo llevaron arrastrándolo sin consideración, dicen que al Cuartel
de la Guardia Civil. Algunos de nosotros comentaban después de un tiempo que se
distinguía en una de las ventanas de la cárcel, una negra cabeza y un brazo que
se agitaba airado. Pero no era él, porque aquel mismo día lo vimos cómo salía
atropellado de la casa de Luisito donde había ido en visita interesada y
arrepentida. Cuando pasó por nuestro lado, nosotros que aguardábamos dispuestos
a la lucha, lo vimos con su antigua mirada, oculta y cerrada. Aún entonces
nuevamente sentimos aquel sentimiento de disculpa. Un sentimiento que pudo
haber fructificado y que se quedó en ciernes, porque se nos escapaba un hombre
nuevo que era desprestigiado por las enseñanzas de los mayores.
Aún
hoy cuando veo a un hombre como aquel “hombre del saco”, lo miro con nostalgia,
pienso que ya nada puede decirme y lamento con mi oscuro cuchillo, el no haber
podido hablar a causa de nuestras pedradas, a causa de nuestra joven conciencia
y a nuestra educación de catecismo. “
(8-10-71)
Ocho
El
balcón de mi casa se enfrenta desventajosamente con la torre de la iglesia. Yo
lo presentía pero no lo pensaba. Hoy ese presentimiento adquiere su
significado. La luz más clara, aunque todavía fría, barría las calles del
pueblo. Desde mi balcón, una mañana en que salté de la cama por una energía
concentrada y sin sentido, las ví como si tal cosa. Allí estaban en sus viejos
nidos, pintando de blanco las fachadas. Pero no atrajo mi atención, por lo
mismo que hoy, si entonces era el colegio, me distraen otras cosas.
Unos
días antes estando jugando al fútbol, las vimos pasar majestuosas, y sentimos
una blanca decepción, cuando pasaron de largo. Otras, más pequeñas, pasaban el
cielo de las afueras del pueblo, hasta que aparecieron otras grandes e
inquietas, que picoteaban las almenas de la torre con agudos gritos y alguna
hasta casi se posaba en el nido, pero su alocado aleteo se lo impedía y
reanudaba su vuelo circular.
La
blanca luz de la torre luchaba con las sombras de las cigüeñas en calidoscópica
batalla. Las cigüeñas respiraban el aire nuevo y frío, y nosotros, la pelota a
un lado, contemplando a las llegadas en cristales, charcos y sombras, ¡cómo
renovaban el aire de luz blanca, aunque fría!
Por
la mañana, desde mi balcón, las ví ya posadas y frías, con su blanco vestido en
el blanco amanecer.”
Un ejercicio de prosa
poética al que podría hoy titular, Blanco, por el abuso del término. Se trata
de nuestra casa frente a la iglesia del Salvador de Ejea, en cuyas torres
veíamos cada febrero llegar los chicos desde la explanada de la “grabera”, a las
cigüeñas. Entonces creo que no quedaba ninguna en invierno, como ahora.
Posiblemente esté influído por la lectura de algún libro de entonces.
Nueve
“ Tenía entonces un tío que era aviador, que
una sucia tarde desapareció entre el agua y el aire. Cuando llegó a mí la
noticia, sentí perder algo muy querido, algo así como un liderato. Acostumbraba
a pasar con su avioneta por encima de los tejados y su sombra se estremecía al
chocar con las casas. Los chicos gritaban ¡Ripollés! con entusiasmo y yo me
hinchaba de gozo como a quien alaban algo propio. Cuando se estrelló, yo no
pude reprimir un sentimiento de fracaso, al cual mato yo ahora con mi oscuro
cuchillo. Bien es verdad que me aproveché del dolor para alzarme con un nuevo
liderato. Pero el tiempo pasó y nadie volvió a acordarse de la avioneta.
¿Lo
han encontrado?, me preguntaban los chicos y yo contestaba con una tristeza
estudiadamente senil. Los chicos comprendían mi dolor y no me molestaban
demasiado, seguían con sus juegos mientas yo permanecía melancólico en un
rincón. Luego me acompañaban a casa unos pocos respetando mi desgracia y me
animaban con esperanzas graciosamente sentidas. Velaban todos sus diarias
conversaciones y discutían entre ellos acerca de las posibilidades de salvación
y rescate.
Volvieron
a aparecer nuevos aviones, y todos guardaban un respetuoso silencio al tiempo
que me miraban con compasión. Los
aviones eran más pequeños porque volaban más altos, así se les dije yo y ellos
se callaron con cierto desengaño. Yo no podía soportar tantas consideraciones
porque quizás presentía mi egoísmo y quisiera ahogarlo en la nube de la
desesperación. Recuerdo el aniversario de la tragedia. No lloré yo. Me sentí
atrapado y huí por detrás de mi espalda. Los chicos lo entendieron mal y nunca
más volvieron a rememorarlo. Una vez que hube llorado por mí mismo, volví con
ellos y yo mencionaba a mi tío como si tal cosa. Los demás no comprendieron
bien el cambio y ya entonces le quitaron importancia y hasta me empezaban a
tratar con menos consideración.”
Amarga reflexión moral sobre
una tragedia familiar tan sentida, en donde analizo sin piedad hacia mí mismo,
los sentimientos infantiles más profundos del doloroso recuerdo.
Diez
Antes
de llegar a una edad florida me atacaron con una operación de hernia. A mi vuelta los colores eran más
puros y gozaba de una límpida libertad. El corral de mi casa, verde en sus
árboles y plantas y blanco amarillo en sus fachadas, me recogía en soleada
hospitalidad. Pasaba mis ocios rayando con un palo en la blanca tierra y
dibujaba con anticipación a mi imaginación figuras que por sí mismas se
desvanecían en aras de un proyecto sin medida. Antes de que los colores se
nublaran y que las tapias se coronaran de voces y los árboles del corral se
estremecieran en risotadas de vuelos, y las chimeneas despertaran, y que yo
mismo me apercibiera, me introducía en la cúbica casa por entre la fresca
sombra de las parras para respirar un oscuro marrón de muebles y laberinto de
sombras arrastradas por el suelo hasta ir escalonando las escaleras del segundo
piso, el de los cuartos de dormir y arremolinarse en el rellano frío. Después,
los visillos de las alucinadas ventanas me iluminaban un poco y yo temía
descorrerlos. Tenía un rojizo sarmiento en el húmedo vientre que al paso de los
días se iba entibiando con gran pesar mío. El cristal del lavabo también se iba
apagando hasta darme miedo. Luego volvía a las tibias faldas de una mesa
encendida y recogía atónito las últimas luces de los colores hasta que los
véstigos de las ventanas eran echados sobre los entonces vivos cristales. Oía
pasar gritos al exterior mientras se iluminaban las luces de la casa.
Al
día siguiente volvía con mis amigos y uno sólo fue quien se me acercó y se
interesó oscuramente por mi estado. Yo los veía corretear tras la dialéctica
pelota y pienso que entonces fue cuando declinó mi carrera de futbolista,
oscuro sueño que aún me atormenta en las
vigilias de mi sueño, porque me arrastra a esa idiosincrasia pugilística en
pugna coloreada con la justicia social. Y yo los veía correr como un sueño y
alzarse con la pelota hasta las nubes de los recuerdos. Porque no quería jugar
-y no porque no podía- para volver al corral de los colores puros. Allí me
encuentro. (11-10-71)”
Vemos esta apoteosis
descontrolada del adjetivo ya comentada, intentando romper las formas, esperando
vanamente encontrar un estilo quizás próximo a un expresionismo abstracto.
Once
“Eran
las cuatro de la tarde, hora de estudio, y la clase salpicada en pegajosas
motas de polvo, flotando en la espesa tarde caliente, primaveral, de colores
encendidos en las caras de los chicos y aún más en las chicas. Así lo recuerdo
y aún me ocurre que después de comer siento una pesadez de estómago como
entonces y un abandono solitario en mis ideas. Este era el marco del día,
parecido a otros. Por las tapaderas de las mesas siguen evolucionando las
amigas moscas, también en el aire, entre las encendidas motas de polvo,
hinchadas de gozo casi insultante y yo sin poder hacer nada, sujeto, ellas allá
libres. El movimiento continuo de las cosas y los chicos pasaban lacerantes por
mi lado pero yo estaba bien protegido en mi asiento. Los veía a todos, los
observaba y ellos ni se apercibían, a veces uno me gritaba, ¿qué miras?, y yo: nada. Y se contentaba y seguía
moviéndose. Mi compañero de espacio me lo dijo, pero yo ya lo sabía. Era así de
estúpido. Me lo guardé, no le conté el jardín encontrado, no faltaría más.
Ahora estaría rabiando todavía más. Hasta me dijo que ella le había dicho que
yo le gustaba. Entonces yo pasaba por alto estas cosas, sólo veía el influjo
ciego en mí mismo, el cual bastaba para elaborar las fantasías, eso me
sustentaba, aunque también los sueños me atormentaban y no sucedían como yo
quería.
Y
ella seguía revoloteando con sus dos claros ojos ante mí y yo la miraba y me
desvanecía hasta que los sueños me levantaban. La clase se iba haciendo más
limpia hasta oscurecerse cuando nosotros nos íbamos a la calle. Ella subía las
escaleras corriendo como una loca e intercambiaba frases con todos. Así la veía
entonces, ajena, mientras que yo seguía aferrado al jardín encontrado y sin
poder perdonar ni comprender esa vida auténtica que subía corriendo las
escaleras. Por más que lo intentaba no podía hermanar sus dos imágenes, la una
de comunión a solas y la otra de la mayor indiferencia. Tuve que olvidarla por
imposible. Cuando yo ví a mi compañero de sitio paseando con ella y otras más,
él me abrió el camino floreado con toda solicitud, no podré olvidar ese gesto
generoso, ella sonrió contagiada por mi vergüenza, comprensiva, también ví que
lo había olvidado, por imposible. Pasaron y yo me sentí más aliviado. El camino
de mi casa, negro, anochecido, se abría en luces de bombillas eléctricas, mi
casa se distinguía entre todas, era amarilla y tenía una luz justo enfrente.”
Tampoco puedo decir nada
respecto a la exactitud de los hechos. Ahora mismo no sitúo la acción, puede
que sean sucesos diversos, sí que recuerdo un primer amor allá en los años
parvularios respecto a una niña llamada Ofelia que vivía en la calle mayor de
Ejea, muy cerca del Salvador, enfrente a donde tenían entonces las monjas el
colegio. De ella son esos ojos claros de la descripción. Sucesos extrapolados
de la misma magnitud, mezclados con las lecturas de entonces, se ven claramente
las moscas machadianas del aula escolar y el tono general puede estar influído
por la lectura de Marcel Proust.
Doce
“No
puedo creerlo, yo allí rezando para todos el rosario. en la clase, las nubes,
las moscas, los polvos de luz flotantes y los colores ya se habían ido.
Quedábamos, como cada día de este mes de flores y luz, al final de las clases,
a última hora todos bajaban a la clase más amplia, a rezar por las flores, a
pillar atropelladamente los espacios de los bancos. Pero siempre cabíamos
todos. Y yo tuve que, a una voz segura de mando y astucia, ponerme en medio de
la tarde, ya sin luz, de todos los ojos avispados. Pero había un murmullo de
sonidos que me acogía y al cual el profesor apaciguaba con pasos precipitados y
anotaciones en su libreta. Y yo sin enterarme de nada. Tuvo que pasar el tiempo
para que yo comprendiese. Allí quieto rezando con devoción y todos mirándome
con envidia pícara.
De
pronto sonaba un golpe. Yo veía al fondo un remolino de cuerpos del cual
emergía acalorado el profesor y una cara roja y aturdida, a su alrededor las
miradas eran más puras y acompasadas, incomprensiblemente acordadas. Venía el
profesor hacia mí seriamente disgustado, y aún hacía con sus gestos señales de
que todavía estaba seriamente enfadado y se volvía hacia ellos y con mudas
mímicas les reprochaba y se justificaba.
Luego
salíamos todos corriendo y el grupo se escindía en otros más pequeños y más
amigos.”
Recuerdo verídico del rosario
que se rezaba en el colegio, entonces detrás del actual Ayuntamiento de Ejea,
en el mes de Mayo. Aquí se acusa la vaguedad expresiva de algunos conceptos.
El número trece aparece unas
páginas más adelante :
Trece
“Hemos
llegado al trece. Te tenía que tocar a ti, ya lo ves . . . Tú que un día
moriste embestido por un tren y no supimos nunca si fue razón del destino o
porque de verdad lo quisiste. Llevas la fatalidad colgada hasta después de
muerto.
Fatalismo
digo, ¿y no será que o lo quisiste porque te vino o que te vino porque quisiste
¿ De todas maneras tu recuerdo me dice que no hubo nada del destino, sino tu
mismo; hasta en la misma muerte fuiste auténtico.
Antonio
Chaure se llamaba el profesor de ciencias naturales. Chaure o algo parecido,
que da igual porque el sonido es lo que importa, el sonido y la luz reflejada.
Venía de su pueblo en moto a dar las clases
semanales. Tenía una nariz larga y huesuda, deforme. Tenía problemas con ella
porque a menudo se la limpiaba o se daba unos líquidos con ademanes muy
aparatosos, levantando y echando la cabeza para atrás, sorbiendo fuerte.
Largo,
delgado. En las clases le teníamos simpatía todos los chicos. Simpatía mezclada
con respeto y cierto temor. No sabíamos a dónde podía ir a parar ese sereno
espíritu. Llamaba a las cosas por su nombre. Soltero empedernido. Estabas hecho
para ser mitificado por este bolígrafo. Todos los mitos fueran como el tuyo.
Le
doy vueltas a la cabeza buscando la buena posición para lanzar el tiro a esa
imagen de tu persona. Porque sólo es una imagen, pero tan verdadera como la de
aquel vagabundo que apedreamos una vez. Es un punto de referencia vital. Eres
ese punto. Te quede al menos la dicha de tu memoria. Muchos como tú veo a
menudo pero de los de entonces eres el único. (este escrito será para destruir
seguramente )
Catorce
En
casa estaba yo enfermo. Mi madre, siempre solícita, me daba un vaso con leche
caliente y las medicinas. Luego se apagaba la luz de mi cuarto y al taparme con
las sábanas sentía la alegre calentura de la leche caliente inundando todas las
vísceras de mi ser. Al principio la luz era sorda, oscura, negra, pero la veía.
Veía su obstinada negrura cómo se destacaba poco a poco en las eclosiones
lumínicas. La oscuridad entonces adquiría significado. Mi cabeza avizoraba las
formas y colores, rojos y negros, que se destacaban y no se dejaban aprehender
sin trabajo.
Además
sentía cansancio. La cabeza penosa de sí misma puesto que había sido soportada
todo el día por sí misma en una a manera de auto duelo. Recordaba los hechos
pasados durante todo el día. Y para ello ascendía desde la temprana mañana en
que me despertara hasta los últimos acontecimientos; éstos por lo general eran
los más pesarosos. Porque se había limitado a recibir obediente las señales del
mundo exterior, estando ella encerrada en sí misma, en esa confortable posición
de ver que el mundo no puede ni quiere hacerte daño alguno. Mi madre me atendía
en todo, los tebeos que siempre había soñado los tenía por cantidades, así como
los soldaditos de plomo que no se me permitían en situación normal. El médico
al cual yo me confiaba en el fondo aunque por fuera se me resistiesen las
fuerzas de la valentía y no supiese contener mis impulsos a causa de sus
inevitables procedimientos de atenderme, como son el pincharme en el trasero
con esa pavorosa aguja y el meterme la horripilante cucharilla por la boca
haciéndome casi vomitar, y si esto no ocurría, menos mal, al menos me hacía
padecer el hecho de experimentar cómo mis entrañas se conmovían de manera
extraña, como si quisiesen salir todas en tropel por la boca, en donde tenía
puesto el mango de la cucharilla. Todos estos recuerdos y otros más, pasaban
por mi imaginación contenidos en esa masa conjuntiva que constituye la desazón
extraña del no sé qué. Sentía mi corazón compadecerse por mi madre por aquello
que ahora solo sé explicarme, por el médico incluso, envuelto en esa aureola
romántica y novelesca de estar esperándolo todo el día y al final aparecer con
una disculpa, en principio válida. Sus palabras dándonos a conocer la situación
de su casa tan diferente a aquellos en que se dedicaba a beber ciegamente, y
para expresarnos esto último lo hizo señalando una botella colocada al lado de una imagen religiosa cosa
que, por la proximidad de un objeto y otro, daba pié al equívoco y sumiera a mi
madre en un repentino temor. También lo envolvía a esas personas que
ocasionalmente habían pasado por mi cuarto en solícita muestra de atención a mi
dolencia y que, aunque intuyese que se debía a una inevitable muestra de
cortesía, no podía impedir sentir que lo hacían por algo de humanidad y por
ello a ellos también los recordaba con agrado. Veía los objetos donde todos
habían estado sentados o habían utilizado por afinidad de caracteres, así esa
ahora negra caja que extrañó tanto a mi tía, porque debía estar en su casa y
luego le dijeran que había servido para traer los mantecados a mi otra tía que
vive con ella en el chalet. Las manchas de color negro que se disputaban el
espacio de la pared con las tonalidades blancas de la luna reflejada en los
tejados, ascender hasta el techo y allí en alocada carrera que yo, a pesar de
mis esfuerzos no podía detener, ni mucho menos moderar su loca pasión de
atormentarme y penetrar en torbellinos por mi mente hasta hacerme sentir
nuevamente el sabor amargo de vómito y el mareo. Sentir ganas de gritar hasta
el límite de mis fuerzas y no poder ni siquiera mover un solo miembro, asustado
como estaba todo mi ser de la horripilante lucha misteriosa que se desataba en
el techo. Sentía también alivio en esforzarme en creer que aquellas manchas que
se movían para asustarme sin ningún motivo me eran ya conocidas y trataba de
relacionarlas con las pasadas vivencias, pero porfiaban tanto en sus
movimientos triunfales de verse dueñas de mi mismo que acababan por sumirme de
nuevo en el terror de su incomprensible actitud. Yo no quería que se acercaran
y bastaba el sólo hecho de pensarlo para que, no ellas, sino yo mismo me
introdujera en sus diabólicos movimientos y si por una casualidad o por un
desacostumbrado esfuerzo de mi voluntad dejaba de pensar en ellas desaparecían,
o mejor, cesaban en su actitud, pero era inútil esta resistencia y la mente
volvía, a pesar de sus esfuerzos, a pensar en ellas y hasta los ojos se abrían
más para contemplarlas mejor y hallar alucinados una explicación. Las manchas
se movían más y aunque no tuvieran una forma figurativa su misma forma era tan
perversa que parecía como si me mostrase un supuesto rostro riendo de mi
desesperación.
Yo era consciente del dualismo de esta
vivencia, de la horrible pesadilla y de que yo era ajeno a tal alucinada
visión. Pero eso no suponía nada a mi alivio porque era tal su espantosa visión
que aunque me certificasen personas
cerca de mí en ese instante, como mi madre que había acudido a mis gritos, de
que era una visión no por eso mermaba su repugnancia, sino que persistía más
viva y tenaz y porfiaba en su actitud al
saberse vencedora. Todavía duraba su poder cuando sentía el calor humano de mi
madre moviéndome hacia la vigilia y moderación, pero yo no podía volver porque
todavía persistían en mí su extraño poder o porque tal vez quisiese desentrañar
de una vez su insólito misterio. Pero al final volvía en mí y contemplaba, como
un paseante el tren alejarse en la llanura, al sueño tenebroso del cual aun
podía saborear el amargo recuerdo de su aún viva imagen aunque muerta. (Homenaje a Marcel Proust, 2-05-72)
Viene hasta enseñorarse
la flecha roja, certera y segura,
oleadas de nubes disipándose
recortes de ilusión que se escapan
hechos pedazos
Un abismo nuevo se
me abría
lleno de aire frío y limpio,
máscaras de seriedad
contemplándome.
|
Yo atónito los miraba
con mirada dulce.
Una vida se acerca a un final
certero
solo
Las ideas que te enamoran
y te transforman, transformándote,
¡y dicen que la independencia es buena,¡
y sólo tienes ganas de llorar
mientras otros viven
Hoy he comprendido por qué
la gente se suicida.
|
Dos, cuatro
tres,
seis
dos,
seis
cuatro,
tres.
La
lógica tiene
su
camino marcado
por
un afán renovado
del
que va y viene.
|
Pero podemos poner
un poco de imaginación
a este mundo de la televisión
del comer y del beber.
Dos, cuatro
tres, seis
dos, seis
cuatro, tres.
(1971)
imaginación, razón
¿quién es quién?
(1972)
|
A la clara luz conducido
por
el fuerte torrente de miradas,
atrás
quedaba el espejo
del
remanso donde yo me miraba
en
las horas tranquilas;
y
el remanso se hizo río
y
el río sangre
de
horas pisoteadas.
Ya
no pude verme
los
ojos se me escapaban
o
se escondían por una leve
añoranza
de
felicidad perdida.
|
Y así conducido entre las olas
yo intentaba avivar la corriente
por entre todos montada.
Entonces yo me ví en ellos,
en los otros ojos,
lleno de sangre,
de sangre sucia, que no roja,
pedir auxilio
con escondida mirada
auxilio de no poder
dar nada.
|
Poemas del conflicto del yo
mismo, podíamos decir, y el yo social, en sucesos que no se guarda referencia
alguna y que hoy no puedo recordar.
Sigue un largo relato
sin título, ni numeración:
“Las
hojas se resisten a caer, porque tienen entre sus labios una cuenta pendiente y
no olvidada. Muchos días han pasado desde esa hora de luz en que yo te ví
sentada en la fresca hierba de esos atardeceres, lánguidos, poéticos y fríos.
Pero esa hora pasó y otras le han sucedido con el mismo fruto, ya casi marchito entre mis labios.
Llegaron
otros tiempos de luces nuevas y la canción fue olvidada un atardecer por una
desconocida pareja. Y en estos atardeceres de ahora, la gente se mira a los
ojos con mirada recta y sincera, mientras estrujan entre sus manos, ese ramo de
violetas. Y yo los acompaño con paso inseguro y lejano, pero no me acerco a
ellos, los veo tanto a unos como a otros.
Anteayer
la Sra. Gómez, la portera, discutía con una vecina y le comunicaba que las
maneras de ahora, las maneras de los novios, no son nada decentes, muy al
contrario, indecorosas. Lo decía apoyando sus palabras en expresivos gestos de
movimientos de cabeza y de alternados retrocesos hacia atrás de sus pasos, como
si sus palabras le asustasen, o también
como una disculpa de que lo que decía no sabía decirlo con otras palabras más
suaves. Su hija trabajaba todo el día en una planchadora y cuando llega el
atardecer florido, se junta con un joven mecánico que la lleva como una
exhalación por las calles de la ciudad en su motocicleta, mientras ella se
adormece en esta nueva manera de galantería. Esta chica, cuando me cruzo con
ella, me mira de lejos hasta que paso por su lado. Yo no quiero mirarla todo el
rato, como ella hace, entre otras cosas porque me parece una estupidez ese tipo
de pugna visual. Pero ella me mira de manera que no acierto a precisar. Es la
mirada de la nueva moda. Es la mirada que no admite tonos, del ser o no ser, de
la pregunta que sólo admite una respuesta. Después, ella pasa por mi lado, y su
mirada es fría y de reproche, las dos cosas juntas. Pienso que si cogiese una
moto y corriese desmelenado, tomase un vino descarado y la cogiese del brazo al
pasar, de manera violenta, se sentiría complacida. Qué le vamos a hacer.
Pero
las hojas van cayendo como cada otoño y eso es un aviso que no miente.
En
otro lugar, había unas sillas en donde las chicas y otros pocos chicos, nos
sentábamos a que nos enseñasen la manera de entender a otras personas que no
son de España precisamente; y allí ví otros ojos que me reclamaban y yo
sencillamente daba la espalda. Ahora la veo como debe de ser, en unos brazos
conducida. La veo también así como estoy yo, pero muy pocas veces. Ella era muy
bonita y tenía unas piernas tan delgadas que cuando andaba, se le subían sin
gran esfuerzo imaginativo hasta las caderas. Pero también la veo en un EMG con
un chico muy arreglado, tomar un wisky y fumar un rubio con una sonrisa
dichosa. Pienso lo que pude hacer y no lo hice, quizás no debía hacerlo, quien
sabe. Pero lo cierto, y esto es el único trofeo que he ganado en estas lides,
es que guardo su mirada aturdida.
O
aquella otra a la que todavía aguardo que baje del cielo por una escala de luz
blanca, perdida en recuerdos de horas de clase y salidas en grupos reducidos.
Tenía unos ojos limpios, simples, su mirada era así, simple. Al final cayó en
manos de un desaprensivo que se la llevó, marcada en sus palabras, a donde él
quiso. Volvió un poco escarmentada, pero siguió siendo como antes. Esto no
sucedió así, pero de seguro que ha tenido que ser de tal modo.
Mi
imaginación avanza entre los lejanos recuerdos, los primeros, y ve unas fiestas
de un pueblo y lo de siempre. La imaginación no quiere seguir más porque le
molesta. Se mete por entre cauces y vuelve continuamente la mirada al mismo
tema, sin saber qué opinar. La vida es así de complicada, hay quien dice que
no. Son los que actúan por que sí. Sin trascendentalismos, lo que hacen lo
hacen sin más. Los que piensan muchos y los que estamos aquí, en este húmedo
rincón del miedo, nos quedamos sin nada para nosotros, ni para los demás. Con
veinticinco años a cuestas, tengo muchas cuentas pendientes, es hora de que las
vaya saldando. Si así lo hago, quizás vayan surgiendo nuevos caminos. Pienso
que estos recuerdos y tanto romanticismo no sirve sino para velar la vida que
corre y pasa. Me he propuesto acabar esta hoja y lo haré, sea como sea,
escribiendo sin parar. Un relato que quería ser un ejercicio estético al modo
de Carpentier, Neruda y demás floritistas, se queda como mi alma, al
descubierto tal como es. Las ideas se arremolinan y pugnan por salir. Pienso
también, con las ideas a un lado, estar
en un trozo de vida auténtica. La comunión de dos personas, mujer y hombre, por
supuesto, es un principio de vida y acción. Pero eso necesita un previo abonado
de las dos vidas y uno no está preparado, no cuenta con los ingredientes
necesarios para ello. Te paras de escribir y no tienes nada en la mente. Todo,
al menos eso crees, lo has pensado ya o lo has escrito. Las ideas han llegado a
un punto que sin querer ser pretencioso, o vanidoso, u orgulloso, son ya
acabadas y reclaman un contraste de pareceres con la realidad, esa de la calle,
llena de gente extraña, los tranvías que van gritando, los vendedores de
iguales que te miran, los que van, al pasar y sientes en torno a ellos, la
verdad que me estoy refiriendo a una muy concretamente, su calor ambiental o su
resignación vivencial. Que triste es quererlo todo pero no tener nada, no así
no es: qué triste es amarlo todo sin saber lo que se ama, así decía Juan Ramón
Jimenez, y veo que tiene su gran parte de razón. Ha llegado la hora de poner un
garabato... (garabato)”
En este desolado relato veo
por un lado, sobre las dudas de los primeros amores, una reflexión sobre la
vida y la manera de enfocarla, así cómo la angustia de tener que actuar del
modo que sea, pues así lo exige la vida, muy en contra de mis actitudes más
personales. Seguro que está escrito en una de esas tardes depresivas, agobiado
por la realidad vital y la incapacidad de hallar un estilo literario propio.
Hay un dato concreto que aparece en el relato como es que tengo veinticinco
años, por lo tanto escrito en Zaragoza, durante mis estudios universitarios en
la facultad de Filosofía y Letras.
En las horas de los días que transcurren
en
todos los tonos
hay
unas que invitan
al
lirismo
la
melancolía
y
la poesía.
Qué asombro aguarda al corazón
cuando
estas flores florecen
precisamente
en esas horas tristes
mientras
el corazón se entretiene
en
las otras cosas que uno hace
durante
las horas felices.
|
Quisiera que la
poesía
fuera
de todas las horas,
mejor de las felices que de las tristes.
Que no fuera un recurso
de intelectualidad decadente.
Una poesía de pan y vino
del andar por la calle.
Que el lirismo saliera
de las penumbras grises,
pero parece que no puede ser así...
|
Esta poesía la veo enfocada a resolver el
conflicto de lírica para los momentos de melancolía y para los momentos
felices. ¿Es posible una lírica feliz, de plena satisfacción vital y
existencial ¿ Seguramente que sí, pero
no para el momento vital en que estaba. Este planteamiento de lírica para la
felicidad y para la melancolía, la veremos tratada de manera semejante en el
soneto titulado Soneto Antiguo.
“Eran
las tres, después de comer. En casa el suelo se tornaba brillante y azul, por
obra de las manos rojas de frío de mi hermana. Mi madre fregaba los platos de
la cocina con lenta parsimonia. Entonces yo encendía mi cigarrillo, cuando ya
estaba lejos de casa y me dirigía al fútbol. Los hombres llegaban en grupos fumando
puros y hablando una conversación muy interesante. El sol resplandecía en lo
alto, yendo a morir en el fondo de los charcos.
En
la entrada del campo había un autobús con una tela en la cristalera de atrás,
conteniendo los colores de un equipo. Yo sacaba mi entrada y penetraba en el
campo. Si no había mucha gente me subía a la tribuna, que aunque no diera el
sol de frente, tenía unos bancos de cemento muy cómodos y limpios.
El
partido comenzaba a las cuatro y media. Los equipos tenían puestas unas camisetas
muy limpias y los jugadores se mostraban muy nerviosos. El balón se ponía en
juego y el gentío parecía despertar animando a su equipo. Enseguida la gente
chillaba, sintiéndose ofendida o defraudada. El primer tiempo terminaba. Yo,
inquieto pues el equipo del pueblo no conseguía meter un gol, bajaba al campo y
me colocaba detrás de la portería contraria. Allí venían, comenzada la segunda
parte, los delanteros del equipo del pueblo corriendo con la pelota sin
conseguir pasar la defensa contraria. La gente de alrededor chillaba de continuo.
El partido acabó con empate a cero. La gente salió del campo y se distribuyó en
las calles adyacentes.
Yo
me fuí a casa con el amargo sabor de la derrota.”
Este corto relato espero se
ajuste a unos recuerdos de la memoria, cuando habían pasado poco más de diez
años. Puede que esté presidido por la intención literaria de hacer un relato
plano, ajustado a los hechos, como una visión fotográfica, pero de una
situación repetida, sin detalles concretos. Se trata del campo de fútbol de
Ejea, el que se halla situado al lado de la plaza de toros. Nosotros vivíamos
cerca.
Mi corazón vuelve a
estar solo
miedo de la vida
y de la idea,
mi corazón solitario.
Enfrente unos vecinos cosen
despreocupados,
solitarios,
con la aguja entre las manos.
|
Esas manos animosas
mi miran de soslayo,
con mil amores
me aguardan dulcemente
esperando.
|
A unos ojos que me
miraron
con amor, los conduzco
por los caminos de mi razón
a otras direcciones y les
pongo amando a los que
lo necesitan de vida y muerte.
En la penumbra me
avistaron
y en mí creció aún más el temor
y la angustia incontrolada.
Y yo me alegré al ver cómo
nacía en mí un sentimiento
bueno
deseé que amase al otro
que más lo merecía.
|
No, no quiero
amor sentimental,
quiero amor de
pan y vino.
Amor de día y noche.
Amor de manos
y de obras.
Amor de hermano,
compréndelo,
compréndelo.
|
Probablemente vemos aparecer en la última
poesía un amor inconfeso de la Universidad de Zaragoza, que al no tener claro el
amor como compromiso social, es rechazado por no haber quizás una hermanación
de sentimiento y razón. Hay un rechazo, entre otras razones, del amor o
atracción amorosa por la falta de esa segunda condición que da la razón.
La misma idea late en la primera poesía.
Lucha de razón y sentimiento, o por mejor decir, instinto y amor humano. Este
conflicto me aturdía en mi juventud. Presenciamos un fuerte análisis, casi
despiadado del fenómeno amoroso, con unas claras intenciones de asimilarlo a lo
social.
Sigue después esta obra
teatral inacabada.
Acto 1º
“En
un escenario irreconocible, forma de desván, aparece un grupo de jóvenes,
chicos y chicas, de 18, 20, 25 y hasta de 30 años. Amadeo está sentado en una
silla con aspecto alegre. Va vestido de sport, limpio, peinado. La silla debe
ser rica, grande, con aires clásicos, casi un trono. El fondo del escenario
negro, con objetos que se adivinan nada más. Los demás le rodean.
Amadeo:
(sonriente) Llegó la hora muchachos
Una
chica: Todos esperábamos este momento
Amado:
Si. Unos más que otros... (se solaza en lo que dice)
Un
intelectual: todos tenemos un breve paréntesis en nuestras vidas para
comunicarnos, es...esta hora. Quien sabe aprovecharla se salva, quien no,
permanece en un rincón, lujoso o pobre.
(Entretanto
los actores de segunda fila, entran y salen recibiendo a los que llegan, éstos
se van sentando por el suelo y por el armazón del escenario, alguno debe de
subir a una posición muy alta de esa estructura escénica)
Un
chico: Bien... más o menos todos estamos. Vamos a ver que sorpresa nos tiene guardada nuestro querido
amigo Amadeo...el Don Juan Invulnerable (todos ríen) (Amadeo sonríe también,
debe aparecer seguro de sí mismo, fumando un cigarrillo)
Otro
(dirigiéndose al público) D. Juan Invulnerable, digo... Amadeo, nuestro querido
amigo, les tiene guardada también a Vds. esa sorpresa, si alguno de Vds. quiere
acompañarnos (aparte y como en voz baja) Les aseguro que tiene muy buen gusto,
pueden subir a este escenario (si alguien sube, se le debe dejar actuar
libremente. Mientras los demás deben hablar animadamente hasta ir subiendo las
voces a medida que se va retirando el actor que habla al público)
Amadeo:
Pues bien...se me ha ocurrido que podíamos reunirnos aquí en mi casa para...
nada, eso es, para nada, simplemente para hablar, oir música y lo que se le
ocurra a cada cual. Con una particularidad muy importante, que todos debemos
quitarnos ahora mismo de la cabeza el prejuicio o prurito de tener que
abandonar esta reunión a una hora convencional. Se trata de que pongamos todo
nuestro empeño en permanecer aquí como si fuera para siempre. Eso es todo. ¿Qué
os parece?
Una
chica: es estupendo ¿verdad?
Uno:
bueno... yo no sé si aguantaré. Me molestan estas... estos snobismos (con
énfasis)
Otro
(al que ha hablado): Oye, Paco, no te nos hagas el snob (todos ríen)
Una
chica (que estaba en un grupo retirado hablando) Eres genial. ¿Es verdad lo que
me dicen? (se arrodilla a los pies de Amadeo) ¡Salve, a nuestro dios! (todos ríen
a carcajadas, ella se retira avengonzada como temiendo haberse propasado o
haber cometido una equivocación)
(El
escenario, ahora, dividido, en dos sectores principales. Otros grupos pueden
estar al fondo hablando, moviéndose, etc.)
(En
uno de estos grupos) Una chica: ¿Pronto te irás no? Alfredo...
Alfredo:
Bueno, me quedan aun unos meses ¡qué mala eres!
Otra
chica: ¡Qué va! si lo dice porque
te... estima, que dicen los catalanes.
Otro
chico: ¿Has pasado ya a recoger el papel?
Alfredo:
¿qué papel?
El
otro: ¡Toma! El comunicado de... de tu número, tu batallón, tu... tu...fecha de
ingreso.
Alfredo:
Ah, bueno, hay tiempo todavía.
El
otro: Estarás contento ¿no?
Alfredo:
¡Toma! Es una suerte que tu padre sea general o ¿comandante?... ¿qué es?
El
otro: General. Si fuera comandante teníamos los dos unas prespectivas de mili
de mosquetón y chuscos como todo desgraciado (deben de reir mucho)
Otro
chico que se acerca: Le diste el disco a Jordá?
El
otro: ¡ mecachis ¡ de verdad se me olvidó, que pase por mi casa si le viene
bien o ya se lo daré yo enseguida.
El
chico: bueno, ya se lo diré. Te gustó, ¿no?
El
otro: Sí, aunque esperaba otra cosa
El
chico: Ten en cuenta que este grupo ha cambiado de estilo. Ahora, ya lo has
visto, se acercan al jazz.
(Los
otros del grupo, 5 o 6, deben hablar otras cosas siempre que no se entienda en
el público. El segundo grupo, el de Amadeo, habla al mismo tiempo que el otro)
Un
chico de unos 27 años: ¡la tienes encandilada, eh pillín¡
Amadeo:
Es una niña que se lo merece todo por tonta, créeme. Oye... ¿a que no sabes
cómo se me ha ocurrido todo esto...
Mira, después de ver esa película de Buñuel, El Angel Exterminador. Me parece
una situación muy provechosa que puede reportar ventajas para todos. Ya sabes
de mi interés por la psicología en las personas. Le voy dando vueltas a la
cabeza y no hallo solución alguna. Te dije el otro día que confiaba en la
influencia provechosa de las ideas en las personas. Sin embargo, ahora veo que
todos en definitiva nos movemos por influencias de ese oscuro subconsciente.
Cuanto más lo saquemos a la luz mejor. La mejor manera de hacerlo, crear una
situación conflictiva en la que las defensas psicológicas se vayan abajo. ¿qué
te parece?
El
otro: Hombre, me parece bien, pero... no vayas a derribar esas defensas por la
fuerza. Ten calma y que esto no acabe en un desastre. Oye ¿cómo has podido invitar
a todos estos?. aquí hay críos que no deberían estar. Me sabe malo por ellos.
Sé que esto va a ser algo... desagradable, si se lleva hasta el final.
Amadeo:
Mira... yo he dicho por ahí que traigan a quien sea. A muchos no los conozco de
nada. Mejor.
(Un
poco apartados están los del mismo grupo hablando entre sí)
Uno
de ellos, interrumpiendo: Amadeo, que traen el vino.
Amadeo:
¡Atención!... Ha llegado el néctar de los dioses. Que todo el mundo beba con
moderación. Ya sabeis que se trata de una reunión ideológica, no de una orgía.
Uno
del fondo comienza y le siguen todos:
Que le quiten el tapón
que le quiten el tapón
que le quiten el tapón
al botellón, al botellón (bis)
Se
apagan las luces y se encienden unos focos que iluminan al que está subido en
lo alto y a otros que aparecen dispersos por lugares elevados.
El
más alto: Ha llegado la hora del calor en las venas
Otro:
Y en la cabeza (con énfasis)
Una:
en que una alegría ajena mudará los sentimientos
Otro:
Se despertarán las pasiones
Otro:
Las pasiones extrañas
(Se
apagan esos focos y se encienden las luces generales. Aparecen todos en su
situación anterior. Sólo uno estará mirando para lo alto, buscando con la
mirada algo.)
Este:
esto me recuerda las comedias griegas
(Nadie
le mirará, ni le hará caso. Una música que estaba atenuada, subirá de tono.
Será música moderna, de un grupo, que sea buena. Los grupos se irán sentando
por el suelo, sillas, taburetes, algún sillón cómodo. Se fumará mucho. Las botellas
de vino que se han traído, se irán repartiendo entre todos. Murmullos elevados.
Pausa.
Los murmullos se hacen débiles, la música continuará. Unos se echarán por el
suelo. Los que quedan por los altos, pueden reunirse con los demás, salvo el
más alto. Amadeo sale, vuelve con una guitarra. Apaga el tocadiscos.)
Amadeo:
Bueno. No os creáis que esto van a ser unos ejercicios espirituales. El que sepa cantar, que nos
cante alguna canción.
Una
chica: Eso es (aplaude) Oye... comienza tú.
(Amadeo
se sienta en una silla, canta una canción sudamericana, de amores, triste sobre
todo) :
Como el agua pura,
saciaste mi sed
como el agua pura, limpiaste mi herida
de amores pasados de aquellos que fue
como todo río se cobra una vida
etc.
(La ha
cantado dirigiéndose a esa chica. Luego se reúne con ella. Otro, decidido, coge
la
guitarra y canta
una jota ) :
Y yo he de vivir
sintí
y si no hay otro mundo que este
y yo he de vivir sin ti
etc.
(Otros cuando se ha apagado el tocadiscos, han abandonado el
escenario, se pueden ir por el patio de butacas si quieren)
( Se levanta uno con gafas, barba y melenas)
Melenas: Señores. Dos puntos. Sintiéndolo mucho me largo.
Tengo cosas más importantes que hacer antes que asistir a una reunión
pequeño-burguesa de clara exaltación de los valores tradicionales y de las
canciones alusivas a las pasiones evidentes.
Amadeo: Te parece (no le conoce) esta una reunión burguesa y no
hacemos nada más que empezar...? Por favor, quédate. Deja a Trosky por un
momento y sumérgete en la vida llana y liberal, con todas sus contradicciones.
Te lo pido por favor, nada vas a perder y además en esta casa no están excluidos las ideologías de...tu
predilección. A lo mejor hay tiempo para que las comentemos.
El melenas se sienta violéntamente.
Se apagan las luces. Vuelven los focos
El más alto: la eterna canción
Una: la vida y la idea
Otro: La amapola y la rosa
Otro: Qué tragedia
(Se encienden las generales. El mismo de antes mira para
arriba, pero no dice nada.
Se levanta una chica, con aspecto de estar bebida: por qué no
jugamos a la gallina ciega?
Uno: A cual?... a la de los huevos de oro?
Ella (azorada) : A esa o a otra, los huevos no importan
Uno, escondido: tóma no
Risas generales
El Uno: Lo decía porque se necesita estar ciega para no ver
que son de oro.
Otro: me parece todo una estupidez. Jugamos o no a la gallina
ciega?
Todos: Siiii...
(Uno se pone la venda en los ojos, todos le rodean, van
jugando durante unos cinco minutos, algunos se cansan y se sientan en grupos.
Suena un timbre. Aparecen los padres de Amadeo.
Padre: ¿qué es esto?
Amadeo: (Yendo hacia él y apartándolo) No te preocupes. Es
una fiesta. No os esperaba (les besa) ¿qué tal los tios? (salen fuera)
(Los demás siguen en sus cosas. Uno se dirige al tocadiscos y
algunos se ponen a bailar, un baile suelto, moderno. Vuelve Amadeo...)
Amadeo: ¿Qué es esto?
(Todos se paran. Se sientan en sus lugares. Se apagan las
luces. se enciende un foco que ilumina lo siguiente.)
Amadeo: ...porque yo creo que sobran todos los idealismos,
todas las ideologías. Lo que se debiera hacer es actuar, no cruzarse de brazos.
Una chica: Sí, pero ¿tú lo haces?
Amadeo: No, pero pienso hacerlo, si las fuerzas no nos
fallan, Mari.
Mari: y qué piensas hacer?
Amadeo: la verdad es que no lo sé
Uno: Según cual sea esa nueva ideología
Amadeo: política
Uno: socialismo
Amadeo: algo parecido
Uno: caramba, caramba, ¿cómo te ves?, Amadeo...¡no me digas!
vamos hombre, no te lo crees ni borracho. No me digas que esta es tu broma de
esta noche...
Amadeo: No (airado), por favor va en serio, quiero cambiar,
ser distinto, de seguir como hasta ahora acabaría mal. Los añois pasan y la
juventud loca se va .Es preciso, pienso, tomar una decisión seria. que quieres
ser payaso, pues payaso, pero hazlo. a mí no me agrada mucho la idea de serlo
durante toda la vida.
Uno: nadie ha dicho que lo hayas sido
Amadeo: Yo creo que si
( se apaga el foco, se enciende otro que ilumina otra escena)
Una chica: qué aburrimiento
Otra: a qué jugamos
Uno: a las tabas
Ella: no tengo
Uno: os habeis fijado. Amadeo trama algo
(todos miran para allá)
Alfredo: preparaos porque viene algo gordo
Uno: ¿por qué no hacemos una especie de antítesis a la
sorpresa que nos tiene preparada? a todo que diga, a decir que no, o sea, que
no le hacemos caso.
Uno: Pero para eso tenemos que ponernos de acuerdo con los
demás
Alfredo: Vale, vamos para allá, que no se entere Amadeo sobre
todo
Uno:Oye, Pilu, ¡ qué
majas eres ¡
Todos (riendo) ¡Bien¡
Uno:
contigo yo sería el más feliz del mundo. ¿Cuándo me vas a aceptar?
Pilu:
(azorada y riendo) cuando te quites esos bigotes.”
Así termina aquí esta obra teatral
inconclusa. Posiblemente con la idea de proseguirla otro día que no llegó.
Seguimos con el mismo conflicto de los hechos y las ideas, aunque aquí no en
estado puro, sino el dilema típico de juventud de encontrar algo vocacional. La
analogía con la película de Buñuel es
tratada aquí como recurso para resolver dudas a muchachos inquietos con su
futuro.
“Quién me dijera nueva Elisa
cuando
en este negro rincón
y
entretejida entre mis sueños
habías
de aparecer más tierna aún
que
en renacimiento transformada;
sino
las ondas del sentimiento
que
impera y no claudica
ante
la nueva estética
renacer
una vez más
por
el triunfo del amor
y
de la vida. (6-3-72)
|
Golpea la sangre en
la cabeza de mis sienes
nubarrones inmensos, presagios
de tormenta.
En la puerta de mi casa hay una niña que llora
y un galopar de caballos
que no cesa.
La sangre amamanta las ideas
en torrentes por las venas.
Las sienes responden a la...
mujer que llora, ecos de dolor
las riegan.
Relámpagos y truenos
por mi cabeza.
Llorar callado y tristes
gemidos del ser; en las
acequias de los campos en tempestad
ha crecido una rosa
roja, como un desafío
a la idea.
|
Sin duda se trata de dos poemas de encuentro
amoroso nuevo.
Siguen estos dos poemas de inquietud y
desesperación juvenil por no hallar solución al conflicto interno de
materialización de la idea, lucha de la materia y espíritu podíamos decir :
Horas pasadas en el
estudio
de todos los días míos
que recogéis el espíritu vacío
temeroso y puro.
Alardes de optimismo y sentimiento,
injertos de pasión,
sentidos de mi cuerpo
que como lobos acecháis
escondidos.
Amor y odio nace de las líneas escritas,
muertas.
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Sentida rebeldía de mi cuerpo,
carne e idea,
amor y odio
a mi mismo.
Corazón que lates para las vísceras
y los huesos.
Ansias de idea de carne.
Idea transcendente,
transcendentalismo
de la idea
como torbellino inmenso,
todo,
juventud que pasas
sin sosiego
sin alivio.
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En el siguiente aparece el triunfo del
instinto sobre la idea :
La tarde
anocheciendo se va
sucias ideas tras los velos,
sórdidas pasiones
pasiones locas, inmensas
pasiones
pasiones que no esperan
pasiones que no aguardan
pasiones que claman venganzas
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pasiones exaltadas
incontenibles pasiones
instintos ciegos
instintos como flecha al blanco.
Pasiones blancas
flechas ciegas
melancolías divinas
huyen temerosas
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acobardadas
tras los velos.
Sumisión violenta
de enamorado,
instintos y pasiones
que habéis triunfado
contra el sentimiento
sentimiento muerto.
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Otra poesía influida por
otras. Tenemos la influencia de Juan Ramón Jiménez según aquella poesía suya
que dice : “y yo me iré, y se quedarán los pájaros cantando . . .Después
aparece un ansía de eternidad por medio del arte propio, cosa que se repite en
el soneto Soneto Antiguo y en donde queda la idea mucho más clara; o
sencillamente eternidad garantizada en tanto en cuanto otras personas tengan
estos mismos sentimientos.
Canción al
Futuro
Algún día no estaré
aquí
me habré ido para siempre,
tendré la cabeza vacía
el corazón mudo.
Habrá una nueva alborada
una nueva luz y la vieja fuente
para los que escuchareis
sus suave murmullo de agua
siempre nueva y límpida.
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Me habré ido para
siempre
cuando amanezca la luz en vuestros ojos,
mis sueños pugnarán por salir
por los caños de esa fuente
o acaso también hayan la misma suerte
si es que vosotros así lo preferís,
entonces, sí, no estaré aquí.
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Pero en estos poemas
siguientes, hay una lamentación triste por la derrota y el triunfo de la vida
misma una vez muerto; y el último es una
triste despedida de ese amor inconfeso que irremisiblemente no se puede materializar.
Algún día ya no
estaré más solo
me habré ido para siempre, la cabeza
libre de las pasadas asperezas
del corazón su voz y sus enojos.
Habrá una nueva y
límpida alborada
una clara luz y la vieja fuente
su suave murmullo de agua corriente
chorreando las ideas pasadas.
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Por esos caños
cuando en vuestros ojos
alumbre la luz sedienta de ideas
con infinito afán nuevo, amorosos
surgirán esperpentos, misceláneas
frustraciones de un pasado quejoso
vahídos y hastíos de mi cabeza.
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El horizonte
lejano, montañas
engalanadas, atardecer mustio,
que solo tú te procuras, y frío
color de la noche que te acompaña.
Recibes con
calor la decisiva
sentencia de tu destino y muestras
con entereza y humildad las señas
de tu dolor y de tu muerte esquiva.
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Quién como tú, atardecer tranquilo
mostrase la alegría, la tristeza
de un día feliz, de un día perdido
y tuviera siempre la valentía
en la vida respetarse a uno mismo
en fuerte abrazo con la muerte misma.
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Ahora
pensativa mira al cielo
y reclama un bien que apetece mucho
ahora piensa en mí de contínuo
y resbalan por sus mejillas celos.
Y recuerda
ahora las imágenes
de mi cuerpo y se duele con gemidos
la sordidez de mi alejado oído
ahora más y más se condolece.
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Así alejada de
mí la imagino
así el dolor crece más por mi culpa
y lleno de humildad la idolatrizo ;
ahora imaginando la disculpa
y el perdón debidos al enfermizo
corazón de mi alocada figura.
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Llegamos por fin al Soneto antiguo, tan
anunciado en poesías precedentes, en la Canción del Futuro anterior y en
aquella otra de la página 19 que comienza “En las horas de los días que
transcurren . . .” No será técnicamente perfecto, pero siempre me ha parecido
mi poesía más acabada, en donde, sí aquí, idea y forma, espíritu y materia
hallan un encuentro feliz.
SONETO
ANTIGUO
Cántico de amor que
espabilas lejos
de la amada la luz de los poetas
y las horas tristes de anacoretas
perdidos en las sombras de sus sueños.
Cánticos de alegría
que estuvisteis
solazando siempre los corazones
las alegrías, risas de los hombres,
que al amor llamaron y entregasteis.
Alumbrad los
primeros mis razones,
los segundos callad por cortesía
pues bien veis que no hay por qué estéis en sones;
sino pensaré que vuestra porfía
quiere verme
mudo ante mis amores
o loco sin
razones de alegría.
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Sigue este relato algo largo, que escribo en Zaragoza en el periodo de mis estudios en la Universidad. En periodo de vacaciones, o ya al final de los estudios, cuando estoy buscando nuevo trabajo, pues ya habia renunciado a volver al Banco Hispano Americano y preparo oposiciones a Archivos y Bibliotecas. Por medio de un amigo de mi hermano Jesús al que llamaban El Chispo, de Tudela, encuentro un trabajillo que pudo ser emocionante pues consistía en la promoción de un producto, llamado Nocilla, un compuesto de chocolate cremoso de galleta, por colegios de una ruta trazada por tierras de Castilla. Me acompañaba una chica muy guapa, que gracias al escrito recuerdo su nombre y nada más : Tina, que hacia de azafata, con su uniforme rojo creo recordar, y yo era el agente que debía presentarlo en los colegios del listado que llevábamos.
No hay ninguna fecha, luego veremos si en el texto hay alguna pista, pero serían los años 1976, más o menos. Yo llevaba el coche prestado de mi familia. Debido a mi carácter ese acto público promocional representaba un problema para mi, al que añadir al engorro de convivir con una joven todo el día. No digamos más, la verdad está en el escrito que transcribo fielmente, sin corrección alguna.
Tina tiene los ojos negros, y el cabello, la piel morena. Dice no amar a nadie porque el mundo es injusto y egoista; que estamos en una selva en donde triunfa el más desaprensivo.
Lo dice esperando una respuesta que no llega; y yo me desespero y no contesto. Le digo algo así como que lo básico es la moral individual y ella prosgue con lo mismo, si, si, si no das te dan. Quiero decirle que la amo y no sé cómo. Puesto que ella es desconfiada trato de darla confianza y dormimos en la misma habitación que ella sabe que no la voy a aprovechar para mis egoismos sensuales. Y gano así en confianza.
Me ataca cuando ve el momento oportuno, cuando me encuentra inseguro en algo, me hiere en la herida y a guisa de disculpa dice que ella es muy mala a veces, que tiene muy mala uva.
Yo no replico y sé que así gano en confianza.
Tina tiene también multitud de preocupaciones familiares. Me habla de su padre cardiaco, que se ha salvado por los pelos y que ella le asistió una temporada. A su madre la compra pulseras (notese el laicismo seguro por influencia de Tina) que ella designa con nombres estrictamente comerciales, una cruz del sur o algo por el estilo; yo debo preguntarle acerca de tan insólito objeto y Tina tarda en contestar como si lo genérico tuviese para ella poco que ver.
A veces la replico y noto cómo se acalla un poco su enojo y hasta la siento dócil. La mando callar y se niega con poca convinción. Luego se me acerca y me habla más intima. La siento más próxima y para no perderla la sigo la corriente y participo de sus contradicciones y en general de su mentalidad.
Hoy he notado algo nuevo en ella. Su inseguridad, me odia porque soy distinto a ella, cosa que no puede tolerar. A partir de ahora seré como ella. Y juntos emprenderemos un camino sintético, y quien sabe si bello.
Son tres hermanas. Cada una distinta; ella, la mayor, dice ser la más alta y delgada de lo cual entiendo que es la más agraciada y ella debe de sentirlo con algún orgullo; la segunda es más bajita y gruesa y siendo también morena cuando toma el sol se pela enseguida y con el tiempo, cuando tiene la piel curtida, no la queda sino lo moreno; la pequeña con el sol se la pone el pelo como rubio. (El abuso del laicismo parece que me había impresionado e incluso creido más correcto por huir del genérico artículo masculino)
Tina tiene veinticuatro años y mucha desconfianza. En los sitios públicos adopta cierto aire de mujer fatal, cosa que acepta entre agradecida y temerosa, con sonrojo y sus ojos centelleantes ; pero en la playa tiene la ventaja sobre sus hermanas de que con poco sol acentúa desmesuradamente su tez morena. El fuerte aire imprime a su rostro mil resplandores exóticos azotados de cabellos. Definitivamente no quiere a sus padres aunque con el padre va a veces de pesca y lo pasa bien y no tiene inconveniente alguno en cuidarle durante meses en sus achaques cardiacos; con su madre suele discutir acerca de la ropa de la cual sustentan distintas concepciones estético-morales; llevó mini-sort cosa que disgustó a su madre y alegró los corazones de mil jóvenes en calles y discotecas aunque los dejó con su ilusión desatendida como quien ve desaparecer la esperanza de la vida.
A las seis oigo su puerta y presiento un aire enigmático que se aleja. Va a la discoteca, su única ilusión.. durante el trabajo que nadie la distraiga pues en ello es rigurosa. Luego la veo con chicos de la localidad que ostengan una figura seria, casi señera, como quien mantiene un concepto equilibrado de la existencia, mientras ella se mata a hablar de mil cuestiones que yo, muerto de absurdos celos, pienso que aceptarán sin ninguna objección como siguiendo un método de caza. En el coche, por las mañanas temprano, sólo al rato habla y ya no se detiene una vez ha recobrado su pensamiento monocorde, y no acepta sino las precisiones oportunas pues si cambio de cnversación o llevo el diálogo a mi propia esfera vital en busca, hipócrita de mi, de mi parentesco vital que nos identifique, no hace el menor caso y se remite a sus propias vivencias. En el castillo de Peñarroya, que visitamos, mantuvo la intransigente postura de despreciar cuanto pudiera decirle y con su cabello revuelto lo desdibujó y me sumió en fuerte enojo; yo, que podía haberle mostrado el significado de la torre del homenaje o de las mismas saeteras de los torreones afiladas y profundas. Desde ahora, cuando visite algún castillo mantendré, de seguro, la incognita pregunta del pasado, que para mi tuvo valor potencial de vida, y tu cabello negro y revuelto como dos fuerzas vitales irreductibles, que pueden ser la tuya y la mía. Yo hecho de pasividad y ella manteniendo una vida viajera. Tiene veinticuatro años, conco de los cuales los ha pasado de vendedora o en campañas de promoción de productos. Y vive su trabajo, y pudo dedir que es eficiente en mismo grado. Oigo sus pasos en el pasillo y temo entre en este cuarto donde yo, quizás, asuma el triste papel de sublimador de instintos que, ahora con mi potencial cultural en funciones, juzgo bajos y mezquinos. Entra por fin y afortunadamente tengo la honradez de esconder los papeles y mucho menos de mentirle acerca de su contenido, tengo la suficiente sangre fria como para no mencionar nada al respecto y aguardo lo que tenga que decirme, se va a dar una vuelta, vendré un poco tarde. El silencio se hace hielo en el ambiente y fuego en el corazón. Si esperas, voy contigo -agradezco sumamente mi improvisación- ; no, tengo un poco de prisa; y cuando estoy pensando que he salido bien del paso oigo cómo cierra la puerta y dice : adios intelectual. No me queda sino corresponder a su sonrisa. Pero es cruel puesto que le he dejado bien claro que tengo la molestia que todo el mundo me juzgue por mi figura y que si muchas veces, como ella pasa por mujer fatal en las cafeterias, parezco pensativo no es otra cosa que me hallo pensando en mil pequeñeces o en lo que se va hablando pero de lo cual no encuentro nada que observar.
Yo necesito alguien que me domine de verdad. Yo sin responder. Lo considero una provocación. Además lo ha dicho tan alto y claro que me parece imposible rebatirle y hacer cualquier observación. Una noche, no encontrando habitaciones individuales, estando ella muy fatigada y además como traumatizada por algo que yo no descubriré jamás, de lo cual me hacia víctima mediante múltiples reproches y contrariedades a todo lo que yo llevaba a cabo, tuvimos que alquilar una habitación de dos camas. Andábamos como perdidos, más yo que me hallaba como sumido en un sopor de miedo y algo de responsabilidad varonil pues ella había exclamado en un inciso que debiamos dormir aquella noche en la misma habitación ya que temía le diera un ataque de nervios; en el coche, me dijo, estuvo a punto de abofetearme. Con todo esto me arranqué como quien hace algo forzado por la necesidad y resuleto le dije que iríamos a aquella pensión en donde quedaba una habitación de dos camas. Una vez allí se sentó encima de su cama y mantuvo una actitud distante y pensativa. Poco a poco vi cómo empezaba a dsahogarse hasta que me reprochó el hecho de que estuviésemos juntos allí. Que yo seguía mezquinos pasos hacia bajas intenciones. Yo perdí la calma y a duras penas trataba de mostrar una actitud tranquila y conciliadora; que yo no veá nada malo en ello, que lo tenía superado y que si hallaba algún inconveniente que buscase otro sitio y me dejase en paz. Salí a dar una vuelta y luego la encontré dormida y vestida sobre la cama. Había dicho que no podía seguir así y que al día siguiente cogería el tren de las siete para Madrid., su casa.
Al dia siguiente aún porfió en sus reproches aunque nada dijo del hecho de que hubieramos estado en la misma habitación, dijo que era un egoista y que jam´s había encontrado una persona como yo de detestable.
No me digné en contestar y aquella mañana la dediqué a mis aficiones, la fotografía, de la cual tuve trabajo y gusto pues el día era espléndido. A Fina (se llama Tina?) no volví a verla en todo el día. Sólo que en una de mis entradas y salidas a la nueva pensión que habíamos alquilado, esta vez en habitaciones individuales, pude ver a un chico muy joven a la entrada, que al verme pareció como aumentar su nerviosismo. Una vez en mi habitación creí oir la puerta de la habitación de Tina que salía a la calle. Este episodio encrespó mis nervios y me hizo pensar acerca de la veracidad de las duras palabras de Tina y hasta llegué a crueles conclusiones porque en todo el aire de inocencia que daba a mi trato con ella ¿no es verdad que vagaba una sórdida apetencia? ¿No era verdad que era un hipócrita? Y que mis buenas palabras no significaban nada o mejor mucho para Tina, acostumbrada por su sexo y temperamento a intuir en los gustos más aparentes su sentido profundo. Total que aquel día sábado, vagué con estas conclusiones por un Toledo absurdo y monumental esquivando a todo el mundo.
Y por la noche, noche alegre y distinta, pues el vino había logrado hacer de mí, y de la noche, dos seres después de largo tiempo encontrados y reconciliados, hasta el punto que como en las horas felices veía transcurrir el tiempo con pesar haciéndome patente la verdad filosófica del tiempo fluido del río alegórico de (aquí un largo espacio vacío, quizás buscando el nombre del filósofo), la ví a altas horas en el portal, encuentro que rompió como en cruel símil la felicidad del encuentro de dos ya que fui recibido con la más dura actitud y, aún más, ebrio de felicidad en principio, la invité a dar un vuelta a una discoteca y se me dijo que atendía a alguien y no recibí respuesta alguna a la propuesta de hacer un pequeño viaje al día siguiente. Con estas dolorosas respuestas llamé al sereno y entré en mi habitación aún con los efectos del vino, que ahora se había transformado en algo verdaderamente molesto.
En realidad, estaba en una situación insólita. Pienso que por primera vez en mi vida había teido la portunidad de ver reflejada mi persona en un espejo. Y como tal caso había sentido una verda propia que hasta entonces había estado guardada en los entresijos de la conciencia subjetiva. Lleno de reproches hacia mí me dormí con la sana intención de ser distinto al día siguiente. Mi próximo encuentro con Tina tenía que ser frío, como el de dos personas que se encuentran por primera vez; tal vez así lograría romper el hielo de su corazón y despertar su compasión. ¿Pero qué me proponía? ¿De verdad pretendía unas relaciones normales? Esto no lo descubriré jamás. Más todavía ahora en que se me presentaba mi persona como un compañero molesto, de cual había ue guardar ciertas prevenciones, y si a éstas sumaba las debidas a la actitud de Tina, el porvenir se me presentaba muy negro y difícil. Al día siguiente hice un viaje programado. Hice multitud de fotos y obtuve alguna clase de sosiego como si se tratara del encuentro con el amigo olvidado y grato.
Estuve todo el tiempo pensando en la actitud de Tina y encontré hacia mi persona mil reproches. A la vuelta, mientras escribía estas líneas mi corazón se sobresaltó y, a la vez, alegró. Tina había llamado a mi puerta. Abrí y desde la puerta me dijo que se iba y que si había mandado el parte diario -Tina y yo formábamos el equipo de promoción escolar de un producto alimenticio infantil, y recorriamos el centro de España - luego partió sin decir más.
Pero una noche que yo pasé bebiendo y recorriendo frenético las calles de Cáceres, cuyas mansiones blasonadas, castillos e iglesias tienen una ambientación lumínica que hace de la ciudad medieval un paraiso para el amante de la tradición y de la Historia, por efectos del vino, obtuve la alegría y el desasosiego que la vida me negaba. Y como por obra del azar obtenemos, al menos sea mi caso, las mayores alegrías, no se sabe bien si es así o por efectos de todo encuentro inesperado, así comencé a barruntar que mi turbación y temor iban desaareciendo como si se me anunciara un camino nuevo. Al día siguiente pude comprobarlo. Tina me aguardaba complacida en el bar de abajo, en donde tomábamos el desayuno. Y pude ver claro que había abandonado vejas actitudes. Estuvo todo el trayecto hasta Plasencia risueña y feliz, actitud que atribuía más al nuevo semblante mio que a felicidad propia. Todo el viaje fue sobre ruedas. Llegamos a la población y continuamos unidos hasta que bien sea porque yo había comenzado a disparar fotos, cosa que Tina aborrecía, o porque el bullici y alegría del lugar habían despertado las ganas de alterne de Tina, el caso es que iniciamos la consabida desavenencia. Para colmo luego de haber recorrido todo lo monumental y cuando salía de la catedral tropecé con Tina a quien acompañaba un joven. Me contuve a duras penas aunque no losuficiente como para que Tina no lo notara. Esto acabó de enojarla, a la cual tuve desde entonces, y por todo el viaje de regreso, distante.
Sin sabr qué aires me daban vagué por los entresijos de mi conciencia y guardé, como último recurso, una actitud distante y fría, aunque correcta. Llegamos a Cáceres de nuevo y Tina, la que aquella mañana había estado unida a mí, perdió los nervios y escuchaba su radio, cantaba, y salió a la calle como precipitadamente.
Por la mañana pensé que podía hacerla mía, que seguiría mis órdenes, y ahora temía su encuentro un poco por vergüenza de hombre, otro porque el laberinto que seguía en mi trato con Tina había llegado a un punto perdido.
En realidad, Tina me obligaba a ser hombre y yo no podía hacerla ver mi panorama psico-cultural por temor a su alejamiento. La cosa era sencialla. Yo era incapaz de llevar a término una línea de comportamiento que no era mía, pues estaba dentro del panorama mental de Tina del cual no podía salir si no quería encontrar su aversión. Por otro lado me sorprendía que al menos aparentemente Tina guardara una actitud correcta con sus acompañantes al igual que éstos que sin excepción eran personas excesivamente serias y como muy entendidas en la vida. Por eso no podía relacionar ello con la imposición que se me hacía de aparecer dominante -a mí me gusta que me dominen- y alegre.
Tina y yo, probablemente vivíamos en dos universos distintos cuyas relacines estaban marcadas por leyes generales de un sistema mejor que por las propias. Los dos éramos irreducibles y sólo lográbamos comunicación cuando yo me mostraba atento y solícito. Entonces adivinaba en ella un alma buena que necesitaba cariño y yo se lo daba; por eso ahora que ne hallo lejos de ella pienso que no me conduje con el tacto y juicio requeridos y que sus quejas, amargas quejas, tenían algo de razón. Y es ahora, también, cuando, melancólico y solo, añoro su recuerdo y detesto mi pasado con ella así como mi indiferencia hacia ella, puesto que bueno es mencionarlo ahora, cosa que con el frenesí de su presencia se me pasó, o mejor, quedó sepultado bajo la fuerte impresión que ella me suscitaba, por lo general yo siempre me sentí un ser superior que no solamente pasaba de lado sus acciones sino que tuve la vanidosa pretensión de escribir algo acerca de su persona cosa que supone un vano empeño y pienso que no hago sino volver por los mismos vericuetos por los cuales discurrió y discurre mi pensamiento de siempre.
Es el caso, que ahora recuerdo con estupor e indignación, que las más de las veces, a pesar de tanto celo, mostraba indiferencia hacia ella. Y pienso que debió percatarse de ello y ahora comprendo un poco más su aversión hacia mí. Bien claro me lo decía. Que yo era un pretencioso y egoista, que me creía superior a todo el mundo. ¿Acaso no me lo dijo tasativamente? : tú te crees superior a mí, y para mí eres un pobre hombre que no sabe por donde anda; yo tengo siempre los pies sobre el suelo. Yo cuando salgo con alguien es porque me gusta, y a tí te aborrezco.
Estas palabras llegaban a herirme como nunca me han herido. La verdad es que a veces no expresaba el mismo juicio, aunque si tácitamente, y con términos que me herían doblemente: "no eres mi tipo"; con lo cual daba a entender que no sólo me detestaba como persona sino también como ser físico el cual debía repugnarle, según entendía yo.
En tales momentos experimentaba arranques de ira contenida y desprecio. Sin embargo en alguno de aquellos paseos que daba en el coche para visitar tantos lugares que a mi se me antojaban llenos de leyenda e historia, no podía dejar de pensar en ella y sentía cariño hacia ella pensando que estaría sola y aburrida; y que, lejos de mi, habría seranado su espíritu y guardaría quizás algún aprecio hacia mí. Como así ocurría a mi vuelta según pude inducir de su grato recibimiento; pronto volvía la distancia entre ambos que partiamos por distintos caminos, ella a su discoteca y yo a mis reflexiones ahogadas en largos paseos y en largas estancias en bares y cafeterías. No quedó de mi rencor alguno, antes bien hice como me indicara y le envié las fotos que le prometí, aunque ella en la despedida definitiva dejera que estaba encantada de perderme de vista; le puse unas pocas lineas esperando que el azar y el destino expresasen la bondad de mi pensamiento y de mi intención mejor que mis cartas y parcas palabras. No he recibido contestación, ni la espero.
Y ahora revuelvo mis pensamientos y no hallo respuesta a mi desesperación. En primer lugar está en cuestión mi recta actitud y en segundo la de ella. Quizás sea que haya pecado de misántropo y decadente cuando ella quizás esperaba alegría y variedad. Porque bien es cierto que la deseé y no supe hacerme entender ni resolver mi exigencia, salvo a lo último, cuando ya tenía formado su concepto de mi persona. Y lo más triste es que si volviese a verla actuaría de igual modo, o peor. Sólo me queda la esperanza de haber indagado en mi conciencia y esperar que despierte; entonces Tina será el oráculo de juventud que vino de la tierra primaveral a mostrarme los frutos de la Vida. Y en desesperanza aguardo porque una y otra son inmediatamente reducibles y aguardan sin favoritismo ver de qué lado se inclina la balanza de mi vida.
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31-05-2021 : En esta fecha veo un escrito, al que no había hecho mucho caso. Lo miro por encima y parecen imágenes del pueblo en fiestas mezcladas con fantasías de entonces. La ficción parece que me atraía entonces y ahora la analizo con mirada crítica en busca de obsesiones y temores. La vida natural, rural, me parecía una liberación frente a los problemas de crecimiento. Veremos qué aparece. Parece que hay tres capítulos bastante largos. Vamos a ello, por el momento las título ahora así IMAGENES DE JUVENTUD, escritas hace bastantes años, no hay fecha alguna, supongo, pongamos que tendría unos treinta años, ahora setenta y cuatro.
Los comentarios los voy haciendo conforme voy leyendo. Veo un estilo muy racional, siguiendo un esquema dramático muy ortodoxo, muy estilo del diecinueve de la literatura costumbrista. Desconozco qué estaba leyendo yo entonces. La fuerza contenida dentro de una narración muy poco locuaz sino hermética en la exposición del dolor, creo que hoy no la lograría. Es un estilo muy culto (región, comunal, amor filial, tierna infancia, etc.) pero que evita la pretensión. Si, en cambio, hay un trasunto de filosofia natural muy trillada ya, como es la felicidad natural que nos pinta o describe Rousseau. Aqui halla salida mi enfrentamiento al rigor social que impone el mundo, a la lección que debe ser aprendida, si mis emociones y recuerdos son justos con mi pasado.
La vida campesina soñada está presente en el rigor de la descripción de la vida pastoril. Imágenes del pasado en fiestas aparecen señaladas con cierta nostalgia de situaciones no vividas intensamente, mezcladas con primeras experiencias temidas y no asumidas en plenitud, aunque añoradas en nostalgia.
La vida campesina, tratada en forma bucólica, no es sino un apego sentido cuanto un remedio a mi carácter íntimo donde hallar las necesidades del crecimiento y desarrollo personal.
UNO
Muy de mañana, levantaba el ganado y partía hacia los pastos. Alegre, jovial, pletórico de fuerzas, respiraba el fresco airecillo de la mañana, delante de su rebaño. Su perro, husmeaba en los senderosy matorrales y sólo muy de vez en cuando vigilaba la marcha compacta de las ovejas. De pronto, partía rápido hacia la cola y como una oleada de carne se reagrupaba el ganado presuroso. El pastor aprovechaba los promontorios y elevacines del terreno para vigilar la marcha de los otros rebaños. Los altercados eran frecuentes entre los pastores y más de una vez acababan en riña; a la anochecer, sin embargo, todos se reunían a la luz de la fogata para comentar el día y la témpora.
Jesús, el joven pastor, poco podía en las pugnas territoriales por su corta edad. Sin embargo se levanta de los primeros para ocupar los pastos más buenos sin necesidad de molestar a nadie. Su padre, ya muerto, fue como él pastor y una mañana apareció muerto en su lecho, en la cabaña, en la montaña alta. Jesús que hasta entonces iba con su padre se hizo cargo del cuidado, alimento, ordeño y venta de las reses. Su padre ya lo había alecionado con suficiencia en sus 14 años, y Jesús, avispado y desconfiado, llevaba muy bien a la práctica las enseñanzas de su padre.
Muy pronto murió su madre, en su tierna infancia, sin poder devolver los cuidados maternales con el amor filial, bruto de su casta,. Sus recuerdos eran vagos y acudían los mismos pasajes vividos con su madre. A veces y entonces, sentía en sus entrañas una fuerza, mezcla de compasión, pena y amor mucho más fuerte que los recuerdos de su padre; y lloraba, como él sólo sabía, a solas, sin miedo, a escondidas del mundo.
Su vida al aire frío libre o caliente de su región aragonesa en estado semi-salvaje lo hacían distinguirse en desarrollo a los muchachos de su edad. No conocía otro tipo de vida y sólo y para las fiestas, tomaba contactos con otras gentes de distinta condición, en las fiestas de los pueblos, en ---------- (hay espacios para poner otros pueblos olvidados?), en Farasdués -----------.
No obstante, no gustaba de la vida comunal y su estancia en los pueblos le enojaba. Su espíritu, creado y criado en los montes, amplio como ellos, no cabía en ningún pueblo. Las relaciones de amistad, respeto y ayuda a los demás le eran totalmente desconocidas y sus estancias fulgurantes en los pueblos le martirizaban. Acababa de pasar unos días en las fiestas de Sangüesa, siguiendo la costumbre de su padre y demás pastores, como un rito anual y el recuerdo d aquellos dos días le torturaba las entrañas; su naturaleza sexual alboraba y no acertaba a explicarse que era aquello que le corrompía por dentro. Un recuerdo quedaba intacto y completo, el de aquella criatura, niña todavía que le había esquivado incomprensiblemente en la casa de sus parientes. Estos no acertaban a explicarse ultimamente las reacciones de la chica, durante la estancia de Jesús. El padre de ella decía que estaba entrando en "la edad tonta". ¿Edad tonta?, qué era aquello ? también él debería pasarla? cómo ? cuando ?, preguntas que le tenían aprisionado fuertemente.
Entre tanto, llegaron a los corrales. Las ovejas balaban dulcemente a la vista de ellos, sin ninguna indicación, penetraron y adoptaron una postura derecha y quietas para luego, una a una, ir doblando las patas delanteras hasta quedar tumbadas en el suelo. las madres sufrían pacientemente las tetadas de las crias y los movimientos suaves de los rabos, indicaban saciedad de las crias en la leche toda de tomillo, romero y jarales. Algunas no encontraban a su madre y en el corral quedaban unos pocos bailidos sollozantes; Jesús las emparejaba sabiamente, corría de aquí a allá hasta quedar todas las crias con su respectiva madre y en el corral el silencio se cernía.
Entonces, en unas perolas, ordeñaba a las cabras leche para su sustento y separaba los machos que ofrecían peligro contra la virginidad de las ovejas jóvenes. Cerró el corral y en su cobertizo quedaron los perros en guardia. Entró en su cabaña, encendió fuego en el hogar y calentó un poco de agua para lavarse un poco; luego hizo un poco de sopa de hierbas ecogidas durante el día, también cecina y tocino. Dió una ojeada al rebaño tranquilo y se acostó.
Su lecho, en un rincón, consistía en un colchón de sacos lleno de lana de sus ovejas y unas sábanas envejecidas y un par de mantas toscas, ásperas y cálidas. A veces, los perros, ladraban a la noche cerrada y negra. Los lobos y raposos, rugían a lo lejos molestos e inquietos, y algunos llegaban a acercarse más de la cuenta con la respuesta airada de los perros, entonces se levantaba y soltaba a los dos dos perros grandes de raza pastor-alemán quienes penetraban raudos en la espesura de la noche ahuyentando a los intrusos. Estos perros eran de gran fortaleza y hubo noches de mucho ataque de los lobos en que al día siguiente aparecieron destrozados unos cuantos lobos en lucha con los mastines. Los lobos lo sabían y no se acercaban demasiado.
Esta noche hubo paz y tranquilidad, los calores aún eran fuertes y las alimañas permanecían en las montañas hasta las caidas de las nieves. Jesús, el pastor, durmió profundamente.
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La banda de música tocaba la última pieza de la tarde, la jota; y las parejas en compacto revoltijo, giraban en sus compases. En la plaza, sólo los viejos permanecían por los rincones en grupos, añorando sus años jóvenes, y en las ventanas, mujeres ya mayores comentando las parejas, hacían sus combinaciones matrimoniales. La música cesó, la banda recogió sus instrumentos y los jóvenes a los cafés a saciar su sed o a los "pipetes" a cenar y beber el vino con melocotón comprado con los ahorros de todo un año.
¡ Vamos a echar un trago, vente ¡ dijo Tomás
Jesús de mala gana accedía un poco acomplejado y molesto pues todos sabían que no quería reunir nunca perras para el "pipete".
¡Uno y corto¡ contestó
Y allá marchó con unos cuantos a las afueras; detrás de los corrales tenían el "pipete" y al ir acercándose el grupo, se alegraba y subía de tono a la vista del jogorio que ya se oía en él. Penetraron en la luz intensa y clara, y en los papele de colores colgados por el techo. Los cantos se sucedían inenturrumpidamente a la par que los vasos se vaciaban. En el centro, en una mesa, habían doce jóvenes, chicos y chicas, ya bastante alegre que recibieron con gritos de alegría a los llegados; éstos juntaron otra mesa y comieron de lo que quedaba. Jesús, quedó a la entrada mirándolo todo hasta que un "agrrón" de Tomás lo sentó a la mesa, le echó un bro por el hombro y le dijo:
"Esta noche te vas a emborrachar pa que otro año ajuntes perrás si quies más"
Los otros seguían la juerga en cantos y gritos, tenían la cara roja y resplandeciente de alegría y vino.
Jesús comió y bebió lo que le pusieron, al rato sintió una corriente de alegría en su interior junto con una atención desconocida hacia las chicas que le sonreían de pasada y cuyas miradas eran latigazos a su pubertad.
Los joteros rivalizaban con sus cantos y el ambiente, caluroso, moletaba a Jesús.
Luego, hicieron funcionar el tocadiscos y todos se pusieron a bailar. Eran las parejas justas. Jesús quedó desazorado sin saber qué hacer. Tomás, de un empujón, lo juntó a una chica y quedó agarrado a ella y temblando de pavor. Ella le dijo:
Me parece que no has bailado nunca, alguna vez tienes que empezar; yo te enseñaré. Ella era jovencita como Jesús, pero ya sus formas femeninas habían Alboreado. Jesús, que no podía hablar, sentía como su torrente interior salía al exterior dejándole encarnado de vergüenza y desconcierto; llegó a tal extremo que no pudo resistir más y soltándola de pronto, salió corriendo; hacia las afueras. Corría deprisa en la oscuridad, veía cómo saltaba las acequias y campos. Luego una acequia grande no l pudo saltar y cayó adentro. Caía y caía y nunca llegaba al fondo, todo era negro y oscuro; enseguida oyó cómo se acercaban, detrás de él, Tomás y todos los demás del pipete. Se le acercaban rapidamente, riéndose de él y diciéndole que tenía que volver al pipete. Pero luego Tomás ladraba y ladraba, cada vez más fuerte.
Sudaba mucho y estaba asustado y con miedo sentado en la cama. Lo lograba ver claro qué le había pasado. Se levantó, bebió un trago de agua en el botijo y volvió a la cama. Un perro volvió a ladrar. Su mente estaba confusa y no se atrevía a salir para ver qué pasaba. Hasta que reconoció su pesadilla y ya más tranquilo, salió.
Los perros escarbaban debajo de la puerta del corral, locos y con los ojos inyectados en sangre. Jesús les grito, y ellos callaron, abrió la puerta y los tres perros salieron presurosos, pero al poco volvieron juntos y silenciosos.
Cerró la puerta y los perros ya calmados volvieron al cobertizo.
Entró en la cabaña y se acostó de nuevo. Volvió a pensar en su peadilla y no lograba separar sus hechos de los reales acabados de ocurrir. Marisa se le presentó en su mente. Jesús no logró comprender por qué era ella tan insistentemente presente ahora en su memoria, hasta que recordó haberle dado el agua bendita a la entrada de la misa mayor, a su mano débil y templorosa. Ya no podía dejar de pensar en ella, soñó que estaba al lado del camastro y que le limpiaba el sudor y le abrigaba. Se durmió dulcemente.
pasaba los momentos de quietud en los corros buenos y copiosos pensando en su padre. Jamás pudo suponer esta desazón que le ocurría a su muerte. Tenía que cuidar de todo. Intentaba no pensar en nada mas que en lo más inmediato y su pensamiento volaba por el laberinto de su inquietud adolescente.
Las ovejas pacían indiferentes por los montes, y los perros miraban a su amo con inquietud y recelo adivinando que algo pasaba en la mirada de su amo pensativa y triste.
La lana era abundante en el ganado, se hacía preciso esquilarlas; muchas llevaban agarradas en la túpida lana matojos de plantas monteses. Jesús se las quitaba con cuidado, sabiamente.
En ocasiones, cuando a pleno sol, al mediodía, el ganado descansaba a la sombra escasa de una ladera pronunciada, o en la de árboles solitarios y secos, Jesús se alejaba un trecho para descansar de la vista del ganado y atrapaba conejos en madriguera o codornices entre el trigo. Conocía los cados y escondrijos y no tenía sino que coger la caza en su madriguera. Otras se acercaba al manantial y en su pequeño soto se tumbaba y escuchaba los cantos de los delicados pajarillos entre las ramas. Acudió a su memoria una jota oída en algún pueblo, y la cantó :
Y el amor se hace más grande
cuando los pajaros cantan
el amor se hace más grande
que es el canto que recuerda
el cariño de una madre
el cariño de una madre
cuando los pajaros cantan.
Allí a pleno campo, solo, no temía cantar y lo hacia con todas las fuerzas de sus pulmones. Creía que tenía buena voz e incluso buen timbre para la jota, y se decía que alguna vez causaría impresión en el pueblo. Pensaba en las letras de las jotas y al citar el pasaje de la madre no pudo impedir un acceso brusco de emoción y sus ojs se humedecieron por un momento.
Volvía lentamente hacia el ganado y lo encontraba disperso pero al cuidado de los perros que acudían de lejos corriendo contentos y le llegaban juguetones, le saltaban a la cara y le mordían el tabardo y los brazos. Luego partían rápidos por la llanura, jugando entre ellos y ladrando ferozmente; las ovejas se estremecían y levantaban vigilantes la cabeza. Jesús les tiraba piedras "al sobaquillo" como asi se lo enseñó su padre, y los perros se apaciguaban, y acudían más tranquilos a su amo.
Se hacia ya tarde, el sol declinaba debilmente, las sombras se alargaban. Las ovejas olfateaban la fresca y balaban inquietas. Jesús movía el ganado hacia el corral, los perros, a sus órdenes, mordían las patas traseras de las últimas ovejas, apremiándolas a marchar y éstas corrían y se metían entre las demás. Lucero, el perro pequeño, negro, iba en derredor del ganado, dándole vueltas continuamente, nervioso y alerta.
A lo lejos se divisaban esparcidas en uno y otro lado polvaredas producidas por otros tantos ganados que se retiraban a sus corrales; se oían los campanos de las cabras, los ladridos y a veces las campanas de un campanario tañendo el toque de novenas o del rosario. Los labradores pasaban en sus carretas por los caminos, se unían en grupo y avanzaban haci el lejano pueblo. Los pastores pocas veces se cruzaban con ellos dada la diferente ruta que seguían y se oían sus canciones y sus gritos.
La tarde caía sobre el campo, cálida y preñada de lore, cubría los matorrales y árboles de polvo al lado de los caminos. El polvo se espesaba en los recodos y hacia marchar con dificultad a mulas, carros y galeras. Los hombres sudorosos y ennegrecidos por el sol, gritaban a los "abrios" con voces que les hacían arreciar la marcha.
Las uvas de las viñas de monte, de pequeña envergadura pero sabrosas de vino, quedaban igualmente motejadas de polvo y el rocio de la mañana les devolvía su primitivo color casi negro. Pronto serían recogidas y uno de los incentivos de Jesús desaparecería. Gustaba de, al paso del ganado, coger racimos de una y otra viña y las comparaba y sabía cuál era mejor y más prometía. Los guardias le reprochaban esto, le decian que no paraba de arrancar racimos, le gritaban a lo lejos en broma, pero Jesús adivinaba su malestar, su ira mal ocultada.
Subía al monte y detras dejaba el llano casi huerta. Desde allí se veía el verdor del valle al paso del río por Ribas. Por entre montes subía a los corrales, encerraba las ovejas y hacia las faenas hasta acostarse.
En esta época del año, a finales de Agosto, los ganados iban a la alta montaña mas Jesús y otros pastores quedaron este año en las tierras bajas junto a los pueblos para aprovechar los rastrojos; eran pocos pues no había terreno para todos y solo aquellos que podían contratar con los labradores quedaban en el llano, los demás marchaban al pasto de altura y llegaban hasta las estrivaciones de los Pirineos.
Su padre le había dejado arreglado el contrato pero el próximo año tendría que arreglarlo él solo. José, que tenía buenas relaciones con los labradores, conseguía fácilmente contrato y Jesús pensaba continuarlo. Para ello había ido a las fietas de Luesia y pensaba ir también a las de Farasdués, Rivas y Sangüesa, y asi tratar con todos los labradores, que le vieran y hacerse la estimación de todos.
Guardaba las reses en la "corraliza" propiedad de unos ricos labradores de Rivas; pagaba con una oveja cada dos semanas de estancia. En los campos del patrimonio de Sangüesa, tenía corral propio y era su lugar de residencia durante el invierno si no marchaba a tierras más bajas entre Ejea, Erla y Tauste.
En la corraliza que estaba al pie del pantano de San Bartolomé, quedaban por la noche los segadores que durante el duro periodo de recolección, no iban al pueblo nunca. Se levantaban a las cinco de la mañana, cuando las primeras luces alboreaban por el horizonte y a las diez de la noche se acostaban rendidos de cansancio. Paraban a comer a la una y luego"echaban" la siesta hasta las tres. Las mujeres les subían la comida para todo el día en un carro, pero había otros ue compraban comida para una semana porque estaban más alejados del pueblo y comían peor, se hacían ellos mismos la comida a base de alimentos que pueden conservarse un cierto tiempo en las duras condiciones del campo y del calor: patatas, judis secas y unos panes llamados "de monte", grandes, macizos y morenos.
Al llegar Jesús a la "corraliza", todavía los labradores estaban en la segadora tirada por un par de mulas sufridas, otros estaban cargando los fajos en unas galeras, y en sucesivos viajes las llevaban a la era, junto al pueblo. Una vez encerrado el ganado se sentó a la puerta del corral; los segdores le saludaban a gritos y le hacían bromas. Tardó un tiempo en comprender que le indicaban el interior y echase un trago del vino allí guardado. Asi lo hizo y con un gesto de brazo en alto les dió ls gracias. Sus perros se habín ido a beber a un pozo crcano y ya volvían agrupados.
DOS
Las entradas del pueblo estaban valladas con maderos colocados escalonadamente en los piquetes. Por una calle se oyó un grito unanime de la muchedumbre y un grupo de jóvenes venían corriendo alocados hacia la plaza de la Fuente. Un viejo se metió presuroso por un portal y un hombre, con la camisa mojada de sudor y con un pañuelo mal anudado al cuello agitaba un sao a una vaca que venía corriendo despacio moviendo enfurecida la cabeza de un lado a otro de la calle. A su paso los hombres que en racimos estaban en los puertas de los patios corrían al interior atropellándose unos a otros para después salir y correr detrás de la vaquilla, que una vez en la plaza se quedó quieta en el centro moviendo el rabo sucio de sus escrementos, espantando las moscas y desganada ahuyentaba a los intrépidos que le hacían pasadas por detrás. Corriendo llegaba el gentío, se subía a la fuente o se colocaba en las vallas, arrojaba a la vaca todo tipo de objetos, trozos de madera, piedras y uno la bota sucia de vino. Parecía que la vaca no quería marchar de la plaza, respiraba fatigada, en sus flancos al ritmo de la respiración se marcaban sus huesos claramente. Su morro sucio de espuma y sangre, dejaba caer un hilillo al suelo. Rara vez se dignaba perseguir a los corredores y sólo a los más atrevidos un corto trecho. Alrededor de la plaza la gente se impacientaba y hacía comentarios de todo que ocurria. En un rincón, sentados a la mesa, un grupo bebía sangría ojeando ls evoluciones de la vaquilla que seguía sin cambiar de terreno, hasta que un mozo llevando en alto un roscadero avanzaba hacia ella, y ésta se volvió hacia él prevenida y escarbando el suelo con las patas delanteras cuando estuvo cerca, arrancó y recibió el glpe en los cuernos, por un momento el roscadero quedó clavado en ellos para luego en sacudidas desesperadas de la cabeza desprenderse, corriendo se metió por otra calle, la gente corría emocionada y gozos, la plaza wuedó otra vez vacía, solo ocupada por viejos y viejas en las ventanas y balcones, unos con cara seria, otro con sonrisa emocionada.
En otra parte del pueblo el griterio anunciaba la llegada de la vaquilla que a la vista de su compañera de encierro se reunió con ella. Allí los mismos gritos de ea, ea, las provocaban. Llegaron los pastores con los dos mansos y se las llevaron protegidas a los corrales. Los mozos se reunían en grupos cantando e iban a refrescarse a la fuente o a los cafés. Las familias ya ocupaban los primeros puestos en la plaza del pueblo transformada en plaza de toros, con carros y galeras, y pronto darían comienzo las vaquillas. Por las casas, en balcones, ventanas y terrazas merendaban hombres y mujeres, jovenes y viejos, tortas con chocolate o el jamón empezado para las fiestas. Los chiquillos por las calles corrian emulando a los mayores. Se toreaban unos a otros, otros ocupaban los puestos de helados y chucherías, hacían sonar pitos y flautas.
En el café de Mariano, cargado de humo y vino, los mozos, a la barra, cantaban sofocados y alegres. José, el herrero, y Angel hombre menudo, vivo, de mirada astuta, trabajador a jornal en el campo, agarrados con el brazo al hombro, cantaban jotas a duo. Un grupo los rodeaba vitoreando sus cantos y bromeando con ellos, les daban coba, les admiraban. Entraban y salian continuamente, en grupos, tambaleantes de alcohol y vino. Jugaban a las cartas apartados otros, serios, con el pitillo en los labios, otros pocos sentados o de pie, contemplaban el juego. Un hombre, viejo, ebri de vino y con dificultad, se acercó, hizo su comentario incongruente hasta que uno del juego le despachó con desprecio llamandole "sin sustancia", el viejo no se fue, dando muestras de no haberse enterado, quedó quieto, con las manos en los bolsilos y eruptando ritmicamente, luego hizo su comentario incoherente y se fue a la barra en donde fue varias veces zarandeado por los bebedores, que se empujaban unos a otros al borde de la riña. El del mostrador serio y atento, acudía a un lado y otro sirviendo y limpiando la barra contnuamente, a veces tenía un ligero altercado con un pagador despistado y borracho.
Por la puerta apareció otro grupo con instrumentos de viento, tocndo con fuerza, sucios y alegres. Llenaron el salón con su música estridente y al rato se marcharon seguidos por una banda de mozos jubilosos.
LUIS-FELIPE,
SÁNCHEZ RIPOLLÉS
(ZARAGOZA, DÉCADA DEL 2000)
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